Por Gustavo Burgos. El Porteño
Los prefacios de Marx y Engels al 18 Brumario de Luis Bonaparte ofrecen una advertencia decisiva para la izquierda revolucionaria actual: no basta con anunciar rebeliones inminentes ni con anticipar derrotas desde la comodidad del escepticismo. La tarea sigue siendo comprender la historia viva desde la lucha de clases, para intervenir en ella con independencia política, programa y organización. Estos textos no son simples notas editoriales destinadas a ubicar al lector ante una obra clásica. Son, más bien, una puerta de entrada al método marxista. En ellos, Marx y Engels explican cómo debe leerse un acontecimiento político de enorme significación histórica: el golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. Pero, sobre todo, nos enseñan cómo no debe leerse la política.
Marx polemiza allí contra dos desviaciones. Por un lado, contra la explicación moralista, subjetiva, personalista, que convierte el golpe en obra de un individuo excepcional. Por otro, contra una falsa objetividad histórica que, al presentar el acontecimiento como resultado necesario de un desarrollo anterior, termina transformando la explicación en apología del vencedor. Ambas formas de lectura, aunque opuestas en apariencia, tienen algo en común: borran el análisis concreto de la lucha de clases.
Esta advertencia conserva una extraordinaria actualidad. Al mirar las principales orientaciones presentes en la izquierda revolucionaria de nuestro tiempo, se advierte una oscilación igualmente empobrecedora: de un lado, una izquierda luchista, entusiasta, verbalmente insurreccional, pero prácticamente electoralista; del otro, una izquierda más intelectualizada, seducida por la teoría de las conspiraciones, habituada a vaticinar derrotas y a solazarse en la anticipación escéptica del fracaso.
La primera orientación es hoy dominante. Habla de alzamientos populares a la vuelta de la esquina, anuncia crisis terminales del régimen con la misma facilidad con que prepara la próxima campaña parlamentaria, invoca la rebelión como horizonte inmediato mientras cuenta disciplinadamente los días que faltan para la siguiente elección. Su calendario real no es el de la organización obrera, sino el del Servicio Electoral.
En ella la insurrección funciona como retórica; la elección, como estrategia. La calle es convertida en imagen, en consigna, en gesto de identidad; pero el parlamento sigue siendo el verdadero ordenador de su intervención. Así, la radicalidad se despliega en el lenguaje, mientras la práctica se adapta a los ritmos, límites y permisos de la institucionalidad burguesa.
Cuando esa izquierda no está midiendo correlaciones electorales, suele entregarse a aventuras pacifistas, moralizantes y mediáticas, al estilo Greta Thunberg: acciones simbólicas, performances de denuncia, pequeños rituales de conciencia que sustituyen la construcción material de una fuerza de clase. No se trata de despreciar toda acción de propaganda ni de negar la importancia de las luchas ambientales, juveniles o democráticas. El problema es convertir la protesta moral en reemplazo de una política revolucionaria.
El gesto radical reemplaza entonces al programa. La indignación reemplaza a la organización. La imagen reemplaza a la estrategia. La política se vuelve una sucesión de escenas destinadas a producir efecto, pero incapaces de resolver el problema decisivo: cómo se organiza la clase trabajadora como fuerza independiente frente al Estado, la burguesía, el imperialismo y sus mediaciones reformistas.
Marx ofrece una clave exactamente opuesta. En su prefacio de 1869, al polemizar con Víctor Hugo, señala que este “no ve en él más que un acto de fuerza de un solo individuo”. Y agrega que, al hacerlo, “engrandece a este individuo en vez de empequeñecerlo”, pues le atribuye “un poder personal de iniciativa que no tenía paralelo en la historia universal”. La crítica es precisa: la historia no puede explicarse por la voluntad excepcional de un personaje.
Pero Marx tampoco acepta la explicación que transforma el desarrollo histórico en justificación del resultado. Sobre Proudhon, escribe que este intenta presentar el golpe de Estado como “resultado de un desarrollo histórico anterior”, pero que, entre sus manos, esa construcción “se le convierte en una apología histórica del héroe del golpe de Estado”. Es decir, la explicación histórica deja de ser crítica cuando convierte la derrota en destino.
Frente a ambas desviaciones, Marx formula la tesis central: “Yo, por el contrario, demuestro cómo la lucha de clases creó en Francia las circunstancias y las condiciones que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe”.
