José Sant Roz
En 2010, la fatua presidenta de Argentina, Cristina Kitchner, le recomendó al presidente Chávez el libro “El loco Dorrego – El último revolucionario” de Hernán Brienza (Marea Editorial, Colección Pasado Imperfecto, Buenos Aires, 2010).
Se llegó a creer que con aquel gesto, doña Cristina estaba dando a entender que se identificaba con Dorrego y sobre todo con la revolución que estaba llevando a cabo el Comandante Chávez. En aquel momento nos pareció su identificación con Dorrego de un alto contenido poético, que ponía en el centro la unidad de la Patria Grande. La Presidenta de Argentina en ese momento consideraba a Chávez otro loco en la dirección humana y revolucionaria, batalladora, de Manuel Dorrego.
No olvidemos que cuando Néstor Kitchner en 2010, se encontró en Bogotá con Chávez y el presidente Juan Manuel Santos, Cristina seguía la escena por televisión, y mirando la indumentaria que llevaba Chávez, le preguntó por teléfono: “¿tú con esa chompa (chaqueta) tricolor no tienes calor? Y el otro (Kirchner) con esa corbata azul. ¡Parecen dos locos!”
Loco en este mundo de cu(e)rdos no es cualquiera.
Loco fue Bolívar, Santander lo llamaba “el loco de las malditas correrías”.
De loco tildaron al poeta Ramos Sucre, al pintor Reverón, al escritor Argenis Rodríguez.
Al que los cu(e)rdos no comprenden por atreverse a grandes riesgo y genialidades, entonces les tildan de locos.
El asesinato de Dorrego sólo es comparable al Crimen de Berruecos, aquel crimen que acabó desintegrnado para siempre la unidad de la Gran Colombia.
Así como el guerrillero colombiano Tirofijo dijo que la guerra civil en su tierra comenzó con el asesinato de Antonio José de Sucre, el escritor Brienza sostiene que la guerra en Argentina comenzó con el asesinato de Dorrego y que sólo Argentina encontrará su destino cuando logre recuperar la tradición perdida de este inolvidable loco.
Ahora bien, vamos poner en evidencias algunas comparaciones entre loco Dorrego y el genial Chávez, tomando como guía el libro de Brienza.
COSAS DE LOGÍAS
Comencemos por mencionar que sin ninguna duda las logias masónicas tuvieron una gran influencia política en América Latina. Santander era masón y en Colombia su logia produjo grandes males a la República. San Martín, Carlos María de Alvear y Bernardo Monteagudo pertenecían a la Logia Lautaro. Bolívar no fue masón y hasta se pronunció contra estas logias porque las consideraba pueriles, como se puede leer en el Diario de Bucaramanga. En este sentido podemos deducir que Dorrego no perteneció a ninguna logia masónica.
Habría que decir también que a Dorrego lo mataron los enfermizos masones de los círculos liberales, al igual que a Bolívar y a Sucre.
La vida de Dorrego está llena de grandes adversidades, siempre enfrentado a los poderosos y al estatus quo.
Dorrego tuvo que enfrentarse a los más encumbrados señores representantes del poder realista y del propio poder patriota como Pueyrredón, Belgrano, Alvear, Rivadavia (el Santander argentino) Lavalle y San Martín. Lo veremos enfrentarse a sus superiores a lo largo de toda su vida, y que como dice Brienza ello constituirá parte de su controvertida personalidad militar y política. «Ésa será la primera excusa que usarán enemigos para desprestigiarlo, para tacharlo de loco, de desacatado, y justificar así la necesidad de quitarlo del medio, ya sea mediante la excarcelación, el destierro o el asesinato».
Fue Dorrego un gran militar valiente y generoso al mismo tiempo. Refiere Brienza que lo llamaban en el loco Dorrego porque tenía esa dualidad de ser alegre, genial, generoso, honesto hasta el cansancio y valiente hasta la admiración. Pero que también era chúcura[1] como un caballo mal domado ante lo que él consideraba mediocre es decir, por debajo de sus expectativas (en la escala de nobleza).
