Esta entrevista al candidato de la izquierda Iván Cepeda, fue realizada por Mateo García Agudelo, de la revista Bocas (del diario El Tiempo, de Colombia, que como bien se sabe pertenece a la prensa hegemónica de derecha) y en la misma, Cepeda cuenta parte de su vida personal y política, lo que sirve para conocer qué piensa y qué se puede esperar de él si tiene la oportunidad de gobernar.
El candidato presidencial que lidera las encuestas tuvo una infancia agitada; sus padres tuvieron que exiliarse en Praga cuando tenía apenas tres años; pasó su adolescencia en Ciudad Kennedy. Estudió filosofía en Bulgaria y recuerda que los líderes comunistas, con la tragedia de Chernóbil, pedían sus alimentos del extranjero para no tener que lidiar con la radiactividad. Y lo desilusionaron. Volvió a Colombia. Vio desde un bus el cuerpo de su padre cuando lo asesinaron. Conoció, por primera vez, a Gustavo Petro a mediados de los años noventa, cuando el hoy presidente estaba exiliado en Bruselas. Esta es la historia de un hombre que dice que siente un rechazo innato a la violencia, adora a sus tres perras y le gustaría no tener tantos guardaespaldas.
Iván Cepeda Castro (Bogotá, 24 de octubre de 1962) no improvisa. Piensa cada palabra antes de hablar. Es considerado un gran orador, pero en esta campaña presidencial ha decidido escribir cada uno de los discursos que luego lee en plaza pública. Se levanta a las 4 de la mañana el día de la manifestación para escribir. Evita que el fervor de las masas lo lleve a hacer promesas que no se cumplirán y que se altere el rigor de su programa político. En esta correría como candidato del Pacto Histórico lleva más de 60 discursos en diferentes regiones del país. Son la base de su plan de gobierno, que tiene más de 433 páginas.

El senador del Pacto Histórico es el líder en intención de voto para llegar a la Casa de Nariño según todas las encuestas que se conocen desde noviembre, luego de imponerse en la consulta interna de la izquierda. Su vida ha sido la política. Es hijo de Manuel Cepeda y Yira Castro, dos reconocidos líderes comunistas que, desde muy niño, en el exilio, según cuenta, le enseñaron el compromiso con la gente y la crítica a la realidad.
A los 3 años llegó a vivir a La Habana y luego se trasladó con sus padres a Praga, en ese entonces Checoslovaquia, en los tiempos de la Cortina de Hierro. Al regresar al país, casi una década después, la familia Cepeda Castro se radicó en Kennedy, en el sur de Bogotá, donde la realidad del barrio, de la mano de las conversaciones en su casa y la imagen del golpe militar a Salvador Allende, lo activaron políticamente. A los 13 años ya era un dirigente estudiantil y miembro de las Juventudes Comunistas. A los 19, luego de la muerte de su madre a causa de una enfermedad incurable, se fue a estudiar filosofía a Bulgaria, donde conoció de primera mano el modelo económico y social por el que lucharon sus papás. Allí vivió de cerca la caída de la URSS y esos ideales con los que creció fueron cambiando y se volvió crítico del sistema. Regresó a Colombia. Se retiró del Partido Comunista, llegó a la Alianza Democrática M-19 y apoyó la candidatura de Bernardo Jaramillo Ossa, el dirigente de la UP, que fue asesinado en 1990 y que no era parte del “ala dura” de la izquierda. Esa decisión, la de unirse con Jaramillo Ossa, le generó varias discusiones con su padre, uno de los principales líderes del Partido Comunista.

