Es a juro y es por los reales (Confesiones de un empleado público, trabajador del ministerio)…

Por: Eduardo Orta Hernández.
Soy Cagua. Soy Caribe. Soy Meregoto.
Planificado el viaje de playa. Meses organizando.

Pienso -de pana y de buena gente, sin descarrio ni ofensa a Adán y a Eva, modelos de fidelidad inmutable que sigo y me consagro como devoto y fiel alumno de su universal y humana enseñanza- que la vida es vivir en plena y absoluta monogamia.

Comprendo el deber de no ver a ninguna otra mujer y menos desearla. Si es casada, menos aún. Es tiempo de monogamia y para compartir con los hijos y los nietos, con la patrona, la doña, la señora y más allá, los suegros, padre y madre -los de ella-, aún no he comprendido por qué los míos, mi papa y mi mama, no tienen cabida.

La miserable realidad es que vivimos limitados. Ellos son otros gastos. La vaina no está para gastar tanto. Hay que recordar los de la peluquería y los de la estética femenina, tú sabes, acomodarse los melones y las posaderas también. Irrefutables argumentos.

Pensar en extender ese maravilloso turismo familiar a mis hermanos y cuñados sería genial, pero imposible. Aunque Pepe y Juan son chéveres y divertidos, siempre me han aliviado al encargarse de hacer la parrilla y el sancocho, pero, hay un pero: si así como comen colaborarán con alguito y no fueran tan pichirres, otro gallo cantaría en el gallinero.

Nada hay más grande en felicidad que salir con la esposa y la hija al río, a la playa, recorrer los pueblos. ¡Oh, Elorza!, Mantecal, cruzar el Orinoco, asistir a la Panoja de Oro en Valle de la Pascua, saborear los pescados de Cabruta, ir al Faro de San Román, bañarse en Puerto Escondido, subir a la Sierra de San Luis y echarse varios guamazos en Pecaya, sol del cocuy ancestral. Soñar, al regreso, en dormir en la playa de Villa Marina, mejor en Los Taques, donde Simón, el de la divina casita azul, o en Puerto Escondido, en la posada de Lenín y disfrutar de sus pescados asados a la brasa o al carbón. Inolvidable. ¿Verdad Félix?

¡Oh, cuántos recuerdos, Cabo de San Román! Aquí, metido en mi pecho, florecen junto a Adícora y Supí, tiempos que no volverán. El dinero no alcanza como en otros tiempos, que permitía echar un pie en Araya, en Manicuare y dar el salto, pasar el pocito y llegar a Margarita, luego regresar a Playa Medina y en medio de una trifulca de comensales terminar no pagando el almuerzo, pero harto de pescado frito y ensalada, y con las ganas de conocer a Güiria y Macuro.

Ni hablar de Lara, hermoso el Tocuyo, donde Pio Tamayo está por siempre, Quibor, Sanaré y Cubiro, lo máximo, junto a los Humocaros, la cascada del vino en Barbacoa, de su gente todos humildes, solidarios y de buen hablar, que campesinos para agradables y bellos, y una vaina que tienen de sobra inteligencia y saberes ancestrales para la siembra y el buen trato. Cómo te recuerdo Enriqueta, Rosita, Dilia, Carmen, Segundo, Theoscar, Dolores, Marcos y Sergio Vargas.

Sin apuros, ir al llano, visitar a Eusebio en Mantecal, sabe mucho de historia el don, honesto y tranquilo, hace crónicas y montado en lancha, a través del Apure y el Arauca, ir a la hacienda corocito para disfrutar de la ternera de Claudio, el claro de voz y radical guía en Guanarito, a quien no se le agua el ojo para decir, cantar y difundir verdades, doblegar al diablo cada vez que se asoma en la sabana, allá en Los Taques y en todo el país.

Sin abandonar a Ramiro y su muy peculiar y original manera de escribir y de hablar con sinceridad, certero custodio de arboleda y radical opositor a la tala, ahí mismito en la gran Barinas del fulano Márquez, monárquico y colonialista, a quien adversa con sapiencia y sentido nacionalista, cuyo miserable nombre es el epónimo de una calle de la ciudad para deshonra de todos.

