Insoliteces: LEYENDO LO QUE AÚN NADIE HA ESCRITO… (I)

José Sant Roz

27-7-2020: Por la noche, ya entre sábanas, me echo a pensar en el camino hacia a la hondonada de los pinos, en el río que debe estar fragoso en estos días de lluvias, con su puente hecho con tablas de madera cruda; recuerdo la empinada cuesta llena de lajas con un arroyo que baja todo el año y en el que están pastando las vacas y becerros de Nectario. Pienso en las botas de goma, en el morral, en el machete, la cantimplora y en mi compañera Solita, todos esperando por mí. Recorro con mi imaginación cada palmo de la inmensidad de las montañas que rodean nuestra casita, el camino real, las tres cruces blancas allá en lo alto de Los Atalitos, los arreboles de las madrugadas y las noches estrelladas. Pensando en todo esto me duermo porque mañana emprenderemos viaje a La Coromoto.

28-7-2020: estamos en plenos preparativos para ir a los Pueblos del Sur, a cinco meses y medio de haberse generado la fulana pandemia mundial. Voy con mi esposa y mis suegros (Albania y Horacio). Llevamos el consabido salvoconducto para nosotros cuatro, expedido y firmado por el general jefe de la Zodi-Mérida. Se especifica en el salvoconducto que soy un pequeño productor.

Se cumple, pues, nuestro anhelado viaje al campo para romper la rutina de la cuarentena en la ciudad donde, sobre todo por las tardes, se vuelve fantasmal, con esa reclusión silente ataviada de luces interiores, en un descubrimiento tardío de tantas vidas y sueños desperdiciados, de tantos caminos nobles olvidados, hurgando hasta los huesos el por qué estamos aquí y no en otro mundo, qué nos deparará este ramalazo de desconciertos, de penas y guiños diabólicos.

En la ciudad, para cada salida debemos cumplir con tediosos protocolos de protección personal, sintiendo y presintiendo que en cada contacto con otros hemos sido o hemos estado a punto de contagiarnos, quizá ya alcanzados por la fatalidad de su mal, que lo llevamos, que no nos escaparemos: un monstruo y un horror que está en todas partes, que induce obsesión y pánico. Al menos allá, en el campo, trabajaremos al aire libre, adiós tapabocas, adiós rociadera de alcohol, adiós máscaras protectoras, adiós distanciamiento social, adiós noticias pavosas, adiós inventos que corren por las redes … adiós tediosas colas en los comercios, adiós señor pánico…

En fin, el coronavirus puede llegar, quien sabe, a través de qué duendes volátiles, de qué vientos o tornavirones, pero está aquí entre nosotros, impertinente y desafiante, que si atrapa a uno se lleva a unos cuantos. Es entonces, digo, cuando la vida se hace más apreciada y a la vez más peligrosa, más refulgente, más necesaria e imperiosa, con esa impronta de eternidad que cobra un brillo inesperado y sorprendente, y a la vez con ese sabor de desolación que nos dejan los que se van, y esa insólita realidad de que hemos venido aquí para imperar por siempre. Comprobando que el temor a la muerte es lo esencial de la vida. Con esa evidencia, insólita también, como dice Whitmann, de que nada es tan importante como creemos, ni siquiera esa pertinaz despedida definitiva.

Vivimos de despedidas en despedidas precisamente porque algún día nos iremos para siempre.

Cuando amanece, no hay luz en el sector y procedemos, desde un séptimo piso a bajar nuestros macundales. Aún a las 9:15 de la mañana seguimos sin electricidad, pero todo lo tenemos listo para la partida. Aprovecharemos en este viaje, para intercambiar algunos productos que nos permitan ir sobreviviendo, así nos obliga la actual crítica situación. La tolva de la camioneta la llevamos hasta los calcañales, con sillas plásticas, unos treinta litros de aceite quemado, una caja con veinticinco costales, varias maletas de quincallería, toda la comida que requeriremos para una estancia de dos o tres semanas. También llevamos un pilón para trillar el café en laja que logremos obtener de los trueques.

