EL ROSTRO DEL OTRO

Federico Ruiz Tirado

La irrupción del sismo y la desesperación de la población venezolana, vista desde una orientación ética, como tal vez se derive del pensamiento de Enrique Dussel, no debe interpretarse solamente como un sacudón trágico de la geología y la naturaleza.
Es difícil asumir una tragedia de esta magnitud, como un fenómeno de fricción violenta y súbita de las placas tectónicas, o al paneo mediático, bastante estrafalario  y ficticio de caídas y recaídas de las placas de la tierra, mostrado por las redes.

Enrique Dussel calificaria  esta hipótesis como una miserable pérdida del sentido común, pues dado los antecedentes que se ventilan en Venezuela, esa posición sería equivalente a una ignorancia crasa del fenómeno e intereses políticos con la intención de solapar la inescrutable naturaleza del dolor humano.

Ese hipotético enfoque de Dussel nos obliga a analizar los  terremotos como el resultado de un zarpazo del poder depredador que tiene sed de más poder, de sus recursos naturales para perpetuarse en el universo.

Este siniestro afán aleja a las mayorías empobrecidas de la seguridad y la equidad.

Para la filosofía de la liberación, el verdadero desastre no es el desatado como un fenómeno natural en la Guaira, sino la vulnerabilidad inocultable de una mayoría y de las odiosas desigualdades sociales preexistentes. Las miles de víctimas mortales y de desplazados que hoy habitan campamentos de emergencia, no son señales estadísticas. Son el «rostro del Otro», los vulnerados de una estructura social y económica que, a lo largo de la historia, ha empujado a los sectores populares a construir sus vidas sobre terrenos inestables y sin el amparo de normativas sismorresistentes reales, como ocurrió en 1999 con la llamada vaguada.

La tragedia, por tanto, se convierte en una interpelación ética que destruye la normalidad del sistema, dijera Dussel.

Ante las ruinas, emerge lo que Dussel llamaba el «grito del Otro». Es el clamor de los atrapados, de las familias que buscan a sus seres queridos en los cementerios provisionales y de quienes lo han perdido todo. Este grito exige una respuesta inmediata, como lo está haciendo el gobierno bolivariano, que no puede ser frenada por la burocracia política ni por el «rigor» aplastante del capital o del negocio, o de la contra revolución que mueve sus tentáculos desde el exterior.

La prioridad absoluta e incuestionable del Estado y de la comunidad internacional debe ser la reafirmación de la vida como un valor esencial frente a la muerte: garantizar el agua, el pan, el techo y el consuelo a quienes el sismo despojó de su cotidianidad: Renacer, volver a nacer, a reír y a dormir sin espantos.

Levantar las ciudades desde el pensamiento dusseliano implica un proceso de transformación desde abajo. No se trata de que los expertos intervengan «activamente» con sus conocimientos académicos, sino de escuchar la sabiduría y la capacidad organizativa de los miles de voluntarios y comités comunitarios que hoy remueven escombros. Solo una reconstrucción planificada desde y para la gente garantizará que las nuevas viviendas sean espacios de dignidad y el resguardo, asegurando que la vida humana nunca más sea el precio a pagar ante las fuerzas de la naturaleza.

En ese sentido, la Presidenta Delcy Rodríguez ha señalado que Venezuela debe considerar su condición sísmica para construir nuevas viviendas de acuerdo a los protocolos que la protegan.

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