Su vida se partió en dos el 9 de agosto de 1994. Ese día, mientras iba en un bus rumbo a la Universidad Javeriana, donde era profesor de filosofía, se encontró con el carro de su padre. En un primer momento pensó que se trataba de un accidente vial. La escena, sin embargo, era el epílogo del asesinato del entonces senador a manos de paramilitares. Ante la falta de garantías judiciales, él mismo emprendió una lucha por conocer la verdad, la cual terminó en una condena contra el Estado. Su trabajo con las víctimas lo llevó al Congreso en el 2010 como representante a la Cámara, y en el 2014, cuando dio el paso al Senado, coincidió con su principal rival político: el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Cepeda es reconocido por su trabajo por la búsqueda de la paz, pero su vida no ha estado libre de polémicas. Se le ha vinculado con la extinta guerrilla de las Farc y en esta campaña presidencial se divulgan con frecuencia sus fotos con Jesús Santrich e Iván Márquez. También volvieron a salir al debate sus menciones en los computadores de Raúl Reyes.
Su vida personal es un enigma. Así lo ha decidido en medio de una vida llena de amenazas con el propósito de proteger a sus seres queridos. Tiene tres perras —Raiza, Mulán y Micala— a las que ama profundamente y considera sus tres más fieles compañeras. No consume noticias con frecuencia, prefiere dedicar ese tiempo a leer y que sus asesores le cuenten lo que se mueve en la prensa. El checo lo olvidó, habla búlgaro y francés, se desenvuelve con el griego y tiene un inglés “rudimentario”.
En esta primera fase de la campaña ha optado por dar pocas entrevistas —esta es una de las pocas conversaciones que ha tenido con la prensa en los últimos meses— y no ha participado en debates. Su objetivo es ganar la Presidencia en primera vuelta.
¿Usted es comunista?
Tuve mis orígenes políticos en el Partido Comunista. Pero el que crea que esos esquemas y etiquetas quieren decir lo que querían decir en las décadas de 1960, 1970, piensa y vive la realidad de una manera anacrónica. Hemos pasado muchas historias en este país, en el mundo. Este país ha tenido desarrollos muy diversos y una persona que tenga un mínimo sentido común y la capacidad de procesar la realidad, pues obviamente no la piensa con esos esquemas. Ahí está toda mi historia política en las últimas cuatro décadas, que muestran que mis discusiones, mis documentos, mis elaboraciones no corresponden a esos esquemas que ya son anacrónicos.
Usted conoció el exilio siendo un niño. A los tres años sus padres tuvieron que dejar el país. Primero llegaron a La Habana y luego a Praga. ¿Qué recuerdos tiene de esa época?
Fue muy temprano, en mi infancia, cuando emprendimos el primer exilio, que fue en el año 1965. Fue, en mi caso, más como una aventura, un hecho, de alguna manera, divertido, sin tener la consciencia de lo que significaba. Pero, obviamente, mis padres estaban en una situación muy difícil. Eso significó no solamente salvar la vida de ellos, sino también emprender un viaje que tuvo lugares y momentos que se cruzaron con hechos históricos importantes.
¿Cómo cuáles?
En Cuba se estaba decidiendo la suerte de la Revolución. También del propio Che Guevara. Esos fueron los años en los que él tomó la decisión de dejar la Revolución e irse a Bolivia. Llegamos a Praga en el momento en el que estaba en ebullición lo que se llamó la revolución de la Primavera, un levantamiento popular contra regímenes del este europeo y del llamado socialismo real.
¿Cuáles son sus recuerdos de infancia en esa época?
Crecí en un hogar que tenía una muy clara impronta política. Las discusiones, las conversaciones políticas en la mesa eran frecuentes. Para mí, en un principio, eran bastante incomprensibles, pero poco a poco fui entendiendo. Recuerdo los allanamientos en nuestra morada. Frecuentemente, con mi hermana, nos tocaba salir a la casa de mi abuela paterna en Popayán, donde ella tenía un negocio que era famoso: Fotografía Vargas. Ella era la dueña y la fotógrafa. Era una mujer de origen afro, que llegó a Popayán y se casó con un notario liberal e hizo su propio emprendimiento. Allá íbamos a dar cuando las cosas en Bogotá subían de temperatura.

Regresaron a Colombia cuando usted tenía 13 años, comenzando la adolescencia. ¿Con qué país se encontró?
