Por: Juan Carlos Villegas Febres
Día seis. Soy un sobreviviente. Casi dos días sin sentido (más bien, dos días navegando en un barro de enfermedades infecto-contagiosas), me han convertido en un guiñapo con patas. El martilleo de mi vecino-mierda, ha sido el coro de qerubines de fierros, que han hecho posible volver a este mundo terrenal. Debo agradecérselo luego.
El campo de batalla de hace pocos días, parece estar a infinitas distancias. Más allá de una extrañísima materia seca en el solar de la casa, y una nube de brillantes moscas verdes, no hay mayor estropicio. A esta hora, el sol cae a pico, secando y esterilizando todo a cien millas.
Puedo salir de la casa. El sol bobo de estos días, dio paso al horno habitual, que ya a las ocho de la mañana, sobrecalienta las nucas de los viandantes por esta ciudad, a ratos desvencijada, a ratos maravillosa.
Los gigantescos rascacielos pueblan el horizonte, colmado de ranchos encaramados en los cerros, donde millones de escaleras, con millones de escalones, serpentean en el bullicio; entre tanto, el corneteo de los autos y los mercados de buhoneros con sus quincallas, enceguecen al transeúnte en una melcocha única de sonidos y colores.
El tranvía aún existe. Lento y fatigoso, trepa jadeante entre los chirridos de los hierros oxidados, y la nostalgia del pasado. Ya casi nadie lo toma. Solo los turistas que visitan El Calvario, se arremolinan con sus cámaras y artilugios tecnológicos, pagando apenas unas monedas para dar una vuelta. Inclusive el tipo que lo maneja, se viste de antaño, como en los tiempos del General Julián Castro, con sus bigotes engominados y su casaca militar de corte francés.
El metro es otro mundo, pero es el mundo del día a día del trabajador, del estudiante, de la señora que hace el mercado, de los cajeros de los bancos, de los ladrones y carteristas, de los pensionados y desechos de la sociedad. Son millones y millones que deben apretujarse en los andenes, respirar los átomos gastados del aire expulsado por otros, de las palabras que exhalan las gargantas sedientas, de los estómagos que suenan de hambre, de los novios que se devoran con las miradas.
Recuerdo que hace poco me tropecé en ese lugar con el poeta José Ignacio Calderón (nombre falso). En realidad lo ví venir entre el gentío en la estación de transferencia, y tuve la esperanza de que no me reconociera entre tantas caritas anónimas, adustas y andantes. Aunque me calé la gorra hasta apenas poder ver el piso, me llamó con gran efusividad y alegría, no teniendo más remedio que responder su saludo.
Ya deshechos mis planes de transitar anónimo, y sentados en un moderno café a las afueras de la estación, me empezó a hablar del premio que acababa de darle la municipalidad y la beca que el gobierno de España le otorgó para pasar una temporada en la Universidad de Alcalá de Henares.
-Aquí en Venezuela no se reconoce el trabajo.
Eso dijo, mientras degustaba un chocolate con pancitos dulces; y que el Consejo Municipal le acabara de premiar con una buena tajada en metálico. Pero claro, aquí “no se apreciaba el talento”.
No le dije nada ¿Para qué coño?
– La luna en menguante, y marte retrógrado (el tipo también es astrólogo), no asuspicia nada bueno para esta época…
No sé qué tenía eso que ver con lo que estábamos hablando. Habló poniéndose filosófico, adoptando lo que todo el mundo considera la pose del poeta: ceñudo, con un dedo en la sien y el otro en el bigote, que recuerda a Nietzche; mientras ausculta a través de unos lentes redondos, dios sabe que pendejadas en el fondo de mis pupilas. Tenía aún azúcar en los labios, que no permiten escaparse unos dientes saltones de serrucho, picados de tabaco negro.
Fingí interesarme por el tema, a pesar de que moría largarme hacía rato.
Gustaba que lo llamaran “poeta”. Había salido del retén policial, hacía pocos meses, luego de haber sido acusado, falsamente, de ser el violador del Parque Miranda. Rápidamente se solucionó el malentendido, pero pasó por horribles situaciones; donde estuvo a punto de ser empalado por los presos, a la manera “clásica”.
Cuando ya me iba, bajo el pretexto de una “importantísima reunión”, llegó a nuestra mesa un conocido del poeta. Andaba sin desayunar, y se devoró en una santiamén los dos pasteles y el jugo de toronja que le pidió nuestro anfitrión.
Supe que era el profesor Villarroel. Un físico pelabola que había desarrollado una teoría sobre el funcionamiento de los mercados, usando conceptos termodinámicos. Andaba con un viejo maletín, con unos papeles aun mas viejos; pero como no llevaba paltó ni flú, era tratado con ironía y escepticismo por las élites académicas del país. Nadie había podido refutarle sus estudios, según me contaron luego, pero como no “sabía venderse” como erudito ni aplicaba el pezcueceo como jalabola del vulgar Rector o del Ministro de turno, vivía en la completa oscurana, ignorado por el mundo.
Continuará…