Otra celada del Vice
La extrema injusticia es que lo injusto
sea tenido por justo.
Platón
Recordemos que Santander había dicho que por su enfermedad, por las calumnias en su contra, por el deseo de descansar y llenarse de nuevos acontecimientos y elevar así su reputación, estaba decidido a irse de Colombia. Sin embargo, su conducta mostraba lo contrario.
Poco antes de emprender Bolívar su viaje a Venezuela,
Francisco trabaja a la sombra de planes peligrosos.
Comienza a decir que habiendo sido ambos reelegidos en sus funciones y no pudiendo él (Santander) tomar posesión, sino prestando juramento ante el Congreso y siendo que éste no se reuniría hasta el 2 de enero, los dos cesarían en el ejercicio de sus funciones, teniendo así que encargarse del Poder Ejecutivo el presidente del senado. Previendo la pérdida momentánea de mando, pide a Bolívar que lo autorice, en virtud de sus facultades extraordinarias —en caso de que no se reúna el Congreso—, para que pueda continuar ejerciendo la Vicepresidencia.
En esto Francisco no ponía inconvenientes al modo inapropiado de ejercer las facultades extraordinarias.
Fastidiado con la intención de su requerimiento, Bolívar le preguntó:
—¿Y cuál es el medio que usted ve para allanar esos inconvenientes? Santander, entonces, le mando un oficio y Bolívar lo confirmó en el acto.
El Vicepresidente iba a ejecutar los planes de su venganza.
Procuraría ahora, desde el gobierno, agilizar su negocio y hacerse con una camarilla para consolidar, tanto en el sur como en el norte, una influencia avasalladora. Aprovecharía ante todo destruir las bases legales del gobierno, promoviendo los partidos, escribiendo panfletos incendiarios, destruyendo con libelos el basamento republicano e incitando a las tropas a una obcecada defensa de su último y viejo bastión: los principios constitucionales. Al mismo tiempo, trataría de lavarse las manos, echando la culpa a su inexperiencia, a la ignorancia de los pueblos, a la barbarie de los militares venezolanos.
Dicen los expertos en leyes, que con aquella acción Francisco reconocía las actas dictatoriales, aceptando la confianza ilimitada que daban los pueblos a Bolívar, y que aquello no era otra cosa sino la más absoluta dictadura proclamada por medio del propio Santander.
Posada dice que fue una puñalada a los principios legales, por la mano del hombre que, según se pretendía, era su sostén y su personificación, y esto causó un cisma debilitante en el partido constitucional. Agrega que desde aquel día Santander perdió el derecho a ser llamado El hombre de las leyes.
No había en absoluto, ninguna razón para que, en cuanto Bolívar dejara Bogotá, Santander emprendiera una innoble campaña en su contra; agradecido debía estar que, imponiéndose aquél a las mismas leyes, lo dejara en el cargo que tanto apetecía. Esta actitud perjudicaba claramente a los verdaderos amigos de Bolívar porque, desde el mismo momento en que cruzó la frontera, comenzaron a desconocerse las medidas y las prevenciones que se habían tomado para asegurar la paz.
Así estaba su estado emocional, siendo que se revelaban a sus ojos las pérfidas maquinaciones que se venían ejecutando desde hacía cuatro años. Atacaba agriamente —dice Restrepo— lo que él mismo había aprobado y contribuido con su voto en el Consejo de Gobierno.
En mayo, los amigos del Libertador en Bogotá vieron con mucha pena la juramentación de Francisco ante el Congreso. Recordando acciones pasadas y siendo su posición política tan crítica, muchos temían que estallara la guerra civil. Los temores no eran para menos, y quien más se percataba de esta situación era Sucre, quien en septiembre escribía al Libertador: “Nuestra pobre patria excita la compasión. ¡Pobre Venezuela! Me consolaría de esto si el resto de Colombia prosperara; mas con cuanta razón se dirá: ¡Pobre Colombia!” Agrega diciéndole que a la cabeza de sus enemigos está Santander:
Su alocución al prestar su juramento lo justifica… La oposición del Vicepresidente ante usted es un mal a la República; mucho celebraré que admitan a usted su renuncia para que se liberte de tantas injurias, de tantos viles ataques… No sé cómo quede Colombia en estas revueltas. Sus cabezas desunidas; fuertes partidos pidiendo la federación; sus rentas sin orden, su crédito perdido.