Un país muy agitado y convulsionado, a pesar de que se había, de alguna manera, apaciguado la violencia de medio siglo. Había comenzado el conflicto armado. Por supuesto, el hecho que marcó la vida del país en esos años fue el fraude electoral de 1970, la frustración de la Anapo como posibilidad de una alternativa en medio de ese país bipartidista, el estado de sitio. Nosotros estábamos en medio de todo ese huracán por el trabajo periodístico de mis padres. Pero en esa primera etapa no tuve una vinculación política, fue un poquito después, cuando vino el golpe en Chile, que me marcó definitivamente.
¿Cómo lo marcó el golpe a Salvador Allende?
Recuerdo mucho esas escenas, el impacto que tuvo sobre mis padres, sobre todo con mi madre. El conocer un poquito quién era Víctor Jara, la música de esa época, lo que se llamaban las canciones rebeldes, que también tenían sus expresiones aquí. Un poco de ese mundo hippie que venía con todo ese movimiento contra la guerra en Vietnam y la lucha de los derechos civiles en Estados Unidos. Eso, hablando de las influencias externas. Pero acá, en Colombia, ya era estudiante de secundaria y comencé a hacer mi vida política y me metí de lleno en los barrios populares, sobre todo en Kennedy, donde tuve muchos amigos, amigas. Ahí hice mi trabajo como dirigente estudiantil, miembro de la Juventud Comunista (Juco).
Usted tenía unos padres sumamente políticos. ¿Cómo eran las discusiones en el hogar? ¿Cómo era una cena en familia?
En esa época lo que estaba en discusión en términos generales y continentales era la disyuntiva que había en la izquierda de la lucha armada o la lucha política legal. Esa era una discusión permanente.

¿Por qué llegaron a Kennedy después de ese exilio?
En esa época esa parte de la ciudad estaba siendo desarrollada y había proyectos urbanísticos de una relativa comodidad para ser pagados por el Instituto de Crédito Territorial. Mi padre y mi madre compraron al fin una vivienda propia, modesta.
Estudió en el Externado Nacional Camilo Torres y en el Politec, ¿todavía tiene amigos de la época de colegio?
Sí, claro. Con algunos compartí incluso mis estudios universitarios. Fui más que un estudiante común y corriente que va al colegio y regresa y se pone a hacer las tareas. Yo era un muchacho que salía del colegio a irme a los barrios y a la actividad política.
En esa época tan agitada, donde ya las guerrillas venían tomando fuerza y usted estaba muy activo políticamente, ¿en algún momento intentaron reclutarlo?
Probablemente en algún momento alguien me lo sugirió. Era parte de una cultura que se daba en todas partes, las universidades, los colegios. Pero yo, rápidamente, entendí que lo mío nunca iba a ser eso por una especie de rechazo innato a la violencia física y a la violencia en general, que tenía que ver con lo que yo había visto, que era la violencia en contra de mucha gente de la izquierda. En la labor periodística de mi padre yo tuve contacto con muchas realidades de esas. Desde ese momento comencé a marcar distancia.
Le pregunto por su madre. ¿Cuál fue la enseñanza más grande que ella le dejó?
Básicamente diría que su manera de aproximarse críticamente a la realidad. Ella era una persona que no concedía aceptar o adaptarse, asumir algo sin cuestionarlo, sin examinarlo, sin preguntarse por qué, por qué eso está bien, por qué eso está mal, por qué a alguien que ostenta autoridad hay que seguirlo. Nada de eso era natural. Y, obviamente, eso me lo inculcó rápidamente. Era una actitud permanente. Se daban por sentadas cosas y uno llegaba a hablar con ella e inmediatamente eran cuestionadas: Iván, ¿por qué piensas así? ¿Por qué dices eso? ¿De dónde sacas eso? ¿Ya has pensado bien? ¿Por qué quieres hacer o no tal cosa? ¿Qué quieres ser tú?

Ella murió el 9 de julio de 1981 de un tumor cerebral. ¿Cuál es su último recuerdo con su madre?
Fue el día de la despedida en el hospital cuando falleció. Tuvo una enfermedad terminal. Llegó después de meses de intentar curarla en el extranjero. Llegó y al día siguiente falleció. En ese hospital fueron nuestros últimos momentos.
