Por Geraldina Colotti
Nereida Bueno no es solo una dirigente de la Central
Bolivariana Socialista de Trabajadores (CBST); es la
memoria viva de la resistencia en PDVSA.
Trabajadora de la sede de La Campiña y habitante de
Fuerte Tiuna, Nereida ha vivido en carne propia los
dos momentos más críticos de la historia
contemporánea de Venezuela: el sabotaje petrolero de
2002 y el reciente bombardeo del 3 de enero de 2026.
Su testimonio desmonta la narrativa del «fin de la
revolución» y pone rostro a la «ética de la
responsabilidad» que anima la clase obrera petrolera
también en esta compleja coyuntura.
Nereida, para quienes nos leen fuera de Venezuela,
por favor dinos quién eres y cuál ha sido tu papel
en este proceso revolucionario.
Soy Nereida Bueno, trabajadora petrolera. Me tocó
vivir el paro petrolero de 2002 y ahora nos
corresponde otra intervención en la historia. Los
trabajadores petroleros nunca claudicamos
políticamente; siempre estamos ahí en pro de la
revolución, invocando a nuestros ancestros y próceres.
Somos venezolanos y venezolanas que sacamos el
petróleo de debajo de la tierra, no de barriles ya listos.
Por eso entendemos por qué el Comandante Chávez
defendía tanto al país, y por qué hoy lo hace el
presidente Nicolás Maduro y nuestra presidenta
encargada, Delcy Rodríguez. Estamos con ella, dando
un paso al frente por nuestra soberanía.
Tú entraste a PDVSA en 1998, todavía en la IV
República, siendo una mujer muy joven y madre
soltera. ¿Cómo fue ese inicio de lucha obrera en un
mundo tan cerrado?
Mi lucha empezó por necesidad. Soy madre soltera de
cuatro hijos y en 1998 era casi imposible entrar a
PDVSA si no tenías dinero para pagar a quienes
dirigían los proyectos; les cobraban demasiado a los
obreros. Pero gracias a Dios tuvimos a un líder obrero
como Will Rangel, que visualizó esas injusticias y
puso un alto, aglomerando a los sindicatos. PDVSA
me permitió criar a mis hijos y darles estabilidad. No
soy rica, ni millonaria, ni me han comprado: tengo
conciencia revolucionaria. Mi primer voto, a los 18
años, fue por Chávez. Escucharlo me erizaba la piel
porque hablaba con el corazón, era totalmente
humano.
Como mujer consciente y trabajadora de base,
¿cómo viviste esos años donde la burguesía intentó
infiltrarse en PDVSA a través de la corrupción
para pudrir los cuadros que amamos?
Nosotros siempre llamamos a la conciencia del
trabajador de a pie. Los problemas suelen venir de
arriba, de directores o fascistas infiltrados, pero los
obreros somos el motor: sin nosotros, PDVSA no es
nada. El presidente Maduro nos escuchó cuando
pedimos «limpieza» en la industria y ordenó sacar lo
que estaba mal. Hoy, bajo las instrucciones de Will
Rangel, nos organizamos en «Cuerpos Combatientes»
dentro de las instituciones para defender este proyecto
de vida. La conciencia no se compra. Somos un
pueblo resistente que ha minimizado cada proyecto
nazi-fascista que han lanzado para derrotarnos.
Hay una fuerte campaña de mentiras, una «bomba
cognitiva» que dice que Venezuela ya no es dueña
de su petróleo porque «mandan los gringos». ¿Qué
respondes a eso?
Ellos pueden decir lo que sea en TikTok o en las
redes, pero aquí se van a encontrar con venezolanas y
venezolanos con conciencia. Nosotros sabemos lo que
pasa en nuestro país. Tenemos patria y una revolución
que nació para quedarse, no para morir. Aquí hay
chavismo para rato.
Fue horrible, fatídico. Antes solo veíamos esas cosas
en las películas, aunque el presidente Maduro nos
había advertido que no nos descuidáramos. Fue
aterrador: los niños gritaban, la gente se caía por las
escaleras en medio del pánico. No se lo deseo ni a mi
peor enemigo. Pero de inmediato nos organizamos.
Salimos a resguardar a las personas con discapacidad
y a proteger las instalaciones, tal como nos instruyó el
presidente. Esa experiencia nos reafirmó la necesidad
de los cuerpos combatientes: estamos un paso
adelante para defender nuestra soberanía con lo que
sea necesario.
Finalmente, en medio de tanta agresión
imperialista, ¿cuál es el mensaje de la clase obrera
al mundo?
Nosotros llamamos a la paz y a la integración. En
nuestra revolución hay chinos, ecuatorianos, incluso
estadounidenses; aquí no le cerramos la puerta a nadie
que venga con respeto. Somos hermanos. Pero no nos
vamos a detener hasta que nos devuelvan a la primera
combatiente, Cilia Flores, y a nuestro presidente
Nicolás Maduro. Él es un luchador y así nos inculcó:
un pie adelante, siempre.