EN MEDIO DE LO TERRIBLE SOMOS CAMPANA           

Gaspar Velásquez Morillo

Los partes están dados a los que han podido accesar. Esto es terrible, muy terrible. Recuérdate que fuimos, somos y seremos campana. Campana de alerta, Campana como grito de combate. Somos Campana, no somos fáciles para aceptar las derrotas. Somos gente despierta. 

Dos terremotos y 39 segundos de diferencias. 39 segundos de vida y de muerte. Lo que antes eran altos edificios hoy están a ras de suelo, inaudito…! Hay un silencio colectivo. Vehículos rústicos o camionetas o jeepsy a alta velocidades por avenidas principales y autopistas con las luces encendidas y los intermitentes puestos y las cornetas en desuso porque el canal rápido está para ellos. Helicópteros en el aire aportando malas o muy malas noticias. 

Hoy me reconcilió con los motorizados violadores de la sensatez humana y de tan desagradable ruido de los escapes libres que impiden que ya no se escuchen el canto de las guacamayas en Caracas, hoy son de gran apoyo y como enjambres de abejas van con todo tipos de enseres y bienes a socorrer a las y los afectados de La Guaira. 

Hay silencio entre las personas y cuando hablan dan sus impresiones de lo que pueden soportar emocionalmente de lo que acontece en Palo Verde, en San Bernardino y de otros distintos sitios e inmediatamente vuelve el silencio. 

Hay lágrimas que brotan solas y manos suaves, otras manos llenas de barros, así como hay manos ásperas que se empeñan en borrarlas. Mujeres, hombres, jóvenes con aquella fuerza que los mantienen de pie frente a esos edificios que están a ras del suelo y allí bajo esas toneladas de concretos, está un padre, una madre,  hermanos, esposa e hijos y de repente un grito que sale del alma y con esperanza y esa voz menciona: paaapaaaá, maaamaaaaá, el nombre de su esposa o de cada uno de sus hijos y el eco es la sola y triste respuesta. 

Los edificios se ven en silencio, la brisa tiene toda la libertad porque no hay cristales que impidan batir las cortinas. Los labios resecos por la sed, pero hay más sed por abrazar a sus seres queridos. 

Con que y cómo mover tanto concreto, cuántas manos y brazos quisiera tener. Cuanto quisiera que las cabillas y vigas fueran de manualidades. 

De nuevo gritos de nombres que se los llevaba el viento y con la desesperación de encontrar, cuánto  quisiera conseguir un ángulo donde pudiera ver al ser querido, te besaría madre, te besaría padre, te besaría hermana, te besaría hermana, te besaría abuelo y abuela hasta lo sublime y a pesar del polvo de las paredes te besaría con ternura y serían los besos más dulces que he dado y  que he recibido. 

Veo a mi alrededor y mis vecinos también lloran y  acompañan a gritar los nombres de los familiares, los brazos se van al pecho y los puños llegan impotentes a la boca para tapar el grito de cansancio y de impotencia. No queremos que el sol se vaya, está ahí pero baja en el horizonte centímetros a centímetros. Los vecinos se sientan en las aceras y ya no quieren entrar al apartamento o viviendas. Parientes se sentaron en el asfalto lo más cerca y donde la sensatez aconseja, como vigilando con las esperanzas de ver salir a sus seres queridos por las puertas destruidas, las ventanas deformadas con sus picos de cristales. 

El silencio y la oscuridad se abrieron paso. 

A las horas de tanta inmovilidad, se escuchó un ruido indistinguible a la distancia, así se siente la onda telúrica expansiva. Cómo resortes todas y todos de pie se abrazaban que sin conocerse hicieron un grupo humano en medio de la calle y ante la nueva posible remezón, avanzaban reflectores cuyos rayos se dirigían a distintos lugares de las alturas en una danza lumínica, nunca un ruido de un ejército de máquinas, tractores, de rescatistas, operadores, paramédicos, fueron bien recibidos y ahora bien valorados. Los equipos pesados eran silenciados para que lo poco de las construcciones que estaban aún de pie por la vibración del suelo cambiará de nuevo el dantesco escenario. 

Horas después cuerpos inertes y afortunadamente otras vidas brotaban de entre los escombros cuando se asomaba de nuevo el sol entre lágrimas y los aplausos de quienes llenaban la estadísticas de sobrevivientes. 

Apenas recuerdo que el día miércoles 24 de junio me sentaba en la cama para leer las noticias del día y sucedió todo. No me desesperé y ya de pie no podía avanzar es como cuando estás en la playa que las olas no te dejan avanzar y haces movimientos torpes. En 39 segundos de tiempo se piensan muchas cosas y me dije «pase lo que tenga que pasar» no sé si fue resignación o aceptación. Ayer viernes 26 fui a ver a mi hija menor y al cruzar el umbral de su apartamento nos quedamos los dos hipnotizados, me arrodillé y ella avanzó y nos abrazamos y me abrazó con la fuerza que acumula su cuerpecito de 8 años y con voz tenue me dijo: -papi… Le tome su carita entre mis manos: -y que lloraste mucho por mi y tú sabes muy bien que tú eres Campana cómo papi. Le apunte a su corazoncito: – tú y yo, aunque lloremos somos Campana…!                       

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