Al bravucón ya no tiene nadie quien le pare… Está totalmente derrotado, sin estrecho de Ormuz ni Bab el Mandeb… Vean esto…

Primero fue la bravuconería, aderezada con el desconocimiento y la convicción de que la historia de Venezuela podría repetirse en Irán: aquellos primeros bombardeos coordinados con Israel acabaron como ya se sabe, con el estrecho de Ormuz cerrado y el suministro global de petróleo y gas pendiendo de un hilo cada vez más fino. Ahora es la inacción, la falta de respuesta a los avances hutíes —gracias al apoyo militar y la generosa financiación de Teherán— en Bab el Mandeb y la negativa a ayudar a su teórico aliado, Arabia Saudí, a restaurar el orden previo en ese eterno polvorín llamado Yemen. Si antes ya ejercían un control parcial de ese estrecho, con la toma de la isla de Mayun y el puerto de Moca el dominio es casi total.

El resultado de ambas decisiones es inequívoco: el GRAN CERDO NARANJA Donald Trump, ha contribuido a servir en bandeja a Teherán el control de dos pasos marítimos clave para la economía mundial, avivando la inflación, lastrando el crecimiento y ensombreciendo aún más sus ya de por sí lúgubres opciones para que su partido republicano gane las elecciones legislativas del 3 de noviembre. Todo, en poco más de medio año.

Mohamed Bin Salmán llamó a la Casa Blanca hasta en dos ocasiones el jueves pasado, según adelantó Axios, para reclamar una mayor implicación estadounidense frente a los hutíes y las milicias proiraníes en Irak que, con sus ataques, han paralizado el tránsito a través del oleoducto Este-Oeste. Sin éxito: Trump no solo no ha atendido sus ruegos, sino que ha optado por ponerse completamente de perfil. Como si no fuese con él.

Sus propios errores hacen que el republicano tenga las manos atadas en Oriente Próximo. La desastrosa guerra contra Irán, que desencadenó el cierre del estrecho de Ormuz, mantiene cerrado ese cuello de botella, por mucho que él insista en lo contrario. La opinión pública estadounidense demanda una solución y, según las encuestas, se prepara a propinar un duro varapalo al presidente y su partido en las elecciones legislativas dentro de un mes y medio. El alza de los precios de los carburantes, y con ella de todo lo demás, ha precipitado esta semana la primera subida de los tipos de interés desde 2023. El gasto militar en el golfo Pérsico ronda los 40.000 millones de dólares (34.860 millones de euros), según un informe publicado esta semana por la Oficina Presupuestaria del Congreso.

Aunque Trump y su secretario de Defensa, el expresentador de la Fox Pete Hegseth, lo niegan con vehemencia y muchas mayúsculas en sus redes sociales, el brazo auditor del Pentágono ha admitido que los ataques iraníes han provocado una grave escasez de interceptores antimisiles, imprescindibles para repeler un ataque antiaéreo y caros y lentos de producir: un proyectil Patriot cuesta cuatro millones de dólares y reponer los gastados puede requerir un lustro o más. Los expertos apuntan que, aunque Estados Unidos tiene munición suficiente para continuar en este conflicto, podría verse en problemas en caso de que estallara otro en alguno de los puntos sensibles del planeta, por ejemplo en el estrecho de Taiwán.

Señales de premura

Ante el riesgo de que el conflicto se extienda, Trump ha optado por proteger primero sus intereses, aun a costa de responder con cara de póker a las peticiones de ayuda de Riad, uno de sus grandes aliados en el Golfo. Su gran prioridad es encontrar algún tipo de solución al cierre de Ormuz. Y da señales de premura: dice que está cerca de tomar una decisión de gran calado sobre Irán. “Tengo una gran decisión al caer. ¿Quiero ir y aniquilar [al régimen iraní] o no? Es una gran decisión. Conmigo, cualquier cosa puede pasar”.

No es la primera vez en los más de seis meses de guerra que Trump anticipa algún tipo de movimiento decisivo, sin que nada acabe cambiando de manera sustancial. Pero hay indicios de que algo puede estarse moviendo. El sábado abandonó abruptamente Camp David, la residencia presidencial de fin de semana en las montañas de Maryland, para volver a Washington en lugar de pasar allí también el domingo, como tenía previsto, sin explicar el motivo del cambio de planes. El republicano solo se ha desplazado a ese lugar de asueto tres veces este mandato: en una se reunió con su Gabinete. En las dos restantes tomó algún tipo de decisión sobre la guerra, incluido su inicio.

