HEMEROTECA: El presidente Ramón J. Velásquez, postrado ante el poder económico de los Cisneros… y Sant Roz llamándolo traidor en 1993…

HACE  FALTA  UN  «VERDUGO Sorprendente la debilidad que siente don Ramón J. por Carlos Andrés Pérez

José  Sant  Roz

      Nos equivocamos con Ramón J. Velázquez, así como nos equivocamos con Andrés Velásquez, con Piñerúa y con tantos otros personajes que sugerían alguna fuerza de carácter distinto al que por tanto tiempo había venido gobernando a este país. Lo impresionante es que don Ramón, siendo historiador, siendo un hombre culto y conocedor del drama político venezolano le haya temblado el pulso para ejecutar las reformas y dar los ejemplos que este país viene reclamando desde la época de Juan Vicente Gómez.

      Don Ramón nos ha dado la medida de su generación. Francamente, de esta gente no se puede esperar absolutamente nada. Llegó contaminado por su participación en más de cincuenta años en la política nuestra; siendo honrado, le cuesta hablar claro; siendo hombre de carácter está paralizado ante el aluvión del pasado. No entró dando los ejemplos de verdadera autoridad moral que todo el mundo espera ante el caos, y hasta ahora no lo vemos sino compartiendo del mismo plato de lentejas que golosamente engulló don Piñerúa, mientras fue primer ministro.

El   idílico   Gocho

      En definitiva, nada del cambio que implora este país; por ello cada día su gobierno tiende a parecerse al de Pérez. A parecerse por la pesada carga del ayer, por la versatilidad en las decisiones, por la duda deprimente que se asume ante ese enjambre de delincuentes metidos en nuestras Cuerpos de Seguridad. Su vacilación frente a los señores de los grandes capitales acostumbrados a sacarle la sangre al pueblo. ¿Es usted banquero señor Ramón J. Velázquez? Conteste, por favor. ¿Tiene usted inmensos capitales invertidos en el país? Usted al parecer llegó atado al gobierno. Usted llegó como han llegado todos los demás, divagando, vacilando, dejando que el tiempo corra inclementemente, y dejando las calamidades como pasto infame en las promesas electorales.

      Claro, por ello anda diciendo CAP que la vaina está peor que nunca, precisamente porque la máquina que él dejo funciona a medias, según sus patrones de conducta.

      ¡Qué decepcionante, su postura, doctor Velázquez! Usted no quiso hacer el papel de «verdugo» que ejecuto Bolívar para poder darnos patria, y eso que usted lo ha leido tanto. ¿Para qué admiramos a los grandes hombres sino somos capaces de llevar a cabos sus ejemplos, sus terribles lecciones? He allí, doctor Velázquez, el por qué el intelecto suele ser a veces tan tramposo. Cada día que pasa me espanto de su mudez, del esfuerzo tan extraordinaria que usted está haciendo para frustrar al pueblo de un modo definitivo y absoluto, como para que llegue a pensar: «-Por más probo que sea un venezolano, por más inteligente que sea, por más capaz y fuerte, esta vaina no tiene remedio. El poder de este Estado malea al mas bravo. De modo que aquí no queda sino darse un tiro».

      Con toda su experiencia de hombre público, con todo su saber, en la vejez más honorable, cuando nos podía dar la prueba del más alto sacrificio, el legado más sublime, usted nos desengaña, doctor Velázquez. Ya usted no podrá volver a los libros del pasado sin sentirse desintegrado, sin poder añadir ni una sola apostilla virtuosa, a los cientos de dislates públicos que por tanto años ha venido sufriendo Venezuela.

      Las  trampas  del  intelecto

      Me duele tener que decir todas estas cosas, porque le conozco y soy su amigo, pero la verdad debe estar por encima de cualquier consideración personal. Aunque me maten, aunque quede enteramente solo, no podría vivir sin decir lo que siento: Usted me ha decepcionado, señor, y esto no es una mera frase, es un sentimiento horrible, un desgarro, algo parecido a un remordimiento incurable.

      Tengo hoy la fuerte impresión de que usted, en realidad, entendió a medias a Bolívar. La compresión, el sentir profundamente algo no es cosa de intelecto, señor. No sé si usted ha vivido esa frase del Libertador: «A SER TERRIBLE ME AUTORIZA EL PELIGRO DE LA PATRIA Y LAS NECESIDADES DEL ESTADO… ME ES IMPOSIBLE SACRIFICARME HASTA EL PUNTO DE METERME A NERON POR EL BIEN DE LOS OTROS QUE NO QUIEREN SER SINO SIMPLES CIUDADANOS».