El andar por allá, donde combatió el general Zamora e hizo morder el polvo a los godos conservadores, al estar cerca de Santa Inés, mala idea no es la de aprovechar el sol radiante, para darnos un empujoncito y llegar hasta las afueras, en el mismo estado, y encontrarnos a Joel Cangrejo, que sabe de plumas finas y combativas, el valiente de la copla relancina, ganador de cuánto festival de música criolla se le presente por delante, es el verdugo de los contadores del llano venezolano y hasta de Colombia, si cree que no es así, vaya a Villavicencio e indague, cuyo grafito revienta rocas milenarias, sin tener que ver con estatura y menos con ronca voz, terrible cuando se empareja con la música del Guárico, eso es cuatro, maraca, arpa, pero también tambor a reventar y un gentío escuchando y disfrutando de la cantata, de las ocurrencias y de las letras de protesta, soberana y nacionalista. Es pura alegría revuelta de patria, que desborda el siempre atento y dispuesto para lo bueno de Sergio, el de la comunidad de Los Flores, cerquita de San Juan de los Morros, el curruña del hermano de Socorro, que cuando se juntan son una fiera, en una sola voz contra el imperio. Tiempo tengo sin saber de este último, muchos años que no lo veo, le gusta el ponsigué, bueno son con el gallote y valiente los nombrao, si tiempo sin verlo, aunque no pelo una de sus novedades musicales. Son voces propias, independientes, no hipotecadas y soberanas.

Todo sobre el viaje lo había planificado y decidido, pero ¡ah, aparece el bendito o maldito pero! Tenemos carro, quinta, buen sueldo, quince y último que hay que cuidar, flux y corbata propia, no alquilada. La dama, señora de la casa, con su peinado de peluquería y uñas acomodadas, maquillada, pestañas largas y bellas que se baten como alas de abejas, traje de baño de dos piezas a estrenar, y la niña de lo más consentida, con pasaje en mano para que se encarame en la moto de agua mientras llegaba la lancha del traslado para la isla.

Disculpen, se me olvidaba decir: nos fuimos a pasar el domingo en la playa. El trabajo no da tiempo de nada. Hay que cumplir con él. Todo por las lochas, hay que conservar el empleo. Pero esta vez nos salimos con la nuestra. No al trabajo en este día, un domingo. ¡A disfrutar!

Mis jefes pendientes del negocio, de la farsa, con lentes oscuros para que no se les vean sus ojos rojos, a reventar por el whisky, en sus blindadas camionetas, sus pulseras de oro, su buen olor a caro perfume, y la infaltable besadera de viejitas y cargadera de niños que detestan, con cachuchas y logos yanquis, chaqueta con el águila y las cincuenta estrellas. De momento se la cambian, se encaraman una con el pabellón patrio y se colocan la boina color a toro después de la corrida. Reciben aplausos grandiosos, cuáles reyes ante los súbditos, la multitud corea y exclama, el rojo brota sobre la piel, aunque en realidad son color guanábana, verde por fuera, blanco por dentro, pero entre tanto hacen del púrpura y del bermejo su color postizo. A mi jefe me entrego, me doblegó en tarde de saraos, de fiestas, de engaños y alegrías. Eso mientras dure el jolgorio y se acaben los caramelos de la anunciada piñata, bien y apropiadamente nombrada y usada como símil, con valentía, sentido de patria, soberanía y libertad por don Luis Brito García, con toda razón.

Con humildad tuve meses organizando el compartir familiar. El trabajo lo impedía. La vida política es muy sacrificada. Bueno, la verdad es otra: son los churupos que callan la boca, dominan las voluntades y además hay que cumplirle al jefe, al partido, porque si no, nos jodimos, desempleados y sin comisión y otras mordidas. ¿Qué sería de mí sin la bondad del cargo revolucionario? Aunque la verdad es que mi intención, de la boca para afuera, es sacrificarme por la patria y la revolución. Yo y la patria somos uno, los mismos intereses, una unidad indisoluble y única, siempre que me dé réditos, jugosas ventajas.