En todo esto hay mucho de Chávez, que no sabemos si Cristina encontró al leer el libro de Brienza, porque en verdad esta señora nos resultó horriblemente decepcionante. No creemos que haya entendido la obra de Dorrego. Añade el autor de este trabajo que Manuel Dorrego no podía callar lo que sentía y pensaba. «Y eran pocos los dispuestos a tolerarle a los demás esa vocación por vomitar sus verdades. Enemigo de la cobardía, la hipocresía y la afectación, era un contendiente peligroso: era el mejor, era frontal y era valiente. Por eso, cosechaba más enemigos que lo que él mismo deseaba sembrar». Algo que nunca Cristina supo cultivar. Esta señora en esencia es una gran traidora a Argentina, a su marido, a la América toda.
Por lo tanto, Dorrego era el centro de las controversias dentro del ejército. «Se burlaba de las demostraciones religiosas de Belgrano, a las que tachaba de supersticiosas tanto en público como en privado, y endureció su costumbre de acusar y de fiscalizar la falta de valor y la cobardía de los demás oficiales». En una ocasión Belgrano, que tenía ciertas ideas monarquistas, propuso coronar un monarca inca, por lo que entonces Dorrego tildó a este monarca «de rey de patas sucias». Aquel dardo venenoso e irónico, debió ser definitivo para que Belgrano y su gente lo catalogaran de insolente y de insoportable loco.
¿Cristina Kitchner, leyendo el libro de Brienza de veras pensaba en su patria? ¿hacía comparaciones con Chávez, considerando las opiniones de ese mar de imbéciles que ella se topaba en cada cumbre de países, en los que se hablaba del “chabacano, insolente y guapetón presidente venezolano”?
Fue Dorrego, el primero en cruzar los Andes al mando de un ejército Libertador; fue el ideólogo de la guerra de guerrillas que detuvo a los realistas. Chávez también ha tenido que cruzar muchas veces montañas como las de los Andes y también desiertos. Hubo de traspasar el Amazonas y estrechar lazos con el Brasil; una especie, a su estilo, de alfarero de pueblos, que en pleno siglo XXI trató de rehacer la gran política de hermandad entre los pueblos, tal cual como ansiaba para nosotros Bolívar.
EL ALMA DE ARGENTINA EN LA ACTUAL REVOLUCIÓN BOLIVARIANA
Los tres más grandes argentinos que admiraron con devoción sincera a Simón Bolívar fueron San Martín, Carlos María Alvear y Manuel Dorrego.
San Martín llegó a decir que Bolívar era el hombre más asombroso de la América del Sur. Carlos María Alvear propuso que el territorio argentino tomara el nombre del Libertador Simón Bolívar, y Dorrego fue el genio que quiso llevarlo a Buenos Aires para imponer un orden y una unidad continental, tal como el Libertador soñaba organizarla en lo que fue el fallido Congreso de Panamá.
LOS ERRORES DE DORREGO
A nuestro parecer, Dorrego cometió graves errores políticos; uno de ellos fue prestarse para enfrentar a Artigas y tratar de destruirlo. Otro fue pregonar el sistema Federal adoptado por los Estados Unidos que entre nosotros causó la caída de la primera República.
Tal vez Dorrego no tuvo la misma suerte en el manejo de la palabra y del discurso que para nosotros ha tenido el presidente Chávez: Enfrentando a Pueyrredón, Dorrego llegó a decirle en una discusión: «por mi parte, más apetece como dejar de tener casa, quinta, chacra, etc., y vivir, que tenerlas y ser ahorcado por traidor al rey». Pueyrredón tenía casa, quinta y charca, y nunca le perdonó a Dorrego esta severa acusación y burla que corrió entonces como pólvora. Pueyrredón era nada menos que el jefe de la Logia Lautaro. Fue el hombre que sacrificó la banda oriental en manos de los portugueses para acabar con el liderazgo de Artigas.