Luego del bachillerato se va a estudiar Filosofía en Bulgaria. ¿Por qué escogió ese país?
Por la afinidad ideológica de la familia. Había esa posibilidad y me pareció interesante.
¿Cómo era la vida allá?
Era un estudiante universitario en un mundo muy plural, muy diverso porque había gente de muchos países, de África, de Asia, de otros países europeos. Esa era una ciudadela estudiantil cosmopolita. Eso es muy interesante. Es una experiencia que no se puede dar en muchas partes. Todo el tiempo estaba relacionándome con gente de otros países, otras culturas, aprendiendo, visitando, conociendo. Y, por otra parte, la propia sociedad búlgara, una sociedad rural en la que el régimen económico había tenido un desarrollo de la vida social importante. La pobreza se había reducido realmente en un país donde sí había sectores marginales, como, por ejemplo, los gitanos, que eran una etnia muy discriminada. Era un país que tenía una central nuclear, lo cual da idea de qué tan desarrollada estaba esa sociedad.
¿Le parecía bien ese modelo en el que estaba esa sociedad, con la Unión Soviética?
Esos esquemas tan propios de la ideología que teníamos en esa época se fueron desmoronando y destruyendo uno por uno.
¿Por qué? ¿Qué pasó?
A la par de esos desarrollos importantes de la sociedad también había un régimen dictatorial que reprimía, que era totalmente refractario a cualquier crítica, como ocurrió en todos esos países. Los periódicos, por ejemplo, no publicaban malas noticias. Nunca había un accidente aéreo, nunca había una catástrofe natural. Cuando ocurrió el accidente de Chernóbil, que me tocó a mí estando allá, las cosas que supe fueron más por lo que se transmitía en el voz a voz, en las conversaciones, que lo que informaban los medios oficiales. La comida de los dirigentes políticos del Partido Comunista, que tenían una vida privilegiada con relación al resto de la sociedad, eran traídos de afuera descontaminados. El resto de la población sí nos tocó como soportar los efectos. Todo eso me fue generando una consciencia muy crítica, muy distinta con respecto a la que llegué ahí y marcó mi vida en términos de lo que ya me había enseñado mi madre, que era tener una consciencia crítica de la realidad.
Mientras usted estaba en Bulgaria, cayó el muro de Berlín, ¿cómo vivió ese momento histórico?
Fue muy interesante. Alcancé a ver cómo se fue produciendo ese despertar de la sociedad búlgara, de su consciencia y su rebeldía. Participé de alguna manera en ese proceso que se daba también en la universidad, con las discusiones, el impacto que había tenido sobre la juventud las ideas de Mijaíl Gorbachov, las discusiones que estaba provocando lo que ocurría en otros países, el surgimiento de la figura de Václav Havel y de otros. Muchas figuras críticas que terminaron influenciando ese despertar que terminó con la caída estrepitosa del bloque soviético. Yo regresé con ese ánimo.
Regresó a Colombia y decidió apoyar a la Presidencia a Bernardo Jaramillo Ossa, el candidato de la Unión Patriótica (UP). ¿Es cierto que esa decisión no le gustó a su padre?
Cuando regresé, me estrellé con una realidad muy difícil y triste. Estaba en plena ejecución el genocidio contra la Unión Patriótica, un ambiente muy pero muy tenso en el que, por primera vez, comencé a ver escoltas, blindajes, armas en la casa para proteger a mi padre, el asesinato casi cotidiano de gente de la UP, el ambiente de peligro ya sobre mi padre, concretamente, todas sus amenazas en contra e incluso atentados. Entonces, era por una parte la crítica a ese modelo, el reconocimiento de que ya no era lo mismo, ya no era el mismo país ni mi ideología ni mi consciencia de lo que era lo que yo representaba. Ahí vinieron muchos choques y discusiones; el M-19 estaba en pleno proceso de paz, la figura de Carlos Pizarro, las figuras del M-19 surgiendo a la vida política, Gustavo Petro entre ellos, por supuesto, con quien me conocí tempranamente. Todo ese ambiente llevó a que nos fuéramos juntando quienes teníamos realmente una visión muy crítica de muchas cosas, de la tradición soviética, de la búsqueda de una izquierda de una identidad mucho más contextualizada en la historia nacional y la crítica a la violencia armada. Mi posición frente al secuestro, frente a la violencia que desató las Farc no llegó ahora, no es un asunto que comencé a tener a los 50, 60 años. Yo tuve una muy temprana reacción contra eso y hay mucha evidencia. Entre otras cosas, en esa época, era usual visitar Casa Verde, a donde iban muchos intelectuales, políticos, a raíz del proceso que se dio en La Uribe, Meta, que dio lugar al surgimiento de la Unión Patriótica y que poco a poco se desgastó hasta terminar frustrándose.
