Colón creyó ir a Cipango (que según Marco Polo se encuentra a 375 leguas del continente asiático)…

EN SANTA MARÍA DE LA RÁBIDA

Y ansí se embarcó en Lisboa y vino a Palos
donde habló con Martín Alonso, piloto muy diestro,
y que había oído decir cómo navegando tras el sol por vía templada,
se hallarían grandes y ricas tierras.
López de Gómara, “Historia General de las Indias”.

España vive un exaltado sentimiento católico, y pobres y ricos quieren imitar la dura y sacrificada vida de los santos. Se aloja Cristóbal Colón en el convento de Santa María de la Rábida, y allí lo reciben frailes muy cultos y verdaderamente creyentes que tienen ciertas aficiones por las cosas del mar. Entre ellos se encuentra fray Juan Pérez y Antonio de Marchena. Al parecer Colón llegó a este lugar en 1486, y de las primeras relaciones con la Corte no obtuvo nada en firme. Sus proposiciones se entregaron a una comisión que tardó cinco años en evaluarlas. Juan Pérez había sido confesor de Doña Isabel y seguía teniendo cierto influjo sobre la reina y fue una revelación que lo cambió para siempre, la impresión recibida del conocimiento, de la fe, del entusiasmo del genovés que hablaba de conseguir para Castilla no sólo grandes riquezas sino sobre todo las glorias y las bendiciones del Cielo. Hablaba como un hombre torturado por maravillosas visiones de los beneficios que se obtendrían de la Corte del Gran Khan, de los ricos parajes que había “”frente a España”, pues el mundo era esférico y que los profetas de las Sagradas Escrituras lo sabían: por Occidente se podía llegar a oriente; que la distancia podía cubrirse en pocos días de navegación. Se autodenomina embajador de Dios para realizar esta formidable empresa.
Lo que perturba en sumo grado sus ambiciones es esa pretensión de no querer arriesgarse sin pedir privilegios reales. Los españoles han ido a todas partes a luchar por la religión sin reclamar más que ideales, “este perro extranjero lleva años enteros negociando como un fenicio, y pide ganancias, recompensas, antes de arriesgar un maravedí.”
Por influencia de estos amigos frailes, finalmente logra el 17 de abril de 1492, un convenio con la Corte. En este acuerdo se aceptaba que Colón conduciría una expedición hacia el poniente en busca de tierras, que si las encontraba sería nombrado gobernador o virrey de ellas, con el nombramiento de gran Almirante de Castilla, y percibiendo el diez por ciento de los beneficios que se obtuvieran de su comercio.
HACIA LO DESCONOCIDO

Las carabelas de don Cristóbal eran rápidas, de sólida construcción y dóciles al mando. Eran la Niña, la Pinta y la Marigalante, esta última, para que en ella se embarcara Colón, y la rebautizaron después con el nombre de Santa María. Era la abanderada del Almirante, pero era tal el atiborramiento de mercancías y provisiones que la tripulación, de cincuenta y dos hombres, sentíase ahogada y estrecha en los 35 metros de largo. Algunos sostienen que la Santa María desplazaba 100 toneladas y otros aseguraban que 233.
Mucho se ha comentado del carácter de Colón; algunos dicen que no era el adecuado para tratar gente peligrosa y brutal como las que requerían empresas tan inclementes e inciertas: que su tripulación no estaba especializada para tan exigente expedición, sino que iba conformada por tipos ignorantes, pendencieros y que provenían de clases bajas con poca experiencia en el trajín de los mares. Al parecer Colón iba a hacer de capitán, capellán, maestresala, capataz, grumete, piloto, contramaestre, dispensero y veedor.
La soledad, la dureza de la vida en alta mar, el estricto sometimiento al mando de hombres procaces y terribles, la total incomunicación durante mucho tiempo con la sociedad, acabarían por hacer de aquellos seres, individuos capaces de cometer toda clase de iniquidades y tropelías.
Como no llevan una ruta cierta, el Almirante sostiene que va a Cipango (que según Marco Polo se encuentra a 375 leguas del continente asiático). Pero si se conocían las dimensiones de la Tierra y que ésta era redonda, ¿cómo entonces, en cuanto Colón toca en las primeras islas del Caribe sostiene que está muy próximo a Cipango, que según él se encuentra en el Extremo Oriente?
Marco Polo había hecho una descripción de China y otros países que ejerció una gran influencia sobre geógrafos y expedicionarios. Colón poseía una copia de estas indicaciones geográficas donde se presentaba una sugestiva descripción de la isla de Cipango; sobresalen en estas descripciones las impresionantes riquezas en oro que envuelven a sus ciudades. Colón era un hombre que pensaba con la cosmografía de Ptolomeo e imaginaba que el océano cubría una séptima parte de la Tierra. Con la cabeza llena de ideas extrañas sobre los tesoros de David y Salomón, y con las creencias de que las costas occidentales de la tierra que divisaría eran las orientales de la India, se adentra en el mar Tenebroso; mucho menos exactos son sus conceptos sobre las latitudes que le hacen pensar que el sur de China está en Cuba, Centroamérica en la Indochina y la península Malaya, el Quersoneso Áureo en la Veragua. Así y todo aquel hombre va a revolucionar el pensamiento, la ciencia y el “humanismo” del mundo.

