1 de marzo. Domingo.
Márquez Salas duda de escribir el prólogo para el libro.
- De aquí vamos a parar todos a la Digepol-, dice.
Yo le digo que no me gusta escribir timideces:
- El escritor debe ser audaz- le digo.
Domingo Fuentes, entusiasmado, me dice que pondrá su nombre de editor en la contraportada.
- Pero consigue el prólogo con Márquez Salas, así, si vamos a la Digepol, vamos más- dice.
3 de marzo.
Ayer en la tarde recibo una llamada de D.E., le digo que si quiere hablar conmigo se acerque a la oficina de Márquez Salas. Me dice que está muy ocupado. Me despido hasta otro día, pero se aparece 10 minutos después de la conversación telefónica. Viene en compañía de un tal Rafael Briceño Leoni, hermano de aquel Humberto que se apropió de un dinero en el año 60. Peleé con ellos y este Rafael ofreció golpearme, pero no quiso salir solo. Me extrañó al verlo con D. E., me saluda como si nada y no me queda más remedio que estrecharle su empalagosa mano. D. E. me dice que mañana, en la prensa aparecerá el nombre de la organización que dirige. Me dice que acaba de dirigir el asalto a una inmobiliaria y que escribió en las paredes “Movimiento Ezequiel Zamora”. Me dice que trabaje con él. Ofrece enviarme a hacer trabajo campesino a un sitio. Me daría 2 hombres de confianza, me considera del Comando General. Yo callo y oigo. No dejo de pensar en este Briceño, no dejo de pensar en estos hermanos Briceño. Son 6 hermanos: 3 hembras y 3 varones. Los varones resultaron unas joyas. De las mujeres no sé nada. El mayor es este Rafael, canoso, bebedor de aguardiente, hablador, flojo; el segundo de los Briceño es Humberto quien fungía de jefe del grupo donde estaban Gil Bustillos, el dientón, o sea Guillermo Golding y Manolo Manzano, un gordo que ahora anda de brazo con una negrita. Este Humberto es genio y figura…, dirigía los golpes, pero no participaba, el que participaba era Gil. Así, Gil asaltó, con unos muchachos de Los Teques, el Banco “Francés Italiano”, de la Avenida Victoria. De allí sacaron unos 24.000 Bs., y Humberto se los apropió. Yo que estaba en el grupo, le reclamé. Se disgustó conmigo. Yo no los volví a ver. Después supe lo del asalto a un carro de seguridad en la UCV del que se llevaron Bs 300.000. Humberto vuelve a apropiarse del dinero. Rompen por fin con él. Se dice que Gil Bustillo lo busca para “arreglarlo”. Humberto se pierde, se va a Humocaro. Allí cae en manos de la Guardia. Le dan la libertad al cabo de un año. Ahora anda por ahí buscando apropiarse, quién sabe qué. El tercer Briceño Leoní, para esta época, se encontraba en Cuba. Regreso el 61. El 62 se fue a El Charal y desertó a los 3 meses para entregarse a la Guardia. Debe salir en estos días. No me comprometo con D.E. callo y le dejo que hable. Quedamos en vernos de nuevo. Es una manera de sacarle el cuerpo. Sale con su Briceño. ¡Qué le aproveche!
Al levantarme corro para hojear el periódico. Allí dice: “Grupo de Pistoleros asaltó una agencia inmobiliaria a tres cuadras de la Plaza Bolívar”. “Los atracadores escaparon con más de 37.000 Bs luego de amordazar y atar a empleados y clientes de la agencia “Conmobil”. También dice allí que escribieron en las paredes, identificándose como perteneciente a una organización clandestina.
A mediodía me encuentro con Mateo Manaure. Me ofrece la portada del libro. Hugo Baptista me ofrece una ilustración. Márquez Salas sigue dudando. Creo que no escribirá el prólogo. No quiere comprometerme. “-Iremos a la Digepol todos”, repite y repite .
6 de marzo.
Vengo bajando por la cuadra de Padre Sierra a Bolsa y allí, justamente, frente al congreso, me tropiezo con José Vicente Rangel. Qué que me había hecho. Nada, le digo, no iba por el diario por la vigilancia que debía tener.
