Jubilado pero… con mascota…

José Sant Roz

Ahora ya jubilado, comienzo a formar parte de otra familia, la de los que se ven obligados a sacar a mear y cagar un perrito todas las mañanas. Bueno, uno debe pensar también que lo hace por humanidad. Hay que querer a alguien sobre todo cuando ya estamos viejos, después de que a uno lo han querido tanto, me digo. Pues, sí, me entregaron la jubilación y con ella en una caja un bello perrito Beagle de un año de nacido, dejado por una colega que emigró a España. Venía la caja con una nota: “Señor don Artemio Rivas, para que usted tenga algo en que ocuparse en su vejez después de haber prestado sus servicios con gran competencia, juicio y moralidad en esta empresa durante 35 años…. Este es un animalito que se adaptará muy bien tanto al campo como a la ciudad… Que lo disfrute. Le deseamos lo mejor. Felicidades…”. Y yo que aspiraba a que me dieran un chequecito de mil dólares al menos. Pero bueno, algo es algo, liquidación al fin. ¡Un perrito!

En verdad, que eso era lo menos que yo me esperaba, porque estaba pensando en retirarme a una choza en la playa, enteramente solo. Solo con mi sombra. Dentro de la caja venía el certificado con la autenticidad del fulano pedigrí. “¡A quien le tocare, Cuídelo!”, escribió su ex dueña en una tarjetita llena de flores. Pero qué monada de perrito. Tan encantador como jodedor, porque no dejaba de morderme y arañarme, de hecho, apenas lo estuve mimando un ratito cuando vi que mis manos y brazos sangraban. Me dijeron los encantadores jefes de mi empresa: “No se preocupe que ese perrito es de una raza que no crecerá mucho. Será fácil alimentarlo y cuidarlo. Es muy obediente”. “Menos mal, aunque sin ninguna duda jamás dejará de ser un hijo de …”, dije para mis adentros viéndome mis manos y brazos.

Llegué a mi residencia y todos los que tienen perros comenzaron a saludarme con extraordinario cariño, sobre todo una vieja que vive sola como yo y que es dueña de un chihuahua, que según me dice, tiene quince años con ella. ¡Quince años sacándolo a mear y cagar, qué proeza! “-Ahora nos podemos hacer compañía…”, me dijo abriendo mucho los ojos. ¡Zape! Ave María purísima. No sabía que esos diminutos perros podían vivir tanto, por favor. ¿Y éste que me dieron a mí, me irá a sobrevivir? Por arte de magia aparecieron muchos más vecinos todos con perros que comenzaron a saludarme con harto cariño, cosa que nunca habían hecho antes. Qué familión, carajo, he formado.

Con este nuevo miembro en casa, de inmediato comencé a descubrir que todo el ambiente a mi alrededor había cambiado drásticamente. Habría de ser otro mundo perruno el mío, ya no me pertenecía. Le arreglé con paños viejos un pesebre al animalito y estuve pasándole la mano por el lomo al tiempo que no dejaba de morderme, “amargadito, el hijo de puta”. Allí lo puse pero en ese lugar no quería estarse tranquilo. Comenzó a mearse a propósito. Tenía que ser a propósito porque descubría trazos líquidos por todos lados. Conoció en pocos minutos, cuartos, camas y closets, y llegó de tal modo a desaparecer que me hizo entrar en pánico. ¡Mierda!, se había incrustado detrás de la lavadora. “Coño, qué bien voy a pasar mis últimos años de vida”, me dije. Pero bueno, es mi responsabilidad. A lo hecho pecho.

Pero es que además, el animalito de veras me parecía adorable.

Cogí lápiz y papel y me puse a hacer cálculos para elaborar un nuevo diario de vida: 1- Debo hacer un documento de garantía junto con certificado de su pedigrí para aquel que deba recibirlo en caso de mi fallecimiento. Es decir, dejarlo a un heredero. 2- Puse allí: “Que se le entregue a mi compadre Humberto Martínez…”.

3-  Entre las primeras tareas a cumplir debe ser sobre el tipo de alimentación. Menos mal que me habían pagado el bono de alimentación. Y menos mal que el animalito ya estaba destetado. 4- Tenía que tomar un curso por internet sobre lo que resultare psicológicamente apropiado “para este nuevo hijo querido”, sobre ruidos y relaciones con otros animales. 5- Claro, buscar la fulana perrarina, pero de las más ricas en vitaminas. Pero bueno, alimento que podía ir alternándosele con preparados que yo iría haciendo en casa como arroz con alas de pollo, bofe, vísceras para que el mantenimiento no me saliera tan caro. Aquel bichito no podía estarse tranquilo, hurgando, saltando, arañando sillas y sofás, royendo las patas de las mesas, puertas y colchones, alfombras y cojines. Acabó medio apartamento en tres horas…

Busqué platos viejos o de plásticos. Me estuve enterando de las vacunas que ya tenía y las que deben aplicársele cada año. Sobre los accesorios: correas y collares, revisé varios muestrarios. ¿Y los jabones para bañarlo? ¿Y la loción, las cremas y los polvos antipulgas?… ¿los cepillos, el champú perfumado? ¿Las visitas regulares al veterinario, los entrenamientos y cursos recomendables para que deje de ser tan bestia, tan bárbaro y destructor? Y ya grandecito habrá que pensar en los servicios de pedicure, baños, afeites, peinados. ¡Carajo!, y cuando me toque largos viajes en autobús, ¿cuánto me podrá costar uno de esos guacales con ruedas?

Uno nunca sabe lo que le espera a la vuelta de la esquina. Así es la vida…

 

 

 

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