1º. de marzo.
Recibo carta de la Editorial Arca de Montevideo. Me dijeron que se quedaron esperando los originales de “Entre las Breñas” y “Donde los Ríos se Bifurcan”. Yo les contesto que hubo un mal entendido, que esperaba que ellos me respondieran pidiéndome los originales. Les digo que hasta pensé que se habían olvidado de mí o que no tomaron en cuenta mis proposiciones.
Relatos de casa. La casa de todos nosotros, dice un personaje de mi novela para referirse al país. “Cuando llego a mí país, me digo que llego a la casa de todos nosotros”, así dice, y yo creo que estos cuentos pertenecen, o salieron de la idea de ese personaje mío. La casa mía, de mi mamá, aparece aquí. Pero también aparece mi otra casa, para repetirme: mi país. Al principio quise escribir un prólogo para justificar estos relatos (porque son relatos, yo no escribo sino relatos), y hasta quise inventarles un nombre. Quise crear una escuela; quise justificar estos relatos creando una escuela. Pensaba que podrían pasar por más originales. Y pensé llamarlos esperpentos. Pero pensé que Valle-Inclán había creado esa escuela. Y si no la creó, Gómez de la Serna dice que sí. De forma que me dejé ir por ahí y pensé que entre estos relatos había cosas demasiado serias para llamarlos esperpentos. De todos modos, hay esperpentos, pero esperpentos reales. Sí, a lo Goya, a lo Valle-Inclán, a lo Cela. Aunque yo no tenga nada que ver con esos señores. Ellos tienen su modo de pensar. Se influyen unos a otros. Por algo son españoles. Y ellos se entienden, y yo no los entiendo. A veces leyéndolos no los entiendo. No entiendo ese español. Yo entiendo al español de América. A nuestros clásicos. Cuando más, entiendo a los cronistas que vinieron de España. Y los entiendo porque se empaparon de nuestras tierras. Tal como Bernal Díaz del Castillo. En todo caso, tomen estas palabras como prólogo. Y al grano, como decían los novelistas de antes. Dostoyevsky o Cervantes, lo mismo da.
Lectura de un cuento de julio Cortazar: “Reunión”. El cuento trata de las guerrillas, y más concretamente, sobre un episodio del Che Guevara. Pero lo cierto es que Cortazar no logra el clima de violencia que logro yo en mis relatos. Como que no ha vivido eso. Por la noche, después de cenar, viene el Comandante Guilarte por nosotros y en su casa el Coronel Sánchez, López, Guilarte y yo jugamos al dominó. Luego se van López, y el Coronel Sánchez y Guilarte, su señora y yo jugamos a las cartas. El único día que Guilarte tiene libre es el viernes. Nos regalan dos juegos de cartas.
Son las cuatro de la madrugada y escribo esta nota mientras M se lava los dientes. Debo ponerme a trabajar sobre el libro de relatos que tengo en mientes.
2 de marzo.
Relatos de Casa (historias reales).
Posibles títulos y subtítulos del libro que pienso preparar.
1- Un recuerdo de casa.
2- Durante la travesía.
3- En medio de la tormenta.
4- El extraviado en la noche.
5- Intermedio.
6- El único miembro de la junta.
7- El orejón presidente.
8- Juancho.
9- Un viaje de inspiración (Asunto Calzadilla).
Pensando en enviarle a Álvarez la parte del diario que he pasado a máquina y que tiene el nombre de “Diario de una novela”.
No, lo mejor es que vuelva a leer ese diario y lo vuelva a pasar en máquina. Yo soy rápido para resolver mis cosas.
Lectura de un cuento de Cortazar: “La autopista sur”.
3 de marzo.
Soñé que leía un cuento de Eça Quiroz (que no existe, por supuesto), que trata de un médico que hizo pasar una hermosa mujer a su consultorio para hacer que se desnudara y observarla desnuda.
Lectura de un ensayo de Arturo Uslar Pietri: “La nación venezolana se hizo”.
Comienzo a pasar en limpio el libro de relatos que preparo y pienso enviar a ARCA si me lo piden.
Para el libro “Otra Historia de Casa”. Debo alternar las historias de casa con otras historias de la vida nacional un poco o crudamente picarescas. Tuve que suspender el trabajo porque tenía un horrendo dolor de cabeza. Se me vino a la boca lo que comí. No podemos enfermarnos porque no tenemos un centavo. Y la beca de M que no llega. Al menos pasé en limpio el primer relato del libro. El libro tendrá diez relatos (es lo que pienso por el momento) y pienso pasar uno o dos en limpio cada día, de manera que cuando reciba respuesta de la Editorial Arca de Montevideo, ya tenga el libro listo.
Lectura de los poemas de Pérez Bonalde. Los he releído por el ensayo de José Ramón Medina que leí en estos días en su libro “Balance de letras”.
4 de marzo.
Nada.
Trabajando en el nuevo libro de relatos que preparo.
El Embajador y su señora nos invitan a comer una paella el viernes a las 8 de la noche.
Aquí todo va de mal en peor. Agapito se fue. Pedro también se fue. Y si es del Cacho, desde que se fue no supimos más de él, y eso que debía regresar un miércoles tres días después que se fuera. Eso estuvo mal hecho, porque fue un mal ejemplo. Y tú sabes, los malos ejemplos son los que más se siguen. Bueno, fue el Cacho el que se fue primero. Después se fueron yendo los otros. Cuando los mandaban a por algo. Que sí al pueblo, que sí a comprar pan, que si a acompañar a una compañera para ayudarla en los trabajos en su casa, que si a una reunión de campesinos. Todos se fueron yendo así. Y aquí no había quien le pusiera preparo a esa juyidera. Porque eran juyideras. Todos sabíamos que el que salía no regresaba. Y por eso era que no faltaba quien siempre anduviera diciendo que él iba. Y no sabemos por qué no se le puso preparo a tiempo a tanta salidera. Hasta el mismo Pedro, imagínate, que era el que debía velar por las cosas. Cuando no quedó nadie, o casi nadie, dijo: ya vengo, me voy a afeitar, subo y bajo. Y ni por esas de que era el jefe. Yo sé que por allá anduvieron diciendo que se habían perdido. Qué va. Fue que se sacó una muchacha por esos lados y lo obligaron a casarse. Mal ejemplo. Y también nos enteramos que los jefes de Caracas no se querían venir. Por aquí vino uno diciendo que si el Congreso, que si los diputados, que si el gobierno iba a caer sin necesidad de guerrillas; que si las guerrillas eran un estorbo, que eso lo estaba arreglando por otra vía. Bueno, imagínate, tuvimos que decirles qué hacíamos nosotros. Ustedes, bueno, ustedes se bajan, se meten por ahí, después se les busca. Tanta juyidera para nada. Y los muertos. Imagínate que a Miguelito lo mataron de primero. Estaban haciendo yo no sé qué agachados en una quebrada y vino la guardia y aquello era una humareda. Yo lo vine a saber más tarde. Parece que Miguelito tiró una granada. Y nada. La bicha no estalló. y llegaron los guardias y los rodearon y resulta que el único muerto fue Miguelito. Por aquí ya no queda nada. Yo vengo de vez en cuando al claro que era el campamento nada más que para acordarme de cuando éramos cuarenta hombres y ya queríamos salir peleando. Pero yo no me explico qué le entró a Pedro en la chirimolla que empezó con la cuestión de mandar correos para Caracas y la gente a quedarse. Decía que si necesitaba instrucciones, que si tal, que si cual. Por aquí me he encontrado unos pedazos de cigarros ya enmohecidos. Unos granos de caraotas están creciendo en el centro del claro. Acuérdate que yo te dije que a ese claro lo llamábamos la casa. Realmente era muy bueno aquello. Lo que uno pensaba. Pero nada. No hicimos nada. No matamos a nadie, no asaltamos a un pueblo. Sólo que a nosotros nos mataron a Miguelito. Los que andaban con él también se bajaron. Por más que busco no encuentro la condenada quebrada. Era una quebrada donde se estaban bañando. Ve a ver si ves a alguien de los que andaban con él y le preguntas dónde está la condenada quebrada esa. Me escribes a la Concepción.
Yo parto hoy o mañana para allá. Esto lo dejaron más solo que antes. Ojalá que nunca se hubieran puesto a hablar tanto de guerrilleros. Si hubiera sido, ojalá hubiera sido así. Te lo juro. Da dolor. Ahora he visto un zapato por estos contornos. Es un zapato que de seguro ha traído el río de esas tormenteras del río Anne, de por los lados de la Montañas Azules. Pero por ahí no anduvo gente, así que me despreocupo. Estudiándolo bien, me he dado cuenta de que el zapato no es de hombre. Lo que sí queda por aquí, igualito a como lo dejamos, fue el fogón con su trojita arriba y hasta con una olla desconchada. A lo mejor me la llevo. Tiene un recipiente dulce. Debe ser el fororo que el mismo Miguelito cocinaba. Ahora dejo de escribir porque está llegando la noche. Las noches por aquí son muy oscuras. Antes de que oscurezca va aprovechar para buscarme una de esas hojas grandes con que se arropan los campesinos. Mañana seguiré explorando. Dijo.
Este relato que está arriba, lo acabo de escribir ahora. Tal vez lo incluya en el libro de relatos que preparo y que a lo mejor lo mande a Editorial Arca, si me lo piden, como les dije en la carta que les envié en estos días. El relato, demás está decirlo, es de un hombre, campesino o pueblerino, que regresa al sitio de un campamento de guerrillas y recuerda algunos aconteceres. Busca el cadáver, los huesos o lo que quede de un compañero que murió en un encuentro con la guardia.
5-. Nada. Lectura de los poemas y las traducciones de Pérez Bonalde.
6-. Nada. Pasando en limpio otro relato. Idea. Como los relatos del libro que preparo trata de dos épocas vividas por mí: Pérez Jiménez con su dictadura y Betancourt con su democracia: Pienso dividir el libro en dos partes:
1) Dictadura.
2) Democracia.
Los que sería igual: Crimen, persecución, prisiones en los sistemas.
Lo que tengo que hacer es trabajar. Sólo eso me aliviará. No regresaré a Venezuela. hasta que no me editen afuera. Adriano es un hombre con suerte y siempre ha estado pendiente de los concursos. Esa ventaja me lleva. Yo escribo y quiero publicar en el acto. No sé esperar.
A pesar de que considero a Adriano mi enemigo, lo de su premio me alegra. Eso me entusiasma y me obliga a trabajar, a procurar hacer mucho mejor lo que tenga que hacer. Hoy he pasado un nuevo relato y lo he metido en la carpeta en la que formo el nuevo libro que se titulará Relatos de Casa.
Esta noche iré a la casa del Embajador morales Crespo. Me invitó a comer una paella. M no puede ir. Se quedará con C. La fiesta es a las ocho y media de la noche.
19 de marzo.
Regresé a las cuatro de la fiesta del Embajador. Allá la señora le decía a todo el mundo que Gonzalo Barrios le dijo que yo iba a ser un buen escritor. Esto lo dijo delante de un grupo de personas entre las cuales estaba Ganteaume, quien dijo: “-Pero qué va, todavía le falta mucho”. Todo el mundo se calló. Ganteaume, yo lo sé, nunca ha leído un sólo relato mío. Yo estoy seguro de que nunca ha leído ninguna clase de relatos. Bueno, aparte. Estaba en la fiesta la esposa del Coronel Sánchez, la cual es hija de una venezolana y de un chino y nació en Curazao. Antes López me había dicho que la esposa del coronel estaba un poco loca. Yo veía sentada entre las señoras a una mujer, Aimpiada, que me parecía la sirvienta de alguna de esas señoras y le pregunté que si era venezolana; me respondió que era la señora del Coronel Sánchez: Más tarde, pensando en lo que me había dicho López, me puse a observarla. Ella se fijaba mucho en el sitio en que se encontraba el coronel Sánchez, el cual conversaba en una mesa con la sobrina del Embajador y la señora del Embajador. La señora miraba al coronel con dureza y en un momento gritó: ¡Ven a despedirte del Embajador y de las señoras para que nos vayamos! El coronel no se movió pero sí me di cuenta de la dureza de la mirada que le dirigió. La señora lo seguía mirando con furia, sentada ahí tranquilamente.
Hoy he continuado trabajando en lo que una vez llamé “¿Y Pedro?”. Le he agregado los relatos viejos de “Sin Cielo” y unos pequeños sueños y recuerdos de infancia y ha llegado a 107 páginas. Lo he dividido en dos partes: Dictadura y democracia. Y el asunto es que leyendo otros relatos se llega a la conclusión de que nada ha cambiado en Venezuela. Lo bueno de todo esto es que las ganas de trabajar están por encima de todo. Ahora pienso en la novela que voy a escribir. Creo que ya escribí el primer capítulo.
7 de marzo de 1968.
Aquí estamos sin recibir la beca ni nada. A lo mejor le quitaron la beca a M. Tendremos que trabajar. Un tipo que era locutor y que estuvo con ella en Cuba la delató diciendo que era agente castrista y su nombre salió por el periódico. Nada de raro tiene que perdamos la beca por eso. También que aquí está el señor Freddy Ganteaume, que es el de la policía y ha podido haber escrito dando referencias sobre ella. El Ganteaume, además de ser policía está loco. Pero el Embajador le teme y no se atreve a decirle nada. Ganteaume es un hombre que siempre anda dando gritos y llevándose la mano a la cabeza y diciendo que el trabajo lo tiene agotado. Es hombre de cuidado. Aquí los militares desconfían de él y creen que Ganteaume les abre las cartas. Varias cartas se han perdido en la Embajada, pero nadie tiene pruebas para reclamar. En estos días, el señor Ganteaume despidió a la secretaria porque ésta le pidió las vacaciones. El señor Ganteaume anda a la casa de brujas y cada vez que hay un acto de comunistas en la Universidad se aparece por allá para ver cuáles venezolanos divisa entre el tumulto. A los únicos que ha encontrado ha sido a J L Rodríguez y al negro Ramón que trabajan en la Universidad como mesoneros. Lleva año y siete meses en Bélgica el señor Ganteaume y sólo sabe decir Je ne sais pas en francés. No tolera que las oficinistas de la Embajada, que son belgas, hablen otra lengua que no sea el español. Al señor Ganteaume lo llaman la avispa porque tiene una barriga prominente y una cabecita y dos pares de piernas flacas y largas. Habla a gritos y es sumamente cobarde. Su mujer (esto nos lo contaba Torres) vive temiendo que a Ganteaume le dé un patatús o lo boten del trabajo por fastidioso e incapaz.
Si nos han quitado la beca, M, y yo debemos trabajar y quedar en el exilio.
8 de marzo.
Nada de Venezuela. Nada de Argentina., España o Uruguay, países de donde espero: 1) un contrato que me digan si envío un libro o no a Edit. Arca. 2) De Venezuela, que me escriba Ramón J. Medina, que me mande un libro que le pedí o el Suplemento Literario con el artículo sobre P. Baroja que le mandé. ·) De Velásquez que me responda. Imposible leer con tantas preocupaciones. O escribir.
Leo en un periódico de Caracas que Adriano G.L., se ganó el concurso de novela Biblioteca Breve, con su libro “País Portátil”. Yo espero con impaciencia el contrato que me ofreció Jorge Álvarez.
Todo el día con la obsesión del premio que Adriano se ha ganado. Se me ha adelantado. Yo creía que sólo yo estaba trabajando. No me repondré hasta que no me ponga a la altura suya. Por esta causa no he podido leer ni escribir una línea en el día de hoy.
9 de marzo.
Lectura de Miguel Ángel Asturias: “El Señor Presidente”.
Estos cuentos míos fueron escritos en diferentes épocas y presentan dos aspectos de Venezuela. Puedo decir que son un testimonio directo, escritos casi al mismo tiempo en que transcurrían esas épocas. Por lo tanto, se podrá apreciar las diferencias de estilo y técnica. Muchos de estos relatos fueron escritos cuando contaba yo con 19 años, los demás a partir de los 24. Pero por sobre todas esas cosas, al presentarlos hoy, he procurado darles la unidad de tiempo necesaria para su comprensión. O la comprensión de dos momentos de mi país que yo viví a plenitud.
Se me olvidó anotar que anoche, en la fiesta del Embajador, había un farmacéutico maracucho que me decía que él tenía como mil poemas escritos que ha escrito en sus “raptos de inspiración”, dijo.
10 de marzo.
Sueño con Jorge Álvarez. Voy a su librería y editorial. Lo saludo y le pregunto que a qué se debe eso de que no me ha enviado el contrato que convino. Ah, el contrato, ¿qué contrato? Se había olvidado de todo, de quien era yo. No sabía en dónde tenía los originales de los libros que yo le había enviado. Caminamos y Jorge Álvarez tiene una parcela de naranjas. Yo lo acompaño y le ayudo a coger naranjas. Le digo que si no va a editar la novela. Dice que no sabe, esa novela es muy peligrosa, la van a recoger, no va a vender ningún ejemplar en Venezuela. Le digo que la edite sin ningún compromiso, que como pago me regale unos ejemplares para dárselos a mis amigos. Pero no cree que la edite. No me da ninguna esperanza. En el sueño, en medio de mi desengaño, no sé qué decirme, si dejar de escribir y abandonarlo todo o seguir batallando hasta imponerme. Estas ideas me acompañan hoy cuando me levanto tarde para hacer que pase el día. Hoy es domingo.
Estamos a la espera de un matrimonio colombiano que estudia con M, y al cual hemos invitado a tomar un café con nosotros. Él es de apellido Neira y ella se llama Enza.
Lectura de Asturias: “El Señor Presidente”.
Al cine, donde veo “Luke la main froide”.
Roberto era hombre de trancos largos. Le gustaba tanto hacer uso “del arma de reglamento” que siempre estaba pasando malos momentos. ¿Entonces por qué se la dieron?, decía, o se decía. ¿Por qué? Le gustaba retratarse con el revólver en la mano. En la última foto que se hizo sacar puso el pie en el parafango de una patrulla, se bajó el ala del sombrero y apuntó al fotógrafo con el revólver. Esa foto fue la que después publicó el diario de los comunistas cuando lo acusaron de matar a golpes de cachiporra a aquel profesor que fue una carga para “la comisión” durante dos días con sus noches. La verdad fue que se le fue la mano. Nada más había que procurar sacarle algo. Esa gente casi nunca habla y un profesor de esos que se llaman dirigentes menos habla. Traían al profesor de Cachimbo, la prisión militar, y empezaron a darle en el mismo auto, qué brutos, por esa carretera. Le daba uno, lo lanzaba en el piso del carro y después le daba otro con los pies.
- Habla.
Y el profesor no hablaba. Lo que molestaba más. Porque ni siquiera les habló para pedirles agua. O que le trajeran café. Eso molestaba. Encojonaba, ponía refólito a uno.
- Habla.
Y el profesor como sí no fuera con él. Lo que cojoneaba. Se lo habían entregado a la comisión que lo hicieran hablar, y el hombre no hablaba. Se iban a presentar en Caracas con el profesor y el profesor no les iba a aflojar nada. El Doctor los iba a castigar. Que no le sacaban una palabra a un profesor, y renco para más bromas. Encojonaba, jodía. Coño que sí jodía. Tancredo tuvo la idea de que se abajaran en un claro.
- Bueno, profesor, usted ahora va a correr.
Y ¡qué va! Esas eran mañas viejas. Ese profesor ha debido haber pasado por muchas cárceles o muchas experiencias. Por algo era de esos hombres que llaman dirigentes. Le dijeron entonces al profesor el nombre del que lo había delatado. Pero ni por esas; el profesor, como si no fuera con él. Ni siquiera levantó la vista. Y si era a correr, él no iba a correr. No decía nada el profesor, pero lo hacía ver. ¿Que si se bajaba? Bueno, se bajaba. ¿Que si se suba? Bueno, se subía. Le dieron dos bofetadas. Tancredo se metió en el carro porque los pies le dolían. Era hombre grande y se le hinchaban los pies de nada. Y además con esa resolana. Estaban en aquel claro detrás de los mogotes y allí al frente, el mar impediría que los autos que pasaban por la carretera no se dieran cuenta de nada.
Entonces el hombre le quedó a él y la comisión bajo sus órdenes. Y la comisión eran los otros dos, compuesta por el maracucho y el Tejo. Y el Tejo era el que había ahorcado al tipo aquel que después de muerto lo estuvieron sacando un tiempo por la prensa y diciendo que había desaparecido después de que la policía lo secuestrara. ¡Qué jodedera! los comunistas y sus periódicos que el gobierno no se atrevía a suprimir por la libertad de prensa. Y si había libertad de prensa, ¿entonces por qué los mandaban a ellos a matar gente? Ah, después los sacarán retratados cuando supieran que fueron ellos y les pondrán letreros de “Reconócelos pueblo”. Y lo jodido que era cargar esa chiva. Que uno no se podía meter a tomarse un café porque ahí la gente se callaba. O se salía sigilosamente. Pero la verdad era que estaban calientes. El profesor de mierda no quería decir nada. ¿Qué iba a decir el Doctor? ¿Qué clase de policías son ustedes? Eso era lo que iba a decir. El Tejo lo hizo bien aquella vez. Tuvo que matar al tipo aquel que estuvo apareciendo en los periódicos, pero el asunto fue que el otro, que veía como se ahorcaba suavemente a un hombre, habló. Pero aquí ellos no tenían otro para poner de ejemplo. Y este profesor era de esos que llaman dirigentes y por fin la policía sabía que tenía entre sus manos a un tipo de esos que llaman dirigentes. Lo saben todo. Los periódicos. Los potes de pólvora. Esos arsenales subterráneos. No, había que hacer hablar a ese hombre.
Pero el hombre nada y eso que era renco. Una pierna más larga que la otra. Y bajito. Estos hombres bajitos son una vaina. Las tienen así. Lo vapulearon y el Tejo quiso apretarlo por la garganta. El profesor balbuceó y el Tejo lo soltó y el profesor abrió la boca. Fue la única vez para decir que iban a matar a un inocente.
- Inocente de mierda. Coño.
Y el Tejo le dio duro en la cabeza. Le dio con el puño cerrado, pero el profesor se contuvo y no se calló. Mas valió que se hubiera caído. Caído el hombre, el Tejo se hubiera sentido hombre fuerte. Bueno, el Tejo le volvió a dar en la cabeza. Tenía esa manía de golpear a la gente en la cabeza con el puño cerrado como pensando que podía clavar a la otra persona en la tierra. Y el profesor no se movió, no dio un paso. Levantaba la vista e iba viendo a cada uno como diciendo ¿qué?, ¿qué?
Y el Tejo a golpear. Tenía ese puño. Hasta ahora no había clavado a uno de pie. Qué vainas. Coño. El Tejo Bravo era cosa seria. Tenía que hacer las cosas porque sí. Y el Doctor era el único que podía estar por encima de él. Pero el Doctor nos mandó con el Tejo porque el Tejo era experto. ¿Entonces? Qué carajo. El Tejo nos dijo que lo apuntáramos. Iba a poner en práctica el estrangulamiento. Y el profesor no se movía. Y el Tejo, bueno, el Tejo se acercó y lo fue apretando por el cuello y la cara del profesor a ponerse roja y a no moverse; hombre terco. Y el Tejo a presionar.
- Di, coño. Di. Estás descubierto; tú eres el jefe de todo.
Y nada. El profesor era hombre duro. Por algo estudian esos tipos. Por algo también los llaman dirigentes. Se tambaleó, es verdad. Y el Tejo lo aporreó por la barriga. Yo también le di, pero con el revólver. No hay peor cosa que saber que un tipo sabe y no quiere confesar. Encojona. Y qué vainas. Teníamos orden del Doctor. Pero al rato no sabíamos de qué se había muerto. No se movía. Yo no quiero decir que fue del golpe que yo le di con el revólver. Si alguna vez se me presenta diré que el Tejo fue el que lo ahorcó. Ya tenía antecedentes. Diré que ahorcó al tipo aquel que estuvo saliendo por los periódicos y que daban por desaparecido. Y está el otro, el que sí habló. Qué carajo. Qué clase de gobierno es éste que no se defiende. ¿Ese hombre, ahora cuando salga? Pues no debe salir. Así su gente lo quiera hacer desaparecer por haber hablado. No debe, coño, no debe. Mano fuerte. Y después hubo que meter el cuerpo del líder en el carro. Y, ¡verga!, a dar vueltas con ese hombre en la maleta del carro. Y ¿qué le decimos al Doctor? Que diga Tancredo que es el jefe.
