SANT ROZ
En los salvajes vemos los hermosos restos que quedan
de la naturaleza humana, que en los pueblos civilizados
no se manifiesta sino bajo una forma totalmente corrompida.
Chauchetiérre (jesuita)
Apenas Colón pisa tierra comienzan sus plegarias a Dios pidiendo, que le lleve donde hay oro. Aquí es bueno resaltar el aspecto de Colón, que leyendo sus diarios no podemos menos que imaginarlo en grande exaltación, anotándolo todo, escudriñándolo todo, mirando con hondo detalle cuanto está ante sí, cuanto llama su atención. Va de largos mechones que en desorden caen en su frente, Unos ojos vivos, un sonreír que es el preámbulo de alguna sonora carcajada que repentinamente termina en silencio burlón. Hombre de altura mediana, de fornidos miembros y cara pecosa. Con esos ojos garzos vivos, de nariz aguileña, voz graciosa, bien hablado, elocuente y afable, de suave modulación, discreta y grave: La malicia de quien sabe callar cuando conviene y hacerse más bien el tonto; del que calcula muy bien sus pasos antes de tomar una decisión. Hombre organizado, metódico. Es capaz de comunicarse y obtener importante información de aquellos indígenas que se han acercado a las carabelas con asombro y espanto. Les reparte pedazos de escudillas y trozos de vidrio. Acerca hacia sí a uno de aquellos aborígenes, lo palpa cuidadosamente, dice, hablando a sus marineros que están muy bien hechos y que tienen “hermosos cuerpos”. Tomando por la barbilla a uno vio oro en un agujero de la nariz, y que otros llevaban pedazuelos de este metal colgados al cuello. ¡Qué maravilla!
En 13 de octubre comienza el arte de las señas y de las mañas del almirante para hacerse entender. Pregunta y repregunta con esa sonrisa tan piadosa, de gente habituada a la rebatiña de los mercados: “¿dónde hay más de esto?”, “¿de qué lo hacéis?”. “¿cómo lo traen hasta aquí?”, “¿quién lo recoge?” Ha llegado a sacar en claro que existe un rey que posee muchos vasos de oro, mucho, mucho, mucho. “Trabajé que fuesen allá, y después vide que no entendían en la idea”.
El Almirante se ha retirado de un pobre indígena al que palpaba, se sienta debajo de una palmera y va discurriendo que mañana debe ir más hacia el Sudeste, donde según los “indios” hay muchas piedras preciosas y oro. Se asombra de que aquellos pobres hombres “lo que tienen lo dan por cualquier cosa que se les den”. Esta loco el Almirante por llegar a la isla de Cipango. Así que no sabe si ponerse a buscar oro o permanecer un tiempo averiguando de dónde consiguen tan preciado metal.
El 14 de octubre se detiene a contemplar un pedazo de tierra donde, según él, puede hacerse una fortaleza; luego cae en la cuenta de que no es necesario, pues aquella gente es demasiado simple en armas, pues toman las espadas por el filo. El señor Almirante ya está pensando en sojuzgar, aunque de momento no ve la necesidad, son tan simples. Añade que bastan cincuenta hombres para tenerlos “todos sojuzgados y los hará hacer todo lo que quisiere”. Al respecto certifica más adelante a los reyes que diez hombres (quiere decir españoles) son capaces de hacer huir a diez mil indios, y agrega: “cobardes y medrosos son que ni traen armas, salvo unas varas, y en el cabo de ellas un palillo agudo tostado”.
Estos informes, que sin duda corrieron por la Corte española (y entre mercenarios y hombres de negocios y soldados ociosos, criminales y bajos, que los había mucho), habría de dar una idea absurda y bestial, sobre la cual se echarían luego las bases de una moral provechosa y desposeída de toda consideración humana.
