El Gran Carajo Colón menciona en su Diario (el Diario del ORO) la palabra ORO un centenar de veces…

EL DIARIO DEL ORO
Comienza Colón su diario con las palabras: In Nomine D.N. Jesu Christi. Con el Almirante en la carabela mayor, la Santa María, lo acompaña pues, el experto piloto Juan de la Cosa. Tomaron la ruta hacia las islas Canarias. El 6 de septiembre partieron del puerto de Gomera, la más occidental de las islas Canarias. El día 11, vieron “un gran trozo de mástil de nao”, a menos de una semana de viaje, lo cual indicaba que aún estaban en territorio por donde el tráfico de naves era habitual. El 14 de septiembre, los de la Niña advirtieron un “garjao” y un rabo de junco, y luego dijo el Almirante que estas aves nunca se apartan más de veinticinco leguas de tierra.
Este detalle frecuentemente trasmitido a los tripulantes producía confianza y la esperanza de que pronto estarían en el objetivo propuesto.

El domingo 16 de septiembre, cuenta el Almirante que encontraron aires temperantísimos que “era placer grande el gusto de las mañanas, que no faltaba sino oír ruiseñores”. Era un tiempo, dice él mismo, como abril en Andalucía. Durante este día vieron muchas “manadas de hierbas”, que les hizo pensar que estaban cerca de una isla. Es de suponer que estaban todos los tripulantes dedicados a observar el menor cambio que ocurría en las aguas, en el tiempo, en el horizonte. Ese día observaron más rabos de juncos, un tipo de ave que según el Almirante no suele dormir en la mar. El 18, vieron grandes nubes negras en el horizonte, que según los expertos marineros podían ser signo de tierra cercana. Entonces estaban a más de 400 leguas de las islas Canarias.
Estas advertencias permanentes que podían por un lado ser motivo de sosiego para los tripulantes, en ocasiones tornábanse más bien en signo de desconcierto y de incertidumbre para los expertos pilotos.
Es interesante notar la diestra y escrutadora mirada del Almirante, que observaba con delicado cuidado a las aves que se posaban en su nave. Según él, en muchos de los grandes «descubrimientos» realizados por los portugueses, éstos habían sido guiados por aves.
Las aguas calmas, serenísimas y nada al frente que no sea el Mar Tenebroso de que hablaban expertos navegantes; allí donde, según tantas historias o leyendas, habían desaparecido muchas naves; por donde aseguraban viajeros que en la medida en que se acercaban a ciertas “islas”, éstas se alejaban de ellos.
El día 19, Colón estuvo dedicado a observar un alcatraz que se posó en la Santa María. Según el Almirante este animalito no se aparta veinte leguas de tierra.
Este hecho se repitió también el día 20, cuando dos alcatraces visitaron a la Santa María. Uno de los tripulantes tomó en sus manos un garjao, que según Colón era pájaro de río, no de mar.
El día 21, el Almirante señalaba las aguas y decía que vieran la gran cantidad de hierba, que parecía la mar cuajada de ella, y también señaló a una ballena que según su experiencia era también signo de que había tierra cercana.
El sábado 22 fue muy triste. Nada digno de mencionarse. El 23 vieron una tórtola, un alcatraz, un pajarito, que dijo Colón era de río, y un grupo de aves blancas. El 25, Martín Alonso, que capitaneaba la Niña, subió a la popa y gritó al Almirante diciendo que veía tierra. Colón se echó de rodillas y comenzó a implorar al Señor. Algunos subieron sobre el mástil y desde la jarda afirmaban ver tierra. Hubo mucha alegría, pero luego de andar unas cuatro leguas fueron cayendo en la cuenta de que habían sido víctimas de una ilusión.
