FRUTALES, ÁRBOLES DEL RECUERDO…

Por: Eduardo Orta Hernández.

En este trayecto, son muchos los árboles que disfruté, en mi infancia, juventud y en esta tercera válida, en este paseo maratónico por la vida. De todo ha habido, desde bañarse en los patios de las casas y en la calle, hasta “jubilarse” de la escuela, para ir tras de los pájaros y las comelonas de frutas, en cada lluvia, surgía la alegría ante las gotas del universo, flores que nos saludaban salpicando nuestra cara y casi desnudo cuerpo. Era lo máximo, aunque se “pescara” un resfriado y todos los regaños y las cuerizas “correctoras” ante el desacato de cumplir con el horario escolar. Desobediencia y alegrías que incontables veces culminaron frente a la adusta cara de nuestros representantes. Se repetían las odiseas, la fuga, la comelona de frutas, el baño público y las risas. Vulnerada así la autoridad adulta.

Los frutales nos brindaban, a toda esa muchachada, sus ramas para el columpio y para remontar su cuesta, en búsqueda de sus generosos frutos, en calles y avenidas públicas de mi natal Cagua, en los solares de los patios de propiedades vecinas.

Escuchábamos el grito: “muchacho er carajo cuidado te caes, se lo voy a decir a tu mamá”, “vayan a joder a otro lado”, y así, sin prestar mucha atención, entre carcajadas, continuamos con las travesuras por alcanzar las frutas, comerlas o llevarnos una muestra para la casa, nunca ocurrió desgracia alguna.

También era divertido competir -entre nuestras voces infantiles o juveniles voces- por las frutas regadas, sobre el suelo, en la vía pública. Calmaban el hambre y las ganas de apropiarse por lo seductora de sus atractivos colores. No pocas veces, muy temprano, antes que saliera el sol, madrugabamos tras el mango de hilacha en el patio de doña Gregoria Guevara, (la eterna comadre de mi madre) que espantada veían, nuestra temeraria osadía, de subir al copito más frondoso de la mata de mamón, también buscábamos el atractivo bocado en la puerta del cementerio o en la esquina de la calle Las Flores, donde tres frondosos árboles (que aún existe uno) eran atravesado por el flujo de agua de la acequia. Tres frondosos y grandes árboles cuyos frutos, los transeúntes aún aprovechan, en la época el paisaje era florecido y cubierto el piso por el dulce y atractivo mango.

En la vía pública y al alcance de todas las manos, junto a los árboles de mango, presente el frondoso cotoperiz, el mamón, el caimito, el tamarindo, el mamey  y el níspero, bajos sus sombras armábamos las partidas de comilona, eso era diente y más diente con esa variedad de fruta pública a la orden de la energía corporal que reponer, o era espacio debajo de ellos para la batalla del juego de metras, el palito mantequillero, la confrontación con los  trompos y el escondido, detrás de sus grandes troncos.

El paisaje, la naturaleza del centro de Cagua, sus calles y los patios de las casas estaban preñados de una gran variedad de frutas al auxilio del estómago, las ricas guayabas, guanábanas, naranjas, aguacate, almendro (almendrones), las deliciosas granadas, perseguimos el higo maduro, junto a la toronja, los cambures, todo a la disposición de traviesos muchachos y de adultos con “filo” o sin plata para la compra de víveres, presente una gigantesco árbol de manga, (cuyo fruto, un mango grandote, dos veces o tres del tamaño normal), ubicada en la calle Miranda, entre las calles providencia y Piar, al lado del molino de piedra, ya desaparecida y sin descendencia.  Infaltable el prodigioso jobo (víctima de la imaginación por la “fiebre” que supuestamente ocasiona), muy a pesar de tan dañina y errada recomendación de “no comer jobo” causante de la alta temperatura corporal, nosotros, muchachos y adultos de Cagua nos “jartábamos”, “engullimos” kilos de esa amarillenta y deliciosa fruta, en la actualidad presente en el paladar del Doctor Arturo de Lima, anterior prefecto de Cagua, mejor dicho, corrijo, Registrador Civil, que las persigue cada tarde en la urbanización Santa Rosalía, árboles de jobo que lo tiene azotado y que devora sin compasión, dándose, el muy estimado y honorable amigo y colega  tremendo banquete, en días pasado, sus labios amarillo sol   y con la camisa que no podía abrochar. Prefiere el jobo al lomito.

Era felicidad pura, disfrute que nos brindaba los árboles frutales en las vías o espacios públicos, entre sonido y canto de paraulatas, azulejo, cristofué, arrendajo, turpial, reinita, colibrí, y en marzo las nacientes chicharras, que en sus tallos, ramas y troncos nacían y con ellas nos encontrábamos cada marzo o en cada entrada de lluvia.

Desde muy temprano, al regreso, en cada alba, llenábamos los bolsillos del pantalón, o de la improvisada “bolsa”, convertidos en Canguros, con la camisa por dentro, usada como recipiente, abultada por los mangos, y demás frutas, parecíamos relucientes y sonreídas mujeres embarazadas, o barrigones y esforzados camioneros, de abultados abdómenes, todos felices con nuestra madrugadora carga de variados frutos, conforme a la época o temporada de producción y pública cosecha.

