Este viernes los ciudadanos de Springfield, Ohio, están convocados a una vigilia para recordar a Pierre Damas Bel, un joven haitiano de 20 años que según su familia murió por suicidio el lunes tras lanzarse a la autopista interestatal 70. Un camión tráiler lo atropelló y la muerte fue instantánea. El suceso, que el gobernador de Ohio, Mike DeWine, calificó como “una tragedia horrible, verdaderamente horrible” ha conmocionado al país.
No hay manera de saber a ciencia cierta las razones que le llevaron a tomar una decisión así, pero su familia, amigos y declaraciones de él mismo apuntan en la misma dirección: la inhumana política migratoria del Gobierno de Donald Trump. La actitud de Bel cambió desde que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) le colocó una tobillera electrónica para monitorear con GPS sus movimientos, lo que le supuso el acoso de sus compañeros.
“Después de que a mi hijo le colocaran este monitor de tobillo, sintió que lo trataban como a un animal”, relató su padre, Pierres Ronal Bel, de 40 años, en una declaración que fue leída por el pastor Carl Ruby.
El joven también expresó la dramática situación que estaba viviendo y el trastorno emocional que le estaba causando el grillete. “Vine a este país para cursar mis estudios. No vine aquí para cometer un delito ni para hacer daño a nadie”, escribió en su cuenta de Instagram a finales de julio. “Sin embargo, ahora camino por las calles de Estados Unidos con un monitor GPS en la pierna, cargando con una sensación de vergüenza y humillación que jamás imaginé que viviría”, publicó con una foto de su pierna luciendo la tobillera.
La muerte de Bel ha puesto de manifiesto las consecuencias que supone llevar en el cuerpo un artefacto que causa dolencias físicas, marginación social y trastornos psicológicos. “Estos dispositivos causan daños realmente significativos a la salud mental. Las personas reportan un deterioro muy marcado en su calidad de vida y en sus ganas de salir, socializar y realizar las actividades que antes disfrutaban”, afirma a EL PAÍS Lauren Hodges, abogada sénior de Amica. Esta organización de defensa de los derechos de los migrantes presentó una demanda en junio contra el Gobierno de Trump por el uso indiscriminado de los monitores de GPS, que en las embarazadas son muñequeras en lugar de tobilleras. En el momento de la demanda, unas 50.000 personas llevaban el monitor.
“La gente percibe un fuerte estigma en la comunidad; existe la idea de que llevar estos dispositivos implica haber hecho algo malo o haber cometido un delito. Muchas de las personas con las que hablamos trabajan, cuidan niños; son individuos que, antes de tener que usar estos monitores, disfrutaban asistiendo a la iglesia y pasando tiempo con amigos. Ahora sienten que la comunidad los percibe de manera distinta, lo que les hace evitar salir en público y les impide llevar una vida normal”, explica.
El uso de esta herramienta no es nuevo; las Administraciones anteriores ya lo empleaban. La diferencia desde que Trump regresó a la Casa Blanca y comenzó su cruzada contra la inmigración es que el ICE no evalúa cada caso individualmente. La función de la herramienta, según las autoridades, es forzar a las personas indocumentadas a que acudan a sus citas con inmigración, pero los críticos consideran innecesario y un atentado contra la libertad ubicar a una persona las 24 horas. La diferencia con la actual Administración es que, si antes se reservaban para casos concretos que se estudiaban individualmente, ahora la agencia migratoria los usa indiscriminadamente. Bel, un estudiante ejemplar, que cumplía con los trámites migratorios de solicitud de asilo, es un ejemplo de ello.
Bel era el mayor de tres hermanos, y su familia lo describe como un joven inteligente y responsable. Llegó a Estados Unidos en 2024, huyendo de la violencia de Haití, para unirse con ellos, que habían ingresado dos años antes. Tenía en proceso una solicitud de asilo. Se graduó con honores en su escuela de secundaria, era un destacado atleta y formaba parte del Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva Juveniles (JROTC). Bel había comenzado recientemente su primer semestre en la Universidad Estatal de Wright, en Dayton, con una beca, y su sueño era estudiar medicina.