Bueno, que lo dejemos por aquí. Que la policía haga decir por la prensa que lo mató su misma gente. O que fue un secuestro para robarle. Y, ¡verga!, con ese hombre ahí atrás y nosotros corriendo hacia Caracas.
A la tarde la hedentina nos estaba llegando con esa resolana. Y a la noche, la brisa fresca nos traía más la hedentina. ¡Verga! que iba a poner el carro hediondo a muerto. Y un muerto hiede desagradable.
Bueno, que hable Tancredo -dijo el Tejo.
El Tejo era hombre de resoluciones rápidas. Eso no se le puede quitar. Los que lo conocemos sabemos que cuando dice una cosa ahí mismo quiere hacerla. Razón por la cual el doctor dice que lo vigilemos. Pero ¿quién lo va a vigilar? Además, uno anda en comisión y una comisión no es cualquier cosa.
Ahí está. A usted lo mandan a interrogar a un tipo y usted sabe que el tipo sabe pero que no habla, ¿no jode eso?
Tancredo dijo que nos dejaba la decisión a nosotros. ¿El hombre no estaba muerto? Bueno, ¿qué íbamos a hacer con un muerto?
- Los muertos son para enterrarlos -dijo el maracucho.
Dijo la verdad. El maracucho era parco de palabras; pero sus palabras, no se puede negar, son precisas. Caen como en techo de zinc, con barullo. Pero ¿quién era el que iba a enterrar al hombre? Bueno, nosotros. No lo íbamos a llevar allá, ¿verdad?, para que lo entierren los estudiantes y lo llamen a uno asesino.
- En el mar la vida es más bonita, dijo el maracucho -. ¿No ven como dice la canción?
Cierto. Y a los muertos en el mar se entierran con pesos amarrados en el cuerpo para que no floten. Y fue así, pues. Le amarramos lo único que encontramos ese pico que ahora está en la oficina y que la viuda quiso para ella. Malaya que yo vuelvo a retratarme. Es muy bonito aparecer así, como salen esos de las películas, pero para la policía no es aconsejable, yo que se los digo.
Nací el 27 de noviembre de 1937 en Santa María de Ipire, un pueblo del Estado Guárico. Soy el mayor de nueve hermanos. de niño, a partir de los tres años, viví con mis abuelos. Creo que lo que tengo de cuentista se lo debo a mi mamá vieja, que me contaba cuentos para dormirme. Después, no sé cuándo volví a casa de mis padres. Pero la verdad es que siempre anduvo criándome otro. Bien, mi tío Guillermo en Calabozo; o bien, mi tío Francisco en San Juan de los Morros. Esto ha podido influir para que yo fuera tan despegado de mis padres y ellos nunca me pudieron controlar. Pues, no hacía caso a nada; saqué la primaria a fuerza de regalos que hacía mi mamá a los maestros y nunca pude pasar de tercer año de bachillerato. Cosa muy buena para mí porque eso me permitió vagar, irme al Orinoco, irme a Caracas, irme a donde me diera la gana. Por último, me fui a las guerrillas, y más tarde a Santiago de Chile donde trabajé como corrector de pruebas para la Empresa Horizonte. He hecho y hago lo que me dicta mi conciencia. De tal manera, como me gusta viajar, he viajado por Francia y España y ahora estoy residiendo en Bélgica, donde he redactado una novela, un libro de relatos y un diario íntimo.
Por lo demás, he publicado cuatro libros. La mayoría de ellos, salvo “Entre las Breñas”, que ha sido el éxito más extraordinario (en cuanto a crítica) de las letras venezolanas, fueron un fracaso. Y la verdad, no me explico por qué.
11 de marzo
Anoche, antes de acostarme, escribí un cuento que trata de la tortura de un dirigente comunista de nombre Alberto Lovera, que apareció en una playa con un pico atado al cuello. Lo que escribí fue lo que yo imaginé. El personaje que narra la acción lo saqué de una fotografía que vi hace mucho tiempo, tal vez seis años, en el periódico “Clarín”. La fotografía era de un Digepol que gustaba de retratarse con el revólver en la mano.
Barral me devuelve los originales de “¿Y Pedro?”.
Mal día para mí hoy. Allá está Adriano lleno de gloria y yo estoy aquí a la espera del contrato que ofreció enviarme Jorge Álvarez.
Lectura de Asturias: “El Señor Presidente”.
Pero conmigo pasa que golpeando y todo sigo escribiendo, escribiendo, pensando que voy a meter unas cuantas cosas aquí, que no todo. Y escribo relatos, escribo este diario y escribo notas para los periódicos y espero el momento en que de nuevo escriba otra novela. Y como decía Miller: A pesar de todo hay que hacer esto o aquello. Y estoy alegre, sí, porque lo que escribo no sé a qué manos irá a parar. Me pregunto qué irá a ser de estas notas. Y esto es entusiasma. Cosas tontas. Oigo a quien sabe quién en la radio, una sinfonía, un pedazo de ópera. Ahora han nombrado a Baudelaire. Pero yo no pienso en nadie. Me duele la cabeza. Estoy un poco ebrio. Y sale un golpe de música. Es un piano que golpea fuerte. Han dicho algo de “aspectos”. ¿Aspectos de qué? Yo no puedo más. Me he tomado unas pastillas para los nervios y encima unos vasos de cerveza.
12 de marzo.
Compro en la ULM un libro de cuentos de Guillermo Cabrera Infante: “Así en la paz como en la guerra”.
Lectura de Asturias: El Señor Presidente”. Ya no me impresiona este libro como la primera vez que lo leí.
Lectura de un cuento de Cabrera Infante: “Un rato de Tenmeallá”. Joyce puro en el monólogo final del Ulises y Faulkner en “El sonido y la furia”. Yo soy más cuidadoso y más creador que todos estos escritores. Siempre me busco a mí, no a los otros. Me costará imponerme pero sé que lo voy a lograr.
He pasado el nuevo cuento en máquina y lo he metido en el libro que titularé “Relatos de Casa”. Este cuento se titula: “Una historia de la casa de todos nosotros”. “La casa de todos nosotros” es el país y la frase la dice un personaje de “Gritando su Agonía”.
Lo que me desespera es la falta de tema, sentido, intuición, sueño, qué se yo, para escribir mi nueva novela. Sé que la voy a escribir. ¿Pero de qué va a tratar? Quisiera saberlo de una sola vez. En mi país no quiero puesto de segundón o de tercero. No lo soportaría. Me mataría. Anoche no dormí pensando en esto. Tal vez me perjudique pensando en el puesto que puedan tener los otros y no en lo que debo escribir. Además, quiero imponerme en vida.
12 de la noche-. Leo otros tres cuentos de Cabrera Infante: “Las puertas se abren al revés” y “Balada de plomo y yerro”. Leo 38 páginas de “La muerte en el alma”, de Sartre.
13 de marzo.
¿Qué me depararás hoy? Es de mañana y ya ha pasado el correo de esta hora. En Varsovia los estudiantes se enfrentan a las milicias obreras y a la policía.
Lectura de Asturias: “El Señor Presidente”.
Lectura de Sartre: “La muerte en el alma”. Sartre repite mucho esa palabra Sorna. “Se rió con sorna”, “dijo con sorna”, etc.
Soñé que andaba en un caballo por las calles de Bruselas.
Hoy, para que este día 13 no se vaya liso, a M se le perdieron 20 francos. Termino de leer (por cuarta vez) “El Señor Presidente”. La primera vez lo leí en 1956 y no puedo decir que lo entendiera todo. La segunda vez lo leí en 1959 y me alegré al darme cuenta de que lo entendía todo. La tercera vez lo leí en 1964, uno o dos meses después de la publicación de “Entre las Breñas” y me asombré de lo fácil que era de entender. Ahora por cuarta vez lo leo como se lee un cuento de hadas.
14 de marzo.
Me quedo en la casa esperando. Lectura de Thomas Wolfe (en francés): “La toile et le roc”.
Compro en un puesto de libros de la Universidad, David Viñas: “Los de a caballo”; J. Joyce: “Retrato del artista adolescente”; S.J. Perse: Anabasis”; Cabada, Herrero, Martí: “Cuentos de ciencia-ficción”.
Leyendo, con toda la pesadez que me refleja, “La muerte en el alma”, de Sartre.
15 de marzo.
Nada. Es mediodía. Anoche, por leer porque no podía leer, leí dos capítulos de la novela de Cuñas. ¿Por qué esta gente quiere andar planteando problemas, por qué quiere analizar situaciones, asuntos que competen a la sociología? Hablar del problema militar, ¿por qué mejor no escribir un ensayo? Mañana eso cambiará y mejor informado quedará uno por un periódico viejo, por un artículo, por un volumen de historia que por una novela.
Yo aquí casi me he embriagado solo. No tengo con quien hablar, con quien salir, con quien hacer nada. A veces esto es necesario. Para variar un poco, por tercera vez desde que estoy en Bélgica, me he dejado crecer los bigotes. Aquí no tengo yo con quien hablar. Todos los venezolanos que viven aquí son unos arrierés. De verdad que estoy pensando en irme a la Argentina.
16 de marzo.
Llega un Papel Litográfico de “El Nacional” donde aparece el artículo que escribí sobre Baroja y su idea acerca de la novela. Allí también leo que “Gritando Su Agonía” (………..falta texto……).
Imposible escribir. ¿Tendré que esperar dos años para empezar mi novela? Eso es lo que yo llamo sedimentación. Es largo eso. En tanto escribo mis sueños y relatos cortos.
No creo que tenga paciencia para terminar de leer la novela de Viñas (“Los de caballería”) a pesar de los capítulos cortos que se gasta. No veo creación en esa novela. Me cansa leer que un general piensa en términos tan precisos sobre una cuestión de su oficio. Pero Viñas no habla del hombre-personaje, o sea, nada dice Viñas del general: quién, qué es, qué problemas, qué complejos, qué locuras tiene. Este general de Viñas parece un robot. Volveré a Joyce, no hay nada qué hacer.
Domingo 17 de marzo.
Soñé que estaba en una fiesta y pasaron Adriano G.L., y Jesús Sanoja Hernández y me elogiaron uno de mis cuentos, llamándolo un gran relato policial. El relato es el que yo llamo “Esa oscura desbandada”, en “Entre Las Breñas”.
Midi: au cinemá: un film ameriain– Audrey Hepburn dans: Seule Dans la Nuit.
El asunto del oro. Checoslovaquia. Se suicida el viceministro de la defensa. Dimite el ministro del interior. El Dr. Blaiberg, el operado del Cabo, abandona el hospital, 75 días después de haber sufrido un trasplante de corazón.
Arrabal en París: “Le grand cérémonial”. “Le cimetiere de voitures”.
Debo cuidarme de fabricar una novela como esas que fabrica Fuentes (Carlos). Hurga en los periódicos del pasado y copiándose del Pop Art americano mete todo en un saco, como una máquina que repite cosas, estrellas del cine, tiras cómicas y hechos políticos. Vale decir Etcétera.
Vuelvo sobre mi resolución de no leer o seguir leyendo esta novela de Viñas y leo otros capítulos. Lo que pasa es que no me decido por otro libro. Tal vez tenga que esperar por lo menos dos años para empezar otra novela. Sigue la idea de la sedimentación. Dos años de espera para sentarme a escribir lo que vivo en estos días. O lo que viví en estos dos años.
“Como una sombra de objeto cayendo en la oscuridad (o en la soledad)”, no recuerdo cómo dice aquel verso de José Ramón Medina de “Texto Sobre el Tiempo”.
Nervios. Hoy es domingo. Los demás diarios son una relación de países, personas (célebres) que se conocen. Aquí hace un viento que ulula en las ventanas y penetra por la chimenea. Nada de Poe para leer. Tal vez (siempre este recurso para empezar una frase cuando no se tiene nada qué decir), además (además también es otro recurso) Escribo por escribir, mientras se cocinan unas papas que es todo lo que vamos a cenar; son las seis y media de la tarde. Vuelvo al cine de nuevo. (De nuevo otro recurso, mierda+mierda también es otro recurso)
16 de marzo.
“Gritando su Agonía” será publicada en breve por Jorge Álvarez en su colección de “escritores Americanos”.
