En Cuba activa la estrategia de la Guerra de Todo el Pueblo…

Con la nueva concepción la responsabilidad de la defensa dejó de ser exclusiva de las Fuerzas Armadas; en el orden militar y logístico sería una tarea de todo el pueblo. Nació como doctrina militar cubana la estrategia de la Guerra de Todo el Pueblo.

En las presidenciales de 1980 en Estados Unidos ganó el republicano Ronald Reagan, actor hollywoodense que gobernó California entre 1967 y 1976. A sus 69 años —con escasa cultura y sin estudios universitarios—, la fuerza ideológica que impregnó a su discurso lo conectó con los sectores más reaccionarios de la nación, en su mayoría blancos anglosajones de clase media baja y la aristocracia obrera de los estados del oeste, el sur y el medio oeste, frustrada por la ineficacia de las políticas económicas keynesianas y alarmada ante el declive del poder hegemónico de Estados Unidos. El 20 de enero de 1981 acudió a la toma de posesión ―como quien dice― vestido de ranger y con el cuchillo en la boca. A su lado como vicepresidente tenía a George H. W. Bush; y como secretario de Estado, Alexander Haig, un general de cuatro estrellas que conocía los manejos y entresijos de la Casa Blanca —fue asesor adjunto de Seguridad Nacional y jefe de Gabinete de Richard Nixon—; dominaba el tema Cuba desde hacía cuatro décadas —actuó como enlace del Consejo de Seguridad Nacional en la Administración Kennedy con la Brigada 2506 (mercenarios de Bahía de Cochino) y asesoró a Robert Kennedy durante la Crisis de Octubre—; y tenía autoridad en Europa en caso de una guerra con la Unión Soviética —comandó la OTAN de 1974 a 1979. 

El 23 de febrero Haig hizo público un informe con las “evidencias definitivas” del apoyo clandestino de la URSS y Cuba a las guerrillas salvadoreñas. Cuatro días más tarde subió la parada en declaraciones a la prensa: “El Salvador representa una situación en la cual la actividad cubana ha alcanzado un punto que ya no es aceptable en este hemisferio” (Martínez, Navarro y Revuelta, 1981: 164). La maniobra fue aprovechada por Reagan para enviar 40 Boinas Verdes a San Salvador y un auxilio supletorio de 25 millones de dólares al régimen de José Napoleón Duarte. Con Cuba, en cambio, fue cauteloso. Haig optó entonces por desencadenar un clima de crisis y en junio presentó al Consejo de Seguridad Nacional un plan para arreciar el bloqueo contentivo de acciones militares. 

Resuelto a escalar, en noviembre optó por transitar un terreno espinoso: solicitó al presidente mexicano José López Portillo concertar un encuentro secreto con un dirigente de la mayor de las Antillas. Cuba nunca se ha negado a conversar con Estados Unidos y Fidel envió al vicepresidente Carlos Rafael Rodríguez, uno de los más importantes ideólogos de la Revolución. No era la primera vez que se reunía con un alto funcionario estadounidense; pero Haig era otra cosa, el propio López Portillo había tildado sus declaraciones respecto a la Isla de “terrorismo verbal”. 

Conversaron los días 22 y 23 de noviembre en México. Haig exigió la retirada del supuesto contingente militar cubano en Nicaragua. Carlos Rafael explicó que varias decenas de asesores militares de diversas categorías contribuían en la organización de las fuerzas armadas y el entrenamiento del ejército nicaragüense; no la cifra de 600 manejada por Haig con la prensa, menos la de tres mil  declarada por otros funcionarios en Washington. La mayor parte del personal prestaba colaboración civil —dos mil 45 maestros, 240 técnicos, 159 doctores y 66 enfermeras. Haig mintió sin escrúpulos para mostrarse inflexible. “…lo que estoy diciendo es que debemos hallar una solución y pronto”, dijo. Y ante la pregunta de cuál solución, espetó:

«Tiene que haber una solución porque nadie ha dado a Cuba el derecho divino de intervenir en los asuntos internos de los países de este hemisferio, independientemente de los argumentos que se empleen para justificarlo.

[…]

«Hay preocupación en los países de este hemisferio. Hubo una época en que Cuba gozaba de una posición muy sólida en el mundo no alineado. Sin embargo, han surgido algunos problemas relacionados con su participación. Es esencial que lleguemos a un entendimiento recíproco, de lo contrario puede haber graves consecuencias (Haig y Rodríguez, noviembre 23 de 1981)». 

La respuesta de Carlos Rafael constituye una lección de ética y diplomacia digna de la generación que construyó la Revolución en Cuba:

«Podemos discutir esto y darle detalles que son de interés para ustedes porque no queremos que se produzca una confrontación por un error. Nosotros también estamos listos para una confrontación. Sabemos que una confrontación sería traumática para nuestro pueblo. No tenemos dudas al respecto. Pero nosotros tampoco tememos a una confrontación. A lo que tememos es a una confrontación innecesaria, en la que, como consecuencia de errores de ambas partes, de la falta de comunicación, mueran miles de estadounidenses y cientos de miles de cubanos. Eso nos preocupa. Me preocupan otros elementos de interpretación que me parece debemos discutir. 

