Por: Ítalo Urdaneta
Una vez más, los sectores de la extrema derecha venezolana que responden al liderazgo de María Corina Machado demuestran que su brújula política no se rige por la estrategia institucional, ni por la construcción de garantías reales, sino por el vértigo y la urgencia del instante.
Ante las declaraciones de Dinorah Figuera, quien encabeza los espacios de diálogo y ha proyectado un proceso electoral sensato hacia finales de 2027 o principios de 2028, condicionado al desmontaje del andamiaje restrictivo y a la renovación de los poderes públicos, la respuesta de los radicales no se ha hecho esperar: agitar nuevamente las banderas de la confrontación y convocar a la agitación callejera en procura de forzar un adelanto electoral sin importar las condiciones técnicas o la violencia que se pueda desatar.
Este reflejo insurreccional pone al descubierto el mismo libreto fallido de siempre. Para este sector, cualquier planteamiento que hable de plazos lógicos para auditar el sistema, estructurar un CNE confiable o sanear el Tribunal Supremo de Justicia es interpretado como una ofensa. Prefieren apostar por la consigna vacía de «elecciones ya», ignorando deliberadamente que saltarse los pasos previos equivale a entregarle en bandeja de plata un nuevo cheque en blanco al fracaso.
La calle, utilizada de manera irresponsable como un mecanismo de presión ciega para saciar apetencias de cúpula, vuelve a ser instrumentalizada para descalificar a quienes apuestan por la vía política e institucional.
El problema de fondo radica en que la dirigencia extremista le teme profundamente a la negociación con resultados verificables, porque ello desmonta su narrativa de la épica perpetua.
Al convocar protestas para sabotear los tiempos de un acuerdo estructurado, demuestran que les importa muy poco el desgaste al que someten a una ciudadanía que anhela soluciones estables y no falsas expectativas de crepúsculo, como ha venido ocurriendo.
Venezuela no necesita más saltos al vacío impulsados por rabietas políticas ni llamados destemplados a la reyerta callejera.
La democracia no se decreta a capricho de los impacientes; se construye con arquitectura jurídica, sindéresis y garantías inquebrantables que eviten que el país vuelva a tropezar con la misma piedra de sus propias contradicciones.
La gente sensata, apegada a la paz y respetando el plan previamente estructurado, que busca un giro político y económico en favor del país, de seguro está vez no acatará el llamado de la oposición extrema, que busca reeditar los hechos violentos del pasado, sin importarle que las calles del país se tiñan de nuevo de sangre dejando luto y un profundo dolor en el seno de las familias venezolanas.