Betancourt sostenía: “Con vaselina podemos meterle al pueblo todo Marx y todo Lenin, el odio más vehemente a la propiedad privada…”

JOSÉ SANT ROZ

Estas son palabras textuales de Rómulo Betancourt: “Con vaselina podemos meterle al pueblo todo Marx y todo Lenin, el odio más vehemente a la propiedad privada, el deseo más vivo de actuar y acabar con el régimen capitalista vehemente a la propiedad privada, el deseo más vivo de actuar y acabar con el régimen capitalista sin que para nada usemos la palabra de olor a azufre, comunismo …”.

A inicios de la década de los treinta, Betancourt estaba ferrado a su grupo de Barranquilla (Colombia), y él les aconsejaba que el trabajo debiera ser difundir propaganda revolucionaria y, en cuanto se pudiera, regresar a Venezuela, constituir el núcleo inicial de un partido, frente único de clases explotadas, el cual sería exclusivamente controlado por ellos: los «comunistas». Que la labor sería agitar legalmente a las masas aprovechando esos períodos de luna de miel con las libertades democráticas que se dan casi siempre al derrocamiento de las dictaduras. Luego vendrá la hora de la insurrección, decía: «ya que la experiencia peruana es demasiado significativa para confiarnos a los posibles resultados de una solución electoral […] y llevar hasta sus últimos extremos las grandes cuestiones: anticaudillismo, lucha contra el latifundio, antiimperialismo, jornada máxima de trabajo, salario máximo, etcétera. Ligando las reivindicaciones políticas de orden democrático con las exclusivamente económicas, lograría captarse rápidamente la solidaridad de las masas que la reacción, tascando el freno, tendría que soportarnos y disponerse a librar contra un frente así organizando la batalla decisiva».

Aunque se llame a sí mismo comunista, en verdad que Betancourt no quiere nada con los «monaguillos domesticados de la III Internacional». Considera que si su grupo es derrotado por estos monaguillos, él buscará constituir una fracción comunista de oposición, semejante al sector izquierdista español que conformó Nin, Lacroix, Andrade y otros en el llamado block de los «trostkistas derechistas», en cuyo aspecto máximo debe inevitablemente encontrarse la abolición de la propiedad privada. En Costa Rica, como se sabe, era militante comunista y prácticamente dirigía el periódico de este partido; estaba totalmente en contra de esa línea de la III Internacional, empeñada en subordinar toda lucha a la defensa de Rusia. Consideraba que los camaradas venezolanos estaban dislocados en una guerra de consignas pequeñoburguesas oportunistas. Que el PCV estaba condenado a ser un grupo sectario, de minoría, incapaz de arrastrar a las grandes masas explotadas que nada saben de parlamentarismo, sufragio universal y demás majaderías demo-liberales, simples tapaderas de la democracia burguesa. Insiste a su grupo, que el supremo peligro se encuentra en el yanqui petrolero, que deben darse cuenta del tremendo papel que podría jugar Venezuela, en las relaciones internacionales, manejando con astucia la producción de nuestro oro negro. Le pide a su gente que escriba artículos de guerra concisos, breves, claros, de poca extensión.

Y añade: “Yo creo que nosotros debemos ajustar nuestro lenguaje a nuestros problemas; que emplear una terminología familiar a los proletarios del Occidente culto, pero inaceptable por nuestras peonadas y aun muchos intelectuales simpatizantes del socialismo, pero no familiarizados con esa fraseología de iniciados, es condenarnos a ser incomprendidos; en fin, que tiene toda la razón José Carlos Mariátegui cuando dice: «Nuestro socialismo no puede ser calco copia; tiene que ser creación heroica y nutrirse de nuestra propia realidad y expresarse en nuestro lenguaje».

Antes de regresar a Costa Rica, a mediados de 1933, se detuvo unos pocos días en Cuba. Corría sangre por los barrios de La Habana. Un revolucionario ardoroso y temible, Antonio Guiteras, llevaba a cabo acciones de calle contra el gobierno. La prensa traía revelaciones horrorosas de la manera represiva y brutal como la policía cubana destruía a los izquierdistas. Al periodista venezolano Laguado Jaime, luego de torturarlo lo echaron vivo a los tiburones por una de las esclusas de la Fortaleza de La Cabaña. A diario salía en un pasquín

clandestino que solía repartir Guiteras: ¡Venezolano! ¡Mata a Gómez!

El tirano de turno en la isla servía fielmente a Juan Vicente Gómez y procuraba eliminar a cuantos venezolanos llegasen con planes de invadir a Venezuela. Un día Guiteras anda en busca de Rómulo para proponerle la realización de una acción que condujese al rescate del coronel Carlos Aponte (mano derecha de Guiteras), quien se encuentra convaleciente en un hospital severamente vigilado por la policía, herido luego de haber tenido un lance a tiros con Rafael Simón Urbina. No lo encuentra, no sabe de él.

Con qué ardor los agentes secretos estadounidenses buscaban entonces a Guiteras porque este hablaba de expropiar la Electric Bond, la Cuban Telephone and Telegraph, la United Fruit y los ingenios azucareros. El perro mejor entrenado de estos mandones gringos era el sargento Fulgencio Batista, quien pronto pasaría a ser coronel y jefe del ejército.

En aquellos días, La Habana era un hervidero de revolucionarios venezolanos: llegan clandestinamente los generales Emilio Arévalo Cedeño y Linares Alcántara. Poco después los hermanos Eduardo y Gustavo Machado y más tarde desde Panamá, Hernani Portocarrero. A todas estas, el coronel Aponte ha mejorado de sus heridas. Para completar se anuncia el próximo arribo a la isla de Rufino Blanco Bombona (nunca llegó).