El día 15 visitó otra isla. Se ponía el sol, y el Almirante bajó para saber si había oro, por allí por donde le habían dicho los indios que había mucho. Ya creía entender la palabra “mucho”. A esta isla la llamó Santa María de La Concepción, para ver si la Virgen le iluminaba sus pasos. Necesitaba harta luz y entendimiento para penetrar las oscuridades y pensamientos (si los había) de aquellos nativos.
Diez horas más tarde, con buen viento pasó a otra isla, en la que le habían dicho algunos aborígenes de San Salvador, existía “muy mucho oro y que lo traen en las manillas y a las piernas y a las orejas y la nariz y al pescuezo”. Vio muchas islas en su recorrido pero había tanto “fondo” que no se podía anclar. Islas muy verdes, fértiles y de aires muy dulces; “puede haber muchas cosas que yo no sé, porque no me quiero detener por calar y andar muchas islas para fallar oro. Y pues éstas dan así estas señas que los trae en los brazos y a las piernas, y es oro porque les amostré algunos pedazos del que yo tengo, no puedo errar con la ayuda de Nuestro Señor que yo no le falle adonde nace” .
No podía esperarse de esta gente sereno juicio ni paciencia alguna para estudiar el carácter de los indios. A Colón sólo le interesa ver en ellos, cuando se les acercan, si llevan pendientes y de qué material están hechos; qué es lo que les cuelga del pecho, de los brazos, de las narices. Por qué miran hacia el este, por qué señalan cuando les pregunta “dónde lo guarda”, hacia el cielo, qué significado tiene eso.
Un tanto fastidiado, el 16 partió de la isla Santa María de la Concepción a otra, que bautizó la Fernandina. Tuvo determinado el Almirante rodearla porque según pudo entender, en ella o cerca, hay una mina de oro. “Agora escribiendo esto, di la vela con el viento Sur para pujar a rodear toda la isla, y trabajar hasta que halle Samoet, que es la isla o ciudad adonde es el oro, que así lo dicen todos…” El día miércoles 17 salió a rodear la isla. Llevaba un cargamento de indios en la nave que le hacía señas hacia Samoet, a donde está el oro. Algunos bajaron en un maravilloso puerto, y al caminar un poco, encontraron “casas muy barridas y limpias y sus camas y paramentos de cosas que son como redes de algodón”. Volvieron los marineros a la nave y el Almirante les preguntó lo que habían visto. Ellos le contestaron que había perros mastines y branchetes, y encontraron uno que tenía algo en la nariz de oro, que sería más o menos la mitad de un castellano y en el cual vieron letras. El Almirante les riñó “porque no se lo resgataron y dieron cuanto pedía”.
El día 18, pasaron recorriendo la costa, y no encontraron las fulanas minas. El Almirante andaba con el olfato fino oliendo cuanto le llevaban sus marineros. Tal vez por el olfato se podía descubrir la ruta por donde andaban los indios con sus secretos. Pero era preciso hacer un buen reconocimiento, y el 19 siguieron navegando hasta otra isla que llamó Isabela. Ya había cumplido con los Reyes y lo anotó.
En Isabel, que él no sabe ni le interesa como la llaman los aborígenes, le da por pensar que en esta isla sí puede encontrarse el rey que tiene mucho oro. Este día, en pocas líneas, menciona la palabra oro cuatro veces. Pero sigue sin encontrar rastro, sin entender las señas de los indios.
El 20 leva anclas y navega al Nordeste y al Este, pero debe regresar por lo malo del tiempo. Decide comer en tierra el día 21 y hacer una mejor inspección del lugar. Pide a sus hombres que no toquen ni un alfiler de los indios para que se mosqueen. Ni un minuto se le quita de la cabeza la figura de un rey que tiene mucho oro y que sin duda debe estar muy cerca. A lo mejor es Cipango por donde anda, y que esa es la expresión que los indios le mencionan insistentemente.
