JOSÉ SANT ROZ
En abril de 1929 se produjo un amago de sublevación por parte del general José Rafael Gabaldón contra el tirano Juan Vicente Gómez. Ocurrió cuando estaba ya en marcha la invasión capitaneada por Román Delgado Chalbaud y José Rafael Pocaterra con lo de “El Falke”. Como ya hemos dicho, en política lo importante es participar en una acción armada para luego dar el salto a la cúspide del poder.
Rómulo Betancourt ve en la expedición de «El Falke», lo que siempre había venido buscando. Él tiene 21 años, pero no tiene la fortaleza ni el entrenamiento de un marino, de un guerrillero, de un soldado, esencial en este tipo de empresa. Además, es un gran desconocido; no es un revolucionario, por ejemplo, de la calidad humana de José Martí. Se contacta con Román, y se embarca en La Gisela, con la intención de unírsele; luego indicaría que La Gisela sufrió una avería, casi zozobra, y junto con Leoni dispuso que desistieran de la empresa. Llevaban él y su grupo, tres revólveres y, desolados, quedaron varados en la playa de Barahona. Descalabrados y a gatas decidieron encaminarse hacia Santo Domingo. Después verán qué hacen con ese gesto que no es gran cosa.
Luego Betancourt y Leoni se trasladan a Trinidad, donde esperan noticias del desembarco y de las acciones de Román Delgado Chalbaud. Todo es confusión, las noticias están empañadas de rumores, de chismes y hasta de chistes macabros.
Él refiere esta epopeya de la siguiente manera: «Éramos unos jacobinos trasnochados en un mundo en el cual las corrientes políticas estaban polarizándose en dos frentes irreconciliables: reacción antihistórica y revolución social. Mientras nuestros compañeros arrastraban barras de hierro en las cárceles o roturaban caminos carreteros, los aventados al exilio aplicamos inicialmente todas nuestras energías a propiciar, u organizar, expediciones armadas desde el exterior, a lo Garibaldi. En conexión con la expedición del vapor Falke, cuyo jefe era el General Román Delgado Chalbaud, nos embarcamos en los muelles de Santo Domingo, en una cálida noche veranera de 1929, un grupo de venezolanos, a bordo de La Gisela, un barco velero, dedicado al tráfico de cabotaje. Íbamos Simón Betancourt, guerrillero y valiente, de los del alzamiento de Horacio Ducharme; Raúl Leoni, Hernando Castro, Carlos Julio Ponte quien moriría años después en otra intentona expedicionaria, Atilano Carnevali y otros más, hasta completar una veintena de hombres.
El «armamento» eran unos fusiles viejos y unos cuantos revólveres. Al abrir a bordo el sobre lacrado y sellado que contenía instrucciones para el grupo, resultó que nos citaba para La Blanquilla, islote en el oriente venezolano, a varios días de navegación… No apreciábamos entonces la ineficacia de una acción insurreccional desasistida del apoyo de una organización popular y revolucionaria actuando dentro del país. No sabíamos tampoco, pero lo aprendimos rápidamente, que el aparato policiaco de las grandes potencias nos rastreaba los pasos, para proteger a un régimen que les aportaba petróleo barato, entreguismo, sumisión…
Fue operándose en nuestras conciencias un proceso de esclarecimiento ideológico. Comenzamos a darnos cuenta de cómo Gómez era algo más que un déspota nacional: era el instrumento y el vehículo para el control foráneo de la economía venezolana, aliado y siervo de poderosos intereses extranjeros».
Tuvo conocimiento Rómulo, sin poder colaborar en algo, de la toma de Curazao por parte de Rafael Simón Urbina y Gustavo Machado. En ninguna de estas acciones estuvo presente. Durante su temporada en Curazao, junto con un hermano de Rafael Leonidas Trujillo (Chapita), se dedicó a la importación de bananas, al tiempo que fue tenedor de libros de contabilidad, actividad en la que era insuperable, herencia del padre.
Rafael Simón Urbina era un personaje escabroso y conflictivo. En una foto de 1934, refleja la imagen de roedor descomunal, con un brillo de fiera en los ojos; nada simpático y muy prepotente. Era alto, atlético y vestía con elegancia. Será Urbina quien luego acusará a Betancourt de haber sido sodomizado por Miguel Otero Silva; lo cuenta en su libro Sangre, dolor y tragedia.
Dirá Urbina en este libro que en la casa de los estudiantes de Curazao, algunos protagonizaban singulares lances «en busca de los amores imposibles, como aquellos de las horas de relajación que presencié entre Miguel Otero Silva y Rómulo Betancourt […] Yo cambié de hospedaje porque allí sí vivían hombres dignos, en cambio Otero Silva y Rómulo Betancourt solían marchar por las rutas sombrías de Sodoma y Gomorra».
Cuenta también, que en una fiesta en Curazao (1929), se anunció un matrimonio entre Rómulo y Miguel Otero Silva, vestidos ambos de novio. Tal vez fue una broma de «chiquillos finos» y muy bien mantenidos, porque se hizo entre puros hombres, pero Urbina difundió la foto del «enlace nupcial».
Esto hizo que Betancourt introdujese una demanda judicial contra Urbina por injurias y calumnias. Y dice Urbina al respecto: «Acudió al tribunal, asistido por su defensor, el doctor Víctor José Cedillo y se limitó a pedir que, para comprobar o desmentir sus acusaciones, se practicase un examen médico-legal en la persona de Rómulo Betancourt […] Ese peritaje diría si Betancourt era o no adicto a las perversiones que hicieron de Sodoma una ciudad maldita, condenada a la postre al asolamiento por la ira divina. Pero a la instancia del General Urbina, que de cumplirse hubiera mostrado bien a las claras la debilidad de las defensas de retaguardia de Rómulo —que de romano sólo tiene los vicios — movió a este usurpador a retirar inmediatamente su demanda. Así se cortó de súbito un proceso que ya se perfilaba como uno de los más escandalosos de la historia de Venezuela, y en el cual habían comenzado a intervenir los médicos doctores Izquierdo y Quesada, y el letrado Doctor Álamo Ibarra a favor de Urbina».

