«Si fuese necesario, puedo irme cualquier día a Nueva York y organizar una reunión diferente más detallada. Pero varias de sus interpretaciones personales que, como usted dice, también son coherentes con las interpretaciones del presidente de los Estados Unidos, me generan gran preocupación. Por ejemplo, no creo que los Estados Unidos tengan derecho a intervenir en los asuntos relacionados con la presencia de los maestros cubanos en Nicaragua. Eso y lo que están enseñando es algo que debe decidir el gobierno nicaragüense. Puedo asegurarle que son maestros primarios que apenas pueden enseñar marxismo-leninismo. No sé si han tratado de leer algún libro sobre marxismo-leninismo, pero sería muy difícil para nuestros dos mil 700 maestros enseñar marxismo-leninismo a los niños indígenas. No obstante, creemos que solo el gobierno nicaragüense, y no otro, es quien debe decidir si necesitan a nuestros maestros o no. 

«Estoy convencido de ello porque he sostenido varias conversaciones con los dirigentes nicaragüenses y también he hablado con Fidel, y sé, de otras conversaciones en las que he estado presente, que los nicaragüenses no tienen el más mínimo deseo o interés de intervenir en Honduras. Ellos entienden perfectamente que eso los llevaría a una confrontación con los Estados Unidos y no habría nada peor para Nicaragua, que verse arrastrada a una confrontación con los Estados Unidos. Podemos y debemos seguir debatiendo todos estos temas. Usted dice que se nos está agotando el tiempo. Aprovechémoslo al máximo. Quiero decir algo: Cuba nunca miente y Fidel nunca miente (Haig y Rodríguez, noviembre 23 de 1981).» 

Haig no lanzaba palabras al vacío: apenas once días después, el 4 de diciembre, fue asesinado el alfabetizador cubano Águedo Morales Reina en la comarca de Aguas Sarcas —12 km al oeste de Villa Sandino, en el Departamento de Chontales. Tenía 28 años… Era el cuarto maestro cubano asesinado por la Contra que patrocinaba Estados Unidos. Fue tal la indignación que miles de maestros se brindaron en Cuba para ocupar el lugar de Águedo en Nicaragua. En menos de un año la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización iluminó a 406 mil 56 nicaragüenses y redujo el índice de analfabetismo de 50, 35 por ciento a 12, 96 por ciento. La revolución sandinista debió pagar un precio elevado por brindar a su pueblo el derecho al conocimiento, paso imprescindible para democratizar la cultura. Entre 1979-1984 la Contra destruyó 14 escuelas, asesinó a 113 maestros y secuestró a otros 187.       

Bajo el supuesto de que a la tercera iba la vencida, el 29 de enero de 1982 Haig presentó al Consejo de Seguridad Nacional un nuevo plan contra Cuba y Nicaragua. Propuso cerrar la Sección de Intereses en La Habana y expulsar a los diplomáticos cubanos en Washington; acelerar los trabajos para sacar al aire la emisora anticubana Radio Martí; arreciar el bloqueo, colocar en una lista negra a los barcos que entraran a puertos cubanos y descarrilar el turismo. Peor aún: abogó por establecer un bloqueo naval a Cuba y Nicaragua, con acciones militares de envergadura para neutralizar la capacidad “ofensiva” de ambos países. Reagan lo consagró con la Directiva 21 de Seguridad Nacional, pero todo apunta que la engavetó después de pensarlo mejor. Haig quedó aislado en su beligerancia extrema. En opinión de Robert Pastor, asesor para América Latina del Consejo de Seguridad Nacional en la Administración Carter, fue rechazado por cuatro razones:  

  • Primero, el secretario de Defensa, Caspar Weinberger, temía que se produjera otro Vietnam, y los jefes conjuntos temían que los soviéticos respondieran con acciones en otra parte del mundo.
  • Segundo, el resto del Gobierno dudaba de que el Congreso o el público aceptaran esa acción sin alguna provocación por parte de Cuba.
  • Tercero, algunos funcionarios del Departamento de Estado dudaban que el bloqueo afectara el apoyo de Castro a las revoluciones en América Central.
  • Y, finalmente, los asesores políticos de la Casa Blanca querían que el presidente y el público se concentraran en las cuestiones económicas internas, especialmente en una reducción de impuestos, y que Reagan no disipara tan pronto su popularidad en tantas cuestiones controvertidas (Pastor, 1987: 11). 

