Hartos de intervenciones y sanciones de los abominables gringos… Vean esta historia sobre el robo de nuestro petróleo…

Dedicado al EXPERTO PETROLERO Miguel Jaimes:

José Sant Roz

Ya hemos visto en otros trabajos las guerras de sanciones “legales” que los tribunales de EE UU le aplicaron a Cipriano Castro para robarse el asfalto que extraían del lago de Guanoco, asfalto con el que al fin y al cabo acabaron pavimentando casi todas las calles del Nueva York de entonces. Las calles de los pueblos de Venezuela eran polvorientas y las de ellos relucientes, siendo el asfalto nuestro.

Al exigirle Castro un pago justo por ese asfalto, la empresa que lo extraía, la New York & Bermudez Company, armó un barco, el Ban Righ con un contingente de bandidos al mando de la María Corina Machado de entonces, el banquero Manuel Antonio Matos, para así invadir a Venezuela, y dejarle expedito el camino a la New York & Bermudez Company e hiciera con nuestro asfalto cuanto le viniese en gana.

En cada época de nuestra historia nosotros hemos tenido alguna María Corina Machado, pitiyanqui, arrastrada a los valores del capitalismo más miserable, los cuales nos han mantenido en un estado de dependencia y colonialismo permanente.

La “bandera humanista” de Matos se llamó “Revolución Libertadora”, la cual fue muy bien apertrechada por los gringos. Si los gobiernos no ceden a las exigencias de las empresas gringas, entonces se los invade, se los sanciona o se tortura hasta que tengan que pedir clemencia y entregar todo lo que tienen. Lo que se le están haciendo a Cuba desde hace sesenta años. Recordemos que en eso fue muy explícito Obama[1].

El gobierno de Eleazar López Contreras[2] en política exterior resultó una clara extensión de la dictadura gomecista, y los gringos continuaron con su política de robo descarado de nuestro petróleo. Bajo este mandato, de 1939 hasta 1941, Estados Unidos y Europa extrajeron de Venezuela todo el petróleo que necesitaron en la Segunda Guerra Mundial, y OJO: sin tener que pagar un centavo.

Desde 1941 hasta 1945, con Isaías Medina en la presidencia de la República, continuaron con el mismo procedimiento desmedido de robo de nuestro petróleo no devengando nuestro país absolutamente nada, lo que Medina Angarita llegó a considerar como uno de los mayores desfalcos a nuestra nación.

Así, pues, que cuando Medina Angarita llega al poder intenta detener el saqueo a Venezuela. Viaja a EE UU en enero de 1944, invitado por Franklin D. Roosevelt, porque éste quería pulsar sus ideas económicas en relación con las compañías petroleras estadounidenses. Era el primer mandatario venezolano en visitar Norteamérica. Todo en principio pareció muy cordial, fue a la Casa Blanca y al Congreso, y en cada una de las reuniones nuestro Presidente defendió los derechos de Venezuela sobre sus recursos minerales, y planteó por primera vez lo del Fifty-Fifty. Por supuesto que esto no fue del agrado del imperio. Medina propuso a los gringos que si a Venezuela se le impedía refinar su petróleo en su propio territorio y esto se seguía haciendo en Aruba y Curazao, entonces nosotros reclamaríamos derechos políticos y económicos sobre esas islas. Esta posición clara y determinante de nuestro Presidente fue como retar al poder militar gringo, como un desafío a sus imposiciones en nuestro continente, lo cual cayó muy mal en Washington.

La respuesta del Departamento de Estado no se hizo esperar y se le advirtió a Medina que si le ponía trabas a las compañías petroleras norteamericanas y europeas entonces Venezuela habría de enfrentar serias sanciones económicas, que se lo pensara muy bien porque con sus “irresponsables” actuaciones les iba a traer muchas desgracias a su pueblo. Por esta razón, de inmediato el Departamento de Estado hizo los contactos necesarios con el político más destacado de la oposición, el señor Rómulo Betancourt y con otros elementos militares adversos a Medina Angarita, para así buscar un cambio de régimen, y de este modo que se dejase de perturbar los “buenos negocios con Venezuela”.

Es así como se procede al derrocamiento de Medina el 18 de octubre de 1945.

Rómulo Gallegos asume la presidencia el 15 de febrero de 1948, pero al parecer este nuevo mandatario no escucha o no aprende la lección dada a Medina, por lo que se vuelve a plantear el problema de nuestras exigencias a las compañías petroleras, más o menos en los mismos términos exigidos por Medina Angarita. De inmediato el gobierno de EE UU le reclama a Betancourt que esos no fueron los acuerdos a los que llegaron para sacar a Medina y amenaza con aplicarle nuevamente sanciones económicas a Venezuela “en caso de que se perturben las actividades normales y exitosas que hasta ahora viene manteniendo la Standar Oil Company…[3]”. Esto se lo hace saber a Gallegos el embajador en nuestro país Walter Donelly.

