El Almirante Colón tenía grandes dones de banquero… Vean esta vaina…

ALMIRANTE CON DONES DE BANQUERO
La historia del hombre natural
despertó los sueños de los filósofos; éstos obsequiaron,
como al Dios teológico, con atributos contrarios, polemizaron sobre su carácter, gastaron ríos de tinta y no aclararon nada.
Delisle de Sales

De las treinta y cinco páginas, del diario compendiado por Bartolomé de Las Casas y que van del 13 de octubre hasta el 24 de noviembre, en ningún momento en tierra, ha dejado Colón de referir la palabra oro. El día 25 del noviembre, estando ya en la Isla Española, luego, a la entrada del cabo de la parte del Sudueste, andando dos tiros de ballesta, vio venir grande arroyo de muy linda agua que descendía de una montaña abajo y hacía gran ruido. Fue al río y vio en él piedras relucir, con unas manchas en ellas de color de oro, y se acordó que en el río Tajo, junto a la mar, se halló oro, y parecióle que ciertamente debía tenerlo, y mandó coger de aquellas piedras para llevarlas a los Reyes.
Seguía el Almirante en sus obsesiones; se quedaba contemplando a aquella gente tan dócil, de “tan pocas palabras y muy lindas costumbres”, tan manejable, aunque “cobarde”. Les daba de sus baratijas y de sus dulces y les preguntaba hasta aburrirlos dónde había oro . Otros con sus señas y piruetas viendo la insistencia demente del gran capitán de los mares, y echábase el Almirante a reír, para luego hacer una relación a los reyes de España donde decía que aquellos indios eran tan tiernos y amables que hacen lo que se les mande, “porque yo con esta gente que traigo, que no son muchos, correría todas estas islas sin afrenta, que ya he visto sólo tres marineros descender en tierra y haber multitud de estos indios y todos huir, sin que se les quisiese hacer mal. Ellos no tienen armas, y son todos desnudos y de ningún ingenio en las armas y muy cobardes, que mil no aguardarían tres, y así son buenos para les mandar y les hacer trabajar, sembrar y hacer todo lo otro que fuere menester”.
He aquí una gran equivocación del Almirante, que revela su alma colonizadora y torpe; su corteza de animal, con arcabuz al hombro, que no piensa sino en el negocio que ha encontrado para sí y para sus descendientes, es esa insistencia a través de su diario de que los indios son de corazones largos y contentos, que todo lo dan sin detenerse a considerar si lo que obsequiaban es o no oro o bagatelas de pluma (“que daban pedazos de oro como los que daban la calabaza de agua”). Otra manera de decir “¿Mirad, queridos camaradas, cuán imbéciles sois!”. Colón nunca en su vida había visto gente más buena y franca, porque en Europa no los había. Sobre todo extraordinariamente amable y generosa que en cuanto cubrían los brazos de aquellos seres de cuanto podían darles, corrían a sus casas a buscar más cosas apetecibles a las inmensas agallas del invasor.

El Almirante no veía de aquellas costumbres sino lo que convenía a sus negocios. Quería ponerlos a su servicio, a trabajar en el sentido como lo entendían los europeos; a cargar sus trastos, alimentos y baúles, sus astas y banderas, sus cruces y altares. Dice Jean Marc de Civrieux , estudioso de las etnias de Venezuela, que la resistencia pasiva del indio al trabajo de estilo importado fue el motivo determinante de enfrentamiento entre indios y conquistadores y uno de los factores principales de los atropellos, rebeliones y genocidios. Y añade: “La cuestión del trabajo explica por qué el indio se resistía a poblar los repartimientos, encomiendas y reducciones, porque dedicaba todas sus energías, una vez reducido, a recobrar la libertad para poder atacar los pueblos de españoles y las misiones, desde sus propios refugios en la selva. Otros motivos bien conocidos eran el fanatismo de los invasores, su intolerancia religiosa y cultural, su sed de oro y de riqueza fácilmente adquiridas”.