Manuel Dorrego era hijo de la burguesía comercial vernácula, republicano liberal y patriota, y entre sus principales objetivos estuvo el tratar de destruir esta clase dominante. Profética fueron sus palabras cuando dijo que en la América del Sur, a la tiranía han sucedido las pasiones, los resentimientos particulares, el espíritu de facción, el interés individual, y por consiguiente, que la libertad huye de nosotros, y así, poco a poco, acabaron dándose los pasos hacia una nueva esclavitud. Hoy Argentina con Milei está peor que cuando se encontraba bajo el mando de los realistas. Insólito, ¡coño!
El poder de la palabra de Dorrego era parecido al de Chávez. Con los años el patriota argentino llegó a ser un consumado orador cuyas palabras lo acercaban mucho al pueblo, y sus expresiones se movían entre el dramatismo y la humorada, que despertaban simpatías y complicidades entre los oyentes, señala Brienza.
En definitiva, un hombre con un auténtico carácter militar y de inclaudicables convicciones políticas.
También agrega Brienza, que la élite dirigente porteña lo señalaba como un hombre molesto, incordioso, con escrúpulos, incorruptible y que además no sabía de concesiones. Todos estas condicioness, que en política hay que saber manejar con extremada sutileza y cuidado. Dorrego no sabía callar ante las injusticias. Era sincero, espontáneo en sus acciones, «no podía medirse antes de herir a sus enemigos y su ímpetu y orgullo le generaban adversarios a cada paso».
He aquí, en esto, aspectos que Cristina llegó a considerar como peligrosos en Chávez: «y tal vez fue eso lo que marcaría su destino: él (Dorrego) tenía una excelente relación con los humildes, con los orilleros, con los negros, con todos aquellos que la gente culta despreciaba por considerarlos integrantes del populacho. Manuel Dorrego era sindicado como demagogo, populachero, y ante esa acusación vacua él sonreía mordaz, burlón, y dejaba al desnudo la hipocresía de quienes consideraba poco más que aristócratas del viejo régimen».
EL ENCUENTRO CON BOLÍVAR
Dorrego consigue reunirse a solas con el Libertador Simón Bolívar. Y dicen Brienza que ese encuentro le cambiará la vida: «experimentará un sentimiento nuevo: la fascinación absoluta por un hombre. Antes había sentido respeto por algunos héroes de la independencia. San Martín era uno de ellos, según se desprende de las «Cartas Apologéticas», pero la admiración que siente inmediatamente por Bolívar alcanza el límite de lo grotesco y se refleja en las cartas que le escribirá con posteridad».
No estamos de acuerdo con Hernán Brienza cuando sostiene que el juego de Bolívar era sencillo: el querer convertirse en el hombre fuerte del continente, y se une prácticamente a los que acusan al Libertador de tener aspiraciones (desvaríos) dictatoriales.
Brienza escribe:
el libertador se pone de pie y abraza Alvear: «los bolivianos serán siempre los hermanos queridos de los argentinos y jamás olvidarán la generosidad y desprendimiento». Sucre, entonces, interrumpe brindando por el pueblo argentino y el ejército unido y Dorrego alza su copa festejando por la unidad de los pueblos y las repúblicas de América y por las glorias del ejército de Colombia, y agrega: «llegó la época y los días en que la América presida uniforme la marcha de la libertad. El Brasil es una parte integrante de este precioso como: el que odia gobierna, y su régimen actual, presentan un obstáculo insuperable, desplegando planes los más criminales, de ambición y conquista. Yo brindó, señores, porque bajo la dirección del gremio tutelar de América, los estados del Perú, Colombia y las Provincias Unidas, influyan para que nuestros hermanos los brasileros se constituyan bajo sistema representativo republicano…» fue entonces cuando Sucre intercede y promete: «si el ejército de Colombia recibe órdenes de su gobierno bajara del Potosí sobre los enemigos del Río de la Plata como un torrente se precipita y arroja al mar cuanto se le opone».
