Ciliberto, José Ángel: tremendo ladrón, fue socio de Adrián Kupferschmied, el Rey de RECADI. Fue ministro de Relaciones Interiores de Jaime Lusinchi, cuando estalló el escándalo de los jeeps (un centenar de vehículos adquiridos con dinero del Estado para el partido AD), que lo comprometió hasta más allá de la coronilla. Siendo interrogado en el Congreso sobre este tema declaró que él no se detenía por minucias. Luego huyó a Miami, y desapareció del panorama político para siempre.
Ciliberto, José Ángel: En mayo de 1987 fue incendiado el viejo mercado de Mérida, y quedó en la opinión pública que el director de este crimen fue el diputado de AD, Chicho Herrera. El entonces ministro de Relaciones Interiores, José Ángel Ciliberto, le achacó este crimen al grupo “Bandera Roja”. Es decir, Bandera Roja había llevado a cabo una de las viejas aspiraciones de los magnates de la compañía francesa Bouyques, que hacía cuatro años había propuesto demoler este noble edificio. Demolerlo y «ennoblecerlo» al estilo de una descomunal caja de concreto con dos o tres niveles de estacionamientos. El negocio era usar todo el concreto y toda la cabilla posible que era la mejor manera para sacarle el jugo a estos contratos. Así pues, se cumplió el infame deseo de una camada de bandoleros, diputados a la Asamblea Legislativa, que estaban ansiosos por no ver a lo viejos y “asquerosos” parameros que llegaban allí, cargados con sus bellos ramilletes de tulipanes, lirios y amapolas. Que llenaban los últimos resquicios de este fin de mileno, con olores, colores y fragancias extraídas de los parajes que rodean a nuestra ciudad. Un cuadro que se había estado manteniendo vivo desde el siglo pasado y del cual fueron espectadores don Tulio Febres Cordero, Gonzalo Picón Febres, el cardenal José Humberto Quintero y Mariano Picón Salas. El afán de lucro y «progreso» fue la verdadera chispa que produjo el incendio, que luego se adjudicó a ese grupo Bandera Roja que desde siempre todo el mundo sabe que ha trabajado para CIA. El ministro Ciliberto en aquella época no sólo encontró la bomba molotov que provocó el siniestro, sino que también un papel que dejaron los terroristas donde estaban otras edificaciones que iban a ser víctimas del fuego. Y todo el mundo sabe que los camiones que solían estacionarse los domingos por la tarde a lo largo de la Avenida 2-Lora, ese día del desastre despejaron la zona. Cuando comenzó a notarse humo y numerosos campesinos salieron a solicitar auxilio, no había agua en el Centro de la ciudad e inmediatamente se acordonó a la ciudad de policías y guardías para impedir el acceso al viejo edificio. Los bomberos llegaron cuando los escombros vueltos cenizas y chatarras ensombrecían toda la manzana. En medio del llanto de numerosos campesinos, que veían morir una de sus mejores épocas; moría el siglo de un sólo carajazo, para entrar al horror del modernismo que en este país consiste de embadurnar de concreto los parques y los bellos parajes antiguos: no quedaba sino el llanto y la pena, en medio del humo y la maldad de los políticos de partido. Y no quedaba sino tener que internarse en las montañas para volver a sentir los olores, colores y fragancias en los campos. Ya nunca más se sentirían en el centro. Fue ésta otra cilibertada. Por supuesto, que cuando envié esta nota a El Nacional, fue censurada. Entonces criticar al gobierno era muy peligroso.