Por Txema García, Naiz.eus
Hay algo profundamente obsceno en esta nueva fauna digital de gurús financieros, criptopredicadores y vendedores de «libertad económica» que coloniza las redes sociales como una marea de neón, testosterona y humo. Basta con pasar unos minutos por TikTok, Instagram o YouTube o los reels de Facebook para tropezar con el mismo ritual repetido hasta el agotamiento: un coche de lujo alquilado, un reloj descomunal brillando bajo focos baratos, un apartamento turístico usado como decorado de éxito y un iluminado de treinta años hablando con la solemnidad de quien acaba de descender del Sinaí con las tablas sagradas del Nasdaq bajo el brazo. Todos prometen exactamente lo mismo: escapar del sistema, dejar de ser un esclavo, ganar dinero mientras duermes, convertir mil euros en un imperio y alcanzar una especie de redención económica instantánea gracias al trading, las criptomonedas, el dropshipping o cualquier otro sucedáneo financiero envuelto en lenguaje motivacional.
Lo verdaderamente inquietante no es que existan charlatanes; los ha habido siempre. Lo perturbador es el ecosistema moral que ha convertido a estos vendedores de humo en figuras aspiracionales para millones de personas exhaustas. Porque detrás de toda esta pornografía del éxito no hay una sociedad sana que busca prosperar, sino una sociedad aterrorizada. Una generación que sabe que probablemente jamás accederá a una vivienda digna, que enlaza trabajos precarios mientras contempla cómo los salarios se evaporan ante el precio del alquiler y cómo el futuro se estrecha hasta parecer el pasillo de una prisión. Y es precisamente en ese agotamiento colectivo donde prosperan estos mercaderes de la fantasía financiera. No captan millonarios. Captan desesperados.
El capitalismo contemporáneo ha perfeccionado una operación psicológica extraordinaria: ha conseguido transformar la angustia económica en un mercado. Ya no basta con explotarte en el trabajo; ahora también quieren monetizar tu ansiedad, tu sensación de fracaso y tu miedo al descenso social. Por eso estos discursos funcionan tan bien. Porque no venden simplemente dinero. Venden alivio, pertenencia, la sensación de que todavía existe una puerta secreta para escapar del naufragio general. Y lo hacen utilizando una retórica casi religiosa en la que el éxito económico se presenta como una prueba moral. El rico ya no es alguien afortunado, privilegiado o incluso despiadado; el rico es alguien «despierto», alguien con «mentalidad ganadora», alguien que ha sabido «arriesgar». El pobre, en cambio, aparece como culpable de su propia pobreza, como un ser mentalmente defectuoso que no madruga lo suficiente, que no invierte, que no se esfuerza o que simplemente no desea el éxito con suficiente intensidad.
Ahí reside el veneno más eficaz de toda esta maquinaria ideológica. Se trata de borrar cualquier análisis estructural de la realidad para sustituirlo por una psicología de autoayuda neoliberal. Desaparecen los fondos buitre, la especulación inmobiliaria, la concentración obscena de riqueza o la precarización sistemática del trabajo. Desaparecen los salarios de miseria y las jornadas extenuantes. Desaparece incluso la evidencia matemática de que no puede existir una sociedad compuesta únicamente por ganadores financieros. Todo queda reducido a un problema de actitud individual. Si no triunfas, es porque no has sabido convertirte en una marca, en un tiburón, en un depredador eficiente dentro de esta jungla financiera convertida en espectáculo.
Y mientras tanto, internet se llena de iluminados que predican la libertad desde coches financiados y áticos alquilados por horas para grabar vídeos de treinta segundos. Lo más grotesco es que muchos de estos supuestos genios de las finanzas no parecen haberse enriquecido invirtiendo, sino vendiendo cursos para enseñar a otros cómo enriquecerse invirtiendo. Son buscadores de oro que han descubierto que el verdadero negocio no está en encontrar la mina, sino en vender mapas falsos a quienes todavía creen en ella. Ahí es donde el fenómeno adquiere una dimensión casi obscena: la promesa de emancipación económica acaba funcionando como un sistema de extracción permanente de dinero y esperanza sobre personas vulnerables que buscan desesperadamente una salida.