Trump también prevé reunirse el martes con los países del Golfo en los márgenes de la Asamblea General de Naciones Unidas, en un encuentro que puede resultar fundamental para que el republicano decida algún tipo de nueva estrategia.

Mientras, el magnate del ladrillo y los casinos procura un imposible: que los acontecimientos en el mar Rojo le salpiquen lo menos posible. El fin de semana pasado envió una delegación a Mascate (Omán) para reunirse con representantes hutíes, a quienes cataloga de organización terrorista pero con quienes mantiene canales de comunicación abiertos. En ese encuentro, según Reuters, los rebeldes yemeníes garantizaron a Washington que no actuarán contra ninguna de las decenas de barcazas mercantes que cruzan Bab el Mandeb hacia o desde el canal de Suez. Que circunscribirán sus ataques a los buques saudíes, su gran enemigo regional.

La urgencia de Bin Salmán —que, sin el respaldo de Washington y para sorpresa de multitud de observadores, se ha contenido en su respuesta a los hutíes y a las milicias proiraníes en Irak— refleja una realidad palmaria: Arabia Saudí se juega gran parte de su suerte en Bab el Mandeb y, en general, en el mar Rojo. La pausa obligada en el oleoducto, que —en claro contraste con el padecimiento de otros vecinos regionales como Kuwait, Baréin o el propio Irak— le estaba permitiendo salir relativamente airosa del cierre de Ormuz, proyecta una alargada sombra sobre la sala de máquinas de la economía saudí. Pese a los intentos de diversificación, sigue siendo harto dependiente del crudo.

El freno temporal del tránsito a través del ducto Este-Oeste ha llevado a sus exportaciones a cero, si se descuentan las ventas marginales que puedan estar llevando a cabo con cargo a inventarios y lo poco que logran comercializar por Ormuz. El mundo, en fin, cumplió el viernes la primera semana completa sin recibir prácticamente ni un solo barril desde el país que lideraba la tabla global de vendedores. Una situación inédita, no vista siquiera en las crisis petroleras de los setenta. Y que ni Riad, ni Asia, ni Occidente —las refinerías europeas, sin ir más lejos, ya saben por boca del coloso estatal Saudi Aramco que no podrán contar con su crudo en al menos un mes— pueden permitir que se alargue mucho más en el tiempo.

Con Ormuz a merced de la República Islámica, Bab el Mandeb en manos de su aliado en Yemen, el oleoducto saudí cerrado hasta nueva orden y las refinerías rusas fuera de juego por los ataques ucranios, el alto precio de los combustibles fósiles deja a la economía mundial en un trance complicado. El crecimiento aguanta, por ahora, con inusitada resistencia. Pero la imparable escalada en el coste de la vida, que tantos votos le costará al Partido Republicano en noviembre, augura antes o después un parón en el consumo y la inversión. Aún más tras las subidas obligadas de los tipos de interés a ambos lados del Atlántico.

Lejos de responder a la ofensiva hutí o tratar de acelerar la negociación con Teherán para reabrir Ormuz, la respuesta de Trump ha sido pedir a Volodímir Zelenski —a quien humilló públicamente el año pasado en la Casa Blanca— que deje de atacar refinerías rusas dedicadas a la producción de gasóleo, vital para el transporte de mercancías y cuyo precio cabalga en máximos históricos en las gasolineras estadounidenses. Caso omiso, por ahora, en Kiev, que —en más que legítima defensa— ha encontrado en el flanco energético una importante veta de debilidad para el régimen de Vladímir Putin.

Si Ormuz es —¿era?— la salida clave para los hidrocarburos de las petromonarquías del golfo Pérsico, con el control de Bab el Mandeb por parte de los hutíes y el cierre del oleoducto Este-Oeste, los importadores se quedan prácticamente sin suministro procedente de una región que aportaba casi la tercera parte de los carburantes que consume el mundo. Una pérdida formidable que acelera la muy anhelada electrificación del parque móvil y la sustitución de crudo y gas del Golfo por el de otras latitudes, pero tendrá consecuencias. Cerrar los ojos no basta.

 

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