Era todo un espectáculo huir de los pegones, de las abejas y avispas, entre carreras y algarabías, con las manos repletas de panal de miel o de las apetecidas frutas públicas, era vida, era vivir, sin la actual noción del mito  supuesto de “desarrollo y progreso” que pavimenta todo, en su loco e irracional desvivir, donde se impone el hacha del sacrosanto leñador, su insaciable sed de tala, que le da urticaria la siembra y por ser alérgico a ella a las frutas, no lo hace, no siembra, pero son campeones, primeros maratonistas de hacer lo impensable: cubrir de cemento las “islas”,  ¿qué hubiera redactado o que habría escrito Paul Tabori? autor del libro “La estupidez humana”, texto que me obsequió el MAESTRO Omar Hurtado Ragyusen, en Marzo de 1982, en ocasión de mi graduación, como profesor en Ciencias Sociales, que aún conservo y releo.

Piensen ustedes y responda las preguntas, ¿es o no es una práctica irracional, propia de gente no “cuerda”, ni de elemental lógica de economía del gasto público, la conducta “heróica” de pavimentar las “islas” en calles y avenidas de las ciudades? Usted dará su respuesta. En algunos casos, los modernos sabelotodo, en la cuarta y en la quinta república, siembran algunos árboles ornamentales o arbustos, con fines estéticos, no frutales, para luego de sembrados, cercarlos, rodearlos en cemento, siembra un arbolito luego lo apresan en cemento, siembra (algo más allá, en la misma “isla”) otro arbolito y luego, más cemento, entre uno y otro arbusto, presente está el eterno cemento, una continuidad de arbustos sembrados en las “islas”.

Un hueco un árbol, otro hueco otro árbol y entre esos árboles sembrados en las “islas”, entre uno y otro un largo y ancho tramos de caliente cemento, con ello, con tal ejecutoria, los gobernantes, sin consultarle a nadie, ni tener la consciente aprobación de la comunidad, en el ejercicio del derecho constitucional al protagonismo y la participación, “ayudan” a qué las aguas de lluvia se evaporen, no se filtren en la tierra y se alejen las aguas subterráneas? ¿Labor de patria? ¿Por qué  en vez de vestir de cemento y pintarlo de variados colores no siembran otras especies, entre las separaciones de cada arbusto? ¿Cuál es la razón o causa de la manía de no dejar el suelo al natural, sin  pavimento? Sobre esas “islas” nadie camina, ni se le va a encharcar o embarrarse los zapatos. ¿Para qué se vea bonito a consta de la degradación de la naturaleza? ¡¡Qué falta de sindéresis, de juicio!! diría Francisco Tamayo, Pedro González Heredia y Edvardo Córcega Marin en las aulas de clases.

Es la lógica del modelo económico capitalista, expresaría el profesor y estudioso de la filosofía marxista Jesús Vivas Pineda, un sistema económico y político empeñado en la acumulación, en la avaricia y que nada le importa la naturaleza, el ambiente, el ecosistema, la vida en armonía entre el ser humano y la naturaleza.

El resultado de los genios de la arborización de las ciudades, es que las “islas” son concebidas como espacio rodeado de cemento, con alguna salpicadura verde olivo, sobreviviendo al criminal cerco en razón de una moderna estética, una copia del concepto de belleza a la imagen y semejanza de las grandes metrópolis y por lo tanto, en nuestra “cultura del petróleo” -para lo cuarto y quinto republicanos- es obligatorio parecernos a los del norte, a la “gran civilización”, es la moda del día.

Así “vivimos” en estos modernos tiempos, entre el espaciado vaciado de cemento, pavimento sobre el virgen suelo de las “islas”, la siniestra tala de árboles, la ausente política de siembra, de educación ambiental y ecológica, la negada participación y protagonismo del pueblo, en el diseño, cuido y ejecución de política de arborización.

Debemos reconocer a los geniales servidores públicos, que contribuyen con la grata y muy noble función de incrementar el calor, que vivir sea un sofoco y un martirio diario en las ciudades, que no haya el disfrute de una cultura verde y que los espacios públicos no sean sembrados de frutales, todo su esfuerzo intelectual y sabiduría humana es para nuestro regocijo y felicidad. Que todos disfrutemos del calor, del asfalto, del incandescente sol, de la desertificación, de la ausencia de flores, de la falta de árboles frutales, abejas, aves y fauna, para que ningún pájaro “cague” sobre esas impecables avenidas y calles, sobre la brillante urbe y que vivamos encerrados en el acogedor espacio de concreto, las cuatro paredes ambientada por el aire acondicionado.

Según los nuevos idólatras de las grandes ciudades diseñadas para el automóvil, esos recuerdos de mí pasada niñez o los de  la época juvenil, eran propios de un país “bárbaro”, no civilizado. ¿Qué es eso de comer frutas silvestres o sembradas en espacios públicos?, para eso están las muy fertilizadas y modernas fruterías, donde puede ir a comprar una gran variedad de frutas contaminadas del venenoso fertilizante. ¿Quieres escuchar el canto de los loros y otras aves? visiten los zoológicos, donde las aves y fauna son bien atendidas y alimentadas  por profesionales, así no  se corren los riesgos de contaminarse. Todo está resuelto en el mercado, por lo tanto,  no es útil la siembra de frutales. Así se piensa y así son las cosas conforme al resultado de vivir en cajones de concreto organizado, pensado e impuesto por la cultura del gran capital.

Cagua, 22 de agosto de 2026.

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