¿Cómo fueron esas visitas hasta Casa Verde, el centro de mando del Secretariado de las Farc?
Allí tuvimos unas discusiones muy álgidas con Manuel Marulanda, con Jacobo Arenas, con Alfonso Cano, especialmente, y con muchos de ellos. Yo, en esa época, ya era supremamente crítico de todo eso, comenzando por el secuestro.
¿Por qué decidió apoyar a Bernardo Jaramillo?
Bernardo era la figura política juvenil, junto a José Antequera, que representaba mucho ese espíritu que teníamos nosotros. Eran los dirigentes políticos a quienes seguíamos nosotros, a quienes más respetábamos y quienes tenían una visión distinta. Entonces vinieron discusiones muy fuertes. Yo, en ese momento, salí del Partido Comunista y entré a la Alianza Democrática M-19 y en un momento determinado dejé ya esa tradición política. Cuando estábamos, precisamente, en ese proceso, mataron a Bernardo. Fue un golpe demoledor.
¿Cómo sobrellevaron esa época de asesinato tras asesinato de sus compañeros?
Esa era una época de prácticamente golpe tras golpe. Eran citas semanales en los cementerios para ir a enterrar a los dirigentes que asesinaban cada semana. Entre esos crímenes, los tres más graves que a mí particularmente me afectaron directamente, fueron el de mi amigo Leonardo Posada, mi amigo José Antequera y mi amigo Bernardo Jaramillo.
Hablemos de su padre. ¿Cuál fue la enseñanza más grande que él le dejó?
El compromiso con la gente. Mi padre era un hombre totalmente dedicado al servicio de los demás, de la gente más necesitada, de los campesinos, los indígenas. Conocí a mucha gente de las poblaciones que él atendía y estaba muy comprometido, a las que les dedicó su trabajo periodístico y político. Me dejó ese vínculo esencial, de ser absolutamente fiel a esa tradición.
¿Quién era Manuel Cepeda Vargas? ¿Cómo lo define usted?
Era un luchador social comprometido con un cambio político que él entendía de una manera en ese momento, y por el cual no solamente consagró su vida, sino también murió. Sacrificó su vida por ese cambio, y como todos esos dirigentes políticos tenía consciencia de que eso iba a pasar. Me parece la faceta más sobresaliente de toda esa generación, que hizo un compromiso con la lucha civil, desarmada, legal. Mi padre fue un hombre que vivió en la legalidad, no en la ilegalidad, y que terminó siendo asesinado.
¿Usted presentía que lo iban a matar?
No era un presentimiento; era una certeza. Nosotros teníamos la certeza de que iba a ocurrir. Tan era así que él se preparó para eso. Preparó su muerte, preparó el momento en el cual iba a ocurrir eso, sabía casi que prácticamente la semana, el día en que iba a ocurrir y así fue. Hizo todos los preparativos. Fue a ver a mi hermana que estaba todavía en Grecia, conoció a su nieta y cuando regresó, a las pocas semanas, fue asesinado.