En aquellos gloriosos días, Bolívar proponía pasear el pabellón triunfante de Colombia hasta el suelo argentino.
Sencillamente en lo que consideraba Dorrego, cuando estaba pensando en llevar a Bolívar Argentina, era en un hombre fuerte indispensable para cohesionar la unidad de todas las repúblicas ficticias del continente. Por eso le expone su estrategia: «todos claman porque V.E. se ponga al frente de la guerra por medio de una alianza americana, o sólo de las repúblicas que tienen la dicha de ser presididas por V.E. con la República Argentina. Sí, señor excelentísimo, esto piensan todos, exceptuando el pequeño círculo ministerial, que llega al término de preferir comprar la libertad y la independencia de la Banda Oriental por algunos millones, a que la arranque del poder de un déspota la espada vencedora en Carabobo y Boyacá a que expela del suelo americano el brazo de V.E. al único déspota que lo está infamando.»
Pero con un Santander en el norte y un Rivadavia en el sur era imposible aquella unidad continental.
Dorrego se convertirá en el azote de Rivadavia pero en cambio Santander acabará con Bolívar.
Por un tiempo de Rivadavia intentó utilizar al Libertador para enfrentar al imperio portugués. Pero retrocedió. Era Dorrego el único que veía con claridad que la figura política fundamental para encabezar una guerra de principios, ideológica, contra los monárquicos, era Simón Bolívar.
Dorrego, pues, era campechano, directo simpático, con un excesivo afán por agradar a la tribuna. Era dueño de una oratoria llana pero no exenta de encanto, nos recalca Brienza.
Era la espada y el corazón de la doctrina de las masas revolucionarias. Con grandes esfuerzos consiguió finalmente la gobernación de la provincia de Buenos Aires. En otro aspecto que lo vemos actuar como Chávez es por su condición de político insobornable, incansable en el trabajo diario, y peligroso porque no sabe callar las injusticias contra el pueblo. A Dorrego se le miraba como el único capaz de organizar a la nación federal, mediante el debate y el consenso. Dos armas que ha estuvo usado Chávez durante sus 12 años de mandato.
Una pintura del propio Chávez la vemos de la pluma de Vicente Fidel López cuando escribe sobre Dorrego lo siguiente:
por la poca mesura de sus formas exteriores, por la ubicuidad su persona, y por la inquieta locuacidad con que actuaba en el Congreso, en las calles, en los lugares públicos y en la prensa, era tratado de poco formal. Dorrego no era agresivo ni agrio, más bien era cordial y generoso con sus amigos y con sus adversarios, como en ocasiones muy marcadas lo probó; pero era inclemente y mordaz para devolver injuria por injuria; jamás calumniaba cuando defendía su honra, echando al rostro a su adversario algún hecho deshonroso; no inventaba ni tergiversaba; tenía pruebas en la mano y afirmaba una verdad. Su temperamento era vivísimo, alegre y de una espontaneidad peculiar. Aunque intachable como hombre de buenas costumbres, y ejemplar como padre de familia, ya fuera por la vida militar que había llevado, ya por la excesiva vivacidad de su espíritu, vivía poco dentro de su casa, viajaba, se movía demasiado y había constituido su persona en una especie de propiedad pública, que era de todos y andaba entre todos.
Como si fuesen vidas en paralelo que van hacia la misma tumba llevados por los traidores, nos encontramos con que Bolívar el 25 septiembre 1828 es víctima de un atentado en el que casi lo matan, y para esa misma fecha, ya Manuel Dorrego es un revolucionario en franca derrota.
AMÉRICA SE DESINTEGRA.
