Por Javier Gómez Sánchez
Se ha revelado un dato sobre Cuba que golpea a quien tenga el sentido más básico de humanidad: La tasa de mortalidad infantil en la isla subió de 4.0 por cada 1000 nacidos vivos en 2018 a 9,9. Este aumento de 148 % significó la muerte de 1800 bebés más desde ese año.
Detrás de esa cifra está la realidad profunda, que para el sistema de salud cubano ha significado una escasez cada vez mayor insumos, dificultad o imposibilidad de aplicar tratamientos, equipamiento sin repuestos, pérdida casi total de las ambulancias, incapacidad de realizar exámenes por falta de reactivos, y retraso en diagnósticos ; de parte de las familias está la imposibilidad de comprar medicamentos y suplementos de nutrición que antes se vendían en las farmacias del Estado a precios ínfimos, ahora con sus estantes vacíos, déficit de alimentación, dificultad para trasladarse a las consultas por no haber combustible, y muchos otros factores que aumentan los riesgos de que un bebé no viva más allá del año de nacer.
Es la traducción en costo humano del bloqueo estadounidense. Solo la punta del iceberg de una crisis humanitaria que ha hundido la calidad de vida, atención médica y nutrición en toda la población. Cuba destina a la Salud Pública el 24 % de su prespuesto estatal y el 12 % de su PIB, los mas altos de América Latina, sin embargo , el bloqueo y el desplome de los ingresos, hace que esas cifras cada vez signifiquen menos moneda fuerte, a lo que se suma, aunque tenga el dinero, no poder hacerlo en las condiciones normales de otros países.
Gran parte del ingreso a su economía proviene de los servicios médicos al exterior. Algo que pocas veces se le reconoce a Cuba, como país latinoamericano, es haber logrado cambiar exitosamente su principal matriz económica, no solo una, sino dos veces: De ser hasta los años 80 un país eminentemente agrícola dedicado a la caña de azúcar, pasó a la industria turística en los 90, para luego ofrecer servicios de medicina, educación y biotecnología en los 2000. Significa que el “sujeto económico principal” cubano pasó de ser un cortador de caña a ser un profesional de la hotelería, para finalmente ser un científico. Es la traducción socioeconómica de la Revolución Cubana.
Estos servicios de salud en el extranjero, junto a la biotecnología y la formación de personal internacional , representan la capacidad de un país subdesarrollado y latinoamericano -azucarero, bananero, minero o ganadero-, de romper con el papel que históricamente el sistema global de dependencia Norte-Sur les ha asignado. De ahí que la intención estadounidese no solo ha sido la de estrangular a Cuba, sino construir ante los demás la narrativa de que es un economía fallida que no produce nada.
El momento del mayor desarrollo de los servicios de salud cubanos ocurrió en 2015, cuando unos 50.000 trabajadores sanitarios, estaban desplegados en 67 países. Algunos programas son subsidiados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros asumidos por los Estados beneficiarios.
Estos contratos con base económica y plazos permanentes, funcionan aparte de las acciones de asistencia médica de emergencia ante desastres y epidemias, realizadas de manera puntual por una fuerza sanitaria cubana de despliege rápido en coordinación con organismos internacionales, formalizada por Fidel Castro en 2005 con el nombre de Brigada “Henry Reeve”. Ha asistido a unos 50 países, incluyendo la epidemia de Ébola en África Occidental. Con frecuencia estas acciones y los servicios médicos se mencionan mezclados, lo que dificulta su comprensión, más por el uso de términos para la exportación médica que enfatizan su valor humanitario como “colaboración médica” y “misiones”. Pero aún cuando esta se pudiera ver como una actividad de economía pura y dura, no es posible separarla de su efecto social y humano en la población de los países que la solicitan, el cual resulta invaluable.
Estados Unidos inició una guerra contra las misiones médicas cubanas desde que estas comenzaron a ser una fuente de ingreso y una fortaleza de las relaciones internacionales para Cuba. En 2006, el gobierno de George W. Bush creó el Cuban Medical Professional Parole Program, que daba la ciudadanía estadounidense a cualquier médico cubano que se presentara en un consulado de los EE.UU, como una forma de estimular el abandono del personal. Funcionó hasta 2017, cuando Obama lo suspendió al ser un problema para el deshielo diplomático con Cuba. En 2019, Trump comenzó presentar las misiones como trabajo forzoso y trata de personas. En 2020 hizo presión sobre la Organización Panamericana de la Salud (OPS) por apoyar a programas con médicos cubanos. Más tarde anunció que se revocarían las visas a funcionarios de países que recibieran los servicios. Tanto Biden, como nuevamente Trump, mantuvieron la escalada. Entre 2018 y 2022, los ingresos cubanos por estos servicios cayeron de 6.400 millones de dólares a 4.900 millones.
En los últimos años, la presión hizo que Ecuador, Bolivia, Jamaica, Honduras, Guatemala y Guyana, pusieran fin a sus convenios, afectando tanto a la economía cubana como a la atención a su propia población, además de los ingresos personales de más de 1000 médicos cubanos cuya economía familiar dependía de esos empleos.
El golpe más fuerte fue el de Brasil, cuyo programa Mais Médicos contaba con 8000 cubanos a través de la OPS, siendo de las misiones mejor remuneradas para los médicos. El gobierno de Bolsonaro llevó a Cuba a retirar su personal, lo que significó la caída gradual de las compras de alimentos que el Estado cubano hacía desde el MERCOSUR, como cárnicos, lácteos y granos -el arroz “brasileño, argentino o uruguayo” se hizo popular en los hogares cubanos-, con lo que se sostenía la alimentación subvencionada de millones de personas que la necesitan en Cuba, hoy desplomada.
