por: Eduardo Orta Hernández
La tala, el deterioro del hábitat, de los ecosistemas, la política del concreto y de la pavimentación, la contaminación de los ríos, de las lagunas, la desaparición de cerros, de los árboles originarios, de las aves y de la fauna, el desastre y la congestionamiento urbano, la falta de agua potable, el infernal tráfico, la muerte y la destrucción de una vida de armonía, llevada en paz y tranquilidad, sin la desesperada angustia del día a día, tiene mucho que ver con este MITO DE DESARROLLO Y PROGRESO impuesto en la conciencia de la población por un modelo político y económico considerado civilizatorio y alterno a la “barbarie”, que se oferta, se publicita, como la mejor y conveniente forma de vivir y organizarse la sociedad.
El actual sistema tiene algo más de tres siglos diciendo, afirmando que en él, en el modo de producción capitalista, está contenido todo DESARROLLO Y PROGRESO, que es lo máximo, Veamos:
Un ambiente sano, vivible, arbolado, respetuoso de la naturaleza, así como la agricultura sustentable, la soberanía alimentaria está estrechamente vinculada a la cultura, a las formas de producción imperante en la sociedad, cambiando esta florece aquella.
El respeto a la naturaleza tiene mucho que ver con el modelo político económico, con la actividad humana, para vivir en armonía y sin contradicciones, como los Dioses ancestrales ordenaron, aquellos que guiaron el espíritu y el ser de nuestros aborígenes, presentes en el Tahuantinsuyo (el imperio más grande de la América precolombina) y en otros espacios. Una sociedad que vivía sujeta, subordinada a las condiciones del suelo, para vivir en armonía, tranquilidad y en pleno equilibrio con la naturaleza. Así se contribuirá a preservar la vida en el planeta.
Mucho debemos aprender de las sociedades aborígenes, de su política ambiental, de su modo de vida que estaba adecuado al ecosistema y no a la inversa, ello nos lleva a revisar el impuesto y enseñado MITO DE DESARROLLO Y PROGRESO, como sostén cultural del modelo económico imperante desde el siglo XVIII
Hay que repensar el conjunto de palabras o frases impuestas, justificadoras del deslumbrante y «brillante» proceso de «desarrollo industrial», o del crecimiento urbanístico, por ejemplo en Cagua, tanto las industrias como las construcciones habitacionales están asentadas, construidas sobre suelo AI, de primera calidad agrícola, (suelos, como estos, representan apenas el 2 % del territorio nacional).
El crecimiento industrial y urbano sobre esos escasos, sagrados y fértiles suelos, -los mejores del país- productores de más de 40 rubros alimenticios, sus original uso fue distorsionado y cambiado a partir de la política de “sustitución de importaciones”, que agarró fuerza en 1960, se impuso como la premisa justificadora que la «agricultura es poco rentable». Ello explicó la falta, la sin razón de la invasión de áreas del escaso suelo agrícola, sin dolor alguno, sin remordimiento, el modelo económico y político acabó con una tradición, una cultura de siglos al darle un uso al espacio diferente y contradictoria a la vocación del suelo, no respetando principios ecológicos y ambientales, condiciones edafológicas y agrológicas.
Las consecuencias de ese proceso criminal contra la naturaleza, fue que trajo un acelerado crecimiento de las ciudades y la aparición de invasiones de tierras y la construcción de ranchos, que posteriormente han sido consolidados como barrios y urbanizaciones.
También la insuficiencia de servicios públicos, extendida y profunda la ausencia de atención a la salud, a la educación, recreación, entre otros, en los hogares proveedores de mano de obra fabril.
La población reproduce y cree venezolana, en los «valores» y el conocimiento difundido por las clases dominantes, que justifican la manera de ser, de actuar y de pensar, de una sociedad neocolonizada, consumistas, donde el concepto de desarrollo y progreso o en todo caso de bienestar, se mide por la ropas de marcas, las grandes autopistas, los inmensos edificios, los carros de lujos, las calles recién pintadas, las alumbradas fuentes de las plazas, el gran San Nicolás y los abundantes adornos decembrinos, las vallas publicitarias, los inmensos centro comerciales, no importando, en esa lógica capitalista, que el 40 % de la población está asentada sobre el 3% del territorio nacional, y que el resto del país se encuentra despoblado, que el 80% de la población reside donde no están los grandes recursos hídricos, lo distorsionado llega a tal punto, que las inversiones públicas y privadas, en un 80%, se localizan en la costa montaña. Así como lo más relevante de los poderes del Estado y la administración pública. ¡¡Una verdadera locura!! propia de la estupidez humana.