      En este sentido necesitamos un «verdugo», señor. Alguien que sea capaz de sobrellevar la inmensa carga de horror que nos agobia; y tiene que ser un político en el verdadero sentido de la palabra, no un hombre de partidos. Usted, señor Velázquez tuvo esa oportunidad, pero está usted definitivamente tocado del mismo mal de la divagación inmensa que sufren nuestros politiqueros. Necesitamos un «verdugo» que actúe. Un verdugo que desenmascare la putrefacción de ciertos medios de comunicación, el monopolio infame de una cuerda de vagos que se llaman a sí mismos defensores de la cultura, padres putativos y abuelos salvadores del saber  de la libertad de expresión, pero que en el fondo son tan perversos y canallas, tan hipócritas y ladrones como los gobernantes que hemos tenido.

      Necesitamos un «verdugo» que diga: !basta!, al espantoso derroche de nuestras universidades.

      Necesitamos un «verdugo» que disuelva a los infames sindicatos y que haga un redada contra esos médicos que han dejado desangrar nuestros hospitales.

      Clamamos por un «verdugo» que saquen de la administración pública a esa horda de inútiles y ociosos que viven apostando a la lotería, jugando, desperdiciando inclemente el tiempo; que clausure tanto asidero de incuria, envilecimiento y maldad. Y que ponga a funcionar como se debe los servicios públicos. Que destituya a ese pelotón de gobernadores que viven sacándole intereses al capital que se les entrega.

      Un «verdugo» que disuelva a esas Asambleas Legislativas, centros de mantenidos, esa inmensa estafa para el Estado. Unas Asambleas que no tienen autoridad para nada; que no legislan, que no investigan y que viven besándole las botas a los gobernadores. Recibiendo viáticos insólitos hasta para asistir hasta a coronaciones de reinas y saraos con toros coleados.

      Que investigue las enormes riquezas de este país; ésas, amasadas con dineros del Erario Público.

      Que intervenga a todas las Policías del Estado, que haga rodar cabezas de canallas que mantienen sucursales del crimen en cada barrio, en cada urbanización. Que detenga la invasión de  garimpeiros, el permanente negocio de la frontera, donde Venezuela subsidia la mitad del presupuesto de las provincias situadas al norte de Colombia. ¿Por qué carajo, Venezuela tiene que vender al colombiano la gasolina a un precio tan bajo? ¿Por qué se hace tan poco para contener el desagüe inmenso de capital hacia Maicao, por donde los pasan los carros robados como quien arrea ganado?

La  infame  idiotez  de  rumores  de  Golpe

      Pero como este hombre no llega, tendremos que seguir conformándonos con el jueguito de la Candelita. El jueguito de las perennes huelgas y paros; el jueguito de los pleitos callejeros, de la inseguridad, del desconcierto y del escándalo, de la amenaza de guerra civil y de los rumores de golpe de Estado.

      Estos rumores, sin ninguna clase de sustentación se agudizan por el desengaño ante las confusas actuaciones del nuevo presidente.

      Porque para éso si somos valientes: para insuflar el rumor, para trasmitir la sensación de que esta vaina está a un tris de la desintegración, del caos terrorista; y hay grandes grupos que alimentan este estado de agobio moral, de frustración espantosa. Por allí anda regando Andrés Galdó, no se sabe con qué fines, que la situación se asemeja a la época que presidió el asesinato de Calvo Sotelo. Nuestra situación es única, porque aquí no están en juego ideologías; aquí no hay verdaderos sindicatos, organizaciones que esté dispuestos a jugarse la vida de un modo tan apasionado y total como ocurrió en España, Rusia o Cuba. No, hoy el miserable utilitarismo de Jeremías Bentham lo domina todo en nuestras determinaciones políticas. Aquí no hay en el pueblo, a falta de verdaderos dirigentes, sino interés por la lotería, el juego de caballos y los  frívolos programas de televisión. Nunca he conocido un pueblo más feliz precisamente porque está tan jodido, tristemente acoplado a sus servidumbres.

      Y usted señor Velázquez pudo haber dado un giro total a esta situación, pero no quiso para no molestar a sus amigos, que lo muestra nuestra historia, siempre han sido más importante que el amor que decimos tener por la patria.

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