Va al volante Horacio Parilli, experto conductor, hombre cuidadoso en todos sus procederes, previsivo, organizado y muy atento a los detalles. Una vez que se ha hecho la señal de la cruz, enciende el vehículo, se ajusta las gafas, se coloca el cinturón y adelante con los faroles. Albania y María Eugenia van en el asiento de atrás atentas a los pormenores del avío, del cafecito para el largo trecho y de la amena conversación que tiene que ver con acontecimientos recientes en la familia y en el país.

En el trayecto, nos encontraremos con tres alcabalas, la de Las González, la de El Anís y El Molino.

En el punto de control de la Guardia Nacional de Las González no nos exigieron nada. Vía despejada, horizontes abiertos. En Lagunillas nos detenemos a comprar unas panelas.

El primer tramo hasta Lagunillas es árido, agreste, propio de la zona xerófila, con multitudes de cactus como si nos encontráramos en esos desiertos, como el de México, en Sonora, por ejemplo. Preguntándonos qué utilidad, además de su belleza natural (que es bastante), puede tener este cactus, y si acaso la Universidad de Los Andes, alguna vez hizo investigaciones para conocer sus propiedades. El doctor, biólogo, Jaime Perfeau, seguramente nos podría dar una respuesta.

Enfilamos hacia El Anís y en llegando apreciamos una enorme cola de carros para echar gasolina. Tampoco en el puesto de control de El Anís nos revisan ni nos exigen nada. A fin de cuentas, eso de controles muy pocos les hacen caso, aunque hay guardias y policías a quienes repentinamente se les alborota la necesidad de ejercer la autoridad y ahí está el peligro de que se nos tranque el viaje y no llevemos nuestro salvoconducto.

El tiempo está hermoso, límpido, fresco el aire, propicios los colores del cielo para revolotear por encima de las adversidades.

Al traspasar el punto de Estanques, nos encontramos el camino empapado por las recientes lluvias; las cunetas enmontadas y el terreno averiado como lo viene estando desde hace varios años. Todo el trayecto desde Estanques hasta El Páramo de Las Nieves pertenece al Municipio Sucre y muy ocasionalmente le hacen mantenimiento.

Al avanzar unos cinco kilómetros comienza la parte boscosa y en la que vamos encontrando troncos y ramas atravesados en la vía, teniendo el conductor que maniobrar con cuidado, también para evitar los cráteres en la vía y lo abrupto del terreno. Comienza a verse, allá al fondo, la autopista que va a El Vigía como una cinta azulada entre el verde pálido de los montes y promontorios de áridos peñascales. Se ve encajado en una falda el pueblo de Chiguará, donde nacieron dos notables personajes uno de la literatura nacional, Antonio Márquez Salas, y el otro, un pensador e historiador del alto vuelo como Kleber Ramírez.

Los recuerdos afloran de otros tantos viajes, cómo va cambiando la vida, el mundo que nunca más volverá a ser el mismo. La carga del tiempo y de las circunstancias, con una frase estremecedora que llevaba aún sangrante en el corazón: “- Dios mío, pero qué año tan terrible ha sido este 2020”. Sentencia brotada del alma adolorida de mi cuñada Paola, lanzada con una mirada consternada, sus ojos verdes y tristes que me colocaron en el real centro de la conmoción que estamos viviendo. Antes no había percibido su dimensión desgarradora, y en su desolada mirada, presagios de otros golpes peores. Yo creo que ni ella misma reparó en la fuerza terrible y total con que la expresó.

Y pensar, que apenas nos encontramos en los primeros pasos de la catástrofe que nos sacude, cundiendo aceleradamente los casos de contagios en Venezuela.

Vamos alcanzando ese tramo de carretera que fue remozado hace unos seis años: el carro toma su ritmo sereno y de lado y lado recibimos un viento más recio y fresco, con ese cuadro de enormes picachos rojizos flotando en un mar de nubes tristes en la inmensidad de los abismos. Este trayecto muy bien asfaltado se extiende por unos veinte kilómetros.