En cubierta los marineros traen recuerdos de putas y tabernas. Hablan de las cárceles que han visitado, de las enfermedades que han tenido, de las riñas en que han participado. El recuerdo de las mujeres las reciben algunos con ascos y otros con idílico encanto. Hablan de promesas que han hecho a las Vírgenes de sus pueblos; de lo que harán una vez que consigan las inmensas riquezas que les han prometido. Hablan de a dónde irán a gozar de sus fortunas, de las misas que pagarán en víspera de la navidad; invocan a los santos más cercanos y muchos se duermen sobre las rudas tablas dejando correr por sus mejillas lágrimas de tristeza.
El 26, el Almirante, sin encontrar buenos indicios en la mar con qué alegrar a sus amigos, respira el dulce y suave aire de la mañana. Dice que sin duda se trata de aire de algún río cercano. El 27 vieron un rabo de junco; el 28 vieron mucha hierba.
El día domingo, 30 de septiembre, vieron muchas aves juntas, y otra vez mucha hierba.
El 1 de octubre, Colón dice a sus amigos que han recorrido 568 leguas, pero en verdad según sus cálculos han hecho no menos de 607. En la nave insignia los tripulantes van sofocados, claustrofóbicos, porque cuando el sol calienta duermen en cubierta mientras por las bodegas oyen el bullir de las ratas; les llega el vaho maloliente y húmedo de algunas provisiones que se han dañado. Las costumbres de las faenas cotidianas se sobrellevan como una enfermedad incurable.
El día 3 vieron mucha hierba fresca, pero el 4, no encontraron nada que les consolara. El 5 tampoco. El 6 fue la misma historia. El 7 fueron los de la Niña quienes trataron de alentar a Colón gritándole que habían visto grandes bandadas de aves con rumbo al Norte, buscando sus nidos. Se hacen frecuentes las quejas y murmullos de desesperanzas. Colón no dejaba de hablar a sus marineros de Cipango con sus ciudades de oro, perlas, joyas finas.
El camarote de Colón va atestado de libros revueltos, mapas, brújulas, cartas sextantes, astrolabios, cuadrantes, cuadernos de bitácora y plumas entintadas; mapas con registros de islas y arrecifes, bajíos, bahías, puertos y cabos misteriosos. También sellos, balduque, cera y mucho papel. “Al lado de ese arsenal burocrático, que va a dar fundamento al mundo nominal de las futuras e infelices repúblicas de América, se verían montones de cascabeles y campanillas de latón, botones rojos, cuentas de vidrio, espejuelos, alfileres, caracolas y conchas marinas, que el Almirante pensaba usar en el trueque por el oro, el marfil o las especies indianas, según su experiencia con los negritos de Guinea o la Mina. Útiles para el cándido pagano de las playas remotas y para el marinero cristiano de la civilizada Europa. Relata don Felipe Ximénez de Sandoval el siguiente alboroto en las naves:
– ¿Para qué querrá don Cristóbal todas esas baratijas?
– Para cambiarlas por oro a los indios.
– ¿Por oro?.
– Por oro.
– ¡Oro!… ¡Oro!… ¡Oro!…
¡Cipango y Catay, Quinsay o Zayto! Países dorados, ciudades auríferas… ¡Oro!… El fantasma amarillo se mete como un gusano en cada corazón, y le corroe los sueños. ¡Las Indias de Oro! La ilusión calenturienta del metal por el que los hombres mueren y matan, hincha las velas de las naves descubridoras.
“¡Oro!… El mismo Cristóbal Colón, que hasta el momento de zarpar ha imaginado unas tierras increíbles, casi de espumas, las intuye ahora como montañas de oro. Su larga obsesión lírica se le convierte de pronto en hambre de riquezas. Hasta el Evangelio que se pretende difundir en los reinos del Gran Khan ha quedado un poco olvidado…”
El 8 de octubre el Almirante respiraba los dulces aires del viento, siempre imaginando que de pronto alguno pediría albricias viendo tierras. Durante toda la noche del 9 el Almirante tuvo advirtiendo a su gente de que oyeran los pájaros pasar. El 10, la gente comenzaba a creer en nada. Comenzaban a quejarse del largo viaje, y algunos se negaron a seguir adelante. Aquí fue donde Colón probó su carácter y su don de mando. Puso por delante su fe, al señor Jesucristo y los Reyes Católicos, pero sobre todo en su propia locura. Ya es evidente la cercanía con tierra. El Almirante, esa misma noche del 10, ha visto el cielo más estrellado de su vida y recuerda de viejos libros de filosofía en la que la razón de aquel vistoso paño de luces se debe a que por allí cerca hay inmensos yacimientos de oro y de plata, piedras preciosas.