El 4 de enero partió el Almirante de la isla Española dejando en ella treinta y nueve hombres. Aquellos aventureros, que se quedaban, dirigidos por un tal Diego de Arana (natural de Córdoba), Pedro Gutiérrez y Rodrigo de Escovedo, tenían poco aprecio por la vida ajena y propia. El Almirante les dejó todas las mercaderías que habían traído para regatear con los habitantes de estos lugares. Les dejaron bizcocho para un año, vino, mucha artillería y una barca para que “fuesen, cuando viesen que convenía, a descubrir la mina de oro, porque a la vuelta que volviese el Almirante, hallase mucho oro”.

Podría decirse que Colón hasta aquel momento no había cometido ningún desafuero grave contra los indígenas, porque entonces su empresa estaba de momento dirigida a “ver” cuánto existía de beneficioso para los reyes católicos en aquellos parajes; en recorrer y levantar un informe de su fastuoso “hallazgo”. Aunque entre los novedosos procedimientos que inspirarán lagrimas de dolor a los cristianos del futuro está el hecho de que será Colón el primero en introducir el uso de perros amaestrados para el sometimiento de los indios.

En cuanto se instalen sus lugartenientes, y hagan fortalezas y declaren que por obra de Dios aquellas tierras les pertenece, se dará inicio a la esclavitud, al dominio más perverso y sangriento jamás visto en los anales de los pueblos. Entonces descargaran sobre habitantes serenos y cordiales la obligación de trabajar según sus cánones. En realidad una de las “nobles” aspiraciones que buscaban los colonos (o colones) españoles era vivir en el ocio y que aquellos indígenas dóciles y de lindas costumbres, fuesen sus esclavos .
La esclavitud podía convertirse también en una mina de oro, ya que este oficio había sido un gran negocio en la aristocracia antigua. Ese pensamiento de Colón cada vez escribe que los indios aceptan cuanto se les ordena y que se puede hacer con ellos cuanto se quiera por ser dóciles y “cobardes”, no es sino la reminiscencia de la filosofía greco-romana, donde las actividades artesanales eran odiosas y para gente baja. El trabajo duro se convirtió en una deshonra para el español.

En este sentido dice Jean Marc de Civrieux, que los aspectos tradicionales de la estructura social indígena contrastaban con la filosofía europea sobre la indignidad del trabajo. “Se distinguían – añade Civrieux – por el carácter igualitario, comunitario y libremente consentido del trabajo, la ausencia de estratificación social o castas privilegiadas, con excepción de los shamanes. La sencillez del modo de vida tribal permitía el disfrute de un ritmo laboral libre y mucho menos exigente que el que pesaba sobre la servidumbre europea. Por esta razón se resistían a las imposiciones laborales de los conquistadores ”.

La desconfianza, la ambición, la competencia, la rivalidad venenosa, la pereza, la intriga, la calumnia, el regateo miserable, la soberbia, la deshonestidad, el disimulo, la desobediencia, la “maldad pública”, el maltrato, la traición, el murmullo insidioso, el encubrimiento de actos desleales, la sospecha ruin, etc., son todas estas también especería traída por Cristóbal Colón en su primer viaje. La locura del Almirante por encontrar oro se trasmitió de tal manera al resto de la tripulación, que Martín Alonso, quien comandaba La Pinta, se apartó de la ruta durante unos días, buscando y regateando oro a su capricho. La amargura que revela Colón en sus notas es difícil de disimular; se siente profundamente herido y fastidiado por la actitud desleal de Martín Alonso. Pero era de esperarse de un hombre que de pronto alzaba la voz y bautizaba un río del que veía manchas amarillas con el nombre de Río del Oro, o a una montaña con el nombre de Monte de Plata. Aquella desenfrenada urgencia por hacerse ricos iba a traerle todos los males a ésta, y a las otras expediciones a las Indias. A principios de enero de 1493 ya está pensando Colón volver a España con grandes deseos de regresar con muchos más navíos, y que se acabe por “descubrir” lo que faltase porque ya el negocio parece tan grande y de tanto tomo que es maravilla.