La expedición parte el 2 de agosto de 1492, con 90 tripulantes y 30 pasajeros menores entre los que se encontraban los criados. No iba una sola mujer, un sólo fraile, un solo sacerdote, lo que de antemano auguraba pocas tormentas en el interior de los navíos. Hasta este momento, ningún investigador ha podido demostrar que Colón hubiera jamás mandado un barco, ni cuál era realmente su experiencia como navegante. Además, como ya hemos dicho, es casi unánime entre los historiadores que su educación como geógrafo era bastante deficiente. Fue en este sentido muy misterioso, y observa Cecil Jane en una monografía titulada The Objetive of Columbus, que cuanto se conoce de su vida, sobre sus procesos mentales todos fueron siempre confusos. Era de mente activa pero sin educación. No tenía una idea clara de lo que esperaba “descubrir” o conquistar, eran muy vagos sus objetivos y se había lanzado en una misión cuyo objetivo ignoraba. A Colón lo salvó el que no fuera en esencia un científico, ni un hombre que calculaba cada paso que daba. Estaba dominado más por su propia ficción e intuición que por el conocimiento; se creía poseedor de un secreto, del mismo modo como ocurre con los niños que creen hablar con Dios, y en ello radicaba también la gran fuerza de persuasión con que se imponía sobre los demás.
Por cuanto se ha escrito de sus explicaciones dadas a curas y reyes, por sus notas y cartas, se puede colegir que realmente estaba tocado de la cabeza, y sólo por ello pudo llegar más lejos en cuanto a exploraciones se refiere, que todos aquellos sabios que vivían inmersos en bibliotecas y laboratorios, haciendo conjeturas y ensayando teorías sobre la forma de la Tierra. La prueba de esto se explica por la forma cómo los reyes católicos le llegaron a conceder prerrogativas inmensas sobre cuanto encontrara y “descubriese”. Hasta es posible que por salir de este personaje obsesionado por sus ideas (había por otro lado convencido a un grupo de frailes a los cuales doña Isabel tenía gran respeto), acordaran satisfacerle sus caprichos y darle el título de Almirante de las islas y tierra firme que “descubriese” y ganase, y fuera de ellas visorrey y gobernador, y sus hijos sucesores en dichos cargos y oficios y se pudiera titular Don y Almirante, y que sus grandes prerrogativas se trasmitiesen de generación en generación.
Es significativo por otra parte, que la Corona se hubiese mostrado extremadamente tacaña, que no arriesgó fondos del tesoro público ni del capital privado de los reyes, pese a que se hizo insistentemente mención de que la reina vendió sus joyas para entregárselas al aventurero genovés. Esta iba a ser la política del gobierno español durante todo el tiempo de la conquista: los conquistadores se abrirán paso por territorios desconocidos a costa de sus propios capitales, de cuanto robarán a los indígenas y de los sangrientos despojos logrados, pero la Corona jamás pondrá un maravedí. Se conforma ella con poner a Dios y la salvación eterna en los cielos, además del apoyo y la buena fe del Papa, el aliciente más importante para que una empresa colonizadora, explotadora o “descubridora” prospere.
