Miguel Posani
Alguien se ofenderá, o se sentirá incómodo con lo que escribo aquí, pero estamos frente a fenómenos “primitivistas” que acentúan el miedo, la culpa y la obediencia estúpida, y ahora con teléfono celular y púlpito con aire acondicionado y esto se está expandiendo como una peste.
Vivimos la paradoja más cómica y siniestra de esta hipermodernidad, cuanto más celulares, algoritmos y promesas de progreso tenemos, más gente decide que la respuesta a todo está en un libro escrito hace siglos, interpretado por un pastor bien vestido y perfumado o un imán de voz grave y barba para que no lo confundan con una mujer.
El fundamentalismo, islámico, evangélico, o la versión que sea, no es un residuo del pasado. Es un producto de mercado muy actual y perfectamente adaptado a las ansiedades del presente. Y su crecimiento no se explica por un súbito ataque de piedad, sino porque ofrece exactamente lo que el mundo líquido no sabe dar, certezas empaquetadas, comunidad con olor a café gratis y un enemigo claro al que culpar de todo.
Empecemos por lo obvio, estos movimientos no crecen porque la gente se haya vuelto más espiritual. Crecen porque vivimos una crisis polimórfica, crisis de identidad, de futuro, desigualdad económica y una clase política que descubrió que la fe religiosa es el mejor movilizador de masas que existe. El fundamentalismo es la respuesta perezosa a un mundo complejo, en lugar de navegar la incertidumbre, se compra un paquete con respuestas prefabricadas. La crisis actual de la hipermodernidad produce ansiedad; el fundamentalismo te vende diazepam ideológico.
¿Qué ofrecen? En el papel, una salvación caricaturesca. En la práctica cotidiana, un ecosistema completo de servicios que el estado ha abandonado por negligencia, ineptitud o por diseño neoliberal. En Brasil, los evangélicos, (hoy casi un tercio de la población), han construido un imperio paralelo que va desde guarderías y redes de empleo hasta ventas de hamburguesas, apps de transporte para creyentes y hasta un sex shop que promete «encender el fuego en la cama sin apagar los valores». El mensaje es simple: si el mundo te falla, nosotros te damos un lugar. Y de paso, te decimos quién tiene la culpa.
Las características son inquietantemente similares en Teherán, Lagos o São Paulo. Un dualismo de manual, el bien absoluto contra el mal absoluto. Un literalismo que convierte cualquier texto sagrado en un manual de instrucciones para la vida diaria que te dice hasta con que mano limpiarte el culo. Es un anti-modernismo selectivo, rechazan la ciencia del clima y la teoría de género, pero usan TikTok, YouTube y algoritmos para reclutar. Y, sobre todo, un relato de victimización y de «soberanía» sobre un territorio moral que consideran suyo por derecho divino, como los judíos que ven a dios como vendedor de bienes raíces. En Brasil, ese relato peligroso se traduce en la teología del dominio, los evangélicos deben controlar todos los aspectos de la sociedad, desde los púlpitos hasta los tribunales.
Y aquí está la clave cínica, la gente adhiere porque el fundamentalismo satisface necesidades psicológicas universales que se han abandonado por completo: significado, identidad, comunidad, arraigo, apoyo y autoestima. En las periferias de São Paulo, Salvador o Venezuela, una iglesia evangélica de barrio, a menudo con apenas 50 miembros, ofrece lo que ningún programa social ha logrado, apoyo material y emocional, referencias morales y un sentimiento de pertenencia en regiones marcadas por la precariedad del estado. «La iglesia se convirtió en un semillero de liderazgos y una red de apoyo. Ahí consigo empleo, soy escuchada, canto y lidero», resume una pastora. La seducción no es teológica; es emocional. Es la promesa de no estar solo en un mundo que te ignora o te trata como un dato en una base de datos.
Y los pastores que administran esos refugios no son, en su mayoría, teólogos de seminario. Generalmente son personas que emergieron de las propias comunidades, hombres y mujeres de origen humilde que encontraron en el púlpito una profesión, un estatus y una fuente de ingresos. Muchos carecen de formación teológica formal; su autoridad no viene de un título, sino del carisma, de la retórica, la manipulación y de la capacidad de gestionar una pequeña empresa de la fe que, en los casos más exitosos, convierte al pastor en millonario. La «llamada divina» es, en la práctica, una vía de movilidad social ascendente para quienes no la tienen por otra vía.
El peligro, por supuesto, no es solo que algunos de estos grupos empuñen la espada. El peligro es más silencioso y más eficaz, la erosión de la pluralidad y las libertades desde dentro. Cuando el fundamentalismo captura instituciones, empieza a legislar sobre los cuerpos de las mujeres, a censurar la educación sexual, a generar una doble alienación, a bloquear derechos LGBTQ+ y a imponer su «ley divina» por encima del pluralismo. No necesitan un califato ni una teocracia formal; les basta con bancadas parlamentarias, alianzas con gobiernos y la complicidad de una sociedad anestesiada. En Brasil, ningún candidato presidencial puede permitirse ignorar a la iglesia evangélica, es un suicidio electoral. El fundamentalismo es un parásito que no mata al huésped de inmediato, lo debilita, lo divide y lo deja sin anticuerpos.
La conclusión es incómoda. Mientras la política siga ofreciendo migajas y la soledad sea la epidemia silenciosa del siglo XXI, los fundamentalismos seguirán creciendo. No porque la gente sea estúpida, sino porque está desesperada. Y en la desesperación, la jaula más dorada parece un refugio. El precio de entrar es la libertad de dudar y ser individuo. Y ese, señores, es un precio que demasiados están dispuestos a pagar con tal de no despertarse solos un domingo por la mañana.