Debemos hablar, me dice.
Claro, pero debe ser en serio, le digo; yo estoy dispuesto a colaborar con un nuevo partido que agrupe densos sectores de intelectuales, le digo. Le planteo que la mayoría de los intelectuales venezolanos son izquierdistas y estarían dispuestos a colaborar si se formara algo serio. Esas divisiones, esa fundadera de partidos, se ve muy sospechosas, le digo.
- Si, me dice, es cierto. Nosotros estamos dispuestos a colaborar o a unirnos con el grupo de Cheito.
(Cuando dice nosotros yo pienso en él y en Miquelena y en los que siguen a Miquelena)
Se despide y me ofrece el periódico, que lo busque en el periódico o en el Congreso. Yo siento la presión de su mano en mi brazo. Creo que confía en mí. Yo siento verdadero aprecio por este Rangel.
Paso por la Librería Historia. Ramón Castellanos bebe cerveza mientras escribe y jorunga papeles. “- ¿Qué hay?”-, me dice.
- ¿A ti te queda El Tumulto, todavía?
- Si-, le digo.
- Tráeme unos 10 ejemplares. Me pidieron varios de Londres y de los EE UU. Quedo en que se los llevaré mañana.
Le compré el Cipriano Castro, de Picón Salas. En otra librería compro “En la Ciudad”, de W Faulkner.
Pensando en los días que pasé en la casa que tiene Turupial en el campo. Recordado la salida con José a una laguna y al carpintero que maté de un balazo. José me vio sorprendido. ¿Cómo tiraba yo un pájaro, nada más que por probar la punteria? El carpintero cayó sin emitir chillido, y me lo lleve para mostrarlo en la casa. No sirvió de nada. ¿Cómo mataba yo un pájaro de esos? Lo boté después. Al leer a Lazo Martí, recuerdo el carpintero. “El carpintero de bonete rojo”, dice Lazo Martí.
Aray me da su libro de cuentos. Leo los dos primeros. El libro trae cuatro cuentos. Acosta Bello corrige pruebas en la Universidad. Lo planearon en la cárcel de Tocuyito. Se quiere ir del país.
He pensado dedicarle dos años a una novela. Por ahora tengo 28. A los 30 debe estar lista.
8 de marzo, Domingo.
Por la mañana con Clara al parque del Paraíso con intenciones de visitar a una hermana de Simón Sáez Mérida. No está en su apartamento cuando llego a casa, me la encuentro luego con su esposo.
Qué si habló con su hermano.
Sí, me dice. Cayó el martes 3 de marzo. Recuerdas. Según parece la casa donde cayó estaba siendo vigilada desde hacía buen tiempo. Una vez Simón le pidió a una señora por teléfono que le preparara un pollo. Cuando cayó, la policía le preguntó cómo le había caído el pollo.
10 de marzo.
Al llegar al colegio me sale al encuentro la Sra. Izquierdo para decirme que se trama algo contra mí. La Sra. Ascanio, que es la que sigue a la Sub-directora, le dijo que yo era rojo y que había recibido unas llamadas anónimas en que le decían que yo hablo mal del colegio.
Pero no crea esto, me dice la Sra. Izquierdo, es por el color. Lo demás, las llamadas, etc., lo inventa ella.
La sra. Ascanio tendrá unos 46 años; viste de negro, pelo blanco, gritona, piernas con visibles varices, aspira a la dirección del colegio y se la pasa a la caza de brujas. Es de A.D, furibunda anticomunista. Me llama a su oficina y me dice lo de la llamada anónima. Una señora que no quiso identificarse llamó al colegio para decir que yo era comunista y que se iba a poner a recoger firmas entre los representantes para buscar las maneras de sacarme del colegio.
Yo le digo que estoy acostumbrado a esas cosas. Que la mejor manera de combatir a alguien hoy, es diciendo que alguien es comunista. “-De todos modos le digo, yo esperaré el resultado”.
Se sonríe y se pone como un caramelo. Ella cumple con decírmelo, dice.
Yo me voy tranquilamente. No es extraño esto en este país.
11 de marzo.