Poco a poco se va despertando el deseo por practicar las artes guerreras contra los indefensos lugareños de las islas. Había que informar a los reyes de todo, principalmente del comportamiento de los habitantes de los territorios descubiertos. El 13 de enero envió el Almirante una barca a tierra para que buscasen algo de comer. Por allí los descubridores encontraron indios con flechas y arcos. Traían cabellos largos “como lo traen las mujeres de Castilla”. Al Almirante se le hizo que aquellos no podían ser sino los mentados caribes a quienes tanto miedo tenían ciertos indios de las islas visitadas. Estos fueron los primeros indios que no vieron con buenos ojos a los descubridores. Pero los cristianos estaban ya muy bien prevenidos, y dieron a uno de ellos una gran cuchillada en las nalgas y a otro una herida por el pecho con una saeta. Eran siete descubridores contra cincuenta y cinco indios, y estos últimos huyeron como gallinas.
Cuando le refirieron al Almirante aquella gesta, sintióse un poco confundido, pero a la final no le pesó tanto: para que tengan miedo a los cristianos… y para que no se les ocurriera maltratar si por allí fueran, a los treinta y nueve que dejó en la Española. Se le hacia que aquella gente no era como los ya vistos en otros lugares, “que son cobardes y sin armas fuera de razón”.
El día 16 de enero ya el viento soplaba muy bueno como para ir a España. Ahora harían el regreso en dos carabelas, que la Santa Maria había quedado en las Indias encallada malamente, y hubo que desguazarla y con ella levantar un fortín para alojar a quienes no cupieran en la Niña, donde ahora iba el Almirante.
El 17, vino un alcatraz a la carabela y después otro y se vio mucho hierba.
El 18, se navegó con poco viento y se vio a la mar cuajada de atunes, que creyó el Almirante que debían de ir a las almadrabas del Duque de Conil y de Cádiz.
El 19, hubo alcatraces, rabos de juncos y rabiforcados.
El 20, calmó el viento por la noche y muchas aves cruzaron el cielo.
El 21, se sintieron los aires fríos, y las noches parecían más grandes “por la angostura de la esfera”.

Trece días después, el 3 de febrero, el cielo comenzó a turbarse. Llovió mucho, hizo frío. Siete indios que llevaban iban desnudos y tristes mirando la mar infinita; no cantaban, no se quejaban, que algunos pensaron que estaban enfermos. El Almirante ordenó que se les arropara.
El 5, 6 y 7 vieron mucha hierba y palillos, lo que les indicaba había tierra cerca.
El día 13, el viento dio gran trabajo. Se avecinaba una tormenta. Relampagueaba hacia el “Nornordeste”. La mar se hizo terrible y las olas vapuleaban el barco como si fuese una cascarita. El 14, creció el viento y las olas se hicieron “espantables que cruzaban y embarazaban el navío que no podía pasar adelante ni salir de entremedias de ellas y quebraban en él”. Llevaban seis horas en este caos, que pensaron no podrían salvarse. El Almirante creyó que el mar se llevaría su secreto como se había llevado el de muchos que osaron cruzar el Atlántico por el poniente. Se hacían promesas a los santos. Sintió el Almirante la fragilidad de todas sus aspiraciones: presintió que Dios lo había abandonado; presintió el fin sin ninguna vergüenza o remordimiento.
Acrecentó el peligro porque el navío venia con falta de lastre, por haberse reducido la carga; no quedaban bastimentos, casi toda el agua y casi todo el vino se lo habían bebido. Desfallecido, sin fe, aterrado por las condiciones del tiempo, llegó a pensar en otra prueba de Dios. ¿De qué le valía haber descubierto un mundo, si ahora todo se le quitaba? Se conformaba con repetir mil veces para sí y ante cuantos le rodeaban que todo lo había hecho por el bien de la religión cristiana y que si daban en despojarlo de sus bienes, no le quedaba otro recurso que conformarse y aceptarlo con paciencia. Le dolía tener que dejar huérfanos a dos hijos que estudiaban en Córdoba. Sobre todo, qué desgracia, que los reyes no fueran a saber de su viaje; con desesperación pidió un pergamino, lo envolvió en un paño encerado, lo ató muy bien, lo metió en un barril de madera y lo echo al mar.