Espacio territorial donde están excluidos todos aquellos que andan a pies, que sobreviven en ranchos, hacinados en poco espacio, que han sido uniformado con el jean, carentes de básicos servicios y concentrados dentro de un territorio inmenso y despoblado, pero eso sí, con grandes anuncios y mucho neón.
La educación y la cultura impuesta hace posible que la población llegue a pensar (con la construcción de ideas ajenas) que sinónimo de desarrollo, progreso y bienestar es el desplazamiento de la actividad agrícola, el abandono del campo y el uso no agrícola de aquellos espacios que la naturaleza ha privilegiado, de esta manera, con las ideas difundidas por los amos de la historia, de la vida, de la organización económica y política, por más de 500 años, el pueblo, la población con un conocimiento alienado, construido a la medida y difundido para su propia explotación, ha hecho suyo y con el cual se ha identificado, «juzgan las cosas por lo que parecen ser y no por el conocimiento exactos que se tiene sobre esas cosas», como bien lo decía Don Simón Rodríguez.
La sociedad reproduce el pensamiento de «los amos del valle», de los mantuanos de siempre, o para decirlo en palabras del honorable Rodolfo Quintero, la minoría impone «la cultura del petróleo». Justifican afirmando, «pensando» que en Cagua, la depresión del lago de Valencia y otros parecidos lugares del país, gozamos de bienestar, desarrollo y progreso por un condenable y dependiente proceso de industrialización, de urbanización a costa, en sacrificio y muerte de las mejores tierras del país.
Debemos detenernos a pensar que LA VERDADERA NOCIÓN DE DESARROLLO Y PROGRESO es aquella actividad económica que guarda armónica relación con la naturaleza, que su aprovechamiento es planificado, equilibrado, racional, en interés y beneficio de la sociedad; que no puede ser contradictorio con el medio natural circundante.
Desarrollo y progreso debe significar el cuidado del medio geográfico, condición necesaria para el bienestar y permanencia de la sociedad. Desarrollo y progreso también significa abundancia de las aguas, conservación de los recursos forestales, de las tierras, de la fauna. Desarrollo y progreso en concreto: significa el cuidado del medio ambiente a fin de garantizar el bienestar de las grandes mayorías en cuanto a alimentación, recreación y educación dentro de un espacio sano, en estrecha correspondencia y vínculo no contradictorio con la naturaleza humana.
La realidad nacional es otra, el crecimiento económico, el modelo neocolonial ha significado la destrucción del equilibrio ecológico, de los bosques, montañas desaparecidas, fértiles valles sin capa vegetal convertidos en asientos de galpones industriales y monstruos de concretos, miles de hectáreas erosionadas, taladas, grandes movimientos de tierras, desplazamiento de la poblaciones ancestral y fuerte penetración del capital financiero extranjero controlándolo todo, es el significado verdadero del supuesto «desarrollo y progreso» que esconde esa ilusoria frase difundida para justificar, engañar, dominar y explotar sin cuestionamiento alguno, la destrucción del país a la vista de nuestros ojos, peor al justificar, aprobar y consentir, por tener la creencia que es lo acertado, lo inevitable para el bienestar de todos.
El modelo neocolonial venezolano ha significado la alteración suicida del medio ambiente y ha destruido las condiciones naturales sobre la cual se fundamenta la vida humana, consecuencia del emplazamiento urbano-industrial y «soluciones» habitacionales que han sacrificado las mejores tierras agrícolas del país, como por ejemplo las de Cagua Municipio Sucre y las de los valles de Aragua.
No puede significar «desarrollo y progreso», lo que nos han presentado: instalaciones industriales dependientes, intervenido por el capital extranjero y cajones de concreto por viviendas, sobre la destrucción del reducidísimo espacio agrícola que profundiza la dependencia, por siempre, del suministro de alimento del extranjero, comprometiéndose así la Soberanía Nacional.
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