Hoy, a las diez y media de la mañana, se posesionó Raúl Leoni de la presidencia de la República. Como era de esperar, atacó a los comunistas, elogió a los militares y ofreció entregar las riquezas a los EE UU como cosa inusitada, se refiere a los escritores y a los artistas para ofrecerles protección. Veremos. Si Fuentes no me falla, el 1º de abril entrará a circular “Es tiempo aún de combatir”. ¿Seré una prueba? Veremos.
23 de marzo. 1964.
Escribo un relato que titulo: “Esa oscura desbandada”. Se lo leo a Fuentes. Me dice que si lo incluye en el libro. Dudo. Le digo que prefiero guardarlo para el concurso de cuentos de El Nacional. Me asegura que el libro sale el 7 de abril.
Compro: El diario de Bucaramanga de Simón Bolívar, Masur.
27 de marzo.
Viernes Santo.
Hoy he terminado de escribir un relato que va a cerrar el libro: “Esa oscura desbandada”: trata de la muerte de Crescencio, pero vista por otros ojos. Así cierro el libro que va a llamarse, de manera definitiva. “Entre las Breñas”. El título es mío, de mi creación. De manera, pues que descarto a Lazo Martí: seguirá con subtítulo de “Siete historias y un epílogo”.
30 de marzo.
Tengo que anotar que un primo de Julieta, Martín Rangel Giovanetti, fue nombrado gobernador del Territorio Federal Delta Amacuro y que vino por casa y me ofreció un puesto en la Gobernación: director de cultura o algo por el estilo. Le comuniqué esto a Antonio Márquez Salas y le dije que el primer relato del libro iría dedicando a Martín Rangel. “Si es así, me dijo, entonces si le hago el prólogo al libro, porque estaríamos apagados”.
1 de abril.
Le digo a Edecio que me voy, que voy a dejar las clases del liceo. Me recomienda que se las deje a una señora madre de 2 hijos, que está en mala situación. Le digo que haré lo posible. Después, conversando de todo, le pregunto qué piensa de mí. Yo reconozco, le digo, que soy un anarquista, que no llegó a ser marxista, que dónde eso de una sociedad justa, que en todas partes hay oligarquías, vivos y pendejos, etc. Ededio Mujica, comunista redomado, abogado inculto, lo único que hace es oír. Cuando termino de hablar, me dice: “tú eres un hombre peligroso, políticamente”: “si, yo, sé”, le digo, pero no creo en nada, absolutamente en nada”.
Pienso que Edecio, como todos los comunistas que conozco, considera que lo que yo me merezco es un paredón. Pienso decirle que los comunistas que uno conoce por aquí se creen con el derecho de disponer de las vidas de los hombres a su antojo; me llama Márquez Salas para pedirme un libro de Lawrence, que le tengo.
3 de abril.
Márquez Salas me entrega el prólogo para el libro. Se ablandó cuando le dije que le dedicaba un relato al gobernador de Delta Amacuro y que yo iba de secretario Privado del gobernador.
Vengo de llevarle el retrato a Fuentes y en el Pasaje Humboldt, en un café, veo al Dr. Rodolfo Moleiro y al poeta Paz Castillo que come lechosa. El Dr. Moleiro me llama. Ellos están recordando a Celestino Pereza y a Tosta García. Paz Castillo, que nació en 1893, los conoció a los dos. Moleiro dice que a Pedro Sotillo lo halla flojo. Castillo dice que Pedro Castillo no escribe porque habla mucho. Nos levantamos y entramos a la librería Club del Lector. Ellos compran “San Pablo, de Maritain. Yo compro “Julio César”, de Rex Warner.
4 de abril.
Hoy, en El Nacional, aparece “un foco imaginario a un conservacionista”, por A. Márquez Salas.
Corrijo gran parte de las pruebas del libro. Muchos errores y saltos. El diario de la Tarde dice que Domingo Alberto Rangel y el poeta Muñoz están por la rectificación de la línea violenta. Américo Martín y S. Sáez Mérida los llama renegados y traidores.
Goulart en Uruguay. Brigola encabeza la resistencia. El enano Salcedo Bastardo viaja por ahora a Brasil. Yo leo a Rex Warner. Me impacienta por viajar a Tucupita. Me acuesto temprano.
