Los falsificadores de la historia que alimentan el discurso de la derecha española (que acá retoman sin originalidad el PAN y los voceros del usurero evasor) parten de un fanatismo religioso, consciente o inconsciente, que justifica, minimiza o de plano niega las atrocidades de la Conquista. Foto Colección Munal
A propósito del sainete protagonizado por una política madrileña y sus aplaudidores mexicanos (el usurero evasor, una alcaldesa de poca monta y los cuatro gobernadores que le quedan al PAN, entre las que destaca la que acoge a agentes de la CIA), se volvieron a poner de moda Hernán Cortés y sus hazañas. Encontré, otra vez, que los falsificadores de la historia de allende y aquende el Atlántico son profundamente ignorantes: no hay uno que trabaje en los archivos ni con fuentes primarias, son panfletistas y mercachifles.
Así que decidí recordar el meollo del asunto: los falsificadores de la historia que alimentan el discurso de la derecha española (que acá retoman sin originalidad el PAN y los voceros del usurero evasor) parten de un fanatismo religioso, consciente o inconsciente, que justifica, minimiza o de plano niega las atrocidades de la Conquista. Guy Rozat muestra que en las fuentes del siglo XVI la cultura mesoamericana es hija del diablo y, por tanto, hay que extirparla. Y los discursos de la derecha actual repiten sin ambages los argumentos de hace 500 años, desde el mismo fanatismo que cree que hay un solo Dios y una sola manera de adorarlo. Esa es la única manera de creer que la civilización occidental liberó o civilizó Mesoamérica (claro, salvaron sus inmortales almas a costa de sus mortales cuerpos). Así que recordemos un clásico.
Acercarnos a fray Toribio de Benavente, “Motolinía” (que en náhuatl significa “humilde” o “pobrecito”), nos permite entender esa idea: por un lado fue, con sus compañeros franciscanos, un destructor de escuelas, códices y templos para extirpar esa religión del diablo y, por otro lado, fue un hombre bueno y generoso, defensor de las comunidades indígenas ante la arbitrariedad y violencia de los españoles. Fray Toribio escribió sobre las plagas que azotaron estas tierras como “castigo divino”, así como bíblicamente 10 plagas azotaron Egipto. Lo importante del texto es que nos muestra las razones por las que entre 1520 y 1600 murieron ocho o nueve de cada 10 indígenas.
La primera plaga fue la epidemia de viruela de 1520: “tan grande enfermedad y pestilencia mortal en toda la tierra, que en algunas provincias morían la mitad de la gente”. La segunda plaga “fue los muchos que murieron en la conquista de esta Nueva España, en especial sobre México… En la primera plaga castigó Dios por la mayor parte a los pobres y pequeños, y en esta segunda hirió Dios a los señores y principales, que son gente de guerra (…) La tercera plaga fue una muy grande hambre que sucedió en siendo ganada México, ca como no pudieron sembrar con las grandes guerras (…) De esta gran hambre murieron muchos de los pobres y que poco pueden”. La cuarta plaga fueron los encomenderos y sus agentes.
“La quinta plaga fue los tributos grandes y servicios que los indios hacían… los tributos eran continuos, para los cumplir vendían los hijos y las tierras a los mercaderes, y faltando de cumplir el tributo, hartos murieron por ello, unos a tormentos, otros en prisiones, de las cuales salían tales que muchos morían, porque los trataban bestialmente, y los tenían en menos estima que a sus bestias y caballos, y no sin causa esta plaga se puede comparar a la quinta de Egipto.”
“La sexta plaga fue las minas del oro, que demás de los tributos y servicios de los pueblos a los españoles encomendados, luego comenzaron a buscar minas, que los indios que hasta hoy en ellas han muerto no se podría contar; y fue el oro de esta tierra, como otro becerro por Dios adorado, ansí en las islas como en la tierra firme y de otros más devotos (de los) que los reyes magos porque desde Castilla lo vienen a adorar. La plaga que a esta responde fue la quinta con que Dios hirió a los egipcianos, en la cual Moysén echó la ceniza en alto, y derramada por el aire salieron heridas y plagas”. “La séptima plaga fue la edificación de la gran ciudad de México”, pero este tema me lo reservo para otro artículo.
“La octava plaga fue los esclavos que se hicieron para echar en las minas: fue tanta la priesa que los primeros años dieron a hacer esclavos, que de todas partes entraban en México grandes manadas como de ovejas para echarlos el hierro (…) La nona plaga fue el servicio de las minas, a las cuales de sesenta y setenta leguas y aún más los indios cargados iban con mantenimientos e la comida que para sí mismos llevaban a unos se les acababa en llegando a las minas (…) o se morían allá en las minas o por el camino; otros volvían tales que no podían escapar”. Me ahorro la décima plaga.
El colapso de la civilización mesoamericana y la muerte de ocho o nueve de cada 10 de sus habitantes aparece en todas las fuentes del siglo XVI y no solo en Motolinía (o en Bartolomé de las Casas, a quien odian los hispanchistas): Bernardino de Sahagún, Jerónimo de Mendieta, Diego Durán, Alonso de Zorita, Alonso de la Veracruz, Diego de Landa, Pedro de Gante, Vasco de Quiroga. Terminemos con una cita de fray Francisco de Aguilar en 1580, sobre el altepemeh que inició la alianza con Cortés: “La provincia de Sempoal, ya dicha, que en el casco de ella se hallaron 20 mil casas, y ahora tiene 20 casas”.
El texto de fray Toribio, aquí:
https://historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/lecturas/T1/ LHMT1_024.pdf