Por: Eduardo Orta Hernández*
Soy de Cagua. Soy Caribe. Soy Meregoto.
El relato político en los últimos 12 años, a partir de 2013, en cada inauguración de algunas obras pública, es la continuidad, o la remembranza del periodo guzmancista, en el último tercio del siglo XIX, que se proyectó durante el siglo XX de manera profusa, masiva y hasta grosera, elevándose exponencialmente al infinito a partir de la muerte del comandante eterno.
La práctica política de Hugo Rafael Chávez Frías, estuvo apartada de la vanagloria y condenaba la política de la exaltación personal, cuidó mucho la labor pedagógica liberadora, puntualizando que lo principal era el protagonismo del pueblo, afirmaba que estaba en la presidencia de la república ejecutando su orden y su mandato, que le obedecía y se le subordina incondicionalmente, en una relación horizontal, no vertical, era la constante declaración pública, el reconocimiento del imperio de la voluntad popular, como primer soldado de la República. Insistía en cada alocución en la distinción entre los derechos sociales, legales e históricos y los favores personales. El ejercicio del poder durante su mandato separaba, combatiendo marcadamente la caridad y fortaleciendo el sentido de la solidaridad, expresaba que se sometía a las obligaciones del mandato, en su condición de mandatario, a los derechos legales que lo vinculan a la construcción de la ciudadanía. Fue constante su práctica en la necesidad de superar el esquema del ejercicio de la política fundamentada en el prestigio personal del líder, confrontaba y detestaba el culto a la personalidad. Siempre cuidó en cada disertación su lenguaje, que como misil comunicaba transformación, liberación desde los hombros del pueblo. Elemento vital para la construcción de una sociedad integrada por sujetos de derecho y no súbditos agradecidos, que como satélite orbitará alrededor del líder.
Era evidente su profundo respeto, amor y entrega por el pueblo y su insistencia manifiesta que se le debía a éste y que obraba por su mandato, que era un simple mandatario del poder del pueblo. Expresaba que estaba en la presidencia hasta tanto el pueblo así lo decidiera y que *toda obra era por mandato de la voluntad del soberano, ante quien estaba obligado a servir y obedecer. Le daba las gracias al pueblo. No era a la inversa, como en la actualidad que en cada obra se difunden masivos, miles de videos donde a vivas voz y previo libreto, de manera obligada, se nombra al alcalde, al gobernador y al presidente de la República, dándole públicamente las gracias por la “caridad” (obra ejecutada) o por la bolsa de comida o la silla de ruedas recibida. Chávez Resaltaba y destacaba de manera relevante que las obras sociales, las ejecutorias políticas y económicas eran hechura del mandato de la voluntad popular, las asumía como obligación moral y legal, como retribución de la voluntad del pueblo, a quien le daba públicamente LAS GRACIAS con su máxima de «amor con amor se paga».
En ese largo discurrir político de la cuarta República y parte de la quinta (2013-2026), tuvo como excepción el periodo de gobierno de Hugo Chávez, su práctica y su alocuciones públicas estuvieron fuertemente marcada por resaltar la presencia, voluntad y poder del colectivo, el centro toda la nación, su poder era el del pueblo y no individualidad alguna, no existía la etiqueta personal por encima de la voluntad del soberano, insistía sobremanera en esos aspectos de exaltar y reconocer al gobierno del soberano en toda obra pública.
En la cuarta República y a partir del 2013 (¿Quinta República?) la manera de invisibilizar la luchas del pueblo, es atribuirle las obras de infraestructura o sociales, las reivindicaciones más sentida de la comunidad al gobernante, al alcalde, gobernador o presidente a quien obligatoriamente y de forma pública se les da las gracias, gobernantes que se presentan como el gran benefactor de turno, el «merecedor de toda pleitesía y reconocimiento» como un hombre o mujer ejemplo de buen gobernante, de espontánea condescendencia y de abnegado espíritu «democrático», cuya obligación de cumplir las atribuciones y facultades legales de un cargo, se mimetiza y se funde con la caridad personal en un gran abrazo, es al funcionario electo del Municipio, Estado o de la República a quien hay que agradecer por las obras que son mandatos legales, si dota a un hospital de jeringas, de productos de limpieza hay que darle mil veces las gracias, como que si las obras o dotaciones saliera de su peculio personal y fueran hechos por sus concepciones altruistas y su voluntad personal y no por orden de las leyes, de los planes o programas generales gubernamentales y propios para el funcionamiento de la nación o el país.
No pocas veces se hace fácil distinguir la supuesta bondad y altruismo personal con las obligaciones y mandatos de un cargo público, los derechos ciudadanos y la voluntad del gobernante es lo mismo, el más puro populismo, es la esencia del MESIANISMO más acabado y reluciente en el ejercicio del poder, que se repite con profundidad a partir del fallecimiento del comandante Chávez, luego de una breve interrupción entre el año 2000 y 2013.