Anoche estuve leyendo hasta las tres de la madrugada ese libro de David Viñas. Lo apresuro porque no me gusta. Pero en el poco tiempo que dormí soñé que desde Bruselas habían lanzado un cohete hacia la luna y aquí estábamos todos esperando el regreso de los cosmonautas y llegaron el rey y la reina en su automóvil y la avenida Luise estaba llena de gente y pasaban vendedores de periódicos. Yo tomaba whisky en un vaso de cartón y procuraba divisar a sus majestades por entre el tumulto. El rey hizo mención de salir del automóvil pero al parecer le dijeron que el sitio donde debía tomar puesto estaba quedaba lejos y volvió a cerrar la puerta. Llegaban noticias contradictorias. No se sabían si los cosmonautas habían despegado de la luna o no. Corrieron voces de que iban a telefonearles, se pasaba el tiempo del descenso, algún desperfecto estaría ocurriendo. De pronto todo fue un silencio y los vendedores de periódicos lanzaron los diarios a las calles. En los diarios se leían grandes letreros. De los cuatro cosmonautas, uno había muerto. El cohete había descendido en picada, ingobernable. Yo comencé a llorar a gritos en medio del silencio de la multitud. ¿Por qué yo que no era belga conocía a los cosmonautas? Esos son los efectos del whisky, me decía.
Novela: Entra. No, el presente no.
Pasado. Oscuridad para poder decir más. La noche era cerrada y las persianas abiertas y la niebla cayendo y él no venía, menos más, pero casi en ese momento en que se decía eso, entró él; no, casi en ese momento oyó el ruido de la cerradura y después apareció él: mandíbulas cuadradas, ojos a través de los lentes desaforados e idos, grandes, la nieve lo mostraba así, ella no había oído ni el ruido del automóvil, el motor, sería por la nieve; pero él ya estaba allí y se detenía como cuando tenía algo que decir y no cómo empezar, pero ella ya sabía que iba a empezar como siempre; vaya si lo conocía, eso se lo repetiría ella: “yo te conozco, ya sabía que ibas a venir con eso” y ella le diría que esta vez sí se iría, al menos pensaba eso y pensaba en los Rod., como los llamaban ellos aunque pensaran que no fueran casados, y le diría eso y no eso precisamente que se iba a ir a casa de los Rod., sino que se iría, no o aguantaba más; lo atemorizaría diciéndole que le iba a escribir a sus hermanos, le contaría todo, eso que él decía que eran maricos y que su hermana puta y que cómo sería que su mama y su hermana y ella se me metieran desnudas en el cuarto para que le hicieran cosquilla y lo besaran por todas partes; ella sabía que se iba a atemorizar, pero se lo iba a decir, o le diría que les escribió contándole todo, cómo la trataba, qué decía él de ellos y que le mandaran el pasaje para ella y sus tres muchachos, que vieran a ver cómo lo conseguían, que ella al llegar lo pagaba por partes, eso también se lo iba a decir; le iba a decir que les escribió en el día de hoy, hoy mismo, esta misma tarde, para eso salió, ya sabía que Ernestina le contaría todo apenas se ………(Falta texto)
Domingo 17 de marzo (suite).-
Parece que Miller cree en la inspiración. Parece que dice que cuando uno escribe debe seguir escribiendo hasta que se agote la inspiración. Mierda, yo no creo en la inspiración. Yo creo, como dije, en la sedimentación y en el trabajo. La sedimentación es una creación mía. Hasta el presente no sé si otro ha dicho algo semejante. Me impacienta esperar la sedimentación. Eso es lo malo. Voy a sentarme a esperarla. Dos años doy como mínimo para que una obra se sedimente. Hay escritores que escriben varias obras a la vez. Bueno, es que ya tienen edad y se les ha sedimentado una cantidad de cosas. Dostoyevsky era uno.
18 de marzo.-
Sueño que estoy en Las Mercedes del Llano. Me he detenido en el kiosco Rojo a esperar el autobús que viene de Caracas para seguir en él hasta casa, y no sé, no me explico, mi casa queda unas pocas cuadras más allá y no sé por qué me he propuesto esperar tanto. El que atiende el kiosco Rojo me dice que autobús no dilata. Me parece que he dormido ahí esperando que llegue el autobús y ahora busco una pluma de agua para enjuagarme la boca.
Lectura de “Los hombres de a caballo”. Ya que pasé de las 420 páginas no me queda otro remedio que terminarlo. Al menos aprendo lo que no debo hacer yo, lo que no debo escribir, las palabras (tan secas) que no debo utilizar. “Todo alimenta”, como dice Cámilo José Cela.
He comprado en el puesto de libros de la ULB “El Regreso” (Cuentos), de Calvert Casey.
Sin nada que leer, o mejor dicho: sin leer nada. A la una M y yo nos fuimos a un pueblito que está a ochenta kilómetros de Bruselas a visitar una prisión. Aquello es una soledad admirable. Se ve la llanura y las casas de ladrillos con sus techos inclinados. Sopla un viento que bate los árboles (ahora están largos y secos) y las nubes negras en la distancia caen sobre el horizonte. Pareciera que se levantara un rostro enorme como un globo. En la prisión, el director todo vestido de negro y con un sombrero, salió y nos fue dando la mano uno a uno. No se veían guardianes ni presos. Tanta limpieza y tanta habitación desnudas hacían pensar en fantasmas. Me dejé llevar por esa soledad y me sentí desprendido de mi país para toda la vida y pensé que mi espíritu donde más se acopla es aquí. Lo que hizo sentirme desarraigado, de regreso en una vidriera, vi un libro de Dafné de Maurier que se titulaba: “La vida infernal de Branwel Bronte”.
Tal vez por este desarraigo de que hablo es por lo que vengo escribiendo mis sueños. Vuelvo al comienzo de mi carrera que lo que escribía eran mis sueños. Aquí me he encontrado a mí mismo. O me he reencontrado. Sé que cuando empecé a trabajar en aquella librería de Caracas y a pensar en términos de “materialismo” me sentí dislocado y como si hubiera perdido el sentido de lo que soy y de lo que busco. Hoy me sentí yo mismo, me sentí un cuadro de Van Gogh, me sentí Van Gogh. Yo soy como éste o como Novalis. Ahí está mi espíritu. Hoy he sacado los libros de Kafka y los he puesto sobre la mesa. Antes leía a Kafka y me sentía como ahora. Pero ahora no leo a Kafka y me siento como antes, como ahora. Me duele la cabeza. René Magritte, voila, como me siento.
Recordar una cantata de H. Villalobos.
Ahora son las doce de la noche y me siento mareado. Para una carta a J. A. (se trata de que pienso enviarle las originales de los “Relatos de casa”.) “Estimado amigo: tres de estos relatos fueron escritos a los 18 años. El resto los escribí entre el año pasado (1967) y el presente (año). ¿Le gustan? ¿Le atraen? Bueno. ¿Le gusta este jardín que es suyo? Evite que los perros la maltraten. O los niños. O usted. No pise esta grama que es suya. Prohibido sentarse en la grama, pasearse por la grama, poner los pies en la grama, hacer picnic en la grama, poner las nalgas en la grama, las manos en la grama, las palmas de las manos en la grama. Prohibido tocar esta grama hasta con el pétalo de una flor. Métase con su mujer o con la mujer de otro, pero no se meta con esta grama, no la toque, es su grama, no lo olvide. No lo olvide, recuerde que esta es su grama. Cuídela usted mismo. En todo caso para eso está la policía que lo puede sorprender en el momento en que usted se meta con esta grama: en el caso de que la pise, de que se siente, de la que la utilice para colocar sus nalgas, esto es, sentarse para comer picck nikes o jugar con un niño, o con un perro. No permita que su niño o su perro se metan con esta grama, que no lo olvide, es suya.
19 de marzo.
Pesadilla como la de aquel film de Buñuel. Me levanto de un chinchorro y camino por el aire hasta la cuna de Carolina la cual grita al verme. Un rato más tarde (estoy despierto) ella grita y me dijo que tiene una pesadilla conmigo.
Parece que tengo angina. La primera vez que tuve angina era comunista y militaba con E.D. y vivíamos en un edificio San José del Ávila donde imprimíamos un periódico. De esto ya hablé en mi novela (“Gritando su Agonía”) y en el relato “El fin de Cresto”. Recuerdo que por esos días leía a Nazin Hitmek y uno de los poemas que más me gustaba era el que se llamaba “Angina de pecho”. Maiakovski también hablaba de la angina de pecho. Yo creía que la angina de pecho era la enfermedad de los revolucionarios. Yo los idealizaba imaginándolos enfermos con angina de pecho y viviendo en fríos cuartuchos de la mala muerte. E atendió durante todo el tiempo de mi enfermedad. Yo salía a la calle como un poseso, con la solapa del paltó subida. Después, cuando he visto ese dibujo que Verlaine hizo de Rimbaud me imagino que he debido verme así.
Lectura de un cuento de Calvert Casey: “El amorcito”… pero no pude terminar “Los visitantes”.
Veo que por la nota que escribió JRM en “El Nacional” la gente me considera eso que Velásquez me dijo: Una leyenda.
Papeles de Son Armandans. Revista mensual dirigida por C.J. Cela. Palma de Mallorca. Calatrava, 68.
Mientras esperaba el tranvía me decía, la verdad es que lo que escribí anoche podría titularse “Variaciones sobre un mismo tema”. Es eso que escribí sobre la grama. Ahora todo lo que escribo quiero catalogarlo como cuento. Una línea, todo, es un cuento para mí. Supongo que para Magritte una línea sobre un lienzo era también un cuadro. Eso es lo que pasa.
Martes 19 de marzo (suite).
He oído la voz de Dalí por la radio. A la pregunta del periodista de que sigue opinando de eso de que André Breton lo llamara Avida Dollars, responde: (de plus en plus) “me siento más y más así”. Dice que vive en un gran estado demoníaco. Y admira las estructuras de los EE. UU. y dice que en China, dentro de poco, habrá una emperatriz.
Lectura de un cuento de Cabrera Infante: “Josefina, atiende los clientes”. La verdad, yo no voy por ahí. Retratos. Naturalismo, costumbres, realismo, etc..
La rueda luminosa giraba al revés.
Alarido: Señor J. A. a mí no me interesa ningún contrato. A mí lo que me interesa es que usted me edite mi novela. Y si posible antes de las elecciones que se efectuarán en mi país en diciembre de este año. Yo sigo siendo un combatiente. Y si no tengo la metralleta ahora es porque considero que la pluma es más poderosa. Pero uno sabe cuándo puede trocar una cosa por la otra. Supongo que eso se deberá a las circunstancias. Bueno, yo lo que quiero es que usted me edite el libro. Nada más. Todo a cambio de que usted me regale unos ejemplares para yo pagar a mis amigos. Esa sería mi ganancia. Y la otra, la de la divulgación del libro, que como le dije, tendrá los alcances de la Bomba H. Yo aquí estoy jodido. Esperando. Y yo que se lo digo ¡no es bueno esperar! Por culpa suya no trabajo, no hago nada. Deme la seguridad de que la novela va a salir y cuándo. Eso me aliviaría.
Aquí, como Kafka, sin decir nada, pero escribiendo bolserías. Cambiaron los tranvías 1, 2 y 4 que nos conducían antes a la universidad. Para regresar por Exelles hay que coger ahora el 32 en vez del 16. Están cambiando todo. Ayer venía por la Av. Lhipodrome y no caía en la cuenta de que ahí vivimos al principios, recién llegados. Bruselas, ciudad nueva. La capital de Europa. Qué vainas, cuándo voy a profundizar.
20 (miércoles)- Creo que en la carta anterior se me olvidó decirle que usted no tiene necesidad de contrato para editar mis obras. Edítelas y listo. Yo me considero un combatiente y mi preocupación mayor es que mi novela no salga antes de las elecciones que se realizarán en diciembre de este año en mi país. Aquí le anexo un recorte que salió en el diario “El Nacional” de Caracas. Allí hablan de la edición de “Gritando su Agonía” por usted. Al lado podrá leer un pequeño artículo firmado por mí sobre Pío Baroja y su idea acerca de la novela.
Lectura de un capítulo de “La Toile et le roc”.