Lejos de lo que creyó Weinberger, ya entonces en Moscú veían el mundo a través del prisma de sus relaciones con Estados Unidos y no mostraban preocupación por los problemas de las naciones en desarrollo. Frente a las declaraciones de Haig y Reagan respecto a los planes de invadir a Cuba, el secretario general del PCUS, Yuri V. Andropov, se negó a advertir a Estados Unidos que tal agresión no sería tolerada por la URSS. Ni siquiera le recordó el compromiso de no atacarla adoptado en la salida a la Crisis de Octubre pactada entre Kennedy y Jruschov. 

En un encuentro en Moscú con Raúl Castro el 29 de diciembre de 1982, Andropov declaró impertérrito: “En caso de agresión norteamericana a Cuba, nosotros no podemos combatir […] porque ustedes están a 11 mil km de nosotros. ¿Vamos a ir allá para que nos partan la cara?”. Por las señales que observaba desde hacía un tiempo, Fidel no se sorprendió al escuchar a su hermano al regreso. Con todo, resultó chocante que en los momentos de mayor peligro la dirección soviética le hiciera saber al Gobierno Revolucionario que frente a un eventual ataque militar “…Cuba se vería dramáticamente sola” (Leonov, 2015: 200-202). 

Tomaron dos decisiones relevantes: mantener el secreto entre ellos —la menor indiscreción atizaría el fuego de la invasión—; y la más importante: convinieron en pasar de una concepción defensiva contra eventuales desembarcos yanquis a cargo de grandes unidades regulares, a la defensa combativa en el terreno y su aseguramiento logístico ante cualquier variante de agresión —bloqueo naval, guerra de desgaste, invasión, ocupación parcial o total del territorio cubano. Con la nueva concepción la responsabilidad de la defensa dejó de ser exclusiva de las Fuerzas Armadas; en el orden militar y logístico sería una tarea de todo el pueblo. Nació como doctrina militar cubana la estrategia de la Guerra de Todo el Pueblo: “…significa que para conquistar nuestro territorio y ocupar nuestro suelo, las fuerzas imperiales tendrían que luchar contra millones de personas y tendrían que pagar con cientos de miles, e incluso millones de vidas, el intento de conquistar nuestra tierra, de aplastar nuestra libertad, nuestra independencia y nuestra Revolución, sin alcanzar a conseguirlo jamás”, explicaría tiempo después (Castro, 1988: 3). 

Dos principios básicos se desprenden de la concepción planteada ese día por Fidel: en las condiciones de Cuba, bajo una agresión militar lo primero que atacará Estados Unidos son sus comunicaciones; por tanto, la orden de combate contra el agresor está dada y no hay espacio para la rendición. 

Un año más tarde, el 14 de noviembre de 1983 Fidel fijó nuestra posición de principios en el acto de despedida a los internacionalistas cubanos caídos en la invasión yanqui a Granada: “¡No habrá poder, no habrá armas, no habrá fuerzas que puedan prevalecer jamás sobre el patriotismo, el internacionalismo, los sentimientos de fraternidad humana y la conciencia comunista que ellos representaron!” (Castro, 1983). Y un pueblo entero gritó con él: “¡Venceremos!”.    

Bibliografía

Castro Ruz, Fidel: “Discurso pronunciado en el acto de despedida de duelo a los héroes caídos en desigual combate frente al imperialismo yanqui en granada”, Plaza de la Revolución, 14 de noviembre de 1983. Disponible en http://www.cuba.cu/gobierno/discursos/1983/esp/f141183e.html (Consultado 26.7.2023).

“Discurso en el acto de conmemoración del aniversario XXXII del desembarco de los expedicionarios del yate Granma y de la fundación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y la proclamación de Ciudad de La Habana Lista para la Defensa en la primera etapa, en la Plaza de la Revolución, el 5 de diciembre de 1988”, Granma (La Habana), 7 de diciembre de 1988.

Haig, Jr., Alexander M.: Caveat: Realims, Reagan, and Foreing Policy, New York: Mac Millan Publishing Company, 1984.

Haig, Jr., Alexander M y Carlos Rafael Rodríguez: “Transcripción de la conversación entre el vicepresidente del consejo de Estado de la República de Cuba, Carlos Rafael Rodríguez, y el secretario de Estado estadounidense Alexander Haig”, México, D.F., 23 de noviembre de 1981. Fuente: TsKhSD, f. 5, op. 84, d. 584, ll. 1-27; (traducción Bruce McDonald); Proyecto Carter-Brezhnev, Archivo de Seguridad Nacional.

Leonov, Nicolai S. (2015): Raúl Castro: un hombre en revolución, La Habana, Editorial Capitán San Luis. 

Martínez, Victoria; Ana Cristina Navarro y Manolo Revuelta: Haig, el americano feo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1981. 

Pastor, Robert: “The Reagan Government and Latin America. The relentless search for security”, en Donald Oye, Kenneth A.; Lieber, Robert J. And Rothchild (Author): Eagle resurgent?: The Reagan era in American foreign policy, ‎ Boston: Little, Brown and Company, 1987.

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