No importa cuánto me joda, sude dentro de mi camioneta con aire acondicionado cada vez que tengo que ir obligado y chequeado a las marchas y eventos proselitistas, por la patria, digo, por el partido, hasta el punto de callar mi inconformidad.

Pero qué va, ni tan calvo ni con dos pelucas. Me desquito, en cada marcha, en cada evento partidista, con desaparecer de entre tanta gente. Apenas pasan la lista de control de asistencia, agarro un bus particular y me piro de regreso. Ni tan pendejo que yo fuera. No voy a dudar, cuando tenga chance voto en contra de mi jefe y su partido, aunque a decir verdad creo que mi jefe hace rato dejó de votar por las siglas que dice defender. Así la cosa, en silencio boto tierrita y no juego más.

Me desquito de los muy creídos, de aquellos que me ponen a repetir que «dudar es traicionar». Será que se equivocó Simón Rodríguez y una ilimitada cantidad de sabios desde la Edad Media para acá. Coño, si fuera así, que «dudar es traicionar», sin saber a quién, porque de traidores ellos, la tierra seguiría plana y el sol orbitaría alrededor de la Tierra. Son unos locos. Pero hay que vacilarlos, bailarlos o emborracharse, comerlos, jartárselos hasta donde se pueda.

Se olvidaron, los muy creídos, que comida, medicina, salud, vivienda, educación, trabajo, digno salario y ropa es primero que política, religión y filosofía, siglas y colores. El amor con hambre no dura. Son unos locos, improvisados hasta más no decir. Lo peor e increíble ha sido que hasta jodieron al socialismo. Nadie cree en él, ni se le arrima. El pueblo pobre no cree en el pregonado socialismo, lo hace responsable por la pésima gestión gubernamental, aunque se llenan la boca llamándose socialistas y revolucionarios, sin serlo, ya que son la expresión viva del neoliberalismo.

Por sus manos y sus usos, el pueblo decepcionado, por no verle el queso a la tostada y por no haber sido objeto de formación y preparación ideológica, se arrima en su angustia y pobreza a su verdugo, al capitalismo, por culpa de cuatro genios o del estado mayor político de las ejecutorias gubernamentales. Qué miseria tan grande. Qué mal le han hecho a todo el colectivo social, a la nación entera. Pero qué bien, qué favorable su administración económica y social, en provecho del sistema capitalista. Este ha triunfado sobre el fracaso del mal llamado e incierto «socialismo y revolución».

Volvamos al asunto inicial. La verdad son pretensiones, vanidad, eso del imaginario viaje a bellas playas, a esa inmensa sabana. Aunque tengo buen sueldo y otras prebendas que me permiten cierta vida de soltura y hasta de despilfarro, pero la pinga, perro viejo late agachado, inventé para un domingo, después de 24 meses sin salir, un paseo familiar -creo que tenía más tiempo-, porque yo, cada vez que hay unas elecciones, hasta para los momentos en que tengo para tirarme un peo en soledad, debo estar presente y justificar mi asistencia en todos los actos del partido. Caso contrario, pierdo el trabajo, que es lo mismo que la papa, que dejar de comer.

Bueno, resulta que con mujer e hija, modesto equipaje y tanque full de gasolina, nos fuimos. ¡Al fin!, después de meses de espera. No lejos, para ahí mismo, a 80 kilómetros, a las playas de Puerto Cabello.

Llegamos, cava en mano, reproductor y la infaltable caja de frías. La mujer alegre, la niña, mi hija feliz, sonriente, cara al sol gritaba: ¡Gracias, papá, qué rico estar en la playa! ¡Mucho tiempo sin venir! ¡Eres adorable, admirable y te quiero un mundo! La mujer, mi esposa, todo cariño, abrazada a mí, pegadita bajo la sombrilla. Sentía su calor corporal, su aliento a vino, a vida e invitación a perdernos en las increíbles aventuras de felicidad. La ciudad había quedado atrás, el trabajo, la oficina, el partido, el gobierno. No había para qué recordar. ¡Era mi gran día! Era un domingo feliz.