Ya no se puede contar con el Bolívar fuerte e invencible de 1826, para enfrentar las intervenciones del imperio portugués en la Banda Oriental.
La pérfida Albión, en su representante Lord Ponsonby, ataca para destruir a Dorrego, cuando al mismo tiempo los norteamericanos se preparan para convertir a Santander en el hombre más poderoso de Colombia. Dos golpes mortales a la integridad del continente, y a partir de allí va a iniciarse la hecatombe y las guerras interminables por más de un siglo. Lord Ponsonby se propuso remover a Dorrego del gobierno y elegir a un personaje manipulable e inescrupuloso, corrupto y cipayo. Dorrego se enfrenta Lord Ponsonby quien pretendía convertir a su país en una factoría británica (a la postre lo logra).
El 6 julio 1828, Dorrego enfrentando a Lord Ponsonby le dijo que solicitaría la intervención de estados unidos y Colombia en las negociaciones para firmar la paz entre las provincias unidas y el imperio de Brasil. El sólo hecho de mencionar a Colombia, llenó de pánico a Lord Ponsonby.
Y es aquí cuando aparece de nuevo la visión con que los imperios están mirando la independencia de América Latina. Lord Ponsonby le escribe a Dorrego: «el comercio y el interés común de las partes han creado lazos entre Europa y América, lo cual es ningún gobierno y quizás tampoco ningún poder que el hombre posea puede ahora disolver, y mientras éstos existan, Europa tendrá el derecho y ciertamente no carecerá de los medios ni de la voluntad, ingerirse en la política de América, al menos tanto como sea necesario para la seguridad de los intereses europeos».
Ante esta desvergüenza Dorrego lanzó la risa de sus cartas ante Lord Ponsonby. Y dice Brienza que nunca antes un funcionario extranjero había sido tan claro manifestando su voluntad imperialista ante un gobierno independiente.
LA MUERTE
Sobre el general Juan Lavalle, Esteban Echeverría en su poema “Avellaneda” dirá:
“Todo estaba en su mano y lo ha perdido.
Lavalle es una espada sin cabeza.
Sobre nosotros entre tanto pesa
su prestigio fatal, y obrando inerte
Nos lleva a la derrota y a la muerte”
Lavalle, el precursor de las derrotas.
Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era
para echar sobre sí cosas tan grandes.
Y este Lavalle, espada sin cabeza, será quien ordenará el fusilamiento de Dorrego. Cuando lo matan, tiene Dorrego apenas 41 años.
Han eliminado así al padrecito de los pobres, al representante de las provincias que creen el trabajo, en la tierra productiva, en el mercado interno. Y a partir de allí se desatará la voraz violencia en la Argentina.
LA LARGA GUERRA CIVIL QUE DIVIDE A LOS ARGENTINOS
Y añade Brienza, citando a Vicente Massot, que aquellos unitarios oligarcas creyeron ser civilizados por oposición a sus enemigos, a quienes, indistintamente, calificaron como hordas, canallas, gentuza o forajidos. Y remata el autor de esta memorable obra: «y tal vez en ese menosprecio, en ese desdén, encuentre la causa de los males de la Argentina. Ese desapego, esa ajenización que siente por los sectores populares, le impidió a la clase dominante criolla, a lo largo de dos siglos, construir una sociedad homogénea política y socialmente».
Así pues dos grandes locos Bolívar y Dorrego, junto con muchos otros locos: el Che Guevara, Néstor Kitchner, Fidel Castro, Hugo Chávez, Rafael Correa,…, marchando por los cielos sin nombres de tantas guerras y derrotas interminables y eternas, y por las tierras desahuciadas de esta América esclava, a veces regodeada en su esclavitud, siempre añorando sus cadenas que nos quema y que nos hiere en lo más profundo del alma…
[1] Adjetivo de origen quechua usado en América para describir a animales (especialmente caballos o ganado) bravíos, ariscos o no domados