El 22, dice que pasó toda la noche aguardando a que el rey de allí u otras personas le llevaran oro “o otra cosa de sustancia.” Vino mucha gente. “Algunos de ellos traían algunos pedazos de oro colgados a la nariz, el cual de buena gana daban por un cascabel… y por cuentas de vidrio”. El don Quijote marino entra en su oratorio, se hinca de rodillas y convidando a los circundantes, dice: “Demos gracias a Nuestro Señor, que de descubrir tantos bienes nos hizo dignos”. Luego se persigna, y besa el rosario de la enorme cruz que le ha regalado fray Juan Pérez.
Llama la atención la bondad infinita de los naturales de aquellas regiones, que con extraordinaria ingenuidad, entregaban cuanto tenían a los señores “descubridores”, porque ya don Cristóbal y sus marineros están haciendo de las suyas, cambiándoles espejuelos y cuentas de vidrio por trozos de metales preciosos. Ya se escuchan las burlas, las bromas, hacia aquellos desgraciados que en creencia de los europeos son capaces de recibir bagatelas a cambio de oro. En vista de que estos indios eran ignorantes, ellos acrecentaron su mala fe. Luego, cuando los indios descubran que el europeo les traiciona y engaña, querrán defenderse, lo cual será visto por los invasores como una ofensa, como una declaración de guerra; entonces se recurrirá a las peores argucias para someterles al crimen, a la tortura y al despojo más cruel. Fue cuando también “descubrieron” los “descubridores” que aquellos indios eran unos verdaderos “locos”, unos crueles salvajes y que bien merecían que se les tratara como “cobardes”, que todos lo eran. Y puesto que un cobarde para nada sirve, exterminarlos iba a formar parte, entre otras cosas, de la tarea evangelizadora y civilizadora de los “descubridores”.
Mientras los indios veían a los “descubridores” como dioses, por el contrario, éstos los miraban con desprecio, como seres inferiores, como meros animales. En tal sentido Levi-Strauss cataloga esta paradoja como trágica, aunque vale decir que el indígena caía en ella por tener más pureza como humano. Claro era un error catastrófico, porque como se verá más adelante, nadie vive exclusivamente de actos de nobleza. El progreso no se construye por actos de nobleza. Europa no ha forjado su “grandeza” por “su espléndida bondad”. Para los valores actualmente en boga, mejor habría sido que los nativos hubiesen sido feroces exterminadores de “descubridores”, para que entonces se les reconocieran sus derechos, algún respeto humano. Las palabras de algunos europeos son a veces muy bonitas, pero en el fondo bien cínicas, bien monstruosas .
El día 23, despierta el Almirante desesperado por partir hacia la isla de Cipango que no sabe todavía dónde se encuentra, “pues ya veo que aquí no hay mina de oro”. El 24, leva anclas, sale de la Isabela y coge en dirección a Cuba (donde le han dicho los indios que hay gente de gran trato “y había en ella oro y especerías y naos grandes y mercaderes…”).
El día 25, luego de andar varias millas, ve más tierra y son unas siete u ocho islas frente a la supuesta Cipango. Sigue adelante, y el 26, los indios que lleva de baqueanos en la nave le dicen que Cuba está de allí a día y medio, y los indios van hablando algo que el Almirante asocia con oro y perlas. El Almirante no entiende aquella jerga en la que resalta algo como “cúa”, “cúa”. Pregunta el Almirante si cúa tiene algo que ver con las pepitas menudas que andaba buscando, y los indios le repiten: cúa, cúa.
