¡La desconexión gubernamental del presidente de la Espriella frente al dolor y la paz del pueblo colombiano!

Por. Italo Urdaneta

​El inicio de un nuevo mandato presidencial en Colombia, representado por Abelardo de la Espriella, ha estado marcado por una serie de decisiones y posturas públicas, que distan profundamente de la sensibilidad y la altura institucional que exige la nación vecina.

Lejos de tender puentes hacia la estabilidad, los primeros pasos de esta administración evidencian una preocupante falta de empatía y un viraje radical que amenaza con desestabilizar los logros previos en materia de pacificación.

​La ruptura de los puentes de paz en el país hermano nos hace ver que vienen días asiagos.

​Uno de los episodios más alarmantes se consumó a las pocas horas de asumir Abelardo de la Espriella el poder, trás ordenar una ofensiva militar directa que dejó un saldo trágico de víctimas fatales.

Esta acción no solo cercena los canales de entendimiento y diálogo que se habían venido construyendo, en el anterior gobierno de Petro, pacientemente, con los grupos alzados en armas, sino que repliega al país a las peores épocas de confrontación y sangre.

La paz no se consolida cerrando las puertas a la negociación ni apostando de manera intempestiva por la vía exclusivamente violenta, ignorando el costo humano que esto representa para las comunidades más vulnerables.

​La indolencia institucional ante la tragedia…

​La insensibilidad del Ejecutivo quedó también crudamente expuesta con su respuesta ante la emergencia humanitaria provocada por el sismo.

En momentos donde la solidaridad internacional y la cooperación de brigadas de rescate son vitales para salvar vidas bajo los escombros, la negativa a aceptar asistencia externa constituyó un grave error de cálculo político y humano.

Impedir que manos expertas colaboren en el rescate por mero cálculo ideológico o soberbia gubernamental es una falta imperdonable con los ciudadanos que agonizaban esperando auxilio.

​Para agravar el panorama, la actitud mostrada por el nuevo presidente de Colombia, durante la presentación de los primeros reportes trágicos del movimiento telúrico, reflejó una desconexión total con el dolor colectivo.

Mientras el país entero se encontraba de luto y la incertidumbre golpeaba a los hogares colombianos, los gestos festivos y las sonrisas del nuevo Jefe de Estado ante las cámaras demostraron una absoluta carencia de decoro institucional.

Un Presidente sensato está llamado a encarnar el dolor de su pueblo en las horas más oscuras, no a trivializar la tragedia con actitudes egocéntricas que ofenden la memoria de las víctimas.

​Como conclusión a los desmanes de la Espriella, podemos decir que las primeras actuaciones de la nueva administración reflejan una preocupante inclinación hacia el autoritarismo, la soberbia y el desprecio por los consensos sociales.

Un liderazgo verdaderamente democrático se mide por su capacidad de acoger a toda la ciudadanía, especialmente en medio del dolor y la crisis.

Desestimar el valor de la paz, rechazar la ayuda humanitaria y mostrar indiferencia ante el llanto popular son síntomas claros de un gobierno que empieza a espaldas de su propia gente.

A Colombia, por lo visto, no le espera en un futuro inmediato nada bueno, si seguimos observando la misma conducta de quien hoy rige los destinos del pueblo neogranadino.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *