Abrace a Arístides
Con esta frase culmina la última carta que José Martí le escribió desde Nueva York a su gran amigo el poeta zuliano Diego Jugo Ramírez, el 28 de julio de 1882. Y es que Arístides Rojas junto con Cecilio Acosta, fue uno de los grandes intelectuales con los que compartió el Héroe de la independencia cubana en su estancia en Venezuela en 1881 y quien le aportó una importantísima documentación sobre la cosmogonía de los pueblos originarios de Venezuela, que desde la fecha de su publicación en 1891 podemos leer en la inmortal obra de Martí “Nuestra América” Es la leyenda de Amalivaca. Y es que Arístides Rojas fue un gran venezolano que habiéndose recibido de Médico y después de haber practicado la medicina en algunos pueblos de la serranía andina y en Puerto Rico, optó por dedicarse a la investigación de la Venezuela profunda, de su geografía, de sus pueblos originarios, de sus lenguas, de su naturaleza, de su historia, de sus leyendas, su folklore y de la numismática.
El gran Médico, naturalista y pionero de la historiografía venezolana, hizo de la investigación de los elementos que conformaban su patria en su gran pasión, desarrolló un gran amor por todo lo que significaba nuestro país: lo recorrió, lo escudriñó y ese grandioso ser develó a un gran país que en todos sus rincones ofrecía sus riquezas, sus tierras atravesada por ríos y manantiales, sus frutos, sus semillas, su rica flora, una hermosa naturaleza para mantener a sus crías y sus cultivos. Ese gran venezolano que fue Arístides Rojas a quien bien pudiésemos catalogar como el pionero de la venezolanidad, viene al mundo en la bucólica ciudad de Caracas el 5 de noviembre de 1826, hace 200 años. Sus biógrafos nos cuentan que estudió en el Colegio Independencia y de allí, en 1844 entra la Universidad Central de Venezuela a cursar Filosofía, luego se matricula en Medicina, obteniendo su grado académico en 1852 y comenzó con su ejercicio profesional en algunos poblados de Trujillo en la cordillera andina, regresando a Caracas, a la muerte de su padre, para hacerse cargo de sus negocios, donde destacan un almacén y una editorial.
Con el objeto de profundizar sus conocimientos en Medicina y estudios de la naturaleza, en 1857 emprende viaje que le lleva a Norteamérica y Europa, que le dio la oportunidad de emprender estudios más profundos en esas especialidades y conocer también la obra de Humboldt. Su retorno a Venezuela, fue temporalmente impedida por los rigores de la Guerra Federal imperante en el país, residenciándose temporalmente en Puerto Rico. Felizmente, ya en 1864 retorna a su país, donde desarrolló una gran actividad científica, literaria y contribuyó enormemente con la divulgación de conocimientos a través de crónicas y artículos en periódicos y con la producción de libros. Sus leyendas, sus aportes a la historiografía, a la Literatura, al Folklore, a la Filología, a la Etnografía y la Antropología e incluso, a la Geografía, la Geología y la Espeleología, amén de la numismática y su afán de coleccionar objetos de las comunidades ancestrales y dar conocer todos esos estudios de manera clara y accesible al, le mereció el reconocimiento de todos los venezolanos como el gran maestro que fue.
Arístides Rojas agota cuanto toca
Con esas palabras, José Martí inicia el artículo que publicó la Revista Venezolana en julio de 1881 que lleva por título “Muestra de un ensayo de Diccionario y Vocablos Indígenas por Arístides Rojas” Nos dice el Apóstol de la independencia de Cuba, que el genio venezolano “Sale ahora al encuentro del etimólogo de España, Roque Barcia, en quien las malaventuras políticas y quehaceres republicanos no merman la profunda ciencia de cosas arianas, ni la ingénita ‘dote para hallar la causa lejana de voces y sucesos:-y vence con suave modo y fuerte razón a Roque Barcia. Tala y devasta por la mies enemiga: demuestra, con riqueza de datos fastuosa, que no son las palabras de Indias tan deslustradas como Barcia en su Diccionario Etimológico las presenta. Elige, como campeón leal y seguro de su fuerza, la arena enemiga para librar combate”.
“Y ¡qué ciencia le ha sido necesaria para la liza! ¡Que saber de cosas geográficas, y físicas, y literarias, y vulgares! ¡Qué andarse, como por casa propia, entre el pie-huun, el libro de los mayas, y el quippu, el libro quéchua!… Él sabe, da lo suyo y de lo ajeno: explica y desmenuza el vocablo de los chaimas como el de los aztecas, y el de los tupíes como el de los muiscas, y el de los guaraníes como el de los cumanagotos. Si de cosas de México habla, manéjalas como pudieran don Francisco Pimentel, que mereció lauros de Francia, y Orozco y Berra, a quien toda loa es debida por su extremada ciencia mexicana. Y si de cosas de Cuba escribe Rojas, en nada lo aventaja D. Esteban Pichardo, el etnólogo insigne, que midió a palmos la tierra Siboney, y supo profundamente de bahareques y bohíos” […].
Arístides Rojas puso en práctica una metodología interesante para investigar y poner al servicio del pueblo sus contribuciones científicas y literarias: la perfecta comunión de la ciencia con la literatura, con la sencillez de sus escritos supo conducir el discurso a todos y que sus mensajes llegaran con claridad, dentro de un espíritu de formación en los lectores, ello, precedido de un proceso de investigación basado en la realidad de los hechos, bien documentado y también basado en la observación. La presentación de sus estudios y propuestas estaban escritos de manera sobria pero amena en una atmósfera en que se reencontraban fraternalmente el sabio y el lector. Y su empeño por la divulgación fue primordial. Se investigaba, se escribía para que la palabra, las ideas, los conocimientos llegaran al público en general, ello a través de la prensa, los folletos y los libros.
Así pues, nuestro destacado escritor emprendió ese maravilloso camino de la investigación y la redacción de sus contribuciones científicas y de linda prosa. El exquisito bibliógrafo que fue José E. Machado ex director de la Biblioteca Nacional en su trabajo, Siete Estudios de Aristides Rojas, publicado en 1924, con mucha acuciosidad nos explica que, hacia 1844 Rojas publicó sus primeros ensayos, utilizando a veces su seudónimo Bibliophilus en el diario El Liberal. Allí vieron luz. El Lenguaje de las Flores y un almanaque poético intitulado: Flores de Pascua. Después escribió artículos de costumbres y redactó varios escritos para la enseñanza. En otros medios se publicaron otras obras, tanto en Venezuela como fuera de aquí, El Rayo azul en la naturaleza y en la historia, La Gota de agua, El Velo de gasa, Las Arpas eolias, El Esquife de perlas, El Grano de arena, La Fragua de Vulcano, El Alerta de los atalayas, Los Pórticos del nuevo mundo, y otros. Con gran colorido publica acerca de Bolívar, Miranda, Páez, Rondón, Guaicaipuro y Paramaconi y otros grandes personajes de la historia.
Diversos folletos y volúmenes forman su producción, nos sigue indicando José E. Machado, destacando, Un libro en prosa; Los hombres de la Revolución (1819-1826); Orígenes de la diplomacia venezolana; El elemento vasco en la historia de Venezuela; Objetos históricos que posee Caracas; Recuerdos de Humboldt; El Constituyente de Venezuela y el cuadro de Martín Tovar y Tovar; Miranda en la Revolución Francesa; Leyendas Históricas (2 volúmenes); Orígenes venezolanos; y del libro: Obras escogidas, grueso volumen de 787 páginas, que en 1907 editó, en la casa de Garnier Hermanos, de Paris, don José María de Rojas. Es grande la cantidad de artículos publicados en revistas y periódicos, además de El Liberal, pasando por La Opinión Nacional, El Siglo, La América Ilustrada y Pintoresca, El Cojo Ilustrado y otros.
Caracas, 5 de noviembre de 2026
Autor del artículo: Wolfgang R. Vicent Vielma
Licenciado en Geografía con Postgrado en Análisis de Datos en Ciencias Sociales
Autor del libro, Venezuela y los venezolanos en la obra de José Martí.
Jubilado de la Biblioteca Nacional,
Profesor de la Universidad Nacional Experimental de la Fuerza Armada Bolivariana
Profesor de la Universidad José María Vargas