Su padre afirmó que todo iba bien hasta que le colocaron la tobillera y su vida cambió. Bel realizó dos visitas por separado a las oficinas del ICE para rogar a los agentes que le retiraran el dispositivo, ya que este interfería con su actividad deportiva y le causaba una profunda vergüenza ante sus compañeros. El joven se quejó a su padre de que el viernes pasado el instructor de su clase de JROTC entregó a los estudiantes sus uniformes, pero no le dio uno a él por llevar la tobillera.
En su declaración, Pierres Ronal Bel, contó que el día del trágico desenlace su hijo le escribió. “Me llamó por videollamada a las 8:03. Me dijo ‘no me siento bien mentalmente debido al acoso’, y le dije que viniera a casa para que pudiéramos hablar. Tenía que llevar a mi hijo menor a la escuela, así que lo llevé. Cuando regresé, alrededor de las 11.00, la policía se presentó en mi puerta para informarme que él se había arrojado debajo de un camión”, relató el padre.
Los participantes en la demanda colectiva de Amica señalan también el daño físico que les supone llevar las tobilleras, que son pesadas, dolorosas y se calientan. En algunos casos han sufrido infecciones y, en general, dificultan caminar, agacharse y realizar las tareas cotidianas. Pero el daño psicológico es aún mayor, sobre todo en personas que arrastran traumas “especialmente aquellas que solicitan asilo o que han sobrevivido a la trata de personas o a la violencia doméstica. Los grilletes electrónicos son realmente un recordatorio de ese trauma; hacen que se sientan vigiladas y controladas, y han tenido un efecto verdaderamente terrible en ellas”, matiza Hodges.
El ICE no respondió a las preguntas de EL PAÍS sobre la muerte de Bel, pero en un comunicado publicó que “el ICE no hace comentarios sobre la causa del fallecimiento mientras la investigación está en curso, y no especularemos sobre afirmaciones no verificadas relativas a otras personas. Nadie está obligado a permanecer ilegalmente en los Estados Unidos. Los inmigrantes indocumentados tienen una opción legal y voluntaria: pueden autodeportarse”.
Primer golpe, el fin del TPS
La política migratoria de Trump ya había golpeado a la familia de Bel al eliminar el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los haitianos, una decisión que respaldó el Tribunal Supremo en junio. El joven fue uno de los cientos de haitianos que fueron llamados ante el ICE tras la decisión de cancelar el programa que les permitía residir y trabajar legalmente en Estados Unidos.
La terminación del TPS, que se concede a los ciudadanos de países que sufren una situación de emergencia por violencia, desastres naturales o guerras, forma parte de la campaña de deportaciones de Trump. Las circunstancias que llevaron a los 350.000 haitianos que se ven afectados a huir de su país y buscar refugio en EE UU, sin embargo, no han cambiado. Haití continúa dominado por las pandillas criminales y la violencia es generalizada, por lo que, a pesar de no contar ya con el TPS, la idea de regresar a su país no es una opción para la mayoría.
“Hace un par de semanas, acompañaba a un hombre a su cita con el ICE cuando me dijo: ‘Unas bandas acaban de secuestrar a mi hermano en Haití’. Le pregunté cómo estaba, y él respondió que lo habían quemado vivo. No son historias inusuales; las escucho una y otra vez. Por eso sienten un terror absoluto ante la idea de regresar a Haití”, contó el pastor Ruby en una entrevista a la cadena CNN. Ruby expresó el acoso que sufre por parte del Gobierno la comunidad haitiana de Springfield desde que Trump y el vicepresidente, J. D. Vance lanzaron acusaciones falsas y disparatadas diciendo que los haitianos de Springfield (unos 10.000 de una población de 60.000 habitantes) se comían las mascotas. En cuanto a los monitores de seguimiento, manifestó que el programa “es totalmente innecesario. Los haitianos acuden a sus citas con total constancia; el programa de grilletes en el tobillo está diseñado para deshumanizar a las personas”.