Manuel Gragirena
Entre el petróleo venezolano que compra China y el que compran los EE. UU. hay una diferencia importante, así vengan del mismo pozo y se les apliquen los mismos procesos de limpieza y mejoramiento.
La diferencia es el dólar con el que se paga, pues el dólar con el que paga China, emitido por la FED, lo dispone China luego de haber vendido a los EE. UU. y al resto del mundo cualquier cantidad y diversidad de productos producidos por el trabajo de su gente y en su territorio. El dólar con el que paga los EE. UU. proviene de la deuda que el gobierno de los EE. UU. adquiere consigo mismo.
Hay quien pueda refutarme diciendo que las empresas que están —pues hay muchas que nunca se fueron— y las que vendrán a extraer petróleo en Venezuela son privadas, pero la realidad es que toda la maquinaria y la técnica también fueron pagadas con esa misma arquitectura financiero-crediticia. Así que, mientras China o Barbados pagan con un dinero producto del trabajo o de la venta de algún recurso natural, el pago recibido desde el emisor del dólar resulta, en términos de esfuerzo productivo previo, absolutamente «mágico».
Ok. Si usted no me cree o, por su formación o conocimiento del tema, me refuta lo de «mágico», respeto absolutamente su opinión, pues en todo caso mi intención es provocar la reflexión, nutrir el debate y desnudar la verdad, no crear una verdad; pero dese cuenta de lo siguiente:
Esa «magia» no surge de la nada: la deuda del gobierno estadounidense consigo mismo —pues la FED puede ser disuelta o absorbida por un decreto presidencial, una orden ejecutiva en buen yankee— está sostenida, en última instancia, por la capacidad del gobierno de los EE. UU. para recaudar impuestos bajo su jurisdicción y por su hegemonía global. En la teoría contable pura, para cancelar esa deuda el gobierno debería recaudar esos dólares y destruirlos, lo cual hoy día, en la era digital, es algo sumamente simple: lo único que tiene que hacer el sistema es seleccionar el campo donde está la cifra, pisar la tecla Supr (o Delete) y luego darle a Enter. Bueno, es posible que el sistema pida una contraseña especial y demás periquitos, pero, a fin de cuentas, lo puede hacer un técnico accediendo al código.
Pero preocupándonos por la cifra que causa inquietud al resto del mundo y no a los líderes que pugnan por el poder en los EE. UU., habría que establecer un lapso: por ejemplo, si se deseara destruir la masa monetaria en circulación (M2) emitida para financiar sus déficits acumulados en los últimos 50 años —es decir, más de 22 billones de dólares emitidos como promesa de deuda—, a cada familia estadounidense habría que cobrarle un impuesto único, o una serie de impuestos que sumen no menos de 150 mil dólares. Eso causaría algo impensable en los EE. UU.: un colapso social y un posterior golpe de Estado.
Ciertamente, el gobierno de EE. UU. crea dólares vigilando su efecto inflacionario, pues la pérdida del poder adquisitivo es el impuesto silencioso que hace pendular al gobierno entre republicanos y demócratas, pero, a fin de cuentas, los precios suben cada día. Si bien el mercado inmobiliario responde a factores de oferta y demanda local, la expansión monetaria ha sido el gran combustible del alza generalizada: una vivienda modesta para una joven pareja de profesionales recién casados pasó de costar unos 50 mil dólares en el año 2000 a no menos de 250 mil en la actualidad. Un incremento drástico en 25 años, con altos y bajos en el camino, pues recordemos que hubo una enorme crisis financiero-inmobiliaria. En todo caso, la inflación real está muy lejos de ser cero, tal y como se la venden al mundo incauto.
La presión de años sobre Venezuela, rematada con una intervención militar la madrugada del 3 de enero, no es la causa del acuerdo petrolero que se firma entre el gobierno venezolano y las empresas «privadas» enviadas por el gobierno de los Estados Unidos de América. La causa de este acuerdo es algo tan natural como el mismísimo petróleo. Siempre, siempre, todos los gobiernos de Venezuela, desde Cipriano Castro, cuando ya se sabía que había petróleo en el subsuelo venezolano, hasta el 31 de diciembre de 2026, cuando Nicolás Maduro le respondía a Ignacio Ramonet que Venezuela estaba lista para llegar a un acuerdo petrolero con los amenazantes gringos, han tenido que negociar la extracción del recurso.
Casi sin diferencias de fondo en la disputa por la renta, el factor petrolero ha sido el gran catalizador histórico de nuestras crisis políticas: a Medina, en 1945, lo tumban tras establecer una ley que ponía fecha de término a las concesiones petroleras; a Gallegos no le permiten gobernar por proponer el Fifty-Fifty; a Pérez Jiménez lo derrocan tras atreverse a proyectar el caudal petrolero para fundar un banco latinoamericano de desarrollo; a CAP lo estigmatizan por haber adelantado la nacionalización de la industria siete años antes del fin de las concesiones; y a Chávez y a todo el pueblo de Venezuela nos han hecho la vida cuadritos por elevar las regalías del 1 % al 30 % y garantizar que en las empresas mixtas el capital accionario fuese mayoritario para nuestra república. Por eso, no es para nada extraño que lo del 3 de enero ocurriese: al final del día, somos la más cuantiosa reserva probada de petróleo en todo el hemisferio.
Por supuesto que este acuerdo petrolero está condicionado por factores indeseables: el primero, la personalidad de Trump y sus secuaces, al extremo de causar muerte y amenazar de muerte el día del secuestro (hay dos rehenes); también tenemos un pueblo con necesidades acumuladas, muchos de nuestros hijos en el exterior y, aparte del petróleo, tenemos la necesidad de volver a un comercio diverso y abierto con nuestros vecinos. Pero para nada se está regalando: se cobrarán regalías 19 veces mayores a lo que se cobraba en los años 90, se cobrará el ISLR a la empresa extranjera sin opción a que presente desgravámenes falsos y, por las condiciones que los EE. UU. han propiciado en el reservorio petrolero del Medio Oriente, la cantidad que extraerán de aquí será cuantiosa, tal vez tres o cuatro veces más que el mayor volumen histórico de extracción en Venezuela.
Todo esto implica que habrá trabajo e infraestructura nueva y necesaria, así que debemos, todos los venezolanos sin distingos ni sectores, evitar volver a caer en la contesta del saludo que de vez en cuando damos, pues cuando alguien nos saluda y pregunta así: «hola, ¿qué estás haciendo?», respondemos: «nada, todo lo compro hecho».
Vendrán dólares, controlados o no, pero vendrán; por lo tanto, se cumple lo que el ministro Cabello siempre ha dicho: «estamos dispuestos a suministrarle todo el petróleo que necesiten, lo único que tienen que hacer es pagarlo»; pero, como ya creo haberlo expuesto aquí, será como siempre: con la magia fiduciaria.