Y por esto mismo es inútil que algunos historiadores pretendan justificar la conducta de Santander. Sus luchas eran egoísmos locales: en el fondo se buscaba contraponer una figura política a la del Libertador. Había que alzar el pedestal de un granadino a la altura de los grandes héroes de la humanidad y Francisco, hombre de Estado por nueve años, era sin duda el más indicado. La generación presente está en el deber de pasar la cuenta a quienes tuvieron la oportunidad de construir una nación grande y fuerte, pero que más bien la envilecieron en provecho de sus propias apetencias: debe hacerse una revisión valiente de nuestro pasado. Esto es higiene mental; la condenación de los residuos malignos que son la causa de nuestro caos, indisciplina y falta de cohesión moral y política.
Dice Restrepo que a Bolívar le pareció bien mantener a Santander en el puesto porque no debían hacerse cambios en el Ejecutivo.
Esto es demasiado simplista para cerrar el caso. El Libertador seguía pensando, pese a la ingratitud de su amigo, que Francisco podía salvarse para la buena causa y con ello también Colombia. Además, como muchas veces hemos repetido, el Libertador no era hombre de mezquindades, y cuando alguien le pedía algo, se ponía en guardia contra sus propios recelos; pensaba en grande ante quienes le rodeaban y servían a la patria.
En cambio, cuando Francisco escribió el deshonesto oficio, no pensó en patria alguna; a él no le importaba que Bolívar se hundiera en los mil infiernos de la guerra venezolana.
En cuanto recibe la autorización 21 de diciembre, con el regocijo que provocaba en él la satisfacción de tan importante paso —al tiempo que planea peores actos—, derrama dulzura en sus cartas al insigne protector:
Y, sin embargo, V. E. quiere que no me aparte del gobierno, que no llame al presidente al senado, y se avanza hasta tomar a su cargo el dispensarme la formalidad de prestar un nuevo juramento que sólo ante el Congreso me manda la ley prestarlo… Esta es la última prueba que V. E. podía darme de la confianza que le merezco y del ventajoso concepto que le han inspirado mis procedimientos.
Ayer he recibido una comunicación del Libertador, a 12 del corriente en Cúcuta, en que me participa haber resuelto el tomar bajo su responsabilidad mi continuación en la Vicepresidencia…
Ciertamente que me veo en el más penoso conflicto: de un lado, mi ciego y firme adhesión a las leyes constitucionales me dictan la separación del destino actual, y del otro, mis deberes de cooperar con el Libertador presidente en cuanto en el actual estado cree conveniente al bien común, me aconsejan no contrariar aquella determinación.
¡Claro!, no le dice a Baralt que pidió al Presidente que lo confirmara en el cargo.
Los derechos de V. E. a mi gratitud y fidelidad (le escribió al Libertador) por aquella concesión son ilimitados. Mi conducta nunca olvidará la obligación que la generosidad y la opinión de V. E. Procuraré desempeñar fielmente mis deberes, siendo recto en mis procedimientos y obedeciendo a las leyes, respetando los derechos del ciudadano, y cooperando con V. E. en cuanto alcancen mis fuerzas al bien general de la República.
El hombre de estos elogios dentro de poco procuraría impedir la entrada de Bolívar a la capital.
Arreglado el asunto de la minucia legal, Francisco se dio a la tarea de enviar cartas a Guayaquil, Quito, el Istmo, Cartagena, donde decía a los amigos de Bolívar que él era un fiel servidor del Presidente y un apasionado de la libertad. Prometía a los moderados hacerle un elogio honroso a Bolívar en La Bandera “si se portaban bien”. Utilizaba este periódico y a la Gaceta Oficial como medios de chantaje y de proselitismo político.
