Fiorella Falconí, Diario Uno
El pasado 4 de agosto, la flamante presidenta Keiko Fujimori, hija del dictador Alberto Fujimori, llegó a la planta de Coca-Cola en Pucusana y brindó con una gaseosa para celebrar una inversión de US$1.000 millones que Coca-Cola y Arca Continental Lindley realizarán en los próximos años.
La escena podría parecer una celebración y por supuesto. Y, claro, ¿quién estaría en contra de que lleguen millones de dólares al país y se generen puestos de trabajo? El pequeño detalle es que la ceremonia ocurrió en Pucusana, un distrito donde miles de familias todavía esperan tener algo menos ambicioso: agua potable.
También anunció que en tres años Pucusana tendría listo su sistema de agua y alcantarillado mediante Obras por Impuestos, un proyecto de unos US$90 millones. Más de 6 mil familias esperan beneficiarse de esta obra.
Y aquí es donde esta humilde escritora hace los siguientes apuntes:
Mientras los vecinos esperan que algún día el agua llegue por un caño, la planta de Coca-Cola lleva más de una década utilizando agua subterránea. Lindley cuenta con derechos para extraer agua del acuífero de Chilca y sus pozos tienen autorizado un volumen de millones de litros diarios. La empresa sostiene que requiere alrededor de 4,5 millones de litros al día, aunque para saber cuánto extrae habrí.
a que revisar sus registros de bombeo.
No estoy diciendo que Coca-Cola esté robándole el agua a los vecinos. Eso habría que demostrarlo. Tiene licencias, autorizaciones y un Estado que, en teoría, debería fiscalizar que todo funcione como corresponde. El problema va mucho más allá: ¿Cómo puede una planta industrial tener asegurado el acceso a millones de litros de agua mientras parte de la población todavía espera tener acceso al agua potable?
El acuífero de Chilca tampoco está precisamente para brindar con confianza. Desde 1969 existen restricciones para nuevas perforaciones y la Autoridad Nacional del Agua ha advertido que el acuífero ya no tiene margen para aumentar la extracción sin ponerlo en riesgo.
Y mientras tanto, la solución política parece ser sencilla: Coca-Cola invierte mil millones, dona dos millones de litros de agua para las poblaciones afectadas por El Niño y, de paso, ayuda a financiar el agua potable de Pucusana.
Porque en el Perú de la farándula y escándalos podemos esperar tres años por agua potable, pero aparentemente no podemos esperar ni cinco minutos para celebrar una inversión de mil millones de dólares