José Sant Roz
3 de enero de 2026. 2:07 am. Llamada desde Caracas de un compañero que trabaja en el Metro: “-Hola Ramón, te llamo para que sepas que se están produciendo unos movimientos bien raros aquí en Caracas con disparos, helicópteros volando a baja altura, unos relampagazos y tremendos bombazos hacia el sur de la ciudad. Por favor comunícate con tu superior en la región para ver qué debemos hacer, porque podría tratarse de una invasión al país…”.
2:15 am. Garcés busca su Agenda de Combate, y llama a su jefe superior inmediato. No responde. Le deja un mensaje: “-Jefe le agradezco se comunique conmigo lo más pronto posible, se trata de algo que usted debe confirmarnos urgentemente a nuestro pelotón, es muy posible que debamos movilizarnos y hacer un llamado a nuestros cuerpos de Acción Rápida”.
2:20 am: Vuelve a llamar a su jefe superior inmediato. No responde. Entonces llama a al jefe del jefe superior inmediato, violando las reglas de mando. Tampoco contesta.
Garcés ya sabe que están invadiendo a Caracas y otros puntos estratégicos del país.
2:30 am: opta por llamar a un alto oficial que coordina los enlaces de las Milicias en el Occidente del país, y afortunadamente, al fin, cae la llamada: “-Jefe, perdone usted. ¿Está usted en Caracas?”. Responde: “No, Estoy en el Tocuyo”. Garcés: “-Ya se ha enterado de lo que está pasando en Caracas”. Contesta: “-No. No sé absolutamente nada. No me han reportado nada”. Garcés: “Pues, le digo mi Teniente que están invadiendo a nuestra querida patria”. Responde: “¡No me diga esa vaina! ¿Cómo? ¿Quiénes?”. Garcés: “-Ya usted puede meterse en las redes, ya se sabe todo, mi Teniente, revíselo”.
Puede decirse que más del 80 por ciento de los inscritos en la Milicia Bolivariana, aún a las 3 de la mañana, nada sabían de lo que estaba ocurriendo en la capital. Ramón Garcés tomó su fusil y a las 3:47 am, salió a la calle. Tomó su moto y se dirigió al Comando más cercano. Todo estaba tétricamente desolado con algunas avenidas a oscuras, con la agobiante y triste sensación de que únicamente él en Mérida sabía lo que estaba pasando en la capital. Al llegar al Comando vio que todo estaba cerrado, gritó y tocó con una piedra la reja pero nadie le abrió.
Desde hacía tres años, el miliciano Ramón Garcés venía entrenándose con rigor y disciplina, con fervor bolivariano en El Vigía. Se trasladaba cada fin de semana con otros cinco camaradas desde Mérida al centro de entrenamientos Simón Bolívar. Eran Garcés y sus camaradas, parte de los 8.2 millones de milicianos inscritos en todo el país, abarcando más de 15.000 bases populares.
Garcés impartía clases a través del Sistema de Formación Socialista “Simón Rodríguez”, en El Vigía, Ejido, Tabay y Mucuchíes. Conservaba impecablemente todos los cuadernos de Formación Ideológica del PSUV, y podía hasta decirse que se los sabía de memoria, y eran para él de consulta diaria las “Líneas de Chávez”; “El Cuadro, Columna vertebral de la Revolución”, con textos magistrales de El Che Guevara, los cuales repasaba cada mañana como una oración sagrada: “El cuadro es la pieza maestra del motor ideológico que es el Partido Unidos de por la Revolución. Es lo que pudiéramos llamar una pieza dinámica de este motor… Tiene una importante misión de vigilancia para que no se liquide el gran espíritu de la Revolución, para que ésta no se duerma, no disminuya su ritmo”.
5:12 am. Garcés decide recorrer en su moto la Plaza de Milla, la Plaza Bolívar, la sede del PSUV cerca de la Avenida Urdaneta. Todo desolado. Al parecer nadie sabe nada, o a nadie le interesa.
5:30 am. Ve a algunas personas que se dirigen a comprar alimentos porque se comienzan a formar colas frente a El Garzón, abastos y bodegas.
6:05 am: Garcés se entera que la Vicepresidenta Delsy está solicitando una Fe de Vida del Presidente porque no se sabe dónde se encuentra. Regresa a casa y toma el Volumen Nº 1 de Los Cuadernos de Formación Socialista y lee repetidas veces: “Íntimamente ligado al concepto de “cuadro” está el de la capacidad de sacrificio, de demostrar con el propio ejemplo las verdades y consignas de la Revolución. El cuadro, como dirigente político, debe ganarse el respeto de los trabajadores con su acción…”. Se entera que el Presidente ha sido secuestrado por las fuerzas especiales de Estados Unidos. Vuelve insistentemente a llamar a sus mandos superiores y nadie responde.
Garcés revuelve y revisa cientos de papeles que conserva en su pequeña mesa de estudios, y lee unos párrafos que él tiene subrayados en resaltante color amarillo, que eran expresiones del Presidente Maduro: “…La preparación y el entrenamiento masivo de la población es imprescindible ante el clima de terror que pretenden infundirnos bajo el pretexto de operaciones antidroga».
Eran advertencias que los millones de milicianos debían tener muy en cuenta y que él había advertido muchas veces en todas las discusiones de los debates dentro del Partido: “Esos ataques gringos contra supuestas embarcaciones que parten de Venezuela en el Caribe, son parte de una campaña de desinformación, de presión militar y diplomática de Estados Unidos para luego proceder a una invasión armada contra nuestro país. Nosotros los milicianos nos debemos mantener muy alertas para responder de manera inmediata”.
5 de Enero: Garcés comienza a darse cuenta de que casi todos los sitios en las redes oficiales que tratan sobre la Milicia en Venezuela han comenzado a ser desactivados o bloqueados…
Garcés miraba su fusil, siendo él de los mejores entrenados a quien se le confió un arma. Y echado en su cama no dejaba de mirarla. Alguien le llamó para que fuera a comer y respondió que estaba ocupado, que más tarde iría. Estaba raro Ramón. Sólo quería leer manuales de fortificaciones y libros de estrategia, revisó mapas, consultó el libro de “La Guerra Federal” de Jacinto Pérez Arcay, se concentró sobre todo en los trabajos del Che Guevara. En algún momento pensó que habría resistencia o que se produciría una guerra civil. Esperaba que se produjeran grandes reacciones en Caracas, Maracay y Valencia.
Se volvió huraño y silencioso Garcés. Vio cómo gran parte del mundo que tanto había amado se le venía abajo. No podía creer que la gente no cayera en la cuenta de que todos los viejos sueños se habían desmoronado. Sentía en lo más profundo de sí una gran ofensa, una atormentadora humillación. Si él sólo pudiera enfrentarse al mundo. Pensó y salir con su fusil a la calle. Pero contra quien lo dirigiría. ¿A dónde encontrar a los gringos? Luego, pensó que debía cuidarse para cuando volviera realmente la lucha frontal. Debía serenarse y volver a su rutina de ejercicios. Su salud era importante, por lo que no quiso volver a ver el celular, cuando supo que todo había capitulado.
Garcés parecía otro. Decía que no quería ver ni hablar con nadie. Algo había perdido aquel espíritu tan recio, tan solidario y tan noble. Estaba irreconocible. Su fusil seguía siendo su más cara esperanza, y sentía que no desfallecería mientras lo tuviera a su lado…