Por lo dañado de esta vía es por lo que este recorrido desde Mérida hasta Canaguá, unos cientos cuarenta kilómetros, se hace en casi cinco horas.

En Tusta nos detenemos a tomar café. Bajamos de la camioneta y María Eugenia, termo en mano, hace el consabido reparto en unos trajinados vasitos de plástico. El cafecito lo acompañamos con media paledonia, de cuatro paquetes que hace dos días compramos en la panadería La Casa del Costurero. Entre bocado y sorbo, nos ponemos a estirar las piernas: andamos por la carretera, mirando los campos, la venta de Benito en donde en otros tiempos se detenían las busetas y los pasajeros tomaban café, compraban chucherías y pedían empanadas u ocupaban las mesas para trasegar resueltas cazuelas con hervidos de gallina o de mondongo. Hoy, este puesto está desolado, y sobre unas planchas de zinc vemos un aviso que dice SI HAY PUNTO. Me acerco a un descampado y veo dos culebras corales muertas y resecas, colgadas en una cerca de púas. Luego, aparece de la nada un niño, y el único niño posible en este paraje es Yosman, un nieto de Benito al que le pregunto por su familia; hace unos dos años murió la dueña del negocio, doña Betilde luego de un tormentoso tratamiento de diálisis en Mérida. Poco antes de morir nos la conseguimos en Estanques y le dimos en aventón hasta su casa.

  • Oye Yosman – le pregunto-: ¿qué están vendiendo ahora en el negocio?
  • Miche- responde.

Continuamos la marcha: derrumbes, más árboles caídos por el barrido que provocan las lluvias en las peladas laderas. Las grandes quemas del verano han dejado un vendaval de cenizas, barro y troncos de pinos calcinados. Se van notando cambios en el terreno: coloraciones como de greda y despampanantes peñascos asomando sus crestas. Sobre el desmadrado terreno unos pinos canadienses se adueñan de las laderas.

Cerca del páramo de Las Nieves, nos adentramos en el espectáculo de la niebla flotando entre nubes y selvas de lajas de piedra, nosotros cada vez más adentrados en las cornisas coloradas de esas estribaciones que se extienden hacia los confines de los llanos.

Comienza un culebrérico descenso con esas hermosas vistas con todas las tonalidades del verde. Pasamos por Betania, la famosa propiedad del doctor Carlos Parada, vieja posada de arrieros, un paraje encantador y encantado que procura apresar el pasado con reliquias de resplandores memorables. Seguramente, allí se encontrará en su augusta soledad el doctor Parada, aferrado a sus libros y a recuerdos que les fueron tan felices; su caserón con amplios ventanales, con aquel mesón para veinte comensales, aquellos cuartos y corredores para acoger dignidades venidas de Caracas o de Mérida, y ahora él mismo en su prístino silencio como otra pieza más de aquellos venturosos tiempos.

Vamos ahora descendiendo hacia las hondonadas de la próspera finca del doctor Quintero Moreno recientemente fallecido en un accidente de tránsito por esta misma carretera. La finca del doctor Quintero es de las más prosperas, con sus bellas vacadas pastando a la orilla del río en ese embeleso de casitas colgando de la montaña como en un pesebre navideño. Vamos llegando a El Molino.