Yo tengo ganas de comprarle a la muchachita un pato que a medida que va rodando va dándole así a las alas, dijo ella batiendo los brazos como unas alas y él pensó en pájaros marinos, o grandes aves pesadas volando a ras de tierra o tratando de volar, o en tierra ya para alzar el vuelo. Vio una playa (todo en una rápida sucesión de imágenes) y vio la playa de Macuto cuando los autos que pasaban de la autopista a la carretera vieja y se enfrentaban con el malecón. Estuvo viendo todo eso por unos instantes que no le siguió prestando atención. Pero ya ella había terminado de explicar lo del pato de juguete que bate las alas y él oyó su voz que se perdía en el cerrar de puertas y un viento que entraba por la cocina. La voz dijo y siguió dándole en la cabeza, como alas de patos o pesadas aves que vuelan a ras de tierra o ya van a alzar el vuelo ¿no vas a oír las noticias? Pero él no dijo nada, siguió sentado en el mueble sintiéndose pesado con la comida y pensando que en los últimos tiempos fue cuando vino a aprender que comer demasiado hace mal y más mal aún si uno come de noche carnes o cosas pesadas. Pensó luego en eso de las comidas pesadas y un día que comió por dos veces atún de latas y vomitó sobre unos periódicos en el mismo cuarto porque pensaba que no tendría tiempo de llegar hasta el baño. Luego volvieron las imágenes de los pájaros, los pesados y grandes pájaros marinos y una noche frente a ese malecón de Macuto cuando esperaba que un amigo suyo fuera y hablara con una mujer y él tuvo que esperar en el auto y desde ahí oía las olas contra la rompiente. Ella había desaparecido por esa puerta. ¿Qué estaría haciendo? Seguramente lavando los platos. Si es que sigue ahí. Había cerrado los ojos y a lo mejor ella había pasado de nuevo y entró al cuarto. La casa estaba en silencio.
Allá Bob Kennedy se trenza en una lucha por llegar a la Casa Blanca. No debe ser tan pesado el fardo de que hablan los presidentes de EE. UU. cuando Johnson lo quiere seguir llevando. En Venezuela no ha mucho que uno dijo que estaba dispuesto a sacrificarse por el país. “Nómbrenme Presidente”.
Un día de estos, cuando regrese, para descansar un poco de escribir, voy a sacrificarme lanzando mi candidatura a “la alta magistratura”. Sería un buen empleo para mí, yo que nunca puedo conseguir trabajo en Venezuela. A mí que siempre se me ha dificultado conseguir trabajo.
Lectura de la introducción que escribió E. Desnoes para la edición del “Artista Adolescente”: “Trabajó su literatura en la pobreza, fuera de su país, hasta pagando con su propia salud… aunque ya había publicado los cuentos de Dublineses y Retrato, vivía todavía dando clases particulares de inglés… La salvación para Joyce no era la gloria sino la literatura… Se va con Nora Barnacle de Irlanda y tienen dos hijos… Cultivó literatura con paciencia y precisión” (esto último es lo que más me interesa).
Luego leo el primer capítulo del “Retrato…” 58 páginas.
Hombres de lentes oscuros como en las películas. Y los hombres de lentes oscuros de las películas son malos o misteriosos. Hablan con voz finita o suave y casi siempre dicen: No mis amigos, no pueden irse. O: Yo no quería esto, ustedes son testigos. Y en esa voz finita o suave hay maldad.
Una madrugada abandoné la casa. Mi mamá me despertó para que me tomara el café. Debía coger el autobús a las cinco. La noche anterior yo había metido en un maletín lo que me iba a llevar. Debía ser liviano, pues no sabía dónde iría a llegar. Yo le hice ver a mi mamá que iba a llegar a casa de un amigo. Y ella me dejó partir. Me dio sus economías. Tal vez pensara que yo me abriría un camino todo lo rápido que fuera posible y mandara por ella o le mandara de lo que ganase en la ciudad. La noche anterior la pasé callejeando. No hablé con nadie que abandonaba el pueblo. Y cuando regresé, tarde ya, me acosté con la luz encendida y me puse a leer “El Viejo y el Mar”. Recuerdo que por el postigo de la ventana se asomó alguien que pasaba por la calle y yo me levanté a la carrera y corrí y abrí la ventana de un todo para sorprender al intruso. Pero no divisé nada. Sólo sombras y nada más. Abandonaba el pueblo, abandonaba el cuarto, abandonaba la casa. Ya no tendría que andar oyendo el rezongo de mi mamá. Eso que me decía todos los días: que había tipos que estudiaban y trabajaban. Yo sentía rencor contra ella. Pero para evitar que algún día le fuera a contestar y se me metiera el demonio en el cuerpo preferí irme, partir.
Más tarde lo recordará en un cuarto de Bruselas. Afuera llovía.
Los gavilanes. Los planeadores, los aeroplanos. Voy a salir gritando. Disuélvete, zas, pun. Diles que sigo esperando, aunque yo sé que me dejaron esperando. Pero voy a seguir aquí, así diles. Yo no tengo la culpa. Me dijeron que esperara y yo espero. Si me convierto en un ser de piedra es culpa de ellos. Repíteselos. Palabra por palabra. Ojalá no se te olvide mi encomienda. Si quieren que no hagan nada. Yo sé que no van a hacer nada. En el paso se te ve que te vas a portar igual. Ya vas a la carrerita. Te maldigo, hijo de puta. Ahora sí estoy convencido que en nadie puedo confiar. ¿Entonces para qué me voy a mover? Tú vas a ver, me voy a convertir en una estatua que se mueve. Después que no te dé miedo. Romperé los cristales, romperé las puertas. Los voy a perseguir a todos. A ti el primero. No te voy a matar, pero te voy a hacer la vida imposible. Te vas a convencer que no podrás vivir tranquilo y te vas a volver loco o te vas a suicidar. Cada vez que voltees te vas a tropezar conmigo. En la oscuridad de los cines, cuando regreses tarde a casa, cuando andes solo por las avenidas, cuando duermas, cuando procures leer, cuando creas que te estás divirtiendo, ahí verás esta estatua de sal.
Hoy recibo dos ejemplares de ese número (232) de la revista INSULA es que Jorge Campos habla de mí.
Compro “Lucien Leuwen”, de Stendhal; la única novela de Stendhal que me faltaba por leer.
Compro: “Las pequeñas virtudes”, de Natalia Ginzburg.
Para una novela (recordando a Stendhal): reflejarlo todo en un espejo hecho añicos.
Partes de una persona que van a la infancia y vuelven al presente, sin orden ni concierto, porque puede ir (el recuerdo) a la infancia lo mismo que a la juventud o al tiempo o a la edad que se viva. Nada de hilo, ni cosas por el estilo que hagan pensar en una vida retrospectiva. Todo podría ser como este diario. Presente, pasado, presente, pasado, etc. Sin orden ni concierto, he aquí la clave. Relaciones humanas. Personajes. Disquisiciones. Todo visto a través de una sola conciencia, una conciencia lúcida o desequilibrada. Lo mismo da. Total ambas conciencias tienen el mismo valor. Sólo vale el intento.
20 de marzo (suite)
Aquí estoy atascado. Sin nada que escribir. Sobre que escribir. Escribir sobre alguien. Cosa. No escribir de alguien. Cosa. Escribir simplemente. Sin escribir. No escribo. Escribir, más amplio. Sobre, limitado. Melville, homosexual, ¡quién lo iba a creer! Se pone uno a pensar que no escribía sino sobre hombres. ¿Dónde están las mujeres? Hombres. Hemingway (he leído) tenía dificultades en describir mujeres: no obstante hacía lo imposible. La de “Tener y no tener” es hombruna. Mujer grande, etc. Esa Mary me parece hombruna. No sé cómo era la primera, la pianista, la madre de Mr. Bumby. Denó perdió una maleta con los cuentos de Hemingway. Una estación. Lyon como que era. Ay Dios mío dame un comienzo. Joyce: Dublineses. El Retrato. Exilados. Música de Cámara. Ensayos, uno de ellos sobre Ibsen. Ulises. Finnegans Wake.
Romes Penyeach. Anna Livia Plurabelle. ¿Qué es de estos dos libros? Desconozco el Finnegans Wake y el ensayo sobre Ibsen. Toda una vida para escribir esos libros. Aquí estoy yo preparando unos espaguetis y una salsa. Cojo unos tomates (de pote son más baratos) y los destripo en una cacerola a la que le agrego sal pimienta ajo cebolla unas hojitas de laurel un poquito de carne molida que quedó de ayer. Como el cuerpo que rechaza el órgano ajeno injertado. C est normal. Qu il faut faire? C est que je demande. Mais voici que he estado oyendo pedazos de ópera sin saber de quién es. Y he leído trozos de lat{in sin entender nada, pero sintiendo un gusto en leer en voz alta y decir dominus.
21- A anoche estuve leyendo “Las pequeñas virtudes” de N. Ginzburg y el prólogo que Consuelo Berges escribió para el “Lucien Leuwen”.
Llueve.
En Calabozo había un muchacho endeble, hijo de un pulpero que también tenía una posesión en Corozo Pando. Este muchacho inventaba que yo lo había salvado de ser violado por otros dos muchachos más fuertes que él. Y decía esto delante de mí mismo y yo aprobaba. Él decía (seguramente bajo la imaginación febril de alguna película) que andaba buscando guamos en las afueras del pueblo y dos muchachos que pasaron lo vieron y trataron de desnudarlo. Y en eso llegué yo. (Él no dice cómo llegué yo, ni yo que también lo afirmaba, no decía cómo me aparecí. Yo pensaba que intempestivamente, como Supermán o El Murciélago) luego yo peleaba con esos dos grandulones que corrían o se desvanecían bajo mis golpes. “Si no es por Argenis”, decía.
Lectura de Joyce: “Retrato del Artista Adolescente”. Se me había olvidado anotar que esta es la tercera vez que emprendo la lectura de “Retrato”. La primera cuando contaba 19 años. La segunda vez lo leí integro internado en el Hospital Universitario en una edición de Santiago Rueda; era en 1959 y me iban a operar de una hernia.
S.A.C. me envía los siguientes libros: “Ensayos”, de Mariño Palacio; “El teatro venezolano”, de L. A. Jiménez; “Preciso y continuo”, trabajo de Eda Gramcko sobre Mateo Manaure; “Espejos y disfraces”, de G. Meneses; “El signo de las sombras” de M. V. Magallanes.
21 (suite) “Tiempo de callar”, N. Track; “Bajo su desahuciada piel”, R. B. y el número 182 de la Revista Nacional de Cultura.
Andrés Mariño Palacio ha sido para mí la pérdida más dolorosa que ha sufrido Venezuela. Nunca le vi, pero su admiración por su obra me llevaba hacer preguntas sobre cómo era y cómo se comportaba en vida. En su casa he entrado como a un templo: tal vez el único que he reverenciado en mi país. Creo que fue M. O. S. el que escribió una nota titulada “El que debía morir”. Frase que se me viene a la mente cada vez que agarro un libro de Mariño. Porque los libros venezolanos que más he leído y releído son los de Mariño Palacio. Allí he encontrado inocencia, verdad, pasión, poesía, fuerza, vida. Vida es la palabra que usaba Márquez Salas para referirse a los cuentos de Mariño. Puedo decir que si algún espíritu me ha acompañado siempre ha sido el de Mariño Palacio.
Aquí está granizando. ¡Socorro! Afuera estaba granizando, pero él estaba a seguro sentado cómodamente en un sillón con los pies sobre otro sillón y un libro en las manos; pero cuando sintió el granizo contra el vidrio de la ventana esa frase: (¡socorro está granizando!) se le vino a la cabeza y se levantó para observar el granizo, luego gritó por lo que se presentó a sus ojos. (Un sueño no soñado. En el sueño se ve la cosa)
Lo que pasa es que (a pesar de todo) yo no soy un hombre que escribe por escribir. Allí radica el que no comience una novela todos los días.
Lectura (a duras penas) de un capítulo de Ulises.
Muere Charles Chaplin Jr. De un ataque en el baño de su casa de Hollywood. Dos matrimonios, dos fracasos, sus mujeres lo acusaron de borracho empedernido. Vivía con su abuela, que era sorda, ciega, muda, lo encontró tendido en la bañera.
Israel invade Jordania y luego se retira.
Yo leo los ensayos de Mariño Palacios, pequeñas notas que escribió para los periódicos, no exentas de humor.
EL pobre Ramón Bravo todavía no ha aprendido a escribir, pero está empeñado en sacar libro tras libro. Bueno, así es como se aprende.