El 27, estuvieron la noche al reparo que llovió mucho. El 28 seguían en demanda de la isla de Cuba. El 29, vieron un río grande y hermoso que lo llamaron Río de Mares. Encontraron perros que jamás ladraban y volvió a pedir el Almirante que nada de lo que vieran tocasen. El 30, salió de Río de Mares y llegó a un cabo de palmas y lo llamó Cabo de Palmas. Los indios que llevaban en la Pinta decían que detrás de aquel cabo había un río y de allí a Cuba sólo mediaba cuatro jornadas. El 31, lo pasaron barloventeando. El 1 de noviembre mandó el Almirante gente a tierra, y vieron cómo los indios huían. Y volvió a dar la orden, como buen comerciante, de que no tomaran nada, “porque supiese que no buscaban salvo oro a que ellos llaman nucay”. Cuando Colón se topa con la descomunal isla de Cuba, sus cálculos le aseguran hallarse en Japón. Aguza su vista al horizonte, recoge ramas y las analiza, oye con fino oído aquellos pájaros muy raros; respira profundo y siente que hay profundidades de extensas tierras a donde ha llegado. Puede que sea tierra firme.
El Almirante no vio gran cosa, sino a uno que lleva un pedazo de plata labrado colgado a la nariz de lo que dedujo “había mucha plata”.
El día 4, el genovés mostró oro y perlas a los indios del lugar y le respondieron algunos, que en cierto lugar llamado Bohío había infinito y “que lo traían al cuello y a las orejas y a los brazos y a las piernas y también perlas”. El día 6, aposentóse en las mejores casas y la gente les tocaba y besaba las manos. El día 12, partió a unas islas que llamaban los indios Babeque y según se “coge mucho oro con candelas de noche en la playa, y después con martillo diz que hacían vergas de ello…”.
Ese mismo 12 de noviembre, dice que sin duda en aquellas tierras hay grandísimas sumas de oro, y que cavan el oro y los lugareños lo llevan en el pescuezo, orejas, brazos y piernas y son manillas muy gruesas…”. Todo el diario sigue en este tono y el día 21, cuando Martín Alonso se dirigió al Este en la Pinta, leemos un párrafo, que si no fuera porque ya sabemos algo sobre las teorías antiguas de ciertos metales preciosos, dijéramos que el señor Almirante está más loco que una cabra. Comienzan a sentirse unos calores sofocantes y trata de hallarse una explicación a tan raro hecho. Claro, dice de Bartolomé de Las Casas, que si estuviera cerca de la Florida no haría calor sino frío. Añade: “Y es también manifiesto que en cuarenta y dos grados en ninguna parte de la tierra se cree hacer calor si no fuese por alguna causa de per accidens. Por este calor allí el Almirante dice que padecía, arguye, que en estas Indias y por allí donde andaba debía de haber mucho oro”. Es que entonces el oro estaba asociado a los climas cálidos, creyéndose que era engendrado por el calor, y la plata engendrada por el frío.
No fue Colón el último de los aventureros que llegó a estas tierras ávido de oro y con urgencia de hacerse rico fácilmente. Luego de él siguieron los conquistadores con perros salvajes para destrozar a los indios fugitivos. (¿Fugitivos de qué? Que lo conteste Mario Briceño Iragorri o Arturo Uslar Pietri, dos grandes forjadores de mentiras sobre nuestros antepasados). Llegaron a las Indias enfermos mentales a establecer sus impuestos. Llegaron demonios a imponer la esclavitud, la barbarie y el desorden; la hediondez y la mentira; el crimen y la estupidez legal. Corrían las voces de la penalidad, del pecado, de la herejía, del provecho inmediato, y abusos de una tales Máximas Autoridades; cundieron los revoltosos y los descontentos, se propagó la sífilis y la gonorrea; pelotones enteros de desquiciados que fueron embarcados en Sevilla, que hacia poco cumplían condena por aberrados, por rateros y mendigos; se impuso la encomienda y los repartimientos y los castigos de la mutilación, el incendio, el descuartizamiento y el garrote; prácticas muy comunes en Europa; en fin, cuanto es necesario para afianzar el progreso y la bienhechora civilización. Esa civilización que Eduardo Galeano quería llegara a nosotros por un medio que no fuera la cruel y sádica explotación del hombre por el hombre, lo cual, por cualquier otro camino que escogiesen escogido los europeos habría sido la misma.