El más severo de los controles sanitarios lo encontramos aquí en El Molino, con una inspección de todo lo que llevamos en el vehículo. Nos aborda un policía con rigor inquisitivo, cuaderno en mano, y con gestos que denotan desconfianza en todo lo que ve y oye. Comienza su tenaz interrogatorio: de dónde vienen, a dónde van, el motivo del viaje, no le interesa si llevamos o no salvoconducto ni quiere verlo, eso para él son bagatelas. La cosa pareciera irse caldeando sin que ninguno de nosotros hayamos podido decir nada. Luego aparece otro policía, encuerpeado, a quien se le ve decidido a imponer mucho más la autoridad de la ley. Me exigen que baje del vehículo. Hay tres hombres vestidos de civil, echados en una acera, siguiendo palmo a palmo los pormenores de la pesquisa. El policía encuerpado me pide que le muestre lo que llevo en la tolva porque “-hay que cuidarse de los estragos que está causando la pandemia…”. Se asoma, mira por debajo de la cubierta de plástico y apenas ve unas sillas plásticas, escupe un palmo de chimó que queda como lagartija aplastada en el pavimento.

  • Correcto, correcto.

Se disculpa por las molestias causadas.

La gravedad terrible del problema de la gasolina es algo insólito, y el policía me dice que no se consigue ni una gota para tratar las lombrices. Imagínense lo que esto representa en una zona agrícola como la de los Pueblos del Sur.

Continúa el procedimiento: Le digo al policía que vamos a Canaguá, entonces cuaderno en mano, me pide que le dé el lugar exacto y la familia de referencia. Contesto que nos dirigimos a la aldea La Coromoto, donde la familia Mora. Nos pide nuestros nombres y cédulas, y responde con perspicacia que ninguno de nosotros somos Mora y que van algunos hasta con apellidos italianos. Le explico que tenemos una casa con una siembra de café y sigue haciendo anotaciones en su cuaderno. Anota y me mira, anota y vuelve a remirar.

– La situación se torna crítica – nos explica casi con orgullo -: nos acaban de reportar un caso de coronavirus en Mesa Quintero a unos quince kilómetros de aquí. Hicieron una fiesta y alguien infectó a un gentío. 

Con bastante aprensión, los exigentes agentes nos retiran los obstáculos, nos desean buen viaje y continuamos nuestro camino.

Los inventos y relatos en el imaginario popular en relación con este virus son de los más sensacionalistas y, algunos bastante exagerados. Yo he tomado por norma creer poco lo que al respecto me cuentan. De ser cierto todo lo que se inventa tendríamos en el país cientos de miles de casos. Hace poco corrió en Mérida, la versión según la cual toda una familia de cinco personas de Santa Bárbara del Zulia se encontraba convaleciente de coronavirus en el Centro Clínico de Mérida. La información extra oficial refería que el padre de esta familia llegó diciendo a la gerencia de este Centro que él era un hacendado multimillonario con capital suficiente como para comprar la referida clínica y que requería que le reservasen todo un piso para su familia, y que a los pocos días murió uno de ellos. Nosotros nos quedamos a la espera de la confirmación de este hecho, pero nunca se vio nada que lo asegurase.

Pues bien, al llegar a Canaguá nos dirigimos directamente al CDI para que el personal médico nos chequeara. Pasamos por el puesto de la Guardia y no vimos un alma. En el CDI comienzo a revisar cubículos y todo aquello está desierto. Me dirijo a Emergencias donde hay varias personas esperando ser atendidas, y participo que acabo de llegar con mi familia de Mérida y quiero que nos chequeen.

Del fondo de unos parabanes se asoma una señora de bata blanca y me dice:

– Sí, como no, venga por aquí.

Salimos de nuevo a la calle, voy siguiéndola, pasamos por una verde grama enana y llegamos hasta otro cubículo en el que la señora pregunta si hay reactivos para hacernos los exámenes. Otra señora de bata azul sale de su escritorio y dice que me espere, se dirige al fondo de un pasillo del cual sale una fornida dama, alta y morena, que se acerca pausada y serena haciendo gestos negativos con la cabeza:

– No hay. Lo lamento.

Cumplimos así con Dios y con la ley, y podemos seguir a la aldea sin que nadie pueda reclamarnos, como la otra vez, que nos presentamos sin los controles sanitarios reglamentarios. Aquel pueblo de Canaguá estaba realmente desierto, la plaza en su ingrimitud más plena, la iglesia con sus puertas abiertas en un bostezo letal y sin un alma, la estación de gasolina acordonada por unas guayas. De nuevo pasamos por el puesto de control de la Guardia y éste sin un alma.