22 de marzo.-
Dice la radio que Novotny renunció a la presidencia de Checoslovaquia. Él dice que lo sacaron por conspirador (el personaje que ahora me llama la atención) pero la verdad es que a mí me parece que lo sacaron del país por presión del ejército porque era inaguantable como persona. Nadie lo pasaba, ni la tropa, con la cual abusaba, tenía a los soldados como sirvientes y abusaba de su poder (de su grado) mandándolos a la diabla. Ni en los cuadros oficiales donde era tomado (considerado) una bestia, un analfabeto y hombre de lengua larga. Se conocía el trato que daba a su mujer, a quien gritaba no importa delante quién sea, y el trato a los hijos y a un hermano que cargaba como valet o sirviente. No obstante, engañaba a primera vista diciendo que cargaba ese hermano natural para que conociera a Europa, se educara, etc. Pero este muchacho no daba nada de sí y era objeto de los gritos e insultos de su hermano mayor. Ahora bien, este personaje (el principal) era presa fácil de sus compañeros de grado. Cosa extraña en un hombre que siempre andaba diciendo que metía coñazo, que era bravo, etc. Sus compañeros, pues, lo insultaban, lo regañaban y él bajaba la cabeza. Yo pienso que debía tener muchos resentimientos y esta es la razón por la que carecía de amigos. Tenía dinero, eso lo arreglaba todo. Pero tenía miedo de que lo sacaran del ejército de donde dependía toda su comodidad. Y su vida. Pero decía que si no le daban el grado que le correspondía se iba y se metía a guerrillero, a un partido violento, etc. Cosa que nadie le creía. De allá lo sacaron diciéndole que se fuera, que a pesar de que estuviera fuera le darían el grado. Y él se vino confiado, hablando, no obstante, mal del ministro, diciendo que si el ministro le había enamorado la mujer a su mejor amigo y la tenía como amante. Y el ministro presionaba a ese hombre para que le pasara la pensión a su antigua mujer a causa de los hijos. Y el general estaba en el país mandando y había hecho sacar a ese su mejor amigo al cual le había quitado la mujer. Eso decía este hombre que escribía cartas a su hermano médico y su hermano médico le respondía que se cuidara, que cerrara el pico, que lo que querían era sacarlo del ejército. Luego su hermano médico le decía que a él lo habían torturado, que le dieron por las bolas y que hablara. Él no tenía que hablar bueno, lo pasearon por varios sitios. Le dijeron que regresara a casa y evitara mantenerse en contacto con los guerrilleros. “¿Guerrilleros?”, si por aquí no hay guerrilleros. Lo que quieren es sacarte. Lo que querían era que yo dijera algo para achacártelo a ti. Cuídate”. Pero ese hombre no se cuidaba. Por aquí en el exterior era echarle la culpa de sus desgracias a un hombre que fue presidente dos veces llamado Rómulo Betancourt y de quien decía que era un traidor. Estos mierdas, se sentían seguros, se creían políticos, se sentían temibles. Creían que los venezolanos (ellos) eran más vivos que nadie en este mundo. Estos venezolanos nuestros aquí, con las placas de diplomáticos hacen lo que quieren. Eso es ser vivo. A todo decían: en América. Nosotros en América. ¡América, América! Decían América a ver si los pasaban por yanquis que es la verdadera América en Europa. Pero América, ser América no del sur. Para estos burdos diplomáticos dar coñazos es ser valientes. Y a todo decían doy coñazos y la verdad es que yo mientras los conocí y los traté por aquí nunca dieron un coñazo y más bien les andaban diciendo que no tocaran tal o cual cosa. Pass Toucher, les decían a cada momento y ellos tenían que meterse el rabo entre las piernas y callarse. Luego sacaban la cartera y compraban de todo para que vieran que tenían derecho a toucher. Ah, los europeos se reían, tocaban el dinero les decían que eran grandes hombres. América, América. Bravo. Y ellos, los mierdas, se reían. Eran vivos. Si no era a los coñazos (que nunca los daban) era a dinero limpio que lo lograban todo. Vivos, vivos, los venezolanos eran vivos. Más vivos que el carajo.
22 (suite) Marzo.-
Lectura de Joyce: “Retrato”.
Compro: “La condition Humaine”, de A. Malraux.
En la Embajada el Dr. Ganteaume me regala un libro de Picón Salas: “Hora y Deshora”.
En mi próxima novela utilizaré mucho el automóvil. El hombre se aislará en un aparato de esos. Andará, bien solo, o bien en compañía de otros, hablando solo o hablando con los otros. Andará aislado de todas maneras, pasando por túneles, calles, grandes avenidas, letreros.
López se ha alejado de esta casa. Y de la amistad que al principio pensé haber confirmado. Para mí todo esto es normal. Salvo uno o dos amigos, no he podido tener otros. Fuentes, se estaba alejando de mí. Sólo me quedaba el doctor Velásquez. Ahorita mismo, puedo decir que no tengo un solo amigo en Bélgica. Desde aquí creo haberme ganado la amistad de J. R. Medina. Y es una gran amistad para mí. Procuraré conservarla. Y hasta una vez, cuando lo recién conocí, me porté grosero con él. Recuerdo que yo me dirigía a una fiesta de Ramón Sosa Montes de Oca y J. S. Medina me alcanzó con su carro y caminamos hasta la casa de la fiesta a pie. Esa noche yo me emborraché, le quité el micrófono a un tipo que elogiaba al gobierno y a los poetas venezolanos y hablé contra todo el mundo y pedí protestas contra la literatura y el gobierno. Me emborraché, me quité la camisa para mostrar mis bíceps y dije que Guaramato lo que escribía eran cuentos sensibleros. Esa noche no me explico cómo regresé a la pensión en que vivía. Pero al otro día J. R. M. fue por la librería en la que yo trabajaba y me preguntó que si era verdad que sí se había hablado contra él. Yo le dije que no, y que en todo caso el que habló fui yo y ataqué a todo el mundo. ¿Por qué?, le pregunté. “No, por nada”, me respondió y creo que se fue en condiciones no muy buenas conmigo. Por esa razón nunca le di colaboraciones para el papel literario, al principio, digo. Porque después si le di unas notas del diario que publicó en primera página y un cuento que titulé “¿Quiénes son los que quieren echarte de esta tierras?” que publicó muy bien destacado en la última página del papel. Ahora, desde aquí me destaca todo cuanto le envío y en definitiva creo que me he ganado un buen amigo.
23.- Bueno, decido que J. A. se echa para atrás y no me edita la novela guardo ésta y le sigo metiendo capítulos.
Compro una edición de “Les Chants de Maldoror” que trae un prólogo de J. Cocteau.
Anoche leí hasta la luna: “Retrato”, de Joyce, “Hora y Deshora”, de Picón Salas, “Ensayos”, de Mariño Palacio y “Cementerio de Elefantes” (Cuentos), Dalton Trevisan.
Hoy, en “Le Monde”, leo un Artículo de Claude Fell sobre el libro de García Márquez: “Cien años de soledad”.
Para la novela: Era una perfecta idiota. En todas partes quería pasar por gentil y eso me molestaba, tanto, que me veía obligado a gritarla o a golpearla por la cabeza. Después, es verdad, me daba lástima, la seguía a distancia, observándola no obstante con rencor, y procuraba contentarla de nuevo, también es verdad, a regañadientes y muy a pesar mío, porque yo sabía que en cualquier parte ella se iba a repetir y yo iba a comenzar a gritar y a golpear en la cabeza.
En un año me mudé once veces y en las mudanzas perdí o boté no menos de cien páginas que comprendían notas de diarios, cuentos o capítulos de novelas.
Si ahora al menos tuviera un solo tema. Conozco esta ciudad, o aun sin conocer la creo que he captado el sentido de la ciudad que habito. Sé dónde podrían ir los personajes, que cosa les atrae, los repele, los viajes que hacen por los países vecinos para hacer sus compras, etc. Al único que me encomiendo es a Mariño Palacio. Ayúdame. Creo identificarme contigo, por tu lucha, tu desesperación, tu locura, esa que acabó contigo. Como Joyce, te digo: “Antiguo padre, antiguo artífice, mantenme ahora y siempre por el verdadero camino”.
Hay que escribir contra el idioma. Se debe escribir contra el idioma. Se debe escribir a pesar del idioma.
Como los trenes que partían a todos los lugares en “Bajo el volcán”, como los trenes que llegaban de todos los lugares en “Bajo el volcán”, como las botellas que se quebraban contra todas las piedras en “Bajo el volcán”, como el de Lowry en “Bajo el volcán”, como el cónsul en “Bajo el volcán”, el cónsul que se cae borracho en la calle Nicaragua en “Bajo el volcán”, los tiros contra el cónsul en “Bajo el volcán”, el caballo con ella en “Bajo el volcán”, como el amor que querían reconstruir en “Bajo el volcán”, pero él no podía porque había perdido toda sensibilidad y ella le había sido infiel y él se había enterado y la había dejado partir no obstante querer que no partiera y no obstante ella partía sin querer, sino que pensaba en una última reconvención, como si se dijera o como si le dijera “Oh, Geoffry ven a mí”, pero él, aunque quería ir, se emborrachó una vez más y se extravió por calles y vino a despertar de ese sueño varios años más tarde, cuando ella regresó por él en todas las comarcas. Llamando Cervantes a todos los dueños o bares. Y diciéndose ¿Cómo se decía? Se decía, cómo se había bautizado. Con el nombre de un explorador. Ante aquellos bandidos mexicanos que dispararon contra él y él antes de morir, en el delirio, creo que oía una sonata de Mozart. Creía que volaba por los aires y era que lo habían lanzado en un barranco.
Se había cansado tanto de su mujer que ya para él acostarse con ella era como masturbarse. No sentía ningún placer. Se decía que era como si se hubiera casado para seguirse “haciéndose la paja”. Y al otro día (después de hacer eso con su mujer) se sentía malhumorado, maldecía a destajo y no podía ver a su mujer porque era como si pensara que ella era la culpable de lo mal que se sentía. Y por esto también la odiaba. Y la gritaba delante de todo el mundo. Y no era porque quisiera rebajarla delante de los demás. Era que no podía dominarse. Carajo, cómo la odiaba. Cómo odiaba el menor gesto de su mujer. La menor sonrisa. Los huecos de las muelas que le faltaban. La manera cómo ella se reía para evitar que los otros le vieran esos huecos. Eso de que se peinara por toda la casa. Eso de ver el lavabo lleno de pelos. Eso de ver etc. Etc. Coño. Etc.
23 de marzo (suite) Sábado.-
Lectura de “La toile et le roc”. Lectura de algunas cartas (en francés) de H. Broch.
24 (domingo) de marzo.-
Soñé con Fuentes, que editaba “Gritando su agonía”. Que conocí a David Viñas, que le pregunté si J. A. era formal y que me respondió que sí, que no debía preocuparme, que seguro que enviaba el contrato con unos 110 dólares, que era todo lo que pagaba por cada libro que adquiría. Detrás de todo esto había otra historia con militares que no recuerdo bien. Yo como que era profesor en un instituto militar y comía y bebía demasiado y me seguían por esta razón; querían sorprenderme.
Aquí ha entrado la primavera. Los pájaros cantan (aquí no hay pájaros). Pero qué bonito como escribían antes. Las mujeres salen con vestidos de todos colores (no he salido ni he visto a la primera mujer con traje de primavera) Los escaparates de las tiendas están brillantes con sandalias y vestidos claros y faldas cortas y cotas con encajes blancos (nunca he visto un turista de país cálido, salvo un valenciano que pasó día y medio aquí. Quería conocer Bélgica) la música de las bandas se oye en todas partes. (Nunca he visto una banda aquí. Desde que estaba pequeño y oía la banda municipal tocar el himno nacional para la bajada de la bandera de la policía de Calabozo no veo una banda de música. Sí, la vi (la banda municipal de Calabozo) de duelo, detrás del féretro del padre de un músico. Y la banda hacía tú, tú, tú. Y sonaba un tambor de manera (como dicen) lúgubre o doliente. Y el hijo del músico muerto iba atrás sostenido por otros hombres de la banda. Primera vez que veía un muerto enterrado con música. Aquí la radio (en este momento) está tocando viens, viens avec moi. Viens, viens sur la montagne. Será esto primavera o no. Tengo que aprenderme los meses de comienzo y de final de las estaciones si quiero escribir una novela que transcurra en Bélgica, o en Bruselas. Los pajarillos cantan en la enramada. (¿Enramada? Esta es una palabra de música de antaño, de cuando el hombre no podía ver a la mujer amada e iba y le daba una serenata. Una vez uno de estos enamorados, en Las Mercedes del llano, fue a darle una serenata a la mujer de la niña de sus ojos y un loco que andaba suelto por el pueblo le aguó la fiesta. La cosa termino en pelea y el romántico hombre fue arrastrado por la calle. Luego, por vergüenza, no se acercó más por la enramada de esa mujer que hacía bordados y pantuflas para la calle. Él antes le había comprado un par de pantuflas y pensó que una mujer así valía la pena. Pensaba en la vida que podría llevar la pobre allí encerrada y pensó en recuperarla. Del loco, recuerdo que lo agarraron entre diez hombres y lo amarraron a un árbol, allá en el Cerro del Camión, en las afueras del pueblo. No es bueno ser tan loco ni tan enamorado.