Ese 9 de agosto de 1994 usted iba en un bus y se encontró ahí con la escena de su padre recién asesinado…
Nosotros vivíamos juntos. Él cada día me llevaba en el carro que tenía del Partido Comunista que lo transportaba y tenía un conductor y un escolta. Todos los días yo aprovechaba y salía con él para ir a la universidad. En ese momento yo era profesor y, al mismo tiempo, alumno de la Universidad Javeriana. Casualmente, ese día no lo hice. Estaba el bus yendo hacia la universidad y me topé con el vehículo que, yo pensé, había tenido un accidente en un primer momento, pero después, cuando me aproximé, me di cuenta de que había ocurrido el asesinato.
Y empezó usted una lucha por conocer la verdad, a luchar contra la impunidad…
Ese es el camino que ha recorrido tanta gente. Yo me tomé muy en serio la investigación de ese asesinato. No permití que quedara en la impunidad. Creamos una organización para eso y logramos desentrañar cómo ocurrió, quiénes eran los responsables, los militares involucrados, el modus operandi que se utilizó, cómo se planificó. Eso lo fui conociendo a lo largo de años, una labor muy paciente de recopilar pruebas, hablar con testigos, hacer la labor que no hicieron los investigadores judiciales. Muchos años después, en una cárcel de Estados Unidos, hablando con alias Don Berna pude entender mejor cómo se había producido ese atentado, cómo se había planificado, cómo se había tomado esa decisión. No solamente eso, logramos que eso fuera objeto de una condena interamericana, ya que la justicia colombiana no lo hizo.
En el 2002, estando en Francia, a donde tuvo que ir nuevamente exiliado, ganó la Presidencia Álvaro Uribe Vélez. ¿Qué opinión tuvo en ese momento del nuevo presidente de Colombia?
Inicialmente, como todo el país, no se prestó mucha atención hasta que comenzaron a ocurrir hechos. Los atentados en contra de él, sus declaraciones, su personalidad, poco a poco comencé a estudiar quién era. Poco a poco empecé a enterarme y a darme cuenta de lo que representaba, que era una visión de absolutamente extrema derecha, a pesar de que se intentaba envolver o mimetizar como una ideología y un planteamiento democrático. A Uribe le gusta ponerle el apellido democrático a todo, pero en el fondo, cuando uno estudiaba, escuchaba atentamente y veía sus comportamientos, ya iba emergiendo el verdadero personaje: una figura absolutamente caudillista, narcisista, con unos odios, con un proyecto de nación, con una gran capacidad de producir resultados y de ser eficiente, y sus primeras actuaciones ya abiertamente autoritarias desde el comienzo de su gobierno. Para mí, estando en el exilio, fue un impacto ver su intento por legalizar a los paramilitares, es decir, a los asesinos de mi padre, entre ellos el señor Castaño.

Usted ha optado por tener una vida muy discreta. Poco se sabe de su vida personal. ¿Por qué ha optado por eso?
Por las circunstancias del trabajo que hago. Es evidente que cualquier acción, cualquier decisión que uno toma puede afectar a otros, tanto en el entorno familiar como en el laboral, político, de su círculo social. Frente a eso he tomado previsiones, que aprendí desde muy temprano, que eran las mismas que tomaban mis padres con relación a nosotros, a mi hermana y a mí.
A muchos les llama la atención el estilo de sus camisas sin cuello. ¿Por qué las usa y dónde las consigue?
Fueron muchas influencias distintas, pero básicamente en esos mercados artesanales me encontré con ellas, después comencé a diseñarlas y me gustan. Me produce gran rechazo el atuendo clásico de los burócratas y políticos y en general toda esa cultura nuestra de la apariencia, la formalidad, el tener que usar ciertas prendas para poder proyectar una respetabilidad, honorabilidad, autoridad, que es un poco lo que uno ve, que es parte de esa cultura bastante simulada que hay en nuestro país.
Lleva muchos años en una vida entre camionetas blindadas, guardaespaldas, armas, chalecos antibalas. Pero si un día no fuera el senador Iván Cepeda, candidato presidencial, sino un ciudadano común y corriente, ¿qué le gustaría hacer?
Lo que a todo el mundo le gusta.
¿Sacar a las perras a pasear tranquilo?