Emprendemos el ascenso a La Coromoto, llegando a nuestra casa a las 2 de la tarde. La sensación que uno tiene es que la gente cada vez le hace menos caso a las fulanas normas de la cuarentena. Mi bello país es un desorden de primer orden y el que no se vuelve loco, como decía Núñez de Cáceres, es porque no tiene juicio. Unos molestos porque dicen que el gobierno se mete demasiado en nuestras vidas y otros porque sostienen que aquí no hay gobierno. Entre la existencia o no del Estado, todo sigue su ritmo, aunque pocos sepan hacia dónde vamos.

Pronto nos enteraremos que le hicieron las pruebas rápidas a cuatro campesinos que nunca habían salido de sus casas pero que resultaron positivos, entonces los encuarentenaron durante catorce días, y aquella pobre gente implorando con desesperación que los dejaran salir porque ellos no habían tenido contacto con nadie extraño ni siquiera del pueblo. Entonces llegamos nosotros de la ciudad, pedimos que nos hagan la prueba y nos dicen que no hay reactivos. El asunto es que esta prueba puede resultar positiva ante muchos cuadros gripales o de enfermedades como diarreas o vómitos.

Vamos viendo a lo lejos nuestra casita. La perra al reconocernos entra en un terrible temblor golpeando con sus patas la cerca y corriendo enloquecida. Una casa sola es un alma en pena, acongojado su jardín, sus ventanas como cuencas lagrimosas y tristes, sus árboles abotagados, sus cuartos fríos y apagados. Lo mismo ocurre con la perra, flaca como Rocinante, a pesar de que siempre le dan su comidita.

La primera tarea después de bajar los macundales es hacer un recorrido por nuestro pequeño terreno para ver cómo van los cafetos, los limoneros, el manzano, los naranjales, el cambural, las moras, las fresa, encontrando algunas sorpresas agradables, por ejemplo, que una hermosa auyama se ha disparado en uno de los redondeles de nuestras siembras; el eucalipto está hermoso, las matas de berenjena se fortalecen; igualmente la chirimoya se ha espigado, los dos nísperos compiten con los cafetos y ya los superan en altura, los oréganos, el hinojo, las matas de aguacate, la mata de lechosa, nos saludan con gracias de cantos murmuradores… Llegamos a la troja y nos asomamos al río que se viste con sus fragosas aguas.

Decido hacerle una visita al amigo Corsino, el patriarca de 85 años, para participarle de nuestra llegada. El señor Corsino está ciego pero tiene la visión precisa de cuanto ocurre y se expande en este mar de lágrimas y a la vez maravilloso universo. Lo encuentro en el corredor con sus hijos Enrique, Ángel y Manuel. Compartimos un rato sobre los eternos problemas de la sobrevivencia y me entero que el café en laja que se negociaba cada kilo por un dólar hace poco, se está agotando dramáticamente. Me entero que hace unos cuarenta años el señor Corsino llevaba un arreo de mulas a Santa Cruz de Mora cargado con café, y el intercambio por alimentos era suficiente para mantener a su familia de más de media docena de muchachos durante un año.

Mi hija Adriana, que antes de la pandemia tenía planes de irse a Europa, me dio cincuenta dólares para que le comprara un bulto de café en laja de cincuenta kilos. Resulta que el precio del café dio un disparo y el bulto de cincuenta kilos se fue a cien dólares.

29-7-30: Nunca falta en estos viajes algo que se nos quede o se nos traspapele. En esta ocasión se me quedó el conector de la computadora, y gracias a que Natali me ha prestado su Canaimita voy a poder llevar este diario. A Albania se le quedó su radio.

