Carlos Fazio / La Jornada
La guerra multidimensional de desgaste y castigo colectivo de Estados Unidos contra Cuba ha recrudecido en los últimos días en un nuevo frente de batalla: el de las relaciones político-diplomáticas con epicentro en la Asamblea General de la ONU. Mañana, 7 de julio, tendrá lugar una sesión solicitada de manera urgente por La Habana para abordar las afectaciones del ilegal bloqueo económico, comercial, financiero y energético de Estados Unidos a la isla, pero como reveló el semanario estadunidense The Nation, el secretario de Estado, Marco Rubio, ordenó a las embajadas estadunidenses en todo el mundo, coaccionar a los gobiernos de sus países anfitriones para que se opongan al debate, y si este avanza, que ataquen al gobierno isleño en sus discursos, lo acusen de incompetencia, corrupción y fracaso económico, y eviten responsabilizar al bloqueo por la crisis.
La Asamblea General ha condenado durante 31 votaciones consecutivas el bloqueo contra Cuba de manera abrumadora. Por eso, ahora, mientras arrecia la extraterritorial guerra económica contra la isla, mediante la coerción, la intimidación y el chantaje EU intenta, también, silenciar y amordazar el debate sobre su devastación humanitaria, y convertir a la comunidad internacional en cómplice de un crimen de lesa humanidad en plena ejecución.
Se trata de una guerra de larga duración contra la población cubana. De un caso de manual de guerra híbrida multidimensional (Rosa Miriam Elizalde dixit). De guerra cognitiva. De disputa de sentido. Porque a Cuba no sólo se le bloquea; también se le narra, denigra y caricaturiza de manera sistemática.
Por eso, en su puja con J. D. Vance por suceder a Donald Trump en el sillón de la presidencia imperial, Marco Rubio, en su sietemesina gusana obsesión por destruir a la Revolución Cubana, ha venido desplegando una intensa ofensiva mediática que, a través de una aceitada maquinaria de producción simbólica en red de redes –de diarios digitales (Axios, Infobae), plataformas hegemónicas (Facebook, Instagram, YouTube, X y TikTok), canales audiovisuales, operadores políticos (Marc Caputo en Axios; Román Lejtman en Infobae; Mario Pentón en Radio y TV Martí) e influenciadores articulados alrededor del ecosistema anticastrista de la Florida (CiberCuba, Cubanet, Telemundo 51, El Toque, La Tijera)– ha fabricado una lectura tóxica, sesgada y prejuiciada de la realidad cubana.
Mediante esa arquitectura de influencia y guerra cognitiva para producir percepciones, que actúa como vocería amplificadora y legitimadora de sus posiciones como secretario de Estado, asesor de Seguridad Nacional, estratega y actor político, el “mendaz” Rubio –como lo llamó el canciller cubano Bruno Rodríguez–, busca ubicarse, con fines político-electorales, a la cabeza del ala militarista del trumpismo.
En esa guerra híbrida de intoxicación política, que funciona por capas y trabaja por acumulación, simultaneidad y adaptación de formato desde plataformas con incentivos algorítmicos distintos, las filtraciones (atribuidas siempre a fuentes anónimas) y los discursos propios de la guerra sicológica (con eje en la polarización binaria amigo/enemigo), ocupan un lugar central. Pero la guerra de información no se libra sólo mediante noticias falsas ( fake news), sino también con narrativas y matrices de opinión que convierten cada hecho cubano en argumento para la agresión mediante coberturas circulares y sincronizadas, que no explican sino que sentencian; donde la conclusión previamente fabricada –fracaso sistémico, colapso, crisis humanitaria, cambio de régimen– aparece antes que la información y el análisis. El receptor no percibe repetición coordinada para generar percepción, sino apariencia de consenso. En esa cadena, la narrativa deja de depender de una pieza y se convierte en ecosistema.
El resultado es un encuadre donde la actual crisis en la isla deja de ser explicada por sus causas (en mayor medida y más allá de los errores propios: el bloqueo, las sanciones, el acceso limitado al combustible y un largo etcétera), y pasa a ser usada como un recurso de combate político-ideológico; como “prueba” de una supuesta inviabilidad nacional, manufacturada mediante etiquetas estigmatizadoras que nombran al gobierno como “régimen”, “dictadura” o “comunista”, palabras que no funcionan como simples descripciones, sino como un encuadre previo.
Y cuando aparece una explicación alternativa, ya llega tarde: el marco emocional fue instalado antes. Se trata de un patrón de comunicación política con fuerte carga emotiva e impacto audiovisual, que despoja a la sociedad cubana de complejidad, pluralidad, legitimidad y derecho a defender sus decisiones soberanas.
En la propaganda de Rubio y su jefe, el cleptómano de la Casa Blanca, el “pueblo” es apropiado discursivamente como víctima y colocado frente a un “régimen” represor, presentado como enemigo absoluto. La exclusión del contexto completa la operación. Un país sometido a sanciones punitivas, presión energética y campañas de descrédito es narrado como si actuara en condiciones normales. Esa omisión no es neutral. El silencio u ocultamiento de datos también comunica y permite culpar a Cuba de todos los efectos de la agresión imperial (inversión causal). Cuando el bloqueo desaparece del encuadre, la víctima aparece como culpable de su propia asfixia. Siempre el mismo guion: el imperio crea el infierno y se presenta como la solución salvífica. Es el “hacer gritar la economía” de Nixon y Kissinger en Chile (1971/73) y del secretario del Tesoro, Scott Bessent, en Irán (2026).
Todo eso es lo que intentará desmontar Cuba en la ONU, si las marrullerías y el juego sucio de Marco Rubio no embarra la cancha en su nuevo intento por impedir la condena de la comunidad internacional al bloqueo.