Felipe Rodríguez, nuestro quijote eterno…

ADRIANA RODRÍGUEZ

En una de estas tardes calurosas caraqueñas que se han vuelto tan cotidianas ya, mi prima Valentina y yo reflexionábamos sobre la condición del artista. No todo músico, escritor, pintor, bailarín o cantor es de cepa un artista ¿Qué es el arte sino una eterna lucha y el artista no menos que un valiente guerrero? No todo creador tiene la vena para enfrentarse a su tiempo, para vivir a contracorriente, persiguiendo su singular destino y sentido de las cosas, pese a las adversidades que ello le supongan para satisfacer comodidades mundanas. Sobre todo, un artista es el espejo fiel de lo que no nos atrevemos a ver de nosotros mismos, son los ojos ante nuestra ceguera, la luz ante nuestra oscuridad.

         Felipe se fue el 2 de mayo por la tarde, sin que pudiese ir a visitarlo por última vez. Y aunque hacía años que no le veía, en mi memoria se alberga el recuerdo más puro de un valiente guerrero de su tiempo. Lo recuerdo como bañado de un arcoíris perpetuo, mágico, jocoso, ingenioso, adorado por todos. La última vez que estuve en San Juan de Los Morros (en camino al desafío a una aventura por el Amazonas con mi amiga Verónica), mi primo Francisco me llevó por todo el pueblo, pero no conseguimos a Felipe por ningún lado. Para mi desgracia, ese día no fue a pintar ni a declamar en la Plaza Bolívar, donde solía hacerlo. Tenía muchas ganas de abrazarlo porque recordaba que cuando me alzaba de pequeña en sus brazos, me llenaba de los más cándidos besos y me abarrotaba de libros que debía leer. Tal vez intuía que leer sería por siempre mi refugio sagrado.

         Cuando visitábamos San Juan de los Morros, en pleno albor de la infancia, la casita de mi tío Felipe era una parada soñada. Marcelita, la perla negra de los llanos, la más dulce llanera, nos recibía a todo ese familión que somos los Rodríguez en aquella diminuta y humilde morada de los dioses. Lo que más me intrigaba de la casa de Felipe y Marcelita es que el patio estaba lleno de cantidad de animales, gallos, gallinas, pollos y, en especial, unos morrocoyes gigantes que, si no te ponías las pilas, te perseguían a una velocidad que asombraba y alcanzaban a morderte. De esa camada de morrocoyes, Felipe y Marcelita nos regalaron dos, uno para mi hermana María Alejandra y otro para mí. Les llamamos Cascaritas y los poníamos en unas poncheras con agua para ver cuál de nuestras Cascaritas ganaba la competencia a la que le sometíamos. Para distinguir una Cascarita de otra, les pintamos con tempera, un puntito verde. Hoy día, las Cascaritas tienen una casa de cemento y techo de tejas, pero al otro lado de la geografía mágica de este país. Las Cascaritas ahora son andinas.

Allí, en la casita de Felipe comíamos la variedad de platillos que Marcelita se esmeraba en preparar. Y pese al trabajón que suponía atender a todo ese gentío, se acercaba amorosa de tanto en tanto a Felipe para besarlo y mimarlo como sólo él lo merecía; le arreglaba el cuello de la camisa o le peinaba y, entonces él, para echarle broma, le hacía alguna picardía y, Marcelita, algo pudorosa, se sonrojaba frente a todos y Felipe entonces soltaba una enorme carcajada, de esas tan características suyas. Lo recuerdo en su hamaca recostado a lo largo tomando la siesta a la hora que llamamos “del burro”, también en casa de mi tío Adolfo y Clara, donde siempre se aparecía para divertir a todos con sus espléndidas ocurrencias.

Mi tío Felipe era el poeta del pueblo, lo buscaban para declamar hasta en los entierros. Recuerdo haber conocido una persona en Austria, oriunda de San Juan de los Morros que cuando le pregunté si conocía a Felipe, le brillaron los ojos y con gran alegría me refirió sus cuadros, los que pintaba muchas veces a la vista de todos, en la Plaza Bolívar, su taller al aire libre. Esos cuadros, pintorescos, ingenuos, son obra no menos que de un alma enteramente libre, entregada a los pálpitos de sus entrañas, a la representación de un mundo. Su mundo.

De todos los Rodríguez, sin duda Felipe le saca una sonrisa a quien sea que lo nombre, alegre, tierno. Así lo recordaremos por siempre, porque Felipe es como el Quijote, un caballero a la llanera en permanente desafío a tornavirones que imaginaba gigantes, altivo en sus alpargatas, que luchó contra cuantos demonios se cruzaron en su camino, principalmente el de la epilepsia que sufría desde niño, triunfando en cada batalla para fusionarse por siempre en la gente sencilla, en el paisaje sereno que lo inspiraba, en el horizonte infinito de la vida.

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