5 de abril.
Pienso que en el mundo se debe vivir sin escrúpulos. Y pensando en esto me hago planes. Pienso en el libro que va a salir, lo que pueden decir de mí por él. Pienso en que deberé polemizar o que me gustaría polemizar, me pondría en un primer plano, diría cosas, me tiraría gente enemigos encima; los primeros, los comunistas. Si me atacan, pienso que se me abrirían las puertas; aparto dos relatos para llevárselos a Ramón J. Velázquez a El Nacional. Por lo menos eso pienso. Veremos. Pero no dejo de reprocharme mi nerviosismo, mi inquietud por actuar de prisa. No me conviene, pero ¿cómo hago? Seguiré así. No sé qué ventajas tenga pero alguna ventaja debo tener. Veremos.
6 de abril.
Mi gran teoría, por ahora es hacer ruido, única manera sería la prensa y no tengo prensa, amigos, posibilidades que me ayuden. Meto en el maletín dos relatos: “Esa oscura desbandada”, y “A través de la fría desolación oscura”. Con el objeto de dárselos a Ramón J. Velásquez… para ver nada más; quien quita… en el Congreso me veo con W. Lo saludo. Me palmea las mejillas. Me dice que vaya el sábado, a las 10, por su casa. Paso por “EL Nacional”. Ramoncito me ve y me saluda. “Argenis”, dice. Le doy los dos relatos. “Léalos”, le digo. “-Si, cómo no, me dice, para la Revista”.
García Morales, como todos los venezolanos, con el temor de algo. No me publica el relato que le dejé para la Revista Nacional de Cultura.
Hacer ruido, hacer ruido, sí, ¿pero cómo? Un libro, en este país, es una cosa muy limitada. Más valen unas simples declaraciones.
8 de abril.
Hoy he hablado con el Dr. Velásquez. Le he puesto los puntos sobre las íes. Está copioso con los relatos que le dejé. Se interesa por mi libro. ¿Cuándo sale?, me pregunta. Cuando entré, me encontré con Felipe Massiani, volví y allí estaba el español Castañón. Ahora vengo yo y me llama de primero. Me invita a visitarle el sábado por la tarde.
11 de abril.
Ayer recibí un radiograma de Martin. Me dice que el lunes nos envía el pasaje. Hoy voy donde Larrazábal. Hablamos en la cocina. Me le pongo a la orden. “-no vengo a pedir sino a ofrecer”. Yo hablo claro. Él me dice que me aprecia. Al despedirme, le digo:
- Unos hacen las cosas jovencitos y otros viejitos… pero el total es hacer las cosas.
- Así es-, me dice.
Por la tarde paso por El Nacional. Carlos Dorante me dice que Ramón J. Velázquez le dice que yo soy un personaje. “-Así como escribe, actúa”. Pero no se atreven a publicar mis trabajos. Yo soy el hombre de las dificultades… para publicar. La gente le gusta lo que escribo, pero nadie me publica nada.
Pero no me cabe la menor duda de que soy el mejor escritor venezolano de mi tiempo.
Debo aprender más y maniobrar, maniobrar, hablar aquí, allá… saber dominarme, aprender a dominarme, esperar, permanecer impasible ante los embates. No olvidar a Julio César: entereza de ánimo. No detenerse, no descansar, pero saber esperar y recoger los frutos a tiempo.
En la revista “Momento”, aparece esta nota: “Un cadáver en la carretera. En una curva de la vía La Costa, a pocos kilómetros de Píritu, el catalán Carrero Ventura fue acribillado a balazos la madrugada del 21 de junio de 1960”.
Este fue el hombre que mató Crescencio. Esto fue lo que nos contó Pablo una mañana en un caney en la montaña. Esto fue lo que yo narré en “Epílogo”. Acompañaban a Iván Darío Barreto (Crescencio) Pablo (Juan Vicente Cabezas) Cruz (Lunar Márquez), Perales (Ángel Eusebio Zuzarini).
Escribo con rapidez, con nerviosismo, creo que como César cuando escribió sus “Comentarios de las guerras de las Galaxias”.