He terminado de leer (por tercera vez, pero ahora es cuando me he dado cuenta de todo lo que es este libro, precursor de Ulises e idea de darle sentido, alma, vida a un país) “Retrato del Artista Adolescente”. Ahora pienso, al cerrar la última página, que mi novela tiene una semejanza con “Retrato”. Un final con diario, una búsqueda, un estar en alguna parte sin saber dónde estar, una toma de conciencia individual. Única, un compromiso con uno mismo (lo que es peor) Es el hígado picado a picotazos en la alta montaña. Pero yo no recordaba este final de “Retrato” cuando escribía mi novela. No recordaba el final de este libro de Joyce.
Hemos ido al Hotel Hilton a ver una exposición de grabados, dibujos y acuarelas de Salvador Dalí.
Más libertad. Joyce domina su obra.
Después que me operaron de hernia me la pasaba acostado en la cama oyendo el único disco que tenía. La quinta sinfonía de Tchaikovsky. Ah, también leía por aquel tiempo “Retrato del Artista Adolescente”, leía a Dostoyevsky y “La Apología Sócrates”.
. – Cuando. Donde. Como. Porque cuando donde como sirve mal me desespera. Porque cuando como donde sirven mal me desespera. Porque donde cuando como sirven mal me desespera. Porque como cuando donde sirven mal me desespera. Porque como donde cuando como sirven mal me desespero.
Lunes 25 de marzo.-
Tengo que mirar más por las ventanas.
Además, el señor Adriano ese… Cuando Vargas Llosa, que escribe unas novelas naturalistas regionalistas con un molde a lo Faulkner, vino por ahí, Adriano se le metió por los ojos, lo convidó a tomarse una cerveza en Sabana Grande y lo convenció de que era buen escritor. Le dijo que iba a mandar una novela al concurso en el cual él (Vargas Llosa) era jurado. Vargas Llosa se rió con esa sonrisa de jesuita que tiene o que pone cada vez que se gana un premio y le dijo a Adriano que le parecía muy bueno, puesto que hacía tiempo que un escritor venezolano no rebasaba las fronteras patrias. Adriano, pues, se sintió seguro. Y hasta llamó a Mary, su mujer para presentársela a Vargas Llosa.
Pasaron por ese café y a quién vieron ahí sino al señor Torres muy sí señor sentado en compañía de otros dos jóvenes que les fueron presentados como violinistas que venían para asistir a las eliminatorias del Reina Elizabeth. Bien, perfecto. Torres los invito a tomarse un café. Era la primavera. El café había sacado las mesitas, los columpios para sentarse y las sillas coloreadas de extensión. De allí habían emigrado los taxis. Era la primavera. Gotas de sudor corrían esquivamente por las axilas y los cuellos de los paseantes. Algunos levantaban los brazos y dejaban escapar un olor a no me olvides de vejez sin bañarse. Para qué, si la concha conserva el palo. Como decía aquel doctor Torrealba. Si bañarse fuera necesario ya yo me hubiera muerto. Ja ja ja. Y torres, ¿cómo le iba a usted?, dijo ella. Al señor Torres le iba muy bien. Tan bien que no se pelaba eliminatoria. Los invitaba. ¿Sí? ¿No? Bueno, sí. Ellos no desperdiciaban cosas de gratis. Irían con esos dos señoritos españoles requete violinistas que tomaban limonadas y jugaban al futbolín de mesa como si tocaran un acordeón. ¿Y Torres? Ah, el señor Torres, dijeron los entusiasmados violinistas españoles, era un consumado jugador de futbolín. Ya tenía callos en las manos. En una semana se había puesto a la altura de ellos. Sí, ¿verdad, Torres? Bien que sí. El señor Torres mostró las manos callosas y duras, chatas, aplastadas y de dedos mochos que nadie se explicaba cómo podían alargarse para golpear las teclas del piano cuando tocaba su Liszt.
Lunes 25 de marzo (suite) Nada.
Lectura de “Ulises”. Lectura de un cuento de Guimaraes Rosa: “La niña de allá”.
Lectura de un cuento de Murilo Rubiao: “El ex-mago de la taberna Miñota”. Lectura de un cuento de Clarice Lispector: “Una gallina”.
Título: “Ahora todo está intranquilo en esta tierra”.
Carta de Domingo Fuentes.
Le respondo a Fuentes.
26 de marzo.
Sueño que ando para arriba y para abajo con G. Llegamos al palacio de Miraflores y allí lo atienden mal los porteros y la servidumbre. Le pregunto que a causas de qué. Me responde: “Esa gente ha estado con todos los gobiernos y no se puede echar. Por eso es que son envalentonados. Ellos son los que realmente mandan en este país”. Le entregan un libro de Trotsky, pues vamos pasando por las largas mesas con manteles blancos donde hay bebidas de todas clases.
Le escribo a S. A. Consalvi agradeciéndole los libros que me envió.
Lectura de Malraux “La condition Humane”.
Mientras hablaba con el turco la veía a ella a través de la ventana esperándome allí en la plaza, en la cuenta de lo crecido que tenía la barriga.
He escrito un relato. Título provisional: “Papeles hallados en una oficina”. O en una botella. M me dice que le cambié unas cuantas cosas porque si no lo voy a delatar. Yo para mi tengo que este es un relato de ciencia-ficción. Aquí oigo algo de Berlioz. Tomo cerveza. Estoy embriagado. Ustedes saben, las cervezas belgas son fuertes. Pobre Ramón Bravo, me he ido leyendo su novela. Si no estuviera tan mal escrita hubiera sido algo. Aquí narra su experiencia o sus amores con Lidi (a la que llama L..) y con una mujer, viejona ya, que estudiaba ingles en el pedagógico y que estaba separada de su marido. Y él dejó de ser mi amigo por la envidia. Por la envidia que sentía por mí. Eso que están tocando de Berlioz lo oía yo cuando convalecía de mi operación de la hernia. Y leía a Platón: “La Apología”. Tengo hipo. La enfermedad de Pío Xll.
27 de marzo. Miércoles.
Ella me dice que no utilice tanto el papel toilette porque cada vez que orina (y vaya las veces que orina) tiene que limpiarse…
Lectura de “La condition humaine”. Me puse a corregir el relato de anoche, pero me doy cuenta de que si trato de evitar que la mujer se parezca a M lo echaré a perder. De manera que lo dejaré dormir el sueño eterno. O pase el tiempo que hace que todo se transforme.
Compro “Journal”, de Ernst Jünger.
Todo podría empezar con mi llegada a Bruselas y la semana de espera.
Relectura de algunos capítulos de “L´ étranger”
28 de marzo. Jueves.
La radio dice que se mató Gagarin, el primero que le dio la vuelta a la tierra. Tenía 34 años.
Releyendo algunos capítulos de “L´étranger”.
Compro “Relatos”, Kafka; “La poesía ignorada y olvidada”, de Jorge Zalamea y “La piel de zapa”, de Balzac. Hoy he estado enfermo. Estuve a punto de perder el conocimiento. Y la verdad es que quería perderlo porque nunca lo he perdido y tenía curiosidad por perderlo para ver qué se sentía, se pensaba o se soñaba. A lo mejor vienen pesadillas que me atraen más que los sueños. Todos estos días me he sentido enfermo de la cabeza. Me he peleado con M, y estoy durmiendo en el suelo, sobre unas cobijas. Ahora deben ser las doce dela noche. Allá en Moscú se velan los cadáveres de Gagarin y del otro coronel que lo acompañaba. Aquí andan unos camiones con grandes retratos de políticos que quieren ser senadores. Ahora mismo, en el teatro Monty, había un mitin del “único partido compuesto por flamencos”. Así decía el hombre que andaba en una camioneta hablando por el altoparlante. El mareo no me ha dejado dormir. Parte de esta enfermedad (es una enfermedad producto de mis nervios y de la angustia) se debe a que Jorge Álvarez no me responde. No me envía el contrato para editar la novela que me ofreció enviarme este mismo mes. Ya mañana es 29 y luego será 30, y se habrá acabado el mes. No quiero perder la paciencia (más) y escribirle preguntándole qué pasa, porque me parece que me va a ver ansioso y puede pensar que yo lo que quiero es que me la edite. Esto es lo cierto, pero él no debe saberlo. Ni él ni nadie. Debo demostrar serenidad, una cosa que nunca he tenido. Debo elogiar a Adriano, debo hablar de su talento, debo portarme a la altura, no vayan a pensar que estoy resentido que no es cierto, no estoy resentido. Debe ser la vejez. Si es que tengo vejez. El mareo me impide leer o dormir (cierro los ojos y siento que todo me da vueltas) pero no me impide escribir. Me siento aquí a darle a esta máquina y voy anotando lo que me va pasando por la cabeza. Es simple. Así es como quisiera escribir una novela: seguir a tontas y a locas y llenar cuartillas y titular eso monólogo de un mono sabio.
29 de marzo.
Leo en un diario de Malaparte que cuando se encontraba en París le recomendaron leer ese “Journal”, de Jünger que he comprado en días recientes. Hoy no he hecho nada. Fui a la Embajada y luego a la Universidad donde compré un libro de Brito Figueroa editado en Cuba: “Venezuela Sigo XX”.
Hoy me propongo dar comienzo a mi novela que tendrá como título “El Camino más corto”.
Me levanté y fui a la Embajada desde donde llamé al comandante G. ¿Qué hacía él hoy? Nada. Ha estudiado durante toda la semana. Me explicó algo que no entendí muy bien y que debía referirse (según lo que recuerdo) a que sólo había dormido tres horas en tres días. ¿Cómo? Según lo que retengo tiene que quedarse en la escuela y el director le sacó una cama que le acomodó en la cocina a la hora del receso. Me invita a jugar un dominó. ¿Qué hago yo esta noche? Nada. Si consigue los otros dos “caballos” pasará por mí después de la cena. Le digo que corto porque estoy utilizando el teléfono de la Embajada y de ahí me voy a almorzar en la Universidad, donde tuve un altercado con la mujer que cobra. Quería cobrarme diez francos demás; fue un error, dice; vuelve a sacar la suma en la caja registradora y me da un nuevo vale. “Yo no tengo la culpa”, me dice la que cobra; “ahí dice cuarenta con cincuenta céntimos, y yo cobro cuarenta con cincuenta céntimos”.
Como saludando al negro Ramón. ¿Qué hay del país? Lo que sabe él mismo. El negro Ramón se inclina cada tanto tiempo hacia tres viejas a las que les pide cigarros o fósforos para encender un cigarro. Le hago señas con las manos. Con que atando viejas, ¿eh? Me dice que no, que ésas son unas amigas suyas que vienen todos los días y se sientan ahí para no tener que dar muchas vueltas cuando tengan que devolver las bandejas.