Sí, estar tranquilo, sosegado, poder leer, disfrutar el tiempo, tener conversaciones inteligentes, estar lo más tranquilo posible y poder descansar, que es algo que no tengo como posibilidad frecuente.
Hay una escena chocante en la historia del país y fue cuando el Congreso aplaudió a los paramilitares. Usted estaba en las barras del Salón Elíptico, con la fotografía de su padre, y terminaron sacándolo. ¿Cómo fue ese momento?
Habíamos ya regresado del exilio y estábamos viendo ese espectáculo realmente grotesco, humillante, ese despliegue absolutamente servil de exaltar a quienes eran unos verdaderos criminales. Eran tan criminales como los criminales que estaban en el Congreso y en el Gobierno que los ensalzaron y querían convertirlos en la imagen del país que querían. Allí, en ese momento, experimenté una situación que se volvió prácticamente para mí en una constante y era el enfrentarse a un poder enorme, de unas dimensiones muy imponentes y peligrosas, con muy pocos recursos y muy poca gente. Era la imagen de David y Goliat. Ese día estaba con mi amiga Lilia Solano y afuera había una manifestación nuestra, de las víctimas, unas 40 personas enfrentadas a 5.000 personas que habían traído los paramilitares desde Córdoba.
En el 2010, luego de años de trabajar con las víctimas, decidió buscar una curul en la Cámara de Representantes. ¿Por qué decidió dar ese paso?
Un poco motivado por la gente con la que trabajaba, también, como en esta oportunidad en esta candidatura, viendo que nuestras denuncias y lo que hacíamos tenían efectos limitados, decidí tomar ese camino. Fue muy sorprendente ver el resultado con tan pocos recursos, sin ningún aparato político detrás.
Y en el 2014 dio el salto al Senado y coincide con el regreso de Álvaro Uribe al Congreso. ¿En esos cuatro años cuál fue el momento de mayor tensión con el expresidente?
Con él ya teníamos una larga historia que había ya generado el proceso y el litigio judicial en que nos vimos envueltos. Cuando llego al Senado, más tiempo se demoró él en entrar a ocupar su curul que yo en pedir inmediatamente el debate. Ese debate fue toda una epopeya, desde cómo se citó, cómo querían impedirlo, cómo hicieron hasta lo imposible para frustrarlo. Ya con Uribe teníamos muchos antecedentes, pero uno que marcó especialmente nuestra relación fue cuando yo era líder del movimiento de víctimas, el primo de Uribe, Mario Uribe, intentó refugiarse en una embajada y allá fuimos a sacarlo con los integrantes del movimiento de víctimas. Hicimos una manifestación al frente de la embajada de Costa Rica. Pensando en cómo íbamos a producir el efecto mediático que queríamos, le llevamos una serenata de mariachis. Terminó produciendo el efecto que queríamos y le tocó salir de la embajada. Esa acción en particular desató la ira de Uribe.
Le pregunto ahora por Gustavo Petro, menciona que se conocieron hace más de 30 años. ¿Qué recuerda de ese Petro que conoció?
Me llamaba mucho la atención su personalidad. Cuando tuve la primera posibilidad de tener mis primeras conversaciones con él fue en alrededor del año 94, 95, porque en esa época él estaba exiliado en Bruselas y yo estaba en Europa denunciando el asesinato de mi padre y ahí una noche terminé en un sitio donde él había llegado. Inmediatamente me impactó su personalidad, un hombre retraído, a primera vista tímido. Pero cuando comenzaba a explicar su pensamiento, su visión de las cosas, cambiaba totalmente. Tenía una pasión enorme y una fuerza de sus ideas y de su intelecto que me impactó muchísimo. Después lo encontré en el Congreso en sus primeras actividades como representante a la Cámara y ahí comenzamos a tener una relación entre intelectual, política y de amistad, diría.
¿Y cómo resume este gobierno de Petro? ¿Qué le gustó y qué no le gustó?
