INFANCIA DE SANT ROZ – EN LAS MERCEDES DEL LLANO…

(EN LA GRÁFICA vemos un grupo de trabajadoras del restaurante de la señora Clara en Las Mercedes del Llano. El niño al fondo es José Manuel de apenas cuatro años…)

AUTOR: Pedro Pablo Pereira

Las Mercedes del Llano, pueblo guariqueño, en 1944, se encontraba en un estado de total penuria, con una veintena de abotagadas casas con techos de zinc, con paredes de bahareque levantadas en un desierto; contaba eso sí el pueblo, con una amplia plaza Bolívar anillada por varios botiquines. La calle principal era una polvorienta línea de fuego, llamada Bolívar, que atravesaba el pueblo y la plaza, y se perdía hacia ilusorios y montaraces hatos, unos que quedaban al norte, hacia el famoso Palenque (a donde el dictador Juan Vicente Gómez llevaba a los estudiantes presos para que trabajaran en la construcción de una carretera) y se perdía en caminos que llevaban al río Orinoco. Por esta carretera se llegaba a El Punzón y seguidamente empalmaba con El sombrero, en dirección a la capital de Estado Guárico, San Juan de Los Morros. Al sur salía otra carretera de granzón hacia los infinitos campos petroleros de Roblecito, hacia los confines históricos de tantas batallas: Chaguaramas y Valle de La Pascua.

El Hato Palenque, a unos cincuenta kilómetros de Las Mercedes del Llano, era uno de los más modernos y famosos de la región. Pertenecía a uno de esos testaferros de Juan Vicente Gómez, y a allá, digo, fueron a parar y pernoctaban los estudiantes presos que el terrible dictador Bisonte Gómez obligaba a pagar con sangre y muerte sus desafíos a la tiranía. El mayordomo de Palenque era el señor Guillermo Rodríguez, hermano de Clara, hombre muy serio y con un gran parecido a Jorge Negrete. «El tío Guillermo era un verdadero cacique, era también toda una leyenda en los llanos. Hombre muy enamorado que tuvo las hijas más lindas del Guárico. Andaba con una tropa y armado…». Si el tío Francisco tenía de poeta, de novelista y de loco, el tío Guillermo se parecía al propio Juan Bisonte, serio, callado y siempre con el rebenque en la mano.

La iglesia de Las Mercedes de Llano, se construyó con grandes esfuerzos, y mediante una recolecta de algunos ricos del pueblo. Un italiano se encargó de buscarles unas campanas mecánicas, muy modernas, que emitían un sonido melodioso con música de Mozart. Cada domingo era todo un conmocionante acontecimiento entre los pobladores oír aquella música y ver cómo llegaban los parroquianos a congraciarse con Dios. Aquellas campanas eran únicas en Venezuela. En una ocasión, comenzaron a resonar con furia y era porque la iglesia se estaba quemando. José Manuel estaba echado en un chinchorro cuando escuchó que sus hermanos Argenis, Adolfo y Alirio salieron gritando: «¡Se queman los santos! ¡Se quema la iglesia!». Aquel incendio lo apagaron los hermanos Rodríguez, arriesgándose en medio del fuego para sacar de allí las santas reliquias del prebisterio.

La vida del pueblo era aquella iglesia, con su cura que hablaba un lenguaje de dulzura, de salvación y de sacrificios; los bares siempre llenos de borrachos, y por las tardes y los fines de semana anegados de obreros petroleros y de putas.

También en Las Mercedes del Llano se instaló uno de los más modernos cines de la época, donde se pasaban películas en cinemascope; el dueño era un italiano de apellido Casalino. Por cierto que fue inaugurado proyectando la primera película que se hizo en cinemascope: “El Manto Sagrado”. Recuerda Sant Roz, que tendría él unos siete años y estaba en el cine echado en una cómoda poltrona viendo “El Manto Sagrado” cuando lo comenzó a atormentar un terrible de muelas. Corrió a la bodega de su padre, hurgó entre los armarios y encontró un calmante: se puso en la muela dos pastillas cosmel y volvió al cine que quedaba frente a su casa. No quería perderse aquella espectacular película, pero el dolor comenzó a intensificarse de tal modo que corrió donde su madre. Con solo ella ponerle su mano en la mejilla y revisarle, sintió alivio. Luego lo llevó al sacamuelas que vivía al lado de la casa, quien sin anestesia le extrajo la pieza.  