No sólo eso, sino que estando Bolívar en Maracaibo en una actividad incesante por procurar los recursos necesarios “de su guerra”, porque sépase que Bolívar no esperaba nada ni contaba con Santander, y se adelantaba a hacer todo por sí mismo , el Vice en lugar de ayudarlo le respondía que no se empeñara en pedir mucho dinero porque no tenía; que lo que tiene son cólicos y dolor del alma por las habladurías del famoso empréstito que disipó Arrubla. Agrega que Salom anda diciendo:
hay que dividir a Colombia en tres Estados: Páez quedará en Venezuela, Briceño en Quito y en Cundinamarca quizá no quedaría Santander, porque él no piensa más que en sus onzas y se ha portado mal, de modo que ha perdido su crédito… Santander, por envidia a Sucre, ha hecho el reglamento del uniforme para igualarse, junto con Soublette, al Libertador y al general Sucre,…
Ya no se preocupaba tanto por Páez, porque sabía que el nombre mágico de Bolívar mantenía sus poderes para levantar a los pueblos contra los alzados; y en efecto, como un sismo se sacudieron Maracaibo, Puerto Cabello, Barquisimeto, los Valles del Tuy, Caucagua, etc. Por este motivo la guerra civil tomó un giro inesperado.
El 1 de enero de 1827, Bolívar expide un decreto perdonando a los facciosos y declarándose Jefe Superior de Venezuela. Páez queda desarmado moralmente e inclinado ante el influjo del Libertador, luego pedirá que se le juzgue sobre la acusación que tiene pendiente. Pero Bolívar no quiere oír hablar de juicios. De veras estaba aburrido de los hombres y sus miserias, llegando al extremo de decir que Páez era el Salvador de la Patria.
Esta declaración causó espanto en Bogotá. Restrepo dice que la contestación de Bolívar a Páez está llena de metáforas, plagada de comparaciones inexactas y de ideas exageradas. Que está concebida en un estilo oriental y que con justicia se le censuró mucho y que se reveló como un político de poco seso, no muy profundo.
Nosotros nos preguntamos: ¿Qué querían? ¿Castigar a Páez y hacerle un juicio en un Congreso viciado por la intriga? ¿Y por qué no lo va a perdonar, acaso Bolívar no perdonó a Santander de sus turbias maquinaciones?
¿Castigarlo porque lo pedían unos legisladores que el mismo Restrepo admite vivían en la luna, construyendo castillos en el aire con las doctrinas europeas? ¿Castigarlo para satisfacer las venganzas de Santander que, como ya vimos, escribió un oficio tramposo y, como muy bien lo señala el propio Restrepo, en cuanto salió el Libertador de la capital comenzó a desautorizarlo en todas las providencias que había tomado? ¿Atacar a Páez para que La Bandera y los otros periodiquitos se vanagloriaran de ofender a un jefe militar y así encender otra vez los ánimos hasta los límites imprevisibles de una guerra interminable?
En fin, ¿para que se volviera a repetir la historia de la Campaña del Sur, donde Bolívar tuvo que vencer sin Vicepresidente y sin Congreso? Aquella victoria, siendo tan loable porque libertaba medio mundo, no sirvió a los ojos de los “liberales” para nada; mucho menos iba a servir un triunfo contra los propios americanos.
En verdad, Bolívar parecía un oriental en toda su conducta y no un político manoseador como se estilaban en aquel siglo. Es cierto, no podía dejar de mostrar su noble franqueza y olvidar al enemigo que lo había injuriado, y de ofrecer el perdón al vencido. ¿Esto es ser mal político?
Aunque no es para asombrarse, verdaderamente Bolívar no era un negociante de partidos, sino que esperaba que cada cual cumpliera con su deber. Hizo lo que pudo. Era fiel a sí mismo y con esa fidelidad libertó un continente, pero no podía cambiar la naturaleza de los débiles y manipuladores.
¿Que todo esto le enajenó el afecto de algunos que se decían sus amigos, y determinó prácticamente el fin de su influjo sobre Colombia? Es cierto. Pobres de los que no comprendían su corazón. ¿Y qué es de ellos hoy?
Están allí en la oscuridad de los propósitos inconfesable que los animaba.
Cuando apenas el Libertador se encontraba empeñado todavía en una posición incierta contra Páez, el grupo de los liberales bogotanos declararon una campaña criminal contra Bolívar. Pedían que el gobierno granadino lo dejara solo en su guerra. Que sojuzgar a Páez no tenía objeto, ni debía sacrificarse la Nueva Granada en una lucha que se avizoraba larga y sangrienta.