Este ha sido un gobierno de cambio, realmente, de cambio positivo. Ha sido el primer gobierno que ha puesto en el centro del debate y de la vida del país lo social, el bienestar de la gente, la preocupación por los pobres, por la desigualdad social. Lo ha hecho de una manera inteligente, contrario a lo que se esperaba, que era un gobierno de corte chavista y estatista. No, es un gobierno que asumió la realidad del capitalismo productivo, como lo llama Petro, y que desarrolló y ha desarrollado una política económica que ha demostrado, a mi modo de ver, que contrarrestar la pobreza y la desigualdad no es solamente algo que no es contrario a la riqueza y al lucro de unos sectores, sino que también hace parte del desarrollo y del crecimiento económico. Deshizo la contradicción entre equidad y crecimiento económico. Mostró que son caras de una misma moneda. Ese es uno de sus inmensos méritos. Ahora, en lo que a mí concierne, de las cuestiones que he ayudado a hacer en este gobierno se me endilga la paz total. En eso yo tuve un rol de formular un concepto, ya su ejecución es otra historia. Pero más allá de eso, creo haber contribuido en otro campo esencial. Este gobierno logró, y ha logrado, comprar 400.000 hectáreas a los grandes propietarios de tierra y entregárselas a los campesinos. Esa historia comenzó a impulsarse a partir de un acuerdo que yo impulsé junto a José Félix Lafaurie…
Algo que era impensable antes…
Ya que se me quieren buscar responsabilidades en la política del Gobierno, que es muy colectiva en términos de su elaboración, por supuesto que tiene el liderazgo del presidente y sus colaboradores más cercanos. Digo, si hay algún terreno en que yo haya hecho una intervención directa, es en ese. Firmamos un acuerdo que tuvo unos límites con Fedegán, pero permitió vislumbrar que la compra de tierras en una proporción significativa era y ha sido la vida de la reforma agraria y sin expropiar a nadie.

¿En qué momento se le pasó por la cabeza por primera vez que quería ser presidente de Colombia?
No sabría decir el momento exacto, pero más que cruzarse por la cabeza y cultivarlo como un propósito, fue surgiendo como una exigencia y como una responsabilidad más que el desarrollo de un plan o un cálculo. Eso no fue así. Fue, más bien, una labor de convencimiento a la que fui llevado y también de autoconvencimiento. No fue fácil asumir esa decisión.
Usted fue sometido a una cirugía por cáncer en el 2018 y en el 2022 volvió a tener una cirugía por una lesión cancerígena. ¿Cómo está hoy su estado de salud?
Estoy sobrellevando la campaña sin ningún contratiempo. Obviamente esto es un trabajo muy exigente, no solamente desde el punto de vista intelectual, sino físico, porque es un ritmo esclavizante y que tiene muchos momentos también de exigencia anímica y psicológica, de un esfuerzo sostenido. Lo he llevado a cabo en términos exitosos desde el punto de vista de mi salud y de mis fuerzas.
En medio de esta campaña se publican constantemente las fotos suyas con Jesús Santrich e Iván Márquez, que se hicieron en medio de su trabajo en el proceso de paz. También volvió a salir la aparición de su nombre en los computadores de Raúl Reyes. ¿Usted tenía esas comunicaciones con Reyes?
No. Yo a Reyes lo conocí efectivamente en medio de todos esos procesos de discusión, pero no con una solicitud de participar en una acción política. Nada de eso. Lo contrario. Mi posición fue siempre vista con mucho recelo y con mucha animosidad incluso en algunos sectores de las Farc, precisamente porque cuando hice mis discusiones, que fueron públicas, y están documentadas, fueron muy críticas, así que ninguna simpatía, ninguna complicidad. Ningún acercamiento delictivo. Todo lo contrario. Fue una relación muy polémica. Cuando llegué a La Habana en medio del proceso de paz y al rol de facilitador de ese proceso conversado, aprobado y autorizado por el presidente Juan Manuel Santos, lo primero que hubo fue una gran discusión con ellos. Así que no era sencillo ejercer esa facilitación después de una historia de discusiones.
¿Qué haría usted en un eventual gobierno de Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia?
Esa hipótesis no la voy a desarrollar por razones obvias. El gobierno que viene es el nuestro.