Por: Eduardo Orta Hernández
En los documentos donde se mencionan al Rey, constituían toda una retahíla. Rey de Castilla, Rey de León, Rey de Galicia, Rey de Aragón, Don Carlos III. Era requisito obligatorio. De no hacer las debidas menciones era una falta mayor, la prisión, la muerte o el no otorgamiento de prebendas y favores era la réplica.
A los hijos del rey se le denomina príncipe o princesa, a su descendencia Lord o Lady, luego le sigue el Archiduque, el Duque, Marqués, Conde, vizconde, Barón o Hidalgo. Sus variaciones y orden de importancia varían de acuerdo con el país, con la pureza de sangre.
Todos son distinciones legales o hereditarias, propias de la aristocracia monárquica, exclusivo para gente “especiales”, pertenecientes a la nobleza, ello le daba ventajas, privilegios sociales, políticos o económicos, eran beneficiados por grandes extensiones de tierras y el mando sobre estás.
La trascendencia de un título nobiliario le daba al investido una trascendencia inconmensurable en toda la actividad humana, eran protegido hasta por los dioses, su cuerpo al tener el sagrado manto del título nobiliario, constituían, al instante de ser coronado, en una especie de seres muy especiales, recinto de privilegios, atenciones, al punto que para tener el privilegio de mirarlo, de verlo, debía ser anunciado por un encargado quien a viva voz, e inclinada la cerviz, dobladas las rodillas, expresaba: “majestad, su excelencia, puro y casto señor, fuera de palacio hay un simple mortal que desea poder mirarlo por el término de un segundo”, a lo que el noble investido por la grandeza del título de Rey, Príncipe, Archiduque, Duque, Marqués o conde y otro le respondía -sin mirarlo- sobre la abnegada, atrevida pretensión del súbdito o vasallo. El acto de anunciar tan magna aspiración (ver al Rey un segundo) estaba precedido de recordar a vivas voz todos los títulos que el noble había adquirido durante su sacrificada vida, momentos antes del acto de ser mirado un segundo.
Por supuesto que entre todas las inmaculadas virtudes y títulos que antecede al nombre y apellido del titulado no podía faltar la del saber, debía quedar bien claro y establecido que el noble Rey, Marqués, Conde e hidalgo, entre las infinitas virtudes destacan las del saber, en ese momento aparecía el encargado de leer el papiro romano donde se mencionaba la larga e infinita lista de todos aquellos otros títulos sobre los acreditados saberes que había obtenido el investido del título nobiliario, eso sí todo ello, precedentemente, antes de mencionar el nombre y apellido del monarca o del noble con el cual fue bautizado o registrado.
En cuanto a determinados e innovadores, nuevos y modernos “títulos nobiliario como lo son algunas etiquetas del “saber”, en esta moderna época, como una especie de herencia o legado de la época monárquica de pasados siglos, cuando previo al nombre y apellido del ciudadano, hay que agregar el muy sesudo título nobiliario, que hoy día se le denomina diplomado, maestría, postgrado, y así, el muy vanidoso Juan de los palotes pasa a llamarse formalmente como Diplomado, Magíster, Doctor y Postdoctor, Phd Juan de los Palotes, eso sí, sin que falte alguna mención, debe dejarse clara y en sonora voz o en toda escritura, estableciendo absolutamente todos los actuales títulos nobiliarios, que alcanzó a obtener en su estudiosa vida, ese super ser del saber humano llamado originalmente, en su partida de nacimiento, como Juan de los Palotes.
Dejar una sola mención por fuera de protocolar pronunciamiento le quita color al arcoíris. Con ello suponen que logran hacer conocer su “saber” para poder “ser” y ante de Juan, Pedro, Ramón, Carmen, Jacinta y Gumercinda nos encontramos con los atributos de un asombroso, resplandeciente, deslumbrante, enceguecedor, iluminado título de determinado estudio o curso que precede al nombre, teniendo así como resultado una nueva presentación del conocido hijo de Petra, al que se le llamaba por su nombre de pila y que gracias a sus superiores estudios, lo convierte en una especie de superhéroe, en un privilegiado por el diplomado, magíster, doctorado o Phd y que son de obligatoria menciones, incluyendo la auto proclamación: “soy el diplomado, el magister, el doctor, y el Phd Juan de los Palotes que les viene a dictar está deslumbrante conferencia, a ustedes estimados obreros. Desde el inicio es impactante la arrogancia del “saber”, la vanidad del título, la soberbia del “conocimiento”, es intimidante, nadie se atreve a contradecir ni a preguntar ante tanta sabiduría concentrada en un semi Dios, un ente a que le debemos agradecer nos salude y nos permita mirar, allá sentado con su moderna laptop y sus infinitos títulos.