Todo maravilloso, años sin disfrutar, pero de pronto suena el celular, el móvil, repica y repica con desespero. Carajo, me atrevo a ver la pantalla y es el número del jefe, el secretario ejecutivo del partido, por demás parlamentario y con gran poder e influencia.

Respondo y me dice: «¡Coño, Jacinto, hoy hay que votar por el cambio de las bombillas! ¡Es el gran proyecto de la comunidad! De perder la elección, la ciudad quedará sin las bombillas y seguirán a oscuras. ¡Carajo, hay que ser responsable con el pueblo! ¡Gente como tú, gente que aún no ha votado, son los responsables de que gane el proyecto de reparar las goteras de la casa de la cultura y el nuestro, el de la bombilla, derrotado!»

«Jacinto -continuó hablando el jefe-, estoy revisando el listado de quienes han votado. ¿Y tú? ¿Y la mujer? ¿Dónde están? No aparecen en el listado que hayan votado. Bien sabes que es una orden del partido. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué a esta hora no has mandado la foto y el comprobante de haber cumplido con el voto? El partido organizó estas elecciones para resolver la gran aspiración comunitaria, la instalación de nuevas bombillas para el alumbrado público y tú sin votar. ¡Qué bolas tienes! ¡La patria y el partido primero!»

Jacinto, petrificado, la cara le cambió, sudoroso, inestable de tensión, de color pálido, casi sin sostenerse, falleciendo, le dijo a la mujer: «Hasta aquí nos trajo el río. Vámonos para el pueblo a cumplir con el partido. Eso sí, es ya, ahorita, sin pérdida de tiempo. Volemos. Tenemos que votar, mandar las fotos y conservar el trabajo. Todo por ustedes, la familia». Y con voz muy suave, que casi no se escuchaba, más bien con un bajo murmullo y con pena de levantar la palabra para que nadie oyera, dijo: «¡¡Por la patria, carajo!!»

Mientras la niña, llorosa, compungida, en una sola lágrima abrazaba a la mamá. No puede ser, se lo repetía. No puede ser, no puede ser.

El colmo: el jefe no votó, porque estaba en Los Roques disfrutando en familia. Eso lo supimos. Bueno, por algo es jefe. Algún día llegaré a ese cargo, si Dios lo permite, el partido sigue gobernando y el pueblo sigue creyendo y votando por el color de mi corazón.

Para sus adentros Jacinto pensó: así no se ganan elecciones, no se construye país, ni ciudadanía, ni civilidad, ni república, no se educa para la transformación, el país no echa pa lante, ni se crea soberanía, independencia, eso sí, se profundiza la herencia colonial del individualismo, el mesianismo, la trampa, la cultura del jefe, del aquí mando yo, y hace letra muerta la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, se hace agua el protagonismo y la participación real y verdadera de una democracia socialista, antiimperialista, que procure la liberación nacional y que logré construir el Estado Comunal, y para colmo no dejan descansar al Comandante eterno viendo toda esta vaina desde el más allá. Eso sí, obliga a un pueblo a rebelarse calladito y a desquitarse cuando la oportunidad la tengan. Lo ideal es que se percate quien es el enemigo, hacia donde debe ir el rumbo, tener sentido nacionalista, antiimperialista y ese amor por el pensamiento de Simón Bolívar, de Francisco de Miranda y Mártir, aaah!! y se sepa todas las canciones de Alí Primera.

Así lo haré yo. Hecho el pendejo los voy a agarrar en la bajadita y en las elecciones no voto por el partido de mi jefe, debe surgir uno que verdaderamente represente al pueblo, sus luchas, sus esperanzas y sueños, sus intereses de clase y que rescate la soberanía y la independencia perdida. Ya verán que el cambur verde mancha.

Polvorín. Explosión insumisa de ideas. Un combate por la vida. Somos historia y poesía insurgente

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