13 de Abril.
Orlando Albornoz, sociólogo, profesor de sociología en la UCV, está parado, guarneciéndose del sol, en la iglesia de Santa Teresa. Lo saludo. Como a todo el mundo, le digo que un libro mío va a aparecer ahora. ¿-El título?, “Entre las Breñas”. ¿Pero los trató bien o mal? No se-, le digo, supongo que no le va a gustar a los guerrilleros. “-Están locos”, me dice. Le pregunto por la Universidad y le digo que he tenido noticias de la falta de memoria que reina en este país. Le digo que lo he oído de los propios labios de Pedro Beroes, de la UCV. Se han mandado críticas “arriba”. Que Rodolfo Quintero tampoco está de acuerdo con la línea que se sigue. Le pregunto qué sabe de eso. Y que piensa de R. Quintero. “-Es un Stalinista, reaccionario. Que a él, particularmente, le dicen revisionista”.
- ¿Y Federico Brito? – Le preguntó.
- Tu sabes que Brito es loco, es todo lo que me dice.
Espera Albonoz a una Mujer allí, en Santa Teresa. Tiene una nariz de pico de águila, bajo, delgado, habla mucho de la ignorancia del país y de un libro de sociología que acaba de publicar y que OBE tiene a la venta y lo dejó esperando.
En El Nacional, en el recibo, se encuentran sentados, esperando al Dr. Velásquez, José Cañizales Márquez, José Salazar Meneses y Hernando Téllez Salazar Meneses tiene en sus manos un artículo sobre La Constitución de la Guerra Federal. Van hablando uno por uno con el Dr. Velásquez. Después entro yo. Le digo que yo lo que pretendo con los relatos, es que se revisen las condiciones que tienen encallejonada la izquierda. Eso está completamente deteriorado, digo, con un empujoncito, qué podría hacer ese relato, ¿terminarían de entender los errores, de estallar? Me dice que es muy interesante. Quedamos en vernos mañana a las 5 de la tarde.
García Morales me paga el relato que le di para la Revista Nacional de Cultura. Bs 300. Que pienso disponer para el papel del libro. Parece que Guillermo Sucre le recomendó publicaran el relato y me pagaran por adelantado.
14 de abril.
Le doy a Fuentes los Bs 300 para el papel. “-El 30 a más tardar sale el libro”, me dice.
A las 4 salgo hacia El Nacional. Llevo este diario. Espero y veo entrar al Embajador de Venezuela en Colombia, Mayor (R)…
Llegan Márquez Salas, Adriano González León, Ramón Castellanos. A mi turno le muestro el diario. Lee la parte correspondiente a la muerte de Crescencio. “Muy bien, dice, esto hay que publicarlo”. Le muestro una parte que corresponde a Márquez Salas. Se ríe ostentosamente…
Esto hay que publicarlo, repite. Usted no debe irse mañana. Veo que se interesa con avidez. Lee por su cuenta algunas otras anotaciones. Después le digo lo que se dicen de él, acerca de él. Le digo que la gente lo estima, lo ve como a un personaje misterioso impenetrable. Le digo que me lo ponderan muy bien. (Al oír esto se r{ie, echándose hacia atrás en su silla). Le hablo con sinceridad: “tú sabes que ese hombre no habla…”, refiriéndose a él, etc. No hay cosa que ablande más a un hombre que la vanidad. La madre entra y dice que si la conversación es muy privada.
No, dice el Dr. Velázquez. Entonces voy a utilizar esta máquina. Se sienta allí, frente a nosotros. Yo hablo ahora en voz baja.
- Vénganse el jueves-, me dice-: Lo espero aquí-. Yo hablo ahora en voz baja.
- Si, doctor- le contesto-: Como Usted ve, este diario es muy distinto al de Pocaterra. Sencillo, directo, sin diatribas, sin discursos, sin insultos.
- ¿Usted piensa publicar esto con ese título? “El testigo”.
- Sí-, le digo.
- El Pocaterra de ahora, usted va a ser el Pocaterra de ahora.
Cuando voy saliendo viene entrando Omar Pérez.