Es una letanía uniforme y única a lo largo de todo nuestro territorio nacional, la exacerbación del mandatario local, regional o nacional, común es leer y escuchar repetido mil veces, hasta el cansancio, durante años, el estribillo: «por instrucciones del ciudadano alcalde, gobernador o presidente se estará realizando el cambio de las bombillas eléctricas o recogerán los cachivaches, se tapará el hueco, se pintará tal escuela, se donará una computadora o que inaugurará una obra pública, se pintara la escuela o se adornará de navidad la plaza con un gran San Nicolás». Queda claro que es por instrucciones, voluntad del gobernante, quien sustituye el protagonismo del pueblo, no es por el ejercicio del poder soberano, eso queda claro y acto seguido, la multitud obediente, el convidado «protagonista» con pancartas previamente diseñadas, elaboradas consignas que expresan los «vivas», se escuchan los aplausos y las previamente programada y ensayadas gracias, expresando la gratitud pública al gran hombre, al superhéroe, al individuo que por su intervención salvadora, bondadosa y casi mítica «resolvió» el clamor del pueblo. Casi que, en tan magnas obras, así sea la de tapar un bache o repartir regalitos y bisuterías en navidad, el líder en su «grandeza» poco le falta para organizar un desfile cívico y una parada militar, con salvas de artillería y hasta el extremo de un Te Deum. Se cree un héroe nacional, un gran Mariscal de mil batallas ganadas, libertador de territorios una vez colonizados, un predestinado por la providencia, un bien nacido para salvar de las desgracias a la patria grande o chica. La humildad no es para modernos reyes, emperadores ni autócratas.
Aquí en este punto lo relevante es la acción del líder, del gobernante en ejercicio, se educa para el mesianismo, el caudillismo, la gratitud, la obediencia incondicional y el reconocimiento, la desmedida admiración para el «salvador de turno». ¿Y dónde queda el poder del pueblo, su protagonismo y la democracia participativa? ¿Y qué relevancia tienen los otros sujetos sociales, como las comunas, los consejos comunales, los sindicatos, las asociaciones civiles, la comunidad entera? ¿Sus luchas y reclamos? ¿El mandato constitucional y legal referidos a derechos? Al parecer nada existe fuera de la órbita del líder, del gran electo o representante del pueblo. Toda acción es por su voluntad y misericordia. El sol solo alumbra donde el gran líder se encuentra.
El comportamiento político planificado, masivo de que el pueblo, o parte de él de las gracias, pareciera una obviedad, pero no lo es, ese lenguaje de corrosivo de la moral y de la dignidad de un pueblo, al ser obligado a dar las gracias, a asumir la expresiva pública de la «gratitud» lleva implícito, viene contaminado del mesianismo, el caudillismo, el individualismo, la obediencia y el sentimiento de agradecimiento, de incondicionalidad ante el nuevo «mesías», que manda, organiza y dirige, en su rol de moderno «salvador.» Es una herencia de la cultura colonial que está presente en nuestros días, que trae como consecuencia el fortalecimiento de una cultura colonialista presente desde 1498 en Venezuela y que hace estragos en la conciencia política, que subordina para la servidumbre y para NO DUDAR DEL LÍDER PORQUE ES TRAICIONAR.
El reto es su superación, concebir una nueva forma de ver y sentir el ejercicio de la política, de la ejecución del gobierno en sus distintos niveles y modalidades, se requiere que un gobierno verdaderamente comprometido con las transformaciones sociales, con la convivencia y la civilidad, la vida en República, con la democracia social prohiba enérgicamente que tales eventos de pleitesía y adoración individualista, sean organizados, planificados, dirigidos y estimulados por los «representantes» del poder público, por las instituciones del Estado o por cualquier otra. Es el obligado ejercicio político como expresión de la más alta dignidad civil. Educar al pueblo para la vida en República, para el ejercicio de su soberanía, su libertad e igualdad.
No es posible que, al inaugurarse una obra pública, o llevar adelante la solución de una sentida reivindicación popular, el gobernante de turno se presente como el gran «padre» social, que por su desprendida generosidad se han resuelto alguna necesidad social, cuyo hacer es parte de sus obligaciones legales y para lo cual fue electo y tiene el mandato democrático de unas atribuciones que la Ley le impone, además de la obediencia y subordinación al poder del pueblo, al gran elector. Por tanto, no una hazaña personal, no es proeza, no es atribución divina del gobernante cada obra realizada, es un mandato que debe cumplir, y por lo cual, no se le debe dar gracias, ni sentir una colectiva gratitud, como tampoco una magna obediencia y admiración. Eso sí, ante el deber cumplido, cuando mucho un no planificado y organizado reconocimiento, espontáneo erguido y digno.
Ese tipo de «bondad» mesiánica, individualista y caudillista tiene un enorme poder pedagógico, por su simbólico significado que *induce a un obligado y planificado servilismo, la subordinación a la investidura del jefe político de turno y a la implícita negación del protagonismo del pueblo como sujeto de cambio o para la transformación. Es sumisión ante el poder del Estado. De hecho, la democracia participativa queda reducida a la voluntad del gobernante y del partido de turno. *Lo culturalmente grave es la profundización de la herencia colonialista* expresada en el mesianismo, la ciega obediencia y la cuestionada gratitud, es el eterno dominio desde la conquista, no se construyen nuevas referencias de gobernar en democracia y ciudadanía, atraso, incultura política, falta de ejercicio de ciudadanía, falta de conciencia de los derechos que nos pertenecen y que no son obras ni dádivas de individualidades, esas rémoras del pasado hecho presente es lo que queda, luego que el organizador de la piñata dispone y se acaban los caramelos.
Polvorín. Explosión insumisa de ideas. Un combate por la vida. Somos historia y poesía insurgente. Soy de Cagua. Soy Caribe. Soy Meregoto.