Manuel Gragirena
Leer muchos libros y citar autores para explicar cualquier cosa es una de las características funcionales de quien se cree o asume como analista. El trabajo de un profesor universitario en el área de las ciencias sociales debe a esta práctica la posibilidad de ascender en la jerarquía. El profesor Juan Barreto, ex emeverrista —y no sé si ex «piedrista»—, es uno de esos casos. Profesor Titular, seguramente ya jubilado, de la UCV; toda una autoridad del conocimiento, pues tengo entendido que, además de comunicador social, es abogado.
Bueno, el asunto es que, bajo tales características del personaje, invertí más de tres horas en escucharlo en una disertación en el programa del CENDES por YouTube.
El profesor arrancó bien: serio, circunspecto. Inició con la historia de la humanidad citando a varios autores interesantes que, al parecer —pues no los he conocido—, alegan que estamos en una cuarta fase de la guerra mundial. La primera y la segunda son harto conocidas; la tercera es la Guerra Fría, que inició con la guerra de Corea y no terminó con la caída de la URSS pues, según el profesor Barreto o los autores que citó, para seguir en la onda que suponen correcta, está en proceso, se reinicia con las guerras preventivas —las del Golfo Pérsico fueron su preludio— y está en pleno desarrollo —frase con la que el profesor Barreto rememoró a Walter Martínez, y yo también—.
El asunto es que, al llegar al minuto 20 de su discurso, el profesor Juan Barreto rápidamente comienza a darle vueltas a su pensamiento hasta caer en la política local venezolana. Y allí, en este terreno, parece saber mucho menos de todo; sí, así como lo lee. El profesor, lector insaciable y escribidor de libros donde explican sociología, filosofía y política, se estrella o, mejor dicho, derrapa en la diatriba político-electoral.
Sutilmente descalifica a Maduro como el elegido, sin tomar en cuenta que el líder, Chávez, muere debido a un «cáncer express».
Tras apenas 15 minutos de historia mundial contemporánea y poco más de 5 minutos de resentimiento o despecho, comenzó a criticar a la revolución bolivariana para volver a la ñangaratería de siempre, aquella que tanto se autoflagelaba y reducía a «cuadros» a los partidos de izquierda. Cabe recordar que antes de la presencia de Chávez, los partidos de izquierda venezolanos se fragmentaban tanto que llegaron a ser partidos de una sola persona, pues a quienes le acompañaban había que pagarles.
El Profesor Barreto jamás nombró las sanciones gringas; jamás asomó el estrangulamiento que los gringos le aplicaron a Venezuela toda. No se refirió, y seguramente no está en su mente, a que los gringos pusieron precio a la cabeza de nuestro presidente de la república y a varios de nuestros ministros bajo una acusación sin fundamento, demostrado en la primera audiencia del tribunal gringo.
El Doctor no mencionó la política petrolera gringa, causada o, mejor dicho, evidenciada por la crisis económica del 2008, cuando Obama, por un lado, hablaba de energías limpias y por el otro ordenaba sacar petróleo de entre las piedras.
Lo cierto es que el fracking nos quebró, pues Estados Unidos pasó de ser un importador dependiente a convertirse en el mayor productor mundial de petróleo, alcanzando a exportar millones de barriles diarios de crudo y refinados, con lo cual el precio del petróleo se desplomó de más de 100 dólares a niveles críticos en 2014-2015. Y aunado a la estúpida y destructiva mentira de calificarnos como una «amenaza inusual y extraordinaria» para ellos, nuestro país, nuestro pueblo, nosotros, pasamos de recibir por la venta de nuestro petróleo apenas una fracción mínima de lo que normalmente ingresaba.
Para mí es fundamental que cualquier análisis que se haga de la política, y tal vez de cualquier cosa en nuestro país, deba considerar en primer lugar —en absolutísimo primer lugar— el intervencionismo norteamericano. Si ese punto no está, no es mencionado y no es considerado, para mí ese análisis no es válido; ni siquiera digo incompleto, es que sencillamente no sirve para nada.
El profesor Barreto se extravió en un análisis conductual, un análisis de nuestra idiosincrasia, en la crítica a nuestras características sociales. Un extravío imperdonable, pues él ha sido uno de los ejemplos más preclaros de la conducta acomodaticia y la cobardía de no asumir la responsabilidad ante las consecuencias inmediatas de alguna decisión.
Barreto, exalcalde mayor de Caracas, exdiputado chavista y exdirigente socialista —no sé si comunista—, hoy analiza la historia reciente, en la cual él fue uno de los actores, como si hubiese llegado ayer y se hubiese enterado de la actual situación después de leer uno de esos libros que se ufana en haber leído.
El Dr. Barreto reveló su profunda envidia, o frustración, por no haber sido él uno de los actuales líderes políticos. Reveló, con su crítica a Maduro y a la directiva actual, amalgamándolos bajo sus propios términos de descalificación, su intención de destruir lo que él mismo ayudó a construir, por el simple hecho de ya no ser uno de los «tanques de pensamiento» consultables.
Claro que hay desviaciones, maniobras, tácticas y hasta delitos que se han cometido en el seno de la dinámica política actual, pero eso no significa que la evaluación pertinente y fundamentada deba excluir la agresión imperial del análisis; al contrario, pues mucho de lo que provocó conmoción interna fue financiado o seducido por la constante gota de odio promovida desde el exterior.
A la luz de esta omisión deliberada, el discurso de Barreto pierde toda consistencia conceptual y queda retratado como un ejercicio de superficialidad teórica. Incurre así en el contrasentido de hablar de geopolítica global para terminar ignorando el cerco real sobre su propio país, pretendiendo juzgar los hechos como si fuera un observador neutral que acaba de desembarcar en Venezuela.
Espero que este escrito le llegue al profesor Barreto, no para que corrija —total, ya no lo necesitamos—, sino para que sepa por qué se quedó a la vera del camino.