16 de abril.
Son las 9 de la noche. Vengo de hablar con el Dr. Veláquez.
- Hoy asaltaron a Viasa – me dice-. Estoy decidido a publicar el relato. El lunes me busca.
Se interesa por el diario. Me pregunta que si estoy decidido a publicarlo.
Sería tirarse media humanidad encima, le digo, pero sí estoy dispuesto a publicarlo.
18 de abril.
Ayer y hoy trabajando con Fuentes en el libro.
Me he enterado por varias personas que Antonio Márquez Salas anda diciendo: “hay que hacer ruido, como dice Argenis”. Yo le dije a Antonio quien este país, lo que había que hacer ese ruido, con los medios que uno tuviera a su alcance o como pudiera. Yo publiqué una novela, me fui a las guerrillas, me metí en cuanta cosa pudiera hacer ruido, ahora escribo un libro que puede hacer más ruido que todo, en eso confío.
Me dijo que tenía razón y desde ese momento se ha puesto a escribir, primero una serie de artículos sobre conservación y ahora unos relatos que me han ido leyendo.
19 de abril. Domingo.
En “La República”, Díaz Sosa escribe que espera mi segunda novela.
Mi libro no es una novela, pero es casi una novela: “Siete Historias y un Epílogo”.
- “Creo que es mejor seguir escribiendo que trabajar sobre cada palabra, tratando de tornarla en una joya”. lo que opina Ben Hecht sobre el estilo es lo que opino yo. Nunca he trabajado las palabras o las frases,
- “Tenía un amigo que hacia eso. No escribía nada que no considerase como su esfuerzo máximo. Como resultado de ello, su estilo se tornó forzado poco ágil y marchito”, pero no porque no quisiera, sino porque no está en mí el hacerlo. Me conozco en este particular y sé que nunca tendré paciencia para escribir y reescribir. Recuerdo que cuando todavía no había publicado nada, Guedez me decía: “escribe, escribe y no te detengas”.
Me conocían como escritor pero no había publicado nada. Vine a preocuparme cuando Salvador Garmendia publicó su primera novela “Los pequeños Seres”. En el ejemplar que me regaló me puso: “para Argenis Rodríguez, novelista”. Y yo no había publicado nada. Aquella dedicatoria era para mí una sonrisa despectiva en mi propia cara. Me desentendí del libro de Garmendia y sin leerlo hablé mal de él. Siempre sentí odio por ese libro. Era una novela, el género que yo quería trabajar, había crisis de novelistas, yo debía revivir la novela venezolana, andaba herido, malhumorado, me casé el 16 de diciembre de 1959 y la noche del 19 de Septiembre de 1960, bajo el fantasma o el remordimiento de la novela de Garmendia, escribí, sin detenerme, durante 19 días consecutivos, nada más que por publicar o por verme en letras de imprenta, “El Tumulto”.
Aun hoy no he leído “Los Pequeños Seres” la obra de Garmendia. A ella tendré que agradecerle mi afán por escribir o publicar.
20 de abril.
Noticias de que Argelia Laya se fue con su marido Martínez para las guerrillas. Dos tendencias en el campo guerrillero: una, de que se debe seguir combatiendo; otra, de que se debe hacer un trabajo largo, de captación, de penetración, previo.
División tácita: masas y lucha armada. Titubeos en la dirección, nada esclarecedor, descontrol completo.
22 de abril. Se entrega el capitán Manuitt y viaja a Europa.
23 de abril.
Llega de Paris mi amigo Ramón Bravo.
Estoy con Bravo en un bar. Le digo: tú sabes que Bolívar tenía dos edecanes: Ibarra y O´Leary. Cuando a Bolívar le preguntaban cuál era el primero, porque tanto Ibarra como O´Leary se disputaban el primer puesto, Bolívar respondía que los dos tenían derecho al mismo puesto, pero que Ibarra venía a ser el primero. Tu eres Ibarra, le digo a Bravo y lo señalo. El ríe ruidosamente.
24 de abril.
