por Abbas-Ali Kadkhodaei, almayadee.net
En estos días tempestuosos, en el corazón de una guerra impuesta donde se entrelazan las heridas y las apuestas, la bandera iraní dejó de ser un mero símbolo oficial o un emblema protocolar del Estado para convertirse en el pulso vivo de una nación que se forja de nuevo bajo el peso de la prueba.
Como si los callejones, las calles y las plazas se alzaran en la forma de una novela abierta, avanzan en ella los tres colores sobre columnas, tejados y ventanas; no como tela que ondea al viento, sino como manifestación de una voluntad colectiva que se aglutina en los momentos más extremos y gana cohesión cuanto más se recrudece el peligro.
Hoy, esta bandera aparece en la mano del niño igual que en la del joven, se eleva sobre las casas, se adhiere a los cristales de los automóviles y colma las plazas de las ciudades con una presencia sin precedentes.
Es una presencia que nace de un único sentimiento compartido: la defensa de la identidad, de la tierra y de una verdad que el pueblo forjó con su sangre y con su conciencia a un tiempo.
En semejantes encrucijadas históricas, la bandera deja de ser mera señal de fronteras políticas y se transforma en lengua silenciosa y elocuente que traduce el significado de la solidaridad y la firmeza, y reúne todas las divergencias en un solo marco de pertenencia.
El eco de esta imagen no se detuvo en los límites de la geografía nacional; los rebasó hacia horizontes más vastos.
La bandera se izó en las calles de ciudades del mundo islámico y también en las capitales occidentales: en Roma, Londres, Madrid, París e incluso en varias ciudades de los Estados Unidos.
Un acontecimiento que resulta llamativo en el contexto de la historia contemporánea, pues un símbolo nacional se convierte, en el momento de la crisis, en discurso universal que toca la conciencia de pueblos distantes en lengua y cultura, pero que confluyen ante la pregunta por la justicia y la dignidad.
Transcurrieron ya más de noventa días, y esta presencia persiste sin interrupción, como una ola que no amaina. Recuerda así que los símbolos, cuando arraigan en la conciencia colectiva, no se consumen con el tiempo, sino que ganan solidez e influencia.
No cabe leer estas imágenes como algo pasajero; son, antes bien, señal de la capacidad que poseen las naciones para, cuando arrecian las calamidades, forjar de la herida unidad y de la unidad una voz capaz de atravesar el mundo.
Así se yergue hoy la bandera iraní en el corazón de esta tempestad: no solo sobre una tierra, sino sobre un significado que se extiende desde la esperanza y la resistencia.
Al término de estas palabras, no nos queda sino inclinarnos en señal de reverencia ante esta bandera en alto y ante quienes la portan en la oscuridad y bajo la amenaza del fuego, firmes como las raíces de la tierra. Son los portadores del silencio que crea el sentido, y gracias a ellos esta bandera permanece en su cima, testigo de la dignidad de una nación que no se quiebra.