De regreso en el tranvía he venido contemplando los enormes letreros que cuelgan de un camión donde se lee que se vote por PLP para llevar al senado a Doucin. Sin duda alguna hace buen día: 24 ó 28 grados para un día de primavera. Vengo a la carrera porque quiero leer todo lo referente a la muerte de Gagarin. Hoy es 29 de marzo y aquí leo que cumplía años el mismo día que se mató. De seguro que en tierra, su mujer y sus hijos le esperaban con una torta de cumpleaños, me dije. Luego imagino un rato la consternación de sus familiares cuando oyen el lacónico comunicado que da la radio. He estado en cama por espacio de un cuarto de hora. Sudaba los pies y por esa razón me he quitado las medias. Pienso si debo lavarme los pies y cambiarme de medias ya que posiblemente iré a la casa de G, a jugar ese dominó. Luego salgo. Y me dirijo a la librería del H y entró nada más que para ojear en los estantes. Para entrar he preguntados por unos libros de Apollinaire. La vieja me dice que no tiene ninguno. Yo le digo que en la vitrina tiene “Alcoholes”. ¿Sí? Me dice que se lo señale. La verdad es que no sabía que le quedaba nada de Apollinaire. Pero ese no es el que yo busco, le digo. Yo busco “Los Epigramas”. Bueno, me dice, coja la pequeña escalera y vea arriba. Yo cojo la pequeña escalera y veo durante un tiempo. Pero no me interesa Apollinaire. Luego invento que me interesaría el diario íntimo de Novalis y como no lo tiene le digo que me interesaría cualquier libro de Hörderlin. ¿Hölderlin? Eso es difícil. Sí, claro, le digo yo. Los libros que veo tienen un precio exorbitante. Podría disponer de 20 francos para comprar un libro de un buen autor, pero no cincuenta, o sesenta o noventa. Esos precios son los más comunes. Y el diario de Tolstoy en dos tomos que cuesta 400 francos y que yo quisiera para mí. Ahora la vieja parece espiarme. De seguro que se dio cuenta de que la otra vez le robé los “Carnets” de Saint-Exupery. Pienso para mí que la visita se está alargando. Y es por eso que sigo hablando. ¿No conoce ella un libro de Dafné du Maurier sobre la familia Bronte? ¿Bronte, Bronte? No, ninguno. Ella es buena, ¿no?, dice. Le digo que ese libro podría ser bueno porque ella (Dafné du Maurier) escribe cuentos con cierto misterio. Y ella sabe que las Bronte son misteriosas. O los Bronte, le digo, porque creo que ese libro es sobre el único hermano de las Bronte, a quien se le atribuye “Cumbres Borrascosas”. Cosa sin ninguna importancia, le digo, porque como dijo Faulkner, lo importante es que ese libro está escrito. ¿No es verdad?, dice ella. Por último, he salido con pasos lentos y como evadiendo todo contacto con los estantes y diciendo que ya vendré otro día. Me vine caminando por Ixelles casi al lado de un negro que parecía apartarse de las personas… López, no me cabe la menor duda, se ha ido alejando de nosotros; hoy, en la Embajada bajó y se sentó ahí a decirle al señor Morán que él (el señor Morán) no era su amigo. “Hay alguien que me coge las cartas”, dijo, “y usted lo sabe y no me lo quiere decir”. El señor Morán (qué más le queda) se rió y lo señaló con la boca. Allí estuve observando que López insistía en que el señor Morán no era su amigo y yo pensaba que lo que le decía al señor Morán estaba dirigido a mí. No le dije nada de lo que me dijo G. Espero que sea él quien lo llame. Su hija mayor también ha cambiado. Pasó subiendo esas escaleras y sólo me dijo que si me estaba dejando crecer los bigotes. Yo le dije sí, joven. Me siento mareado. Debe ser asunto de las pastillas. De seguro que he estado abusando. Los campesinos que lograron entrar al mercado. Y el café demasiado fuerte. Mi papá tomó por toda la familia. Salud. Una palabra sola como esa, “justicia”, que usa Seferis es muy hermosa. En este momento vengo de asomarme por la ventana. Ya me extrañaba que M no viniera, inventaba ponerle amantes. Pero la he visto cruzar la calle arreando el coche de C. Vendrá tarde. Se le cumple eso de que quiere que la niña coja aire. El invierno (infierno) nos tuvo arrinconados en una sola pieza para no gastar tanto carbón. Ahora ella puede dormir en la pieza y yo en la sala sobre varias cobijas. Pero no le permitiré que se quede más del tiempo conveniente en la calle. Podría acostumbrarse, inventar peleas… Salí a comprar la carne para mañana. Alguien, un viejo que se dice flamenco, me dice que los negros son como los demás. Señala la caravana de carros que le hacen propaganda al partido comunista y dice “esos sí”. Yo asiento con la cabeza y le digo que el comunismo está cambiando y le hablo de Checoslovaquia. Después me he sentado en una café a tomarme una coca- cola y a leer el periódico. He tenido que pedirle permiso a un hombre para sentarme a su mesa y como cualquier otro belga he bebido mi coca-cola en silencio y me he puesto a seguir con la vista esas mujeres que han comprado grandes espejuelos oscuros para estos días de la primavera. Yo creo que alguien se me ha quedado mirando y se ha reído de mis bigotes. Y por un rato pensé en mi amigo Frank que me decía que yo tenía un tipo extraño. Pero esto de extraño no lo entiendo a menos que se refiriera al color de mi piel, de mi pelo y de otras cosas que yo no encuentre extrañas ni nada diferente de los demás hombres blancos o cetrinos.
Venía por una calle y me lo tropecé de frente. Alzó la mano como diciéndome no te me vas a escapar. Yo no hice ningún gesto; pensé que no tenía escapatoria; debo tratar de convencerlo por las buenas, me dije. Él se acercó y me dijo que lo siguiera; en ningún momento pensé en correr porque sabía que era más ágil que yo; durante todo el trayecto pensé en que debía andar armado, como siempre. Y pensé en los asesinatos que había cometido y que él en su confianza me había confesado. “No seré más que un trago para él, me dije. Y agréguese a esto el odio que debe sentir por mí. Le será muy placentero matarme”. Entramos a una casa de bahareque y me dijo que me metiera en un cuarto. Yo obedecí haciéndole ver que no temía nada. Cuando él entró vino hacia mí y me lanzó varios golpes que yo paré con mis brazos, pero nunca pensé en pegarle. Seguro que andaba buscando otro pretexto para matarme. “Pues, no se lo voy a dar”, me dije. Mientras conserve mi sangre fría podría pensar y buscar una escapatoria y evitar que haga uso de esa arma que sé la tiene”. Por algo, no sé, detuvo repentinamente el acto de lanzarme puñetazos. Yo oí unos gritos en una casa vecina. Salimos y vimos entrar un carro fúnebre y vimos salir llorando una mujer vestida de negro. Le dijo (a él) que viéramos que le pasaba a esa señora. La señora, gorda, llorando de desesperación, nos dijo que su marido había muerto. La casa comenzó a llenarse de gente. Por una ventana se divisaba el féretro. Él siempre estaba a mi lado. Esta oportunidad no se le volvería presentar. Además, si me dejaba vivo podría pensar que describiera esto de ahora como hice con los asesinatos que cometió. Pero él no me decía nada de mis libros. Yo estaba tentado a decirle que si el gobierno lo hubiera identificado en mis relatos no le hubieran dado la libertad, pero pensaba que eso era echarle leña al fuego. Recordaría lo que narré y renacería ese rencor hacia mí. Yo pensaba ahora que tenía que huir y procurarme un arma. yo si es verdad que no le iba a dar oportunidades. Tenía todo a mi favor. Diría que había limpiado a la sociedad de un asesino y confesaría lo de sus crímenes. “Son esos que narré en mis dos últimos libros”. Diría. Por lo pronto buscaba las maneras de perderme entre la muchedumbre que rodeaba esta casa en duelos. Yo seguía divisando el féretro a través de la ventana y pensaba que dentro de poco yo también podría encontrarme así. ¿Pero por dónde iba?
Las cosas, porque ahora me siento incómodo en su compañía y pienso qué habrá sido lo que desarregló todo. Estamos ahí diciéndonos que “usted fue el que se alejó de casa, usted ahora no llama, o usted ahora no busca a uno desde que compró un auto nuevo” y todo es una falsedad y nadie dice que es lo que realmente sucede. Yo no entiendo nada. Y en medio de los vasos de brandy y en medio del humo y en medio del juego uno se llama amigo y compañero y la despedida es una cosa fría, como diciéndose que uno se verá si acaso y mejor no nos veamos. Y es lo que yo me digo cuando G nos trae en su carro. Y me prometo no ir más por la Embajada. No obstante, le he dicho a G y a su señora que yo no entiendo nada, que no comprendo a la gente y que lo que pasó con L y su familia es del todo incompresible. G le decía a L que nos trajera en su carro. Pero yo no quería que fuera así y me senté solo en la mesa y me puse a darle al dominó. Y él estaba detrás de la puerta, ocultándose de mí, y su señora no volteaba hacia mí, y M estaba sentada en el suelo moviendo unas fichas y nadie veía a nadie y L dijo que mejor nos llevaba él mismo (el mismo G) y que él tenía que irse a dormir, iba a viajar mañana, se iba a Israel o a Londres y yo no sé por qué decía eso y yo o me explico por qué le dije yo que viajar a Israel en los actuales momentos era un riesgo y le hablé de los casos de terrorismo y de un autobús lleno de turistas que voló con una mina.
Dormí una vez más en esas cobijas estiradas en el piso. Pero hoy me he dado cuenta de que busca cambiar conmigo. Apenas me levanté me preguntó si quería tomar té o café. Yo me decidí por el té. Después he leído Le Monde donde me he enterado que en Maracaibo hay graves dfisturbios y que los muertos pasan de cuatro y que hay más de doscientos heridos. En Le Monde des Livres aparece un cuento de Cortázar que tradujeron con el título de “Récit sur un fond d eau”.
Ahora ella ya ha comido y me preguntó que si quería comer. Le dije que no porque realmente no quiero comer. Tarde ya, puedo decirlo, es ahora cuando vengo a recordar el sueño de anoche. Dos hijos de L habían muerto y él salió de la cabaña en que habitaba con su mujer y procuraba estar lo más tranquilo posible, como si ya no hubiera que hacer o como si la tranquilidad lo mostrara a mis ojos más hombre de lo que él se dice. “Mañana será el funeral y yo quiero que ustedes vengan a ayudarme”, dijo. Yo le respondí que si quería nos quedábamos para hacerle compañía, pero en el fondo de mi mismo yo decía esas palabras muy a mi pesar porque yo no quería seguir acompañándolo y dentro de mí me decía que ese otro día tendría que regresar y estar frente a él y su familia y tendría que fingir tranquilidad, amistad, dolor, condolencia, y yo no quería nada de eso. Y por todo eso me pesaba que sus hijos hubieran muerto. Al menos si no hubieran muerto sus hijos uno no tendría que regresar. Él estaba allí con su mujer a la puerta de la cabaña despidiéndonos y yo pasaba y repasaba estos pensamientos. Hoy también recuerdo que durante la partida de dominó me decía que había encargado caraotas negras e iba a mandar a hacer un pabellón: carne mechada y caraotas negras refritas para invitarnos. Tal vez, como en el sueño, yo no quiera volver a su casa por ningún motivo. No me quedó más remedio que leer ese cuento de Julio Cortázar traducido al francés. ¿Trata a correr? Le dije (a él) que si quería entrar a verle la cara al muerto. Me dijo que si entraba conmigo. Yo me negué. Pensé en la cara del muerto y pensé en cómo me irían a ver a mí dentro de pocos minutos. La gente seguía llegando a la casa. La viuda andaba por el patio recibiendo a todos. Entraron dos grandes carros negros. Yo me fui apartando un poco de él. No tenía otra salida que correr. O caminar sin que él se diera cuenta. Salí a la calle y caminé sin voltear para atrás. No quería pensar que se había dado cuenta y ya me seguía. Esa calle era una feria. Había una muchedumbre de lado y lado de la calle y una enorme escalinata. Subí corriendo, pero la escalinata se alargaba hacía arriba. Otro hombre, grueso y de bigotes subió corriendo también y la gente se rió cuando lo vio sentarse en uno de los tramos. Yo seguí corriendo, pero empezaba a cansarme. No creía que llegará hasta el final. Y él podría ya haberse dado cuenta de mi partida y debía estar detrás de mí. Y él sí que era ágil. Yo lo recordaba en la montaña hablando de sus crímenes que hizo pasar por políticos y subiendo esas montañas con un saco atado a las espaldas. Ya para llegar al final de la escalinata la gente empezó a reírse de mi cansancio. Retrocedí dos o tres escalones, descansé en medio de mi angustia y procuré volver a subir, pero mis pasos eran pesados y la respiración no me ayudaba. Arriba la gente se reía de mí y me señalaba. Yo les iba a demostrar que podía. El que venía atrás se cayó una vez más y arrancó más carcajadas entre la muchedumbre. Yo no podía avanzar y empecé a decirme esto es un sueño, esto es un sueño, esto que estoy sufriendo es un desdoblamiento como en las películas de Buñuel…
Aun cinema: Les Cracks. Un film D. Alex Joffé. Me dice M que vino L en compañía de su hija Amabeli y su hermano Luis. Quería que yo lo acompañara a la exposición de Dalí. Me dice M que fue y regresó al poco rato diciendo que ya la habían clausurado y que si la reabrían en otra parte que le avisáramos. Ahora tengo un tremendo dolor de cabeza.