Mi amigo Ramón Bravo es un hombre fácilmente influenciable, razón por la cual no hace nada. Cuando lo conocí tenía yo 18 años y él 19. Ahora contamos 28 y 29. Yo he publicado tres libros, y él, que ha pretendido escribir también, ninguno. Se deja influenciar en todo. Si un cuñado suyo le decía que tenía que hacerle de todo a una prostituta, al otro día andaba con los labios hinchados o infectados, si veía a Calzadilla pintando, se ponía a pintar, si Luis Salazar hacía cine, tenía que hacer cine, si yo escribía, tenía que escribir, si uno leía un libro, él tenía que leerlo; nunca vio dentro de sí, nunca supo, o sabe qué va a hacer.
Ahora anda angustiado. Acaba de llegar de Yugoslavia. Anda con miedo, le da temor no saber si va a quedarse en su país o si se va asentar. Quiere casarse para ver si se asienta. Dice que está loco, no confía en nadie, no cree en nadie, incluso en él, en él es en quien menos cree. Ha viajado por Europa. Cómo vio que los artistas tenían que viajar a París, se propuso viajar a París. Enamoró a una francesa, flaca, antipática, la engatusó, le vendió el carro, hizo que dejara el trabajo y la convenció de que debían irse a París. De allá me escribía, su mujer tenía familiares en la Campagna, estuvo en la Campagna francesa; se metió, eso sí, es un gran metido, para el que no lo conozca, es serio, grave, la cogió por fumar pipa. Dice, así no oiga nada: sí, sí, sí, a todo.
De Francia se fue a la Alemania Oriental, en Alemania, la mujer le cruzó el muro y se regresó; lo empezaron a ver mal en la Alemania. ¿Por qué su compañera había cruzado el muro? Alí Lameda, jefe de los comunistas venezolanos en Alemania, le decía que era muy sospechoso: no leía a Lenin, sino a Zola; no leía a Marx, sino a Balzac. Aquello iba mal. Tuvo que regresarse.
En Caracas trabajó 6 meses en Audiovisual. Volvió a meterse, buscó, la embajada de Yugoslavia que ofrecía becas, pidió una para estudiar cine, se fue, se hizo amigo del embajador Consalvi, duró año y medio allá, visitó Italia. Habla del viaje a 15 kilómetros por hora sobre hielo.
Ahora está aquí, me dice que trae una novela, pero no creo eso; en cambio recuerdo aquel cuento de Pedro Emilio Coll (Opoponax) que trata de un joven que viene de París y que dice que trae cosas, traducciones, etc. y no hace nada, no publica nada, se deja llevar; recuerdo del mismo Pedro Emilio “El diente roto”, recuerdo Reinaldo Solar… me digo que los escritores venezolanos, a pesar de todo, han calibrado muy bien la realidad. Me doy gracias a mi mismo por haberme decidido a tiempo: nací para escribir, me dije, y eso voy a hacer.
Veo a Bravo, sus arrugas hondas, su pelo malo, sus labios gruesos, sus ojos verdes, saltones, su aspecto de negro, pero blanco, totalmente blanco como una rana.
Me da dolor. Yo le habló claro:
- Decídete, escoge una sola cosa y te enfilas por allí.
Él no me oye, piensa en la yugoslava que dejó y que le ofreció venir a reunírsele dentro de cuatro meses. De pronto creo que me odia o me envidia porque he empezado a sonar. Y todo cambia y la amistad queda atrás, las ayudas mutuas.
25 de abril.
Sale la tripa del libro. Foto oscura. Una errata o error: cabezeaba con Z. Asi = “cabezeaba”. No le digo nada a Fuentes. Lo conozco. Es nervioso. Se llevaría las manos a la cabeza me atormentaría.
9 de la noche. Oigo a Chopin veo la tripa del libro. La gente me habla. Hice mal en publicar el libro ahora. Yo oigo. No digo nada. Me entusiasma de pronto. Si, lo publiqué y está bien publicado y ahora el diario.
VAS A ATACAR A TODO EL MUNDO… NO IMPORTA, YO TENGO DERECHO A TODO. SOY UN HOMBRE SUPERIOR. Yo digo como Doskolmikof.
La gente se calla.
26 de Abril.
Yo no creo sino en mí. Por eso a veces me siento desamparado.