Desde 2019, la ONU ha recibido denuncias de ONGs con sede en Estados Unidos sobre las misiones y remitido comunicaciones al gobierno cubano, el cual rechaza las acusaciones y alega que su personal se une a estas de manera voluntaria.
Los médicos cubanos interesados se inscriben en una bolsa de trabajo, muchos lo han hecho, mientras otros miles nunca se han sentido atraídos. Los que entran al sistema, reciben un pago en dólares en el país de destino, y su salario en Cuba, que se le acumula en una cuenta o se le entrega a su familia. Las condiciones pueden variar, pero habitualmente reciben hospedaje, el transporte necesario, y algunas otras asistencias según el país de destino.
Para manejar los contratos con los ministerios de salud extranjeros el Estado cubano creó varias entidades, entre ellas la Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos, SA, acusada por Estados Unidos de explotación laboral, trabajo forzoso y trata de personas. Sin embargo, ninguna empresa del mundo que envía personal al exterior en todo tipo de industrias -incluyendo muchas norteamericanas- es acusada de algo así, y mucho menos se les cuestiona qué porcentaje destina al pago de salarios. Se estima que el este es alrededor del 24 % de lo que ingresa la empresa, unos 1000 dólares por mes a cada médico. Es increíble que Estados Unidos, un país que se presenta como el mayor defensor de la economía liberal capitalista, cuestione la plusvalía.
La economía de las misiones médicas fue un cambio significativo para el personal de salud cubano. El dinero ganado en ellas permitió lograr, en menor o mayor medida, una mejoría en sus vidas y las de sus familias. Para los más dedicados el duro trabajo en las misiones dió sus frutos, llegando a comprar, construir, o ampliar sus viviendas, equiparlas, adquirir vehículos, poner pequeños negocios, o tener ahorros en dólares para su vejez. En algunos casos de los mejores convenios, además de los pagos llegaron a recibir un apartamento. En las ciudades capitales de las provincias cubanas las urbanizaciones de edificios “de los médicos” se convirtieron en parte del paisaje. No pocos han hecho de las misiones un esquema laboral y económico permanente para sí mismos y sus familias. De ahí que cada cierre representa una catástrofe personal y familiar, hasta la espera de un próximo contrato, los que cada vez son menos.
Sin embargo, las maniobras estadounidenses logran encontrar un flanco débil en la defensa de las misiones: El gobierno cubano considera a todo médico que las abandone mientras está en el extranjero como un “desertor”, y en represalia le impide durante 8 años regresar al país, negando incluso solicitudes por motivos humanitarios como la enfermedad terminal de un familiar. Organizaciones de solidaridad que luchan contra el bloqueo han hecho llamados al gobierno cubano para que elimine esa práctica, pero insiste en mantenerla. Esto se inserta dentro de una situación general en la que el personal de salud en Cuba tiene coartados sus derechos constitucionales. Durante décadas los médicos se han visto impedidos de realizar viajes personales al extranjero y no pueden ni siquiera solicitar un pasaporte, pues al presentarse en las Oficinas de Migración del Ministerio del Interior se les niega el documento. Esto consituye una violación del Artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La estrategia estadounidense de favorecer la migración calificada para debilitar la capacidad económica del país, profundizó en el gobierno cubano la “doctrina del capital humano”, una mentalidad mantenida durante décadas en la cual el Estado considera que las personas que ha formado en su sistema educativo son una inversión, por lo que deben estar sujetas a su control. Una triste mancha que ha costado mucho a la sociedad cubana superar y aún hoy mantiene vestigios, resistiéndose a desaparecer completamente de la idiosincrasia oficial. El caso del personal de salud probablemente sea donde este sentido de posesión se manifiesta de manera más enfermiza. En 2012, durante las reformas impulsadas por Raúl Castro, el “Permiso de Salida” fue abolido. Era un mecanismo que obligaba a los ciudadanos a solicitar autorización para viajar al extranjero -pagando además un alto arancel por el trámite-, y que podía ser denegada, lo que en el caso de los médicos estaba establecido a prori. Poco tiempo después de eliminarse elementos retrógrados en el gobierno lograron volver a imponerlo para especialistas. Un médico cubano al avanzar en sus estudios de especialidad es registrado como “regulado”, un eufemismo burocrático para designar la prohibición de viajar libremente. Muchos jóvenes prefieren no cursar estudios especializados y mantenerse solo como médicos generales para evitar verse sometidos a esa condición. Aunque esto ha traído consecuencias catastróficas para el sistema de salud, se insiste en mantenerlo. Además del daño interno, esto le facilita las cosas a Estados Unidos para acusar a Cuba.
Ningún aislamiento internacional o bloqueo va a hacer evolucionar una sociedad ni cambiar la mentalidad de su aparato político. La agresión estadounidense, el empobrecimiento y la situación que asedio que produce solo la empeora. Fue durante un corto período de relajación que la sociedad cubana tuvo la calma para reflexionar sobre la necesidad de evolucionar y salirse de las condiciones internas que décadas de hostilidad sembraron en su cultura política.
Es difícil para cualquier país soportar el peso de la presión de Estados Unidos, pero el saldo de esta tiene ganadores y perdedores. Con cada cierre de una misión médica de Cuba, gana el imperialismo y sus aliados de las derechas locales, mientras pierde un medio de vida el pueblo cubano, y finalmente, la población pobre de ese país, los que no pueden pagarse una clínica privada o una costosa cirugía, y se convierten en más pobres. Esa es la realidad fundamental que, por encima de cualquier crítica o exigencia, hay que ver en las misiones médicas cubanas: La de los ganadores y los perdedores.
FUENTE: CUBAINFORMACION