Manuel Gragirena
MCM dijo esto: «Sé lo que ustedes están sintiendo: tristeza, rabia, ese malestar tan repetido en nuestra historia porque alguien decida por lo nuestro, en nuestro nombre, sin contar con nosotros…». Hay un video circulando en las redes en donde ella, vestida con un saco ejecutivo rosado sobre una franela gris, no lleva anillos, ni reloj, ni collar; tan solo se le alcanza a ver uno de sus zarcillos de perla en el lóbulo de la oreja derecha, pues sabemos que acostumbra peinarse sosteniendo su cabello detrás de la oreja. La hemos visto; tenemos 25 años soportándola.
Volvemos a percibir el «yo» de la señora. Inicia su videodiscurso expresando inconformidad porque el acuerdo petrolero entre el Gobierno de Venezuela y el Gobierno de los EE. UU. no fue firmado por ella. María está molesta porque Delcy decidió por ella.
Dijo que se tomó unos días para opinar sobre el tema, lo que deja en el aire un olor característico a «yo no fui»… de esos que se escapan sin hacer ruido, pero que enseguida hacen que se miren a la cara quienes comparten algunos metros cúbicos de nuestra atmósfera. ¡Qué vaina! Ahora resulta que ella no sabía nada de los planes de Donald y Marco.
MCM dijo que no sabe quiénes firman, quién pone la plata ni qué le queda al país; o sea, no sabe quién es el secretario de Energía de los EE. UU., ni cómo compran lo que se les da la gana, ni sabe que las cuentas de Venezuela están confiscadas. Sin embargo, sí dice, con un marcado tono de vendedora convincente: «Por supuesto que los EE. UU. son el socio principal que Venezuela necesita…».
Otro que vi medio arrecho por allí fue a Ricardo Hausmann. Ricardo, el laureado profesor de economía, dijo: «Venezuela funciona como una colonia manejada por una cleptocracia de Mar-a-Lago», haciendo referencia directa a la residencia y centro de operaciones políticas de Donald Trump. Llamó al gobierno americano (al de los EE. UU.) abusador, rapaz y ladrón; y denuncia el mecanismo mediante el cual, con una empresa nueva, el Departamento de Defensa de los EE. UU., sin pagar un centavo, se queda con el 55 % de las utilidades de la producción de los mejores campos petroleros de Venezuela, razón por la cual, patrióticamente —sorprendentemente patrióticamente—, proclama: «Llegó la hora de hacer oposición de frente al gobierno de Delcy, llegó la hora de movilizarse y protestar…»; o sea, hay que joder al gobierno abusado y no al abusador.
También tuve que ver una entrevista a Miguel Rodríguez, un economista, exalumno de ocho premios Nobel de economía. Miguelito habló gritao, arrechísimo; me hizo recordar a Andrés Velásquez en sus buenos tiempos. Miguel inicia calificando el acuerdo como «gansteril» y llamó «colonialismo capitalista» a la actuación de Trump y sus vasallos. Llamó a Donald y a Marco bocones y soltó una risa irónica cuando se acordó de María y Edmundo. Miguel criticó duramente a quienes están pidiendo la dolarización de Venezuela, los llamó ignorantes y remata el comentario asegurando que él en seis meses coloca al bolívar en una posición más fuerte que el dólar, pues asegura, con bravura y seguridad, que el dólar es una de las monedas más débiles del mundo, una moneda «floja».
Patrióticamente, Miguel gritó que Venezuela tiene infinitas reservas de petróleo, petróleo liviano, y soltó: «Esto no puede ser, no lo podemos permitir», «nunca visto que sea el mismísimo Pentágono el accionista principal de las empresas beneficiadas por el acuerdo». Y termina con la proclama de que hay que ir a elecciones en Venezuela —supongo que es más fácil cambiar al bombardeado que al bombardeador—. Miguel remata lapidariamente diciendo: «El próximo gobierno de Venezuela debe desconocer este acuerdo y traer a las grandes empresas petroleras».
Me tocó el turno de escuchar a José Toro Hardy, muy recordado alto ejecutivo de aquella PDVSA sublevada entre 2001 y 2002. Arranca diciendo que le falta información para entender el acuerdo, pero basa su crítica en señalar que este beneficia a empresas dispuestas a asumir el riesgo y no a verdaderas petroleras. Sorprendentemente, huyó de la trampa del entrevistador al negarse a criticar a Donald; tampoco denigró del 19 % ni de los campos negociados. Es más, afirmó que Venezuela tiene 800 años de petróleo y que solo se están comprometiendo 25 años.
José comparó el momento actual con la historia de los conflictos en el Medio Oriente, recordando cómo estos «conflictos» —calificativo que evade palabras como intervención, guerra, muerte y destrucción— han favorecido a la Venezuela petrolera, pero evadió la pregunta sobre las regalías que pagaban las empresas durante la Apertura Petrolera. En todo caso, para él la máxima es reingresar a las multinacionales petroleras (majors), entre ellas ExxonMobil, a pesar de las demandas y reclamos, y a pesar de haber sido compensadas varias veces.
Por supuesto que hay muchas otras voces que hay que escuchar y no todas las puedo resumir aquí; así que, entre las seis o siete opiniones más que es necesario considerar y evaluar, está la de Rafael Ramírez, ministro de Petróleo y Minería y presidente de PDVSA entre 2004 y 2014.
Rafael Ramírez conversó por 58 minutos en Efecto Cocuyo. La entrevistadora intentó acorralarlo y el chat estuvo lleno de insultos, pero él logró exponer su postura, orientada básicamente a defender su gestión. Recordó las certificaciones de reservas petroleras del país y rememoró que, cuando aplicaron la Ley Orgánica de Hidrocarburos del año 2001, de las 33 empresas que operaban en Venezuela, 31 aceptaron las condiciones y solo dos se negaron y demandaron: ConocoPhillips y ExxonMobil.