Gallegos no cede ante las presiones (como tampoco lo hizo Maduro) y es entonces cuando el funcionario estadounidense, el coronel Edward F. Adams, agregado Militar de la Embajada de Estados Unidos en Caracas, coordina las acciones para derrocar al gobierno. La presencia física y activa del Edward F. Adams en el Palacio de Miraflores y en el Ministerio de la Defensa fueron fundamentales durante las horas del golpe de Estado del 24 de noviembre de 1948.

Acto seguido se forma una Junta Militar presidida por Carlos Delgado Chalbaud, y éste comete “el fatídico error” de establecer contacto a través del doctor Edmundo Luongo Cabello con el político de Irán, Mohammad Mosaddeq, y así estudiar las posibilidades de crear una Organización que defendiera los precios del barril de petróleo de los países productores, tanto del Asia Occidental como de Venezuela. Las consecuencias de estos contactos fueron inmediatas: asesinan a Carlos Delgado Chalbaud, ejecutando este horrible crimen el general Rafael Simón Urbina, quien lo realiza por órdenes del empresario petrolero Antonio Aranguren, asociado en ese momento con la Royal Dutch Shell. De hecho, a Carlos Delgado Chalbaud lo asesinan en la Urbanización Las Mercedes, en la quinta Mariza, cuyo dueño era el propio Antonio Aranguren.

Ya hemos mencionado arriba la guerra de EE UU y Europa contra Venezuela a principios del siglo XX, todo por controlar nuestras riquezas. Fue cuando los gringos lanzaron un ataque atroz contra Cipriano Castro por el control del Lago de Guanoco, explotado por la compañía New York & Bermudez Company. Pero las guerras por controlar las riquezas de Venezuela no cesarían incluso encontrándose en el poder un aliado, como lo fue desde al principio el general Marcos Pérez Jiménez. Estados Unidos observaba de cerca los movimientos financieros de Pérez Jiménez y no se sentía muy confiado con sus acciones; buscaba a alguien más dócil y manejable, y fue entonces cuando se inició en otra guerra silenciosa contra Venezuela en la que los gringos nos volvieron aplicar tremendas sanciones económicas. Por eso no hay nada que afecte más a Estados Unidos cuando un país busca desprenderse de sus reglas impositivas, económicas, independizarse de la importación de sus productos. Algo que está sufriendo Brasil en este momento.

Tengo en mis manos el libro “Aves de rapiña sobre Venezuela”, que tiene un extraordinario trabajo sobre el asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, escrito en la década de los cincuenta (en plena dictadura de Marcos Pérez Jiménez) por un tal Normand H. Dupray. Sospecho que el verdadero autor es Juan Bautista Fuenmayor. En este trabajo leemos lo siguiente: “Para algunas personas poco enteradas, Delgado Chalbaud traicionó a don Rómulo Gallegos y a su partido ante quienes había aparentado hasta el último momento fidelidad y apoyo. Pero si examinamos las cosas más de cerca encontraremos elementos, que nos pueden conducir a la afirmación contraria, es decir, que fue fiel al Presidente Gallegos, pero que se plegó del lado de los golpistas de noviembre cuando se hubo convencido de la inevitabilidad del golpe y de la conveniencia de incorporarse al bando triunfante para timonear las cosas desde el comando supremo. Para tomar esta determinación debió estar asistido por los consejos del famoso coronel Adams, quien estuvo presente durante los últimos momentos de la conspiración militar en el Ministerio de la Defensa. De ser así, Delgado Chalbaud no fue un traidor al gobierno de Gallegos en el sentido estricto de la palabra, ni tampoco de los intereses de la Standard Oil que con tanto celo defendiera Betancourt. Algunos de los jefes de Acción Democrática mejor enterados de todo esto, saben íntimamente esta verdad y la han exteriorizado a medias al decir que, “en caso de rompimiento violento entre Delgado … y Pérez Jiménez habrían de apoyar al primero porque era más liberal”. Los banqueros, latifundistas, clericales y demás enemigos oligárquicos de Chalbaud, han utilizado contra él las más burdas invenciones hasta la consabida acusación de “comunista”, porque como bien lo demuestra la experiencia, desde tiempos ya remotos, los personeros de las clases dominantes no han cesado de acusar a sus rivales de “enemigos de la religión”, “enemigos de la patria”, “enemigos de la familia”, “enemigos del orden”, armas todavía en boga en manos de los regresionistas.”

Otros detalles de este libro los dejaré para un próximo trabajo.

 

[1] La frase «torcerle el brazo» hace referencia a la famosa declaración del expresidente Barack Obama en febrero de 2015 al portal Vox. En esa entrevista, admitió que la política exterior estadounidense tiene una «dosis de realismo» y que, a veces, se ven obligados a «torcer el brazo» a otros países que no se subordinan a los deseos de Washington.

[2] Ministro de la Defensa del dictador Gómez.

[3] Propiedad de los Rockefeller, financista del partido de Rómulo Betancourt.

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