Todo este ecosistema comparte, además, una característica profundamente tóxica: el desprecio absoluto hacia cualquier forma de vida ordinaria. Tener un empleo normal, trabajar ocho horas, aspirar a cierta estabilidad o conformarse con una existencia sencilla empieza a presentarse como una humillación. El trabajador ya no aparece como alguien digno, sino como un fracasado que no ha sabido «hackear el sistema». La codicia deja de verse como un vicio para convertirse en una virtud pública, casi heroica. La especulación sustituye al esfuerzo productivo y la obsesión por «generar ingresos pasivos» acaba revelando una sociedad que ha perdido completamente la noción de comunidad y de sentido colectivo.
Lo más siniestro de todo es que esta ideología logra disfrazarse de rebeldía. Hablan constantemente de escapar del sistema mientras reproducen sus valores más brutales. Se presentan como antisistema mientras glorifican la acumulación compulsiva, el individualismo salvaje y la adoración enfermiza del dinero. Son, en realidad, los mejores discípulos del capitalismo contemporáneo, porque han interiorizado hasta el extremo su lógica más cruel: convertir toda experiencia humana en mercancía. El tiempo debe monetizarse. El cuerpo debe monetizarse. Las relaciones personales deben monetizarse. Incluso el descanso acaba percibiéndose como una pérdida de productividad.
El algoritmo, por supuesto, es el gran sacerdote de esta nueva religión. Sabe perfectamente cuándo estás cansado de tu trabajo, cuándo sientes que no avanzas, cuándo temes convertirte en un perdedor social. Y justo entonces aparece otro vídeo de un veinteañero bronceado explicándote que la libertad está a solo tres inversiones, dos criptomonedas y una «mentalidad adecuada» de distancia. El algoritmo ya no solo distribuye contenido: administra frustraciones colectivas y las convierte en consumo compulsivo de fantasías económicas.
Tal vez por eso esta epidemia de gurús financieros resulta mucho más peligrosa de lo que parece. No se trata únicamente de estafas más o menos ridículas ni de charlatanes extravagantes. Se trata de una cultura entera que está enseñando a millones de personas a mirar el mundo como un casino gigantesco en el que cada relación humana, cada minuto y cada emoción deben transformarse en rentabilidad. Una sociedad así no produce ciudadanos; produce jugadores. Produce individuos permanentemente ansiosos, incapaces de distinguir entre prosperidad y codicia, entre libertad y depredación.
En este contexto, resulta difícil no interpelar también a quienes, desde posiciones políticas progresistas o de izquierda, deberían haber comprendido, ya que este fenómeno no es una simple deriva cultural inocente ni una colección de excesos individuales en redes sociales. Lo que está en juego es un ecosistema entero de captación emocional y económica que opera dentro de la legalidad vigente, pero que erosiona silenciosamente la capacidad crítica de amplios sectores sociales, especialmente jóvenes y clases precarizadas. No basta con denunciar sus efectos cuando ya han producido daño; hace falta una pedagogía pública sostenida, sistemática y creíble que explique cómo funcionan estos mecanismos de seducción financiera, cómo se construyen estas promesas de riqueza instantánea y por qué reproducen, bajo una estética de libertad individual, las formas más clásicas de extracción y desigualdad. Esa tarea no puede quedar en manos del azar educativo de las redes ni de iniciativas aisladas, porque el vacío lo ocupan otros con mucha más potencia narrativa y recursos: precisamente aquellos que convierten la ansiedad en negocio. Y mientras no exista una estrategia cultural y formativa a la altura de este desafío, el terreno seguirá siendo fértil para que estos discursos se presenten como sentido común económico en lugar de lo que realmente son: una sofisticada industria de la frustración.
Y quizá convenga recordar algo elemental que el ruido constante de estos telepredicadores digitales intenta ocultar: el dinero fácil siempre ha sido el cebo favorito de los embaucadores. Siempre. Desde los curanderos medievales hasta las burbujas financieras, desde los vendedores de elixires milagrosos hasta las plataformas de apuestas online, el mecanismo psicológico apenas ha cambiado. Lo único nuevo es la velocidad con la que ahora circula el engaño y la obscenidad con la que se exhibe. Porque nunca antes había existido una industria tan gigantesca dedicada a transformar la desesperación social en entretenimiento aspiracional.
Y quizá ese sea el retrato más exacto de nuestro tiempo: una multitud exhausta mirando vídeos de millonarios de alquiler mientras el sistema que los empobrece les susurra al oído que, con suficiente fe y hambre, algún día ellos también podrán sentarse en la mesa del casino.