La conversación con Rafael desemboca en su inconformidad por beneficiar a empresas poco calificadas, de las cuales un cuestionado personaje es el propietario. Además, calificó el pacto como el «peor negocio del siglo» y lo tildó de ilegítimo, argumentando que el actual gobierno de Venezuela es transitorio. Para Ramírez el acuerdo es neocolonial pues, según él, le otorga a Estados Unidos el control directo de 65 mil millones de barriles de reserva.
También se le nota mucho resentimiento, pues tilda al «madurismo» —término que acuña con intenciones despectivas— de dilapidar el capital político del chavismo y destruir a PDVSA. Asimismo, al igual que todos los neonacionalistas surgidos en esta última semana —y que me motivan a escribir esta modesta nota—, supone que los actuales gobernantes de Venezuela deben ser sustituidos por otros que hagan respetar la soberanía; y fue particularmente duro con la FANB por no haber respondido al ataque del 3 de enero.
Más que suficiente… Observemos que de los cuatro que he escogido para hilar este artículo, ninguno se acuerda del estrangulamiento aplicado sobre Venezuela una vez eliminado Chávez: la declaración como amenaza, la acusación de narcotraficantes, la sublevación guarimbera, la prohibición de usar el dólar, la imposibilidad de acudir al FMI siendo socio fundador, la confiscación del oro y de cuentas bancarias de la República, la confiscación de CITGO, la extorsión a los gobiernos latinoamericanos que se atrevieron a abogar a favor de Venezuela —al punto de causarles un cambio de régimen por lawfare—, la seducción para que miles de venezolanos salieran del país acogiéndolos como refugiados o perseguidos políticos (TPS) que ahora desconocen y corren.
Otra cosa que siempre aducen es que la industria petrolera requiere de gran tecnología y maquinaria, cosa que no es totalmente cierta. La verdad es que los costos de producción en los campos que están en operación son muy bajos: el petróleo mana, se separa del gas, se almacena y se transporta; es crudo. Y para el caso de los campos nuevos —los greenfields— la inversión es perforar e instalar tuberías, tanques y demás cosas necesarias, y aquí voy a decir algo mío: de verdad, producir (extraer) petróleo es muy fácil, la inversión es tonta en comparación con el beneficio. Démonos cuenta de que no hay transformaciones significativas, son muy pocos los insumos de materia prima y la cantidad de personas realmente necesarias es, objetivamente, muy poca… comparen producir crudo con producir acero o aluminio, por ejemplo, donde la cadena va desde una mina hasta un barco pasando por no menos de diez procesos de transformación. Aquellos que han tenido la oportunidad de ver la bauxita (mineral), la alúmina (un polvo blanco) y un lingote de aluminio saben de lo que estoy hablando, y pueden llegar a decir que extraer y mover petróleo crudo es una pendejada.
Volviendo al punto, no puedo estar alegre por tal acuerdo petrolero, aunque deba aceptarlo. Invertí tiempo para escuchar opiniones de expertos opositores al gobierno, pues la versión oficial la tengo disponible en la ley nueva y su reglamento; así que la opinión de los expertos debería indicarme qué parte de la ley o del reglamento es irrespetada, pero no escuché nada al respecto: todos se limitan a criticar que exista una nueva ley.
Otro aspecto que me llama la atención es que todos actúan y hablan como si el mundo hubiese emergido de la nada el 3 de enero. Nada de eso es recordado, nada de eso es tomado como antecedente al 3 de enero, nada de eso es tomado en cuenta para calificar de entreguista al actual gobierno, interino o encargado. Bueno, al menos hay una ganancia: los cuatro han calificado mal al actual gobierno gringo.
Vuelvo a lo que dijo María, con la que no estoy de acuerdo en absolutamente nada; así ella tenga razón yo no la acepto, así que voy a parafrasear, no a copiar ni a asentir… Sí, todos estamos sintiendo tristeza, rabia, un malestar repetido en nuestra historia, no porque alguien decidió por lo nuestro y en nuestro nombre, sino porque otra vez nos negamos a entender lo que Bolívar escribió un día como hoy en la Carta de Jamaica, donde reflexiona sobre la necesidad imperiosa de la unión y la concentración del poder en la América hispana para poder consolidar la independencia, salir de la anarquía y tener la fuerza suficiente para enfrentar la hostilidad o la indiferencia del resto de las potencias del mundo.
Pocos, muy pocos recordamos a Bolívar cuando renunció a la presidencia en enero de 1830. Dijo: «¡Colombianos! Escuchad mi última voz al terminar mi carrera política; en nombre de la Patria os pido, os ruego que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la Patria y vuestros propios agresores». «Evitad la anarquía, que es el mayor enemigo de la libertad… Prestad al gobierno que elijáis una obediencia ciega, un respeto absoluto; el gobierno es el eje de la unión, el escudo de la patria».
Colombia se dividió en tres, y luego en cuatro cuando surgió Panamá. El siglo XIX de Venezuela fue anárquico, y el siglo XX incoherente y servil; lo que va de nuestro siglo XXI ha sido de aguante ante la arremetida gringa, y el 3 de enero es la prueba incontrovertible.
En lo más íntimo de nuestra venezolanidad, todavía no hemos comprendido la última proclama de Bolívar, pues los «partidos» que pidió detener no son los partidos políticos, sino las posiciones que prefieren destruir la patria a cambio de quedarse con el gobierno.