El dueño del cine, don Carlos Casalino, era un gordo calvo, siempre vestido de blanco y siempre a la caza de comprar mozos llaneritos para llevarlos a su nicho…

El pueblo, siempre contaba con algún loco ingenioso que se emborrachaba y les echaba picantes piropos a las mujeres. Uno de estos locos se llamó Avelino, quien leía todos los días LA FRASE DEL DÍA en la Plaza Bolívar, y los campesinos se acercaban para oír sus genialidades, ingeniosas sentencias para condenar a los ladrones de la cosa pública, al gobierno, a los curas, a los ignorantes y a los indolentes. A veces eran mensajes medio crípticos, tal vez sacados del Corán o de la Biblia. Había uno que repetía mucho: “Lo que acechas te acechará en la mutación de los cambios y lo intangible”.

La casa de Avelino quedaba hacia las afueras del pueblo, era un rancho hecho de puras latas y láminas de zinc hacia los lados del sector llamado Chaparragacho. Estaba lleno de periódicos y por doquier, en trocitos de papel, las frases del día escritas con carbón, con gruesas y bien torcidas letras.

Aquel pueblo era el Macondo venezolano, porque no faltaron adivinos, magos, salvadores del mundo y brujos que montaron sus circos o sus shows procurando sacarles dinero a los obreros de Roblecito. Se presentaban músicos de todas partes del mundo, payasos ambulantes, curanderos, gente que se habían enfrentado con cunaguaros y descomunales culebras venenosas; vendedores de araguatos, lapas y chigüire, personajes que aseguraban tener poderes hipnóticos y capacidad para conectarse con los muertos. Llegó en una ocasión un mago que ante toda una gran audiencia hipnotizó a uno de los dos boticarios del pueblo (de apellido Méndez) y lo mantuvo dormido varios días en una cama que se colocó en el Cine Bolívar. José Manuel, muchacho curioso, se metía por unos recovecos del techo para ver al boticario tendido cual largo era, sometido al poderoso somnífero de los ojos de aquel estrafalario mago.

Otro de los pasatiempos en ese pueblo era pasear en bicicleta que se alquilaban por un bolívar a un tuberculoso ibérico, republicano, de los llegados al país, del ventarrón de la guerra civil española, y perderse por lo campos de Chaparrogacho, por el Hato de los Palacios, por los alrededores de la laguna del pueblo y hacia la vía que conduce a Cabruta. Para José  Manuel no había un lugar más hermoso que Las Mercedes del Llano, con su gente sencilla, con sus campos y potreros, el vórtice de emigrantes llegados de los más distantes lugares de la tierra, buscadores de tesoros enterrados con grandes detectores de metales y que iban por allí de paso: turcos, sirios, antillanos, polacos, gringos, alemanes, cubanos, españoles, italianos.

La señora Clara en lo único que pensaba era salir de aquel “infierno”, de gente tosca y grosera, de borrachos y de putas para tratar de educar a sus hijos, a los quería hacer doctores; quería ir acercándose a la capital de Venezuela, donde algún día aspiraba a establecerse. La señora Clara quería coronar tres grandes obsesiones: que sus hijos fueran doctores, dedicarse a la veneración de San José adhiriéndose a alguna cofradía e instalarse en Caracas.

Hay que fijarse bien en la fecha, en la que los Padres de José Manuel llegan a Las Mercedes del Llano: es el año de 1945. El tío Francisco tenía a Isaías que sin duda así lo llamó en honor al Presidente que entonces nos gobernaba: Isaías Medina Angarita. El tío Francisco era un hombre al que le interesaba la política, a diferencia de sus otros hermanos. Cuando los adecos derroquen a Medina, el tío Francisco le pondrá a su segundo varón, Valmore, sin duda en honor al más destacado publicista de Acción Democrática para la época, don Valmore Rodríguez. El tío Francisco siempre llevaba un revolver en la cintura, era coplero y un hombre muy popular en los llanos, como hemos dicho. Sabía muy bien adaptarse a los gobiernos de turno. Hombre de gran corazón que amaba con devoción a su hermana Clara. Porque Clara fue la única mujer de sus cuatro hermanos, así como Javier fue el único hombre de sus seis hermanos.

¿Qué harán Clara y Francisco Javier, con cinco muchachos en Las Mercedes del Llano? El señor Francisco Javier en su talabartería y la señora Clara dedicada al arte de la costura, montando una sastrería. Más tarde levantarán una bodega, un restaurante y un hotel…

2 respuestas

  1. Excelente los dos relatos que he leído sobre la ifancia de José Sant Roz. Soy estudioso e investigador de las Historias de Vida a partir del Análisis del Discurso. Me gustaría saber si el propósito es la publicacaión de algún libro.

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