Los ventanales de nuestra humilde casa son un cuadro viviente de lo más diverso y activo de cuanto ocurre y discurre en la aldea. Cuando decidimos construir esta casita, tomamos la previsión de que tuviese la mayor claridad posible, que la luz llegara a todos sus rincones y en cualquier giro de nuestra vista pudiésemos atrapar el hermoso cuadro de la naturaleza, sus árboles, sus pájaros, montañas, lluvias, nubes, brisas, silencios y cantos. En total, dispusimos de trece ventanales, cinco de los más grandes colocados en la cocina, en la sala y el comedor, en un espacio integrado con una biblioteca que está en todas partes. El mayor de los ventanales está en el dormitorio de las pasiones líricas, el de los sueños y lecturas hasta la media noche, o de las conversas hasta la madrugada: en el que se eliminó toda una pared para que penetrasen las estrellas, las noches de luna llena, el canto de los pájaros, las sombras de los garbancillos y los amaneceres como otros más de los queridos compañeros y permanentes invitados espectrales, insondables hechizos de nuestro corazón.

Ante todo, nuestra humilde casita está situada en el camino real, y cuando nos encontramos en la sala podemos apreciar la montaña Los Atalitos, en cuya cumbre están tres enormes cruces blancas, en honor a esos proyectos de Viacrucis, que se dieron hace años en estos Pueblos del Sur. En las faldas de esta montaña se aprecian siembras de papas, café, caraotas, arvejas y cebollas, y pasta el ganado de don Anastasio. Desde la cocina tenemos la misma vista pero ampliada porque podemos contemplar la siembra de nuestro solar, el enorme guamo negro que cobija algunos de nuestros cafés, más allá el soberbio eucalipto y al fondo, los contornos que dan al río. Desde estos ventanales vemos pasar, por ejemplo, a Anatolio que con sus botas de caucho y su andar agarzonado, hace bailotear su largo machete en su vaina de cuero repujado. La vaina es todo un lujo de artesanía, con arabescos sobre fino cuero, con flecos colgándoles por los bordes y que me hizo recordar a mi padre quien fuera un gran talabartero, allá en Santa María de Ipire y en Las Mercedes del Llano. Cuando Anatolio nos visita, ese objeto afilado se le atraviesa como un ser vivo, se lo cruza a la izquierda, lo palpa, lo mete y saca, largo cual espada toledana. De pie le cuelga hasta el tobillo, y cuando se sienta y cruza las piernas, la hoja de acero se proyecta como otra extremidad de su cuerpo. Cuando conversamos en el porche, cada cinco minutos Anatolio se pone de pie para escupir una gruesa carga de chimó. Anatolio tiene un bocadito de tierra con una siembra de maíz en las faldas de Los Atalitos.

Leo esta elocuente metáfora de García Márquez: “…ráfagas de escupitajos incandescentes…”.

Así va transcurriendo la apacible vida en la aldea donde el trabajo es el dios y el reino de todo.

Vemos subir casi de madrugada, llueva, truene o relampaguee, a Silverio con la tropa de su mujer, su hija, un yerno, su nieto y dos perros; se dirigen hacia el norte de las montañas Los Atalitos, donde él tiene alquilado un palmo de tierra. Suben todos con sus azadones, picos y chícuras. Por la tarde vemos a la misma tropa bajar arrastrando palos secos para el fogón, porque el gas está muy caro y escaso.

Pasan los nietos de Avelino uno de siete y otro de diez años, arreando unos becerros. Baja y sube en su enorme mula zaina, como un prócer jubilado, don Edelmiro, obeso, con sombrero de fieltro y de ala ancha, paseando por las tardes su enorme barriga y en ocasiones a su nietecita Carmela de apenas tres años.

El discurrir de estos bucólicos cuadros son continuos y elocuentes, sencillos y generosos. Desde todas las otras casas todo el mundo también está pendiente de lo que se mueve en el camino real: las motos, los bueyes, cochinos, pavorreales, gallinas, vacas, becerros, mulas, los camiones, el jeep de Ruko quien hace traslados de Canaguá a la aldea y viceversa, los caballos de Enancio, los perros de caza de Anastasio, los viejos y viejas que van a misa, las muchachas hermosas con su feliz algarabía de guacharacas.

