José Sant Roz
A partir del 2000 comencé a tener una sucesión de muertes, con sus correspondientes deplorables resurrecciones. En realidad, venía yo de una gran y larga muerte, con conatos de suspiros y extraños pálpitos. En realidad, había nacido muerto, y se creyó un milagro el permitírseme deambular por campos y pueblos, siendo mi nacimiento, por allá, por la década de los cuarenta, cuando Rómulo Betancourt lanzó su golpe de estado contra Isaías Medina Angarita. Amortajado en vida me conduje como un humano con papeles y certificados en registros y comisarías. Pero no dejaba por ello de ser un intruso, un redomado advenedizo, incluso en mi propia familia, en la escuela, en el trabajo, en la sociedad; era menos que un esclavo porque la esclavitud aunque existía como nunca y funcionaba peor que en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, se nos hizo creer que estaba erradicada oficialmente. Mentrias. Yo, siendo adolescente, era formalmente un esclavo que día tras día era flagelado y coñaceado por eso que llaman agentes del orden, por esbirros, por curas y gringos que actuaban como procónsules en los campos petroleros; en ellos padecí humillaciones y ultrajes, que pese a mi ignorancia en absoluto lograba extinguir o mitigar la horrenda desolación en que me encontraba.
No era yo humano, sino una cosa, con miserables atisbos de conciencia, esa, nuestra pobre y terrible condición; lo cierto es que no estaba preparado para vivir mucho, algunas sentencias se cocinaban contra mí desde antes de nacer como dije; terribles señalamientos, crímenes monstruosos que merecían los peores castigos, con sus correspondientes condenas eternas, con esa prisión perpetua, sellada y certificada en todos los cielos sin nombre.
Era toda aquella condición, de la que se aprovechaban los partidos políticos para decirnos a los esclavos que nos afiliáramos a ellos para algún ser libres, aunque en verdad nadie entendía en qué consistía la libertad, ni para qué servía mientras el país todo era una factoría controlada por los gringos, por los europeos. To afuera resonaba bellos y dulce a los oídos, y peor era creerse en esa ilusiones y sueños, empeños y porfías que no dependían de nadie en esta tierra, en esa creencia de que uno es de un país soberano e independiente, con Constitución propia, con derechos, en una patria a la cual amar y servir.
¡Monsergas!
Entre el 2000 y 2026 sufrí una sucesión de siete grandes muertes, peores que todas las anteriores: la primera fue EL GOLPE DE ABRIL (que a la vez fue la primera muerte de Chávez), la segunda EL PARO PETROLERO, la tercera la aparición del CÁNCER en Chávez, luego lo de su MUERTE, la quinta el Decreto de Obama, la sexta LA PANDEMIA, y… la séptima, la invasión a Venezuela el 3 de enero de este año 2026.
¡Qué es uno sino un andrajoso gran carajo!
Pero sólo me a referiré a la MUERTE de aquel día en el que se anunció que Chávez tenía cáncer. Conmoción interior. Salí ayer a la calle. Imaginando tantos escenarios. Pensando el futuro como algo pasado. Imaginando las calles colmadas de gentes ateridas de desamparo en medio de una cruenta oscuridad: los rostros cuajados de dudas, los ojos secos de tanto llorar, de tanto sufrir.
Como si se presentara un cataclismo. Debacle total.
Imaginé multitudes deambulando por todos los caminos de nuestra tierra, por templos, hospitales y cementerios. Entonces, estos aquellos pequeños seres que habían tomado a la ligera la política, débiles de conciencia, pedían, los vi implorando a Dios, que el Comandante Chávez se salvara.
Vi otro Infierno de Dante en el que ardían aquellos, los llamados ni-ni, el mundo pertinaz de los ambiguos, de los ambivalentes, el de los profesores universitarios que vivían clamando por aumentos de sueldos, el de los manitas blancas, el de la Gente del Petróleo y a la llamada sociedad civil; a las Damas de Negro. Todo eso lo vi entonces hasta en las entrañas…
Muchos de los que hoy entonces eran profundamente descreídos de la revolución bolivariana y que en realidad no sabían por qué razón odiaban a Chávez, los vi en ese Infierno de Dante clamando por la salvación del Comandante.
Queridos hermanos lectores, no podrán ustedes saber nunca, cuán duro fue para mí enterarme de la terrible enfermedad del Comandante. Verdadera tragedia para la humanidad toda. Como nunca en la historia un hombre se nos había vuelto tan necesario. Nadie como él se hizo tan tremendamente esencial para la justicia de los pueblos, para el conocimiento, para la poesía, para la grandeza de la patria. Todos esperábamos que se repusiera y que volviera con su pueblo. Fue duro admitirlo cuando supimos lo inevitable… Cuánto pedimos a Dios para que volviera aquel genio con su inmortal orientación y sabiduría a estar entre nosotros para indicarnos el camino, para salvarnos. Grande y noble alma, mira hoy donde estamos…
Un comentario
Coño José, me has lastimado.
Nos acompañamos en el sentimiento y el dolor.