Queda así alterado el humilde y “plebeyo” nombre, verbigracia, Diplomado Magíster Doctor PHD, en misterios del cosmo, Juan de los Palotes Gutiérrez de la Hoz. Así ha de nombrarse, rodeado de gloria y con el instrumento desmalezador de hierbas. Es el sello, la impronta, indiscutible de que en anterior Juan de los Palotes, ahora noblemente titulado, ha hecho una especialización, que ha obtenido con solo su presencia y ha avanzado profundizando su saber teórico, sin gran esfuerzo y es Magíster, así entre insomnio y fines de semanas, reuniones, café y charlas alcanza el grado de doctor con o sin investigación original, sin que medie nada inédito, ni se hayan aportado nuevos conocimientos, en esa vertiginosa, consecuente, disciplinada y ascendente aspiración de lograr el máximo saber, -no tan fácil- sin afianzar ninguna investigación y sin aportar nuevos datos teóricos, obtiene el más alto grado académico otorgado por la universidad e instituto de investigación, así habilitado queda investido de Doctor o Phd.
En adelante, la mención de Juan de los Palotes Gutiérrez de la Hoz, será la de Diplomado, Magíster, Doctor Phd Juan de los Palotes Gutiérrez de la Hoz. Todas, absolutamente todas esas cualidades que dan el nuevo título nobiliario, se deben mencionar como adjetivo antes del sustantivo constituido por el nombre y apellido.
Toca reflexionar si es una herencia cultural actual de la añeja monarquía, o de lo que se trata es de un inesperado monopolio del saber, por parte de una exclusiva y reducida minoría, que tienen dotes intelectuales sobresalientes que deben exhibir y expresar en todo auditorio, incluyendo en conversaciones de esquina o del barrio, conferencias, talleres, foro, simposio, botiquín, bodega, velorio, bautizo y cumpleaños, es decir en todas partes, a cada momento y a toda hora, al identificarse con los adjetivos, previo al nombre, indicando que poseen un diplomado, maestría, doctorado y postdoctorado (Phd) y pare usted de mencionar, que anteceden al nombre. Pretenden distinguir y dejar claro que son poseedores de una supuesta «superioridad», profunda y acreditada por la presentación «nobiliaria» difundida.
¡¡Oooh, señor conocimiento!! Ante ti me postro. ¿Vanidad humana? ¿Excelso engreimiento y jactancia?
La expresadas adjetivaciones no son medallas de libertadores, ni trofeos de guerra por desempeño patriótico en pro de la libertad de los pueblos, para andar exhibiendo, son ciertamente un bien personal, que acredita haber sido un estudiante, un alumno que cursó estudio mayor al pregrado, para ampliar hojas de currículum y evidencia haber cursado un diplomado, maestría, postgrado o doctorado, sirve obligatoriamente cuando se busca empleo o para ser nombrado cónsul, embajador, profesor, investigador, es decir para conseguir un trabajo y es ahí donde debe mostrarse, evidenciarse, en contadas oportunidades, lo que se estudió no es para arrostrar hasta lo insufrible, en toda reunión y en toda ocasión, no es para exhibirlo en todo momento, no es para gritar las 24 horas del día y los 365 días del año: ¡¡soy rico, soy rico!! Soy doctor PHD, tengo un diplomado. Soy el más arrecho!!, Soy garantía del saber, yo soy el conocimiento. Como aquel que dijo el Estado soy yo.
¿Es que los símbolos comunican poder? Ciertamente es así en el orden nobiliario, pero en el caso de los adjetivos del «conocimiento» no creo que comuniquen otra cosa que vanagloriarse en una exaltada jactancia, que muchas y no en pocas ocasiones, al recién “noble” no se le conoce sus destellos de sabiduría, ni siquiera en un artículo de opinión, ¿Síndrome del impostor? Sin hablar de ausentes tesis y tratados.
Para obtener la preciada prenda y el añadido usufructo, no son pocas las ocasiones de triquiñuelas, los plagios, la ausencia de autenticidad y la subasta del mejor postor. ¿Engaño del saber?
También los hay con el empeño, la virtud y el amor por el saber, sin andar mostrando lo reluciente de las medallas y grados obtenidos en los foros, conversatorios, conferencias y talleres. No es virtud el destello sino la esencia. Las muestras de humildad nunca sobran.
¿Será ello, la necesidad del adjetivo antes del nombre, una especie de síndrome constituido en la urgente necesidad que se le reconozcan sus habilidades, sabidurías y logros o es que dudan de su valía y capacidades, talento y creyendo que sin el obligatorio adjetivo no son lo que dicen ser? ¿Sufren a no verse reafirmados, se les hace necesario distinguirse, sobresalir al compararse con los demás? ¿Es un trastorno psiquiátrico?
Un tanto ocurre cuando un recién graduado se endilga, endosa el mote de doctor y si es electo diputado, concejal, legislador lo atornillan autonombrandose doctor diputado y así sucesivamente. ¿Es que en su pensamiento se equiparan a la nobleza europea que ostentaban títulos como Emperador, Rey, Príncipe, etcétera?, al menos estos últimos se asociaban a la propiedad de la tierra y el poder feudal.
Todo ocurre sin alterar o modificar la partida de nacimiento, en la cual aparecen con el nombre y apellido.
En tales casos, me es suficiente con el honroso y muy distinguido título de MAESTRO o el de CIUDADANO.
Sonoridad agradable es el nombre, el sustantivo sin los adjetivos.
Dejaré esto hasta aquí, recuerdo la prudencia debida, ante la inquisición que ha de sobrevenir.
Polvorín. Explosión insumisa de ideas. Un combate por la vida. Soy de Cagua. Soy Caribe. Soy Meregoto.
Cagua, 4 septiembre 2026