Frente a nuestra casita está la escuelita de la aldea, y allí Ángel está criando liebres que ya están enormes como perros. Yo desde la sala las veo corretear por la grama.

Pues bien, hoy como a las nueve de la mañana nos visita el señor Corsino. Lo trae de la mano su hijo Ángel. Momento de alegría para todos nosotros, lo llevamos a la troja. Ahí entablamos sabrosa conversa con Albania y María Eugenia, mientras Horacio se dedica a sacar monte y a quitarle el moho a unos viejos bancos de madera. La conversación se prolonga más allá de la media mañana. Cuando quedo solo con él me refiere algo que me deja pensativo: “-La gente tiene la sensación en este momento de que no equivocamos. Que nos pusimos a buscar el bien para todos, y hemos fracasado de plano…  No importa que se sepa que nos hacen muchas maldades desde otras regiones, que nos maltratan y nos condenan, el asunto es que poca gente comprende lo que está pasando y no lo acepta, está desesperada”.

30-7-20: Lo más resaltante que se percibe en el ambiente y quizá así lo sea a nivel nacional, es un notable estado de corrupción, con la desgracia de que en viéndola, en sabiéndola, en palpándola, nadie puede demostrarla y nadie se atreve a denunciarla, y nada se puede hacer para combatirla, castigarla o evitarla. Y no se trata de culpar al gobierno, uno lo ve cómo cunde en los orondos jeques empresariales, en los comerciantes, en la misma oposición. Una verdadera lacra social. Y este monstruo de mil cabezas no tiene quien lo enfrente: se evidencia en el bachaqueo, el matraqueo, el contrabando, el robo y la escasez de la gasolina, el precio del gas, de los alimentos, ciertos negocios que se hacen tras bambalinas con los CLAP’s. Durante el gobierno de Chávez se pusieron en práctica ingentes métodos para combatirla sobre todo mediante la contraloría social, pero este procedimiento fue desvirtuado y a la larga dejó de funcionar. El poder oficial lo destruyó.

Lo que tiene que ver en estos lares con el negocio del café es terrible: el año pasado se tuvo una excelente cosecha, y los productores lograron obtener pingües ganancias. Hace dos meses, en la aldea casi todo el mundo tenía café, hoy el que les queda es para consumo meramente doméstico. Hace dos meses el kilo en laja se pagaba a un dólar, y hoy, luego que los comerciantes se los han chupado todo vendiéndoles a los pobladores los productos bien caros, se ha duplicado el precio y está a dos dólares el kilo en laja con el agravante de que ahora al productor ya no le queda café que negociar.

Por la noche llega una pavorosa tormenta. Estallidos de truenos por doquier como si fuese una guerra. Se producen relampagazos seguidos del cañonazo de los truenos y luego el bramar de escalofriantes ecos. Seguidamente quedamos en tinieblas, sin electricidad. Esta tormenta duró más de dos horas.

Hace poco se le desbarrancó una vaca a Alesio y tuvo que sacrificarla. El desbarrancamiento de vacas por estos lares es muy común.

Recuerdo esto de la Arataca de García Márquez: “… la colonia inolvidable para nosotros fue la venezolana, en una de cuyas casas se bañaban a baldazos en las albercas glaciales del amanecer de dos estudiantes adolescentes en vacaciones: Rómulo Betancourt y Raúl Leoni…”.

31-7-20: El comentario del día en la aldea fue la tormenta de anoche.

Hemos tenido lluvia todo el día.