El 17, comenzó a mostrarse claro el cielo. Después de salir el sol vieron tierra. Otra vez no sabía el Almirante dónde se encontraba. Seguían acercándose a algo que debía ser una isla. El 18, luego de ocultarse el sol, se enteraron finalmente que habían llegado a la Isla Santa Maria. Dice Felipe Ximénez de Sandoval: “Quizá un poeta que hubiese concebido el Descubrimiento sólo en su aspecto de poema heroico, habría hundido las carabelas y hecho llegar a una playa remota de Andalucía o de Cantabria el tonel con el lírico testamento. Con lo cual, la hazaña colombina no se hubiera manchado de todo lo humano y burocrático de la continuación y el documento habría revelado al mundo toda la verdad de carne y hueso, que ignoramos, del fantástico Almirante” .

El día miércoles, 20 de febrero, partió Colón de la isla Santa María. En pleno invierno, en un clima adverso, los siete indios arahuacos (la más importante prueba del fabuloso hallazgo), iban ateridos de frío, enfermos de tanta mar, entristecidos por no encontrarse en su ambiente. La tormenta seguía zarandeando las naves, y el azar o alguna especie de venganza secreta hace que la nave llegue a la desembocadura del Tajo, y de allí entra hasta Lisboa. Está otra vez en el territorio del rey don Juan quien había considerado su proyecto una quimera, una locura. El Almirante fue recibido por la Corte portuguesa, donde mostró sus indios, sus guacamayas y otras curiosidades exóticas. Colón dijo al rey lusitano que había encontrado a Cipango y que ahora Castilla era la heredera de aquel milagro que Dios le había concedido y le tenía reservado.

El 15 de marzo vuelve Colón al puerto de Palos. Ya ha sido anunciada su llegada. El pueblo sale a recibirlo. Hay cantos de añejas campanas, aunque en el aire se respira un sentimiento de indecible pena; una sensación de algo fúnebre, oscuro, pesado como la muerte: la santificación de un inextinguible crimen: Una criatura monstruosa, caduca y desgraciada llegaba a aquel puerto como los restos de un naufragio arrojado a la costa por el caos y la perdición de los tiempos.
Viéndolos descender de aquellas averiadas naves, el pueblo entona cantos profanos que hacen indignar al “don Quijote de la Mar Oceanía”. Cuanto escucha le parece burla; los soldados bailan, los borrachos silban sus bufas melodías. Haber visto lugares puros y sagrados que la presencia del hombre europeo no ha degenerado, provoca en el Almirante un sentimiento de culpa y de estafa. Cuando recibe el abrazo de los dignatarios que en nombre de los reyes le han ido a saludar, presiente que Europea está podrida por el satanismo, las indulgencias y mediocres constituciones. Pero Colón es sobre todo un mercader, un hombre de occidente, un ser poseído por la fatalidad de sus sacrilegios.

Mozos de taberna, putas y charlatanes de esquina hacen corro a la comitiva de los hombres emplumados que Colón ha querido exhibir en su forma natural. Damas sevillanas de alta alcurnia han sido llevadas en carruajes, con sus mantos aterciopelados y sus soberbias escoltas para mirar los animales más parecidos al mono. Una de ellas pidió a la comitiva del Almirante que le prestara dos de aquellas rarezas para amenizar una fiesta en Córdoba; otra las pidió para que su perro los conociera. La muchedumbre desde las barras forcejeada por mirar los penachos de encendidos colores, los cinturones, las caretas, las pepitas de oro que el Almirante había dejado que lucieran en narices y orejas. Hace propaganda el Almirante para que vea el pueblo cuán buen negocio resultan los “descubrimientos”. Sabios y pintores toman notas, las palpan y hacen trazos; no basta con interrogarlos, es necesario retratarlos en sus distintas expresiones, calcar la coloración de aquellas pieles, las bellas formas de sus músculos, los colores intensamente negros de sus cabelleras; cabellos lisos que recuerdan las crines de un caballo .
Lástima, muy pronto aquellas rarezas morirán de pulmonía, de tristeza y del ahogo de los ceremoniales a que se ven sometidos en los amplios salones de la Corte; de aquellas bulliciosas muchedumbres que les miraban y querían tocarles, arrancarles sus pelos, apretar sus músculos. Degradados por las comparsas y la necedad de espectáculos exóticos de cortesanos y científicos de entonces. En realidad estaban poseídos aquellos indios de una profunda desesperación, difícil de entender para el europeo. Quedábanse largas horas contemplando a aquellos barbudos o calvos, a aquellos hombres burlones en cuyas bocas florecían dientes podridos, y así y todo hacían alarde de tanta estúpida dignidad; de ruidos, de pleitesías y abrazos y besos (dudosos).
Se hizo una moda, de momento, fumar tabaco, comer ají, cazabe y batatas; mecerse en las hamacas, colocarse plumas en la cabeza e imitar el ruido de los loros.
El Almirante fue recibido como héroe por la Corte, aunque ésta ya estaba dando los pasos para no dejar en sus manos ni muchos menos en sus descendientes, aquellas regiones. En esto los reyes no se andaban por las ramas, y fueron “precavidos”, de otro modo, de cumplirse los acuerdos, el Almirante habría llegado a ser más poderoso que todos los aristócratas de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal juntos.