Santander soplaba ahora la chispa de un proyecto federativo.
Nos cuenta Restrepo que Azuero provocaba estas ideas, pero que el Vice las impedía. Falso: los dos trabajaban al unísono porque las barbaridades de Azuero por la prensa le permitían luego a su jefe decirle a Bolívar que la opinión pública ardía a su favor:
Vea, aquí yo tengo también partidarios. La gente grita: “Viva Santander y Cundinamarca”. Es decir, que pudiéndome alzar no lo hago como Páez.
Tanto hablaba de cooperar con el Libertador, pero no envió un centavo para hacer la guerra contra el peligroso llanero. Recibía las cartas de Bolívar y las dejaba sin respuesta aunque éstas fueran las más urgentes. Dice luego Restrepo que fue una prueba de cordura y acierto el que Bolívar ahogara la hidra de la guerra civil con el decreto del 1 de enero —no obstante ser versátil—. Bolívar no era un “político profundo”, porque siempre consultaba a su corazón, a su instinto que jamás lo había defraudado.
La guerra entre granadinos y venezolanos se había hecho intolerable. El espíritu de federación era el último recurso que quedaba para “salvar” a Colombia, es decir, para desmembrarla.
Estaba la capital peor que en ningún otro momento de su historia. El relajo era inmenso: un cambio notable sufrió el Vicepresidente, quien, inexplicablemente, estaba resuelto a violar el juramento de Bolívar, de convocar la gran Convención para el año de 1831. Esta decisión ya era definitiva para finales de 1827. No se explica tampoco por qué se oponía a la confederación del Perú, Bolivia y Colombia. A través de artículos de prensa por medio de la Gaceta Oficial y numerosas cartas, desacreditó este arreglo. El senador Francisco Soto, tal vez con la idea de desprestigiar más a Colombia, porque con ello contribuía a mermar la gloria de Bolívar, defendía en el Congreso nombramientos de connotados corrompidos para los cargos públicos. Famoso fue el caso del coronel Guillermo Iribarren, quien robó seiscientas reses al gobierno en el Apure, revendiéndolas a la misma comisaría de la cual las había robado: se labró él mismo una sólida reputación con propiedades ajenas, y apareció en 1825, ostensiblemente reformado, con un nombramiento como gobernador de
Margarita. Quien llevó la batuta en el Congreso para defender este nombramiento fue el mismo Francisco Soto quien alegaba que no había un solo colombiano que no hubiera robado en los primeros años de la República, y alzando la voz temblorosa remató: “Además no hay nada que robar en Margarita”.
No queremos decir que Bentham haya sido un corruptor de las buenas costumbres, sino que no comprendía la condición de los pueblos de América hispana. Su tratado Defense of Usury, estaba tal vez acorde para la evolución política de Inglaterra, cuyos propietarios llevaban casi un siglo luchando por sus derechos —con ideas fundamentadas en filósofos como Locke, Adam Smith, James Mill y Burke—. Trataban estos pensadores de desprejuiciar el “uso equivocado del idioma”, que creaba una mala reputación a servicios esenciales para el tan preciado “progreso”. Sostenía Bentham que los comerciantes y ricos eran una especie de “visionarios” que luchaban para beneficiar a otros como a sí mismos.
Pero esta filosofía no se correspondía en absoluto con nuestra evolución política ni económica, y un personaje como Soto nos quería desprejuiciar del mal “concepto de la usura”, pero echando mano del tesoro público que estaba exhausto. Carecíamos de industria, de proletarios, de banqueros y de tradición mercantilista: estábamos en plena edad media dominados por la espada del guerrero, la sotana, el más feroz clericalismo. Pero el señor Soto era “imaginativo” para copiar cuanta ideología tremendista surgía en cualquier Estado europeo. El fue quien acuñó la expresión de serviles42 en Colombia, para atacar a los amigos de Bolívar, y la tomó de los “liberales” españoles, quienes en 1812 la utilizaban para apostrofar a sus enemigos.