Con el pilón que trajimos de Mérida nos hemos ido a la troja y trillamos unos doce kilos de café en laja con la ayuda de Ángel. Siendo las cinco de la tarde llega una hermosa bandada de niños para que les entreguemos unos regalos que mi hija Adriana les consiguió a través de la Casa del Costurero. Se presentan las dos bellas hijas de Xioli, los tres hijos de Yusmira, dos hijos de Alesio, la hija de la vecina Engracia, los hijos de Gaudi, el nieto de Silvio, el nieto de Juvencio… los muchachitos se rieron mucho porque al sentarse en una banca que daba hacia el barranco del río ésta se partió en dos de puro podrida que estaba y los niños se fueron de trompicones unos contra otros, rodando por el suelo, pero sin nada que lamentar.

Xioli viendo el banco partido dijo:

– Pa’ leña.

He aquí el amor bolivariano expresado por García Márquez: “… el abuelo colgó en el comedor el cuadro del Libertador Simón Bolívar en cámara ardiente. Me costó trabajo entender que no tuviera el sudario de los muertos que yo había visto en los velorios, sino que estaba tendido en un escritorio de oficina con el uniforme de sus días de gloria… Fue mi abuelo quien me enseñó y me pidió no olvidar jamás que aquel fue el hombre más grande que nació en la historia del mundo. Confundido por la discrepancia de su frase con otra que la abuela me había dicho con un énfasis igual, le pregunté al abuelo si Bolívar era más grande que Jesucristo. Me contestó moviendo la cabeza sin la convicción de antes:

– Una cosa no tiene nada que ver con la otra”.

1-8-20: Amanece nublado. Horacio siembra 39 matas de café guardando la debida distancia entre una y otra siguiendo las recomendaciones de Ángel.  Yo siembro la mata de uva que traje de Mérida y que nos regaló María Fuentes. Veo al amigo Nectario que va a su finca con su hijo. Le digo que cuántos kilos de café me da por los cincuenta dólares de Adriana. Se queda pensativo y me dice que lo va a pensar. Filosofa un poco pero no suelta prendas: cincuenta dólares no es cualquier minucia en estos tiempos, pero aflojar café con esta competencia tan fiera que se ha desatado parece un riesgo. Por aquí la gente almacena el café porque es el único medio que se tiene para ir adquiriendo el alimento del día a día. Yo me hago la ilusión de que Nectario por ser un viejo amigo pueda que me deje unos treinta kilos de café en laja por los cincuenta dólares. No sabemos qué va a pasar con el precio del café porque unos dicen que va a bajar y otros que se mantendrá a dos dólares el kilo en laja. Otra insólita insolencia en estos lares, es que el precio del café lo ponen los compradores, pero me cuenta Alesio que los grandes compradores lo han vendido casi todo para llevarlo a Colombia y que eso es a la vez signo de que el café dentro de poco bajará de precio. La posibilidad de que el café no baje de precio se fortalece con el hecho de que este año la cosecha será muy pobre. Según Alesio, las matas de café a veces necesitan descansar, que el año pasado dieron buenas cargas y que viene un período de severa escasez. Me refiere también Alesio que están llegando pestes muy raras tanto al pasto como al mismo café. Añádase a eso que es muy difícil conseguir abono. No se encuentra por ningún lado un comercio que venda abono en Mérida, y un amigo que tuvo la caridad de ofrecerme unos tres kilos del producto Triple Cinco no pudo dámelo porque un hijo suyo se enfermó del coronavirus.

García Márquez y el diccionario: “Yo no sabía leer ni escribir, pero podía imaginarme cuánta razón tenía el coronel si eran casi dos mil páginas grandes, abigarradas y con dibujos preciosos. En la iglesia me había asombrado el tamaño del misal, pero el diccionario era más grueso. Fue como asomarme al mundo entero por primera vez.

“- ¿Cuántas palabras tendrá? -pregunté.

“- Todas – dijo el abuelo.

“La verdad es que yo no necesitaba entonces de la palabra escrita, porque lograba expresar con dibujos todo lo que me impresionaba… Sin embargo, cuando el abuelo me regaló el diccionario me despertó tal curiosidad por las palabras que lo leía como una novela, en orden alfabético y sin entenderlo apenas. Así fue mi primer contacto con el que habría de ser el libro fundamental en mi destino de escritor”.

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