Es domingo. Leo a Sófocles. “Electra”. Ahora que el libro que ya va a salir, le falta la portada nada más, me siento aliviado. Escribo lo que llamo “primeras imágenes”. Escribir una autobiografía distinta a todo lo leído. Tengo en mente el título de Pratolini: “Crónica de mi familia”. No seré así, no podrá ser así. Yo tengo mi estilo, mi idea, mi constantemente renovada técnica.
Mis grandes pasiones en la literatura o en la vida han sido: Dostoievski. Thomas Wolfe, F.S. Fitzgerald, E Hemingway, Teodoro Dreiser, Stendhal, Rimbaud.
A quien he admirado más ha sido a Thomas Wolfe. Su vida desastrosa a su monumental obra. No lo leo ahora, pero lo leí tanto que mi espíritu quedó impregnado de su espíritu.
Hemingway me enseñó a escribir. Fui estoico como Dostoievski, pero ahora no lo soy. Faulkner me enseñó la rebeldía.
Me creí un Julián Sorel, me creí un Clide. Me creí un Raskolnikov. Cuando vivía solo, en esas pensiones de mala muerte, salía a la calle, pensando que era como Roskolnikov.
Rimbaud me hizo rebelde, incrédulo. No lo suelto nunca. Fitzgerald, el amor. Nunca he sido grosero; he tenido mejores maestros.
El 18 de marzo de 1957, cuando vivía en el Bloque 7 de El Silencio escribí esta nota sobre Ramón Bravo:
“nos veíamos a menudo a la salida de la librería. Cerraba yo la puerta cuando le veía acercarse, con esa rigidez suya que le hacía parecer respetable. Últimamente cargaba su portafolios que, al sentarse, montaba sobre sus piernas, donde dejaba descansar sus brazos. Veía fijamente con sus lentes como si la persona estuviese a dos metros bajo su estatura, y erguido, su cabeza parecía sobresalir de su camisa impecable, blanca, de cuello duro. Caminábamos hasta la salida del centro y con un ademán que le caracterizó siempre por toda la gente que le conocía, me tomaba por el brazo y me veía desde su propia latitud con un embarazo del cual daba la impresión de no estar muy seguro de sentarle bien. Y él parecía saberlo. Rápidamente apartaba aquella mano del brazo y volvía su cara al frente, hablando con esa cautela como si quisiera corregir a alguien de que ha dicho algo malo y para no afectarle se le atribuye a sí mismo.
Durante tres meses consecutivos pasó buscándome y cuando, por casualidad todavía tenía algo que atender, porque me retardaba algo, se asomaba por la ventana y me gritaba: ¿cuándo nos vemos? Tengo algo que decirte.
Le contestaba que me llamara y acercándome lo saludaba. Teniéndole el brazo. Me golpeaba en el hombro y me preguntaba que hasta cuándo iba a permanecer allí, encerrado. Le contestaba que no sabía, hasta que por alguna necesidad tenía que darle la espalda. Al volverme todavía continuaba esperándome. Y así, una y otra vez, recibí llamadas suyas y continuamos viéndonos a la salida de la librería a pocos minutos antes de que yo cerrara.
29 de abril.
Hoy, por fin, sale el libro. Edición hermosa, portada azul, títulos o letras negras. El Argenis Rodríguez en futuro, largo, delgado. Corro donde el Dr. Velásquez, son las 9 de la noche.
Qué maravilla, exclama se me caen los libros cuando le voy a entregar uno.
Mañana hablamos me dice.
Se lleva los libros debajo del brazo. Va acompañado, no sé con quién. Cuando voy saliendo se me caen los libros de nuevo. El doctor. se acerca para ayudarme y recogerlos.
No, Dr, deje. No se preocupe.
Es la emoción ¿verdad? Si, doctor.
30 de abril.
Voy a El Nacional a decirle al Dr. Velásquez que si alguno de los ejemplares que le di está malo.
No está.
Cuando voy bajando, me lo encuentro subiendo con Burelli Rivas.
Los libros que le di están bien.
- Vamos a ver si sale una nota la próxima semana- me dice.
El libro se ha vendido…