Para un revolucionario de ésta y de todas las épocas, Cuba siempre estuvo en el corazón de todas sus luchas.

Los agentes del servicio secreto norteamericano están enterados que don Emilio (quien hacía poco se encontraba en Nueva York) prepara otra invasión a Venezuela. Rómulo, no se pone en contacto con ninguna de estas personas. Llegan a La Habana también otros venezolanos que habían participado en la toma del puerto de Colón en Panamá, en un intento por derrocar al gobierno instaurado por los yanquis en el istmo.

Pronto corre la chispa de que estos venezolanos planifican una invasión a Puerto Rico para libertarla del colonizador yanqui. Es cuando a las puertas del Hotel Inglaterra, Guiteras mata a dos agentes del FBI que habían sido enviados a la isla con el propósito de asesinar al héroe nicaragüense, general Augusto César Sandino. Todo esto al tiempo que Guiteras organiza una invasión contra Rafael Leonidas Trujillo.

La Habana parecía una ciudad sitiada: todas las noches sonaban las metrallas, estallaban petardos y aparecían soplones reventados en algunas alcantarillas. A principios del siglo XX, los revolucionarios más intrépidos y temidos en Latinoamérica seguían siendo los venezolanos.

Con esta gente Guiteras se sentía seguro. ¿Quién en aquella constelación de hombres valientes, podía imaginarse que un personaje como Betancourt algún día iba a tomarles la delantera, y hacerse con la Presidencia en Venezuela? La única manera de entenderlo, con aquella estampa y pose de Rómulo, era si éste terminaba traicionando a su país y entregándose en cuerpo y alma a defender los intereses norteamericanos.

Entre 1929 y 1933, en la dictadura del general Gerardo Machado, Cuba logra una cifra récord de presos políticos en América Latina: unos 5 mil, algo realmente espantoso y de delirio paranoico.

Cuando Guiteras conoció la trama golpista del sargento Batista, lo cogió por el pecho, desprendiéndole las presillas de coronel y lo retó a un lance delante de los miembros del gobierno colegiado. Todos callaban, se hizo un profundo silencio cuando Guiteras le escupió a la cara y le gritó: —¡Arráncate comemierda!, Batista quedó paralizado.

Una vez que esto se le hace a un hombre, hay que matarlo, Guiteras no lo hizo, lo que dos años más tarde le costaría la vida, tanto a él como a Aponte. Fueron ametrallados en El Morrillo, un sector cerca de Matanzas. Trescientos soldados empleó Batista para ejecutar su macabra emboscada, en la que además de Guiteras y Aponte, murieron otros veintiocho revolucionarios.

Rómulo salió angustiado de aquellas matanzas. Tenía pocos lugares para dedicarse a estudiar economía y petróleo. En Honduras gobernaba el bandido Zambrano; y Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana. A Sandino lo matarían poco después en Nicaragua; en El Salvador, el genocida Maximiliano Hernández Martínez actuaba como un formidable sanguinario: en una acción a favor de la United Fruit Company, mató a unos veinticinco mil campesinos. Guatemala gemía bajo la bota (o el culo) del general Jorge Ubico. Todo esto al tiempo que el apóstol Pedro Albizu moría en las entrañas del monstruo, en una prisión de Atlanta.

Encontramos a nuestro personaje de nuevo en Costa Rica, donde no hay necesidad de jugarse la vida. Se afilia al Partido Comunista, en el que se respira un romanticismo ideológico, nada de conflictos sociales, nada de luchas, sino pamplinas retóricas. En realidad, como Betancourt se la pasaba mucho tiempo en la Universidad Popular de la Confederación de Trabajadores, hizo buenas migas con algunos marxistas y procuró aprender de ellos la praxis revolucionaria que en el futuro no le hiciera quedar mal ante personajes como Guiteras.

También entró más seriamente en su relación con la maestra (y camarada) Carmen Valverde Zeledón, en cuya casa comía casi todos los días, y quien le ayudaba económicamente.

Betancourt la estaba pasando muy bien en Costa Rica; dejó de escribir con aquel fervor incendiario de Barranquilla y le envolvió una atmósfera de relajante placidez, tanto en lo político como en lo espiritual. Transcurría su exilio dorado de modo idílico, apartado de todo, sin el acicate de tener que justificar con escritos su existencia.

Asistía como oyente a la Escuela de Derecho, tomaba notas y discutía. Esta Escuela contaba con 120 alumnos y en una encuesta que allí se hizo figuraron diez comunistas, entre los cuales se encontraba Rómulo.

Una época en que pensó montar un negocito, una pulpería, una tienda, dedicarse a su familia únicamente. Pasó meses en una especie de abulia o anestesia moral, sin otro interés que leer cuentos y mirar las nubes. De vez en cuando, cuando tenía noticias de sus camaradas venezolanos, se le alborotaba un poco el gusanillo de la política. Lentamente se fue poniendo al día en lo relativo al hervidero de la cazuela del Caribe; inició el debate por correspondencia; empezó a leer sobre asuntos de las Constituciones latinoamericanas, a pensar nuevamente en proyectos insurreccionales, a considerar una revolución total que volcara el continente de extremo a extremo. Otra vez sintió que no podía vivir ausente de los procesos que bullían en el Caribe, en Venezuela, y sin que sus amigos envueltos en esos procesos se acordaran de él.

Entre los puntos más debatidos por los comunistas costarricenses estaba el asunto de si se debía o no participar en las elecciones. Resulta curioso que quien habría de ser el más fanático defensor de las elecciones directas, universales y secretas en Venezuela (que le obligó, según él, a dar un golpe de Estado contra Isaías Medina Angarita), mantuviese firmemente la misma tesis de su camarada Manuel Mora, en cuanto a que el Partido Comunista no debía ser un partido electorero sino revolucionario.

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