El 11 de octubre, aumentó la cantidad de juncos que se veían y muchas hierbas que nacen en tierra. Hasta un palo que parecía labrado recogieron del agua. “Aquella noche habían de estar muy cerca de tierra, o quizás verla; y que cada uno pusiese diligencia en verla por velar primero porque, allende la merced de los 10.000 maravedís que la reina había concedido al primero que la viese, él (el Almirante) prometía darle luego un jubón de seda”. Sería poco después de la media noche, cuando en la Niña se hizo seña de haber visto tierra. Véase pues que fue de noche cuando un marinero de nombre Rodrigo de Triana (en la leyenda y en el diario del Almirante) dio el aviso. En realidad era un tal Juan Rodríguez Bermejo quien vio “lumbre”, como una “candelilla de cera que se alzaba y levantaba”. Este es un efecto que el Almirante confirmó con su experta mirada. Todos parecían pensar en los diez mil maravedises. Colón consideraba que después de todo nadie tenía derecho a ver primero tierra cuando, en realidad él la había previsto desde siempre en su alma. Estaba preñado por la tierra de las Indias Occidentales desde que nació; el orbe todo estaba en su cabeza, en su barca, en su locura, por lo cual nada le costó engañar de momento a Juan Rodríguez Bermejo, diciéndole que en cuanto volvieran a España exigiría para él lo que en justicia había ganado. El pobre Juan no conocía el corazón de este mercader, su ambición de riqueza. Para sus adentros se dijo Colón: “-Pobre Juanito, que no entendéis que he sido el creador, el director y ejecutor de esta inspiración por obra y gracia de mi Señor Jesucristo”.
Estaba el Almirante ciego por la confirmación de sus visiones internas, petrificado en el castillo de popa, “con los ojos más vivos hacia adelante que otro, como aquel que más cuidado dello tenía, porque más le incumbía a todos” y seguía mirando la lumbre como si la soñara, aunque había momentos que se nublaba para luego aparecer más resplandeciente.
Cuando amanecía, anclaron cerca de una pequeña isla de las Bahamas. Lo que más lamentó Colón de los primeros habitantes americanos fue aquella apariencia pobre, “desnudos como Dios los parió”.
Así y todo, codiciosos saltaron a tierra y gentes que sin duda estaban admirados de “ver aquellos navíos, que debían pensar que fuesen algunos animales que viniesen por la mar, o saliesen della. Fue un viernes, de mañana, que contaron 12 de octubre, cuando salió en su batel armado y con sus armas, y la más de la gente que en él cupo; mandó también que lo mismo hiciesen y saliesen los capitanes Martín Alonso y Vicente Yañez. Sacó el Almirante la bandera real, y los dos capitanes sendas banderas de la cruz verde, que el Almirante llevaba en todos los navíos por seña y divisa, con una F, que significaba el Rey D. Fernando, y una Y, por la de Doña Ysabel, y encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz del otro ”.
¡Bendito Cielo!: Pero, ¿qué ha encontrado el Almirante? ¿Donde están las pagodas con cúpulas de oro, las especias, las princesas en vaporosos trajes de finísima seda, los ejércitos del Gran Khan, los soberbios puertos, los perfumes, las trompetas anunciadoras de su gloria, los cantos, las luces, los ritos mágicos que Dios le había anunciado? ¿Es una burla, un ruin y bastardo sueño? El Almirante tiene los ojos redondos, y asegura que aún no se ha visto nada; que pronto todos quedarán encantados por los inmensos tesoros que guardan los reyes de aquellas tierras.

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