Colón era sumamente raro por las ansias dominantes de su carácter, por llegar a ser respetado, por poseer mucha riqueza y una autoridad absoluta sobre algún territorio con vasallos que trabajen minas de oro. La parte más importante del dinero que se invirtió en la empresa fue reunida por Luis Santángel, tenedor de libros de contabilidad, por medio de un préstamo de los fondos de la Santa Hermandad, además de la ayuda de algunos italianos fanáticos picados por la idea de obtener grandes riquezas en poco tiempo. Y es muy cierto que la expedición se preparó a muy bajo costo. La Santa María la trajo del puerto de Santa María el vizcaíno Juan de la Cosa, quien viajaría en la expedición como patrón de la nave. En cuanto a la Niña y la Pinta que procedían de Palos de Moguer habían sido expropiadas a los vecinos del mismo Palos como castigo “por cosas fechas e cometidas en de servicio nuestro”; dice Cari Ortwin Sauer, que probablemente fue por acciones de contrabando .
Gran parte de la tripulación de la Santa María se hizo con criminales de varias cárceles.
El viernes 3 de agosto, familiares y tripulantes se reúnen a oír la santa misa “que en la iglesia del convento y ante la venerada imagen de Nuestra Señora de los Milagros, va a decir fray Juan Pérez, para impetrar de la Virgen marinera que tendiera su divino manto azul, bordado de estrellas, sobre los frágiles navíos y sus intrépidos tripulantes”.
“…Reciben de rodillas y con lágrimas en los ojos el Cuerpo Divino del Redentor. La bendición del padre guardián cae sobre sus cabezas inclinadas como las lenguas de fuego del Espíritu Santo, sobre los Apóstoles. Con Dios en su pecho, olvidan la codicia y se disponen, más que a enriquecerse con el oro de Cipango y Catay, a cristianizar a los paganos que todavía ignoran el dulcísimo amor de Jesucristo; a morir por difundir su fe, mucho más resplandeciente que las gemas y los metales preciosos; a ganar para su reina y su Dios un inmenso Imperio.”
“Ya no son marineros ambiciosos; ya no son aventureros sedientos de riqueza y gloria; ya no son hombres vulgares de barro pecador; ya no son carne mortal. Al embarcar lentamente en las tres navecillas, entre el silencio impresionante de los viejos, las mujeres y los niños, mudos de dolor porque marchan y de envidia porque se quedan, son mucho más que todo ello: son misioneros, son cruzados, son héroes, son soldados de Cristo, que no van a conquistar un mundo material, sino algo mucho más alto y más hermoso: a llevar la luz del Evangelio a millones de almas ciegas de Dios, tras el misterio del Atlántico.”
“El Almirante, radiante de júbilo, da las últimas órdenes. Ya están todos a bordo. Se vuelve a fray Juan Pérez y le pide una vez más le dé la bendición. El guardián de La Rábida, sonriente, le abraza como un padre a un hijo” .
No deja de causar risa que aquel señor Colón mostrara tanto empeño en llevar la palabra de Cristo, en «salvar» las almas de estas regiones que en verdad no estaban contaminadas por la civilización, ni por el engaño y toda clase de perversos pecados en los que Europa se consumía. No poseían lujo, desconocían el sentido de la propiedad y por tanto del recelo del vecino; practicaban de modo natural lo que tanto esfuerzo le costaba a los que llevaban una vida ascética en los monasterios; eran sencillos, generosos, compartían todo con el prójimo; eran sobrios en el comer y en el dormir; eran gentiles y silenciosos, tolerantes. A tal extremo esto era cierto, que cuando un misionero bautizó a uno de estos indígenas, otro fraile le preguntó: “¿Por qué habéis hecho eso? Llegará al cielo antes que yo y me despachará de allí en cuanto yo aparezca”.

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