Era Colón un “elegido”, un “enviado de Dios” como él mismo lo había proclamado tantas veces a altos dignatarios pero de allí, estaba soñando si pretendía tener elevadas prerrogativas sobre tan vastos territorios.
Los soberanos se alzaron de sus tronos cuando Colón hizo su entrada al Consejo. Llegaba el Almirante con sus indios semidesnudos, sus guacamayas y carátulas de oro; ramas de coral, piedras amarillas o de oro, frutas exóticas, conchas y perlas. Los monarcas le rogaron a Colón que se sentara a su lado, y cuando el Almirante trató de hacerlo sufrió un traspié. Buscó apoyo en un escalón de bellos tapices, dejando caer la insignia dorada de su áureo título. Señal de mal agüero. Al avanzar otro tramo, comprobó, que se había torcido el tobillo, no obstante conservo su dignidad y la postura que exigían las circunstancias. Su melena enfermiza y plateada por los sufrimientos, sus ojos lagrimosos y cansados, sus manos curtidas por el sol, endebles y temblorosas: todo él envuelto en hábito franciscano, auguraba una gran culpa, un gran remordimiento; no había logrado el “descubrimiento” de un mundo para la justicia y el acato divino, sino como reservorio para el odio y la maldición.
Tal maldición se le revelaba sobre todo en su debilidad, que poco después que se retiraron los reyes, seguido de una nube de duques y hombres poderosos que querían llevarlo a sus palacios como huésped dignísimo y milagroso; cojeando del pie derecho; llevando el mismo un pesado saco que no ha querido que nadie se lo toque; buscando la soledad, los pasillos silenciosos y oscuros, con esa figura pordiosera y extraña que le eran tan familiar a quienes le conocieron en el convento de la Rábida. ¿Qué lleva en el saco?, sólo el marino Juan Rodríguez Bermejo lo sabe. El Almirante ha buscado salir por donde transitan los lacayos de la Corte. Son pasillos malolientes y sin luz, por donde llega el nauseabundo olor de un chiquero; va pisando barro, traspone unas talanqueras, y cuando va a tomar el camino del convento de Santa Maria, le sale al paso Juan Rodríguez:
-Su excelencia, creo que los reyes han cumplido su palabra.
-Así es señor; la han cumplido para con el hombre que todo lo hizo. Yo vi tierra antes que vos. Estaba en mi alma, en mi fe, de la que muchos se burlaron. Cuando sufras como yo he sufrido; cuando sueñes los sueños que he padecido durante cuarenta años; cuando ya no seas de este mundo, yo te daré algo de los diez mil maravedíes. Sólo yo he sido digno de los bienes encontrados, lo sabéis.

Para que se vea, pues, que casi todos los cronistas de Indias fueron falseadores de la historia (incluso don Bartolomé de Las Casas quien critica duramente a Oviedo y a Gómara), que otros, de la misma época desmienten a Cieza de León a Alonso Henríquez de Guzmán, y en fin, nadie sale sano de las verdades o mentiras que unos y otros relataron, haremos mención aquí de la forma deshonesta como Bartolomé de Las Casas pretende excusar la conducta de Colón en el caso de los diez mil maravedíes; dice que no hay que estimar tanto el valor de ello, como fuese tan poco, que ya Dios se los tenía prometidos a él, a Colón por sus sudores y para que gozase de la merced de este dinero.

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