Esta frase debería estar escrita en la entrada de toda organización que se reclame revolucionaria. No porque resuelva por sí sola los problemas de la política, sino porque ordena el método. No se trata de negar el papel de los individuos, ni de ignorar las maniobras, ni de subestimar las conspiraciones reales de las clases dominantes. Se trata de comprender por qué determinadas figuras, salidas o formas políticas se vuelven posibles en una coyuntura dada.
Bonaparte no cae del cielo. Tampoco triunfa por genialidad. Su victoria expresa una determinada relación entre clases, fracciones de clase, partidos, ilusiones democráticas, aparato estatal, ejército, burocracia, campesinado y proletariado. El golpe se vuelve posible porque la lucha de clases ha producido una situación en que una “mediocridad grotesca” puede aparecer como solución de orden.
Esta es la lección que la izquierda luchista olvida cuando confunde malestar social con situación revolucionaria. La rabia de las masas es un dato decisivo, pero no basta. La crisis del régimen puede abrir posibilidades, pero no garantiza por sí misma ninguna salida progresiva. La movilización puede estremecer las instituciones, pero si no se transforma en organización independiente, programa de clase y disputa por la dirección, puede ser absorbida, desviada o derrotada.
El entusiasmo vacío es una forma de irresponsabilidad política. Anunciar levantamientos sin preparar las condiciones para que la clase trabajadora intervenga como sujeto consciente no es audacia revolucionaria, sino impresionismo. Peor aún cuando ese discurso convive con una práctica rutinariamente electoral, que convierte cada crisis en insumo para una candidatura, cada lucha en tribuna parlamentaria, cada derrota en argumento para pedir más votos.
En el polo opuesto aparece una segunda orientación: la izquierda escéptica, intelectualizada, conspirativa. Allí no predomina la exaltación del levantamiento inmediato, sino la sospecha permanente. Toda lucha estaría infiltrada antes de comenzar. Toda movilización sería una operación. Toda derrota estaría escrita de antemano. Toda posibilidad política real quedaría anulada por aparatos omnipotentes que manejan la historia desde las sombras.
Esta corriente se siente más seria porque no se entusiasma. Pero su escepticismo no es necesariamente lucidez. Muchas veces es simple impotencia con barniz teórico. Su gesto predilecto es anticipar el fracaso. No para organizar mejor la lucha, no para preparar políticamente a la clase trabajadora, no para denunciar con precisión las maniobras de la burguesía, sino para confirmar su propia distancia frente a todo proceso vivo.
Confunde crítica con abstención. Confunde inteligencia con desencanto. Confunde profundidad con sospecha. Y como siempre prevé la derrota, nunca se responsabiliza de intervenir para modificar sus condiciones. Su superioridad consiste en llegar antes al duelo.
Pero el marxismo no es una teoría de la conspiración. Marx no explica el 2 de diciembre por una camarilla secreta, ni por la omnipotencia de una secta reaccionaria, ni por una manipulación invisible que vuelve inútil toda acción. Lo explica por la dinámica abierta de la lucha de clases. Muestra cómo la burguesía, aterrada ante el proletariado, puede sacrificar sus propias formas parlamentarias para preservar su dominación social; cómo la pequeña burguesía democrática se extravía en frases republicanas; cómo el campesinado parcelario puede servir de base pasiva a una representación reaccionaria; cómo el aparato burocrático-militar puede autonomizarse relativamente para salvar el orden burgués.
Engels, en su prefacio de 1885, destaca precisamente esta potencia del análisis de Marx. Recuerda que el golpe sorprendió “a todo el mundo político como un rayo caído de un cielo sereno”, condenado por unos “con gritos de indignación moral” y aceptado por otros como “tabla salvadora contra la revolución”, pero “contemplado por todos con asombro y por nadie comprendido”. Marx, en cambio, logró explicar “en su concatenación interna toda la marcha de la historia de Francia desde las jornadas de febrero” y reducir “el milagro del 2 de diciembre” a un resultado de esa concatenación.
La palabra clave es comprensión. No indignación pura. No resignación. No sospecha abstracta. Comprensión histórica de la coyuntura. Comprensión de sus contradicciones internas. Comprensión de las clases en presencia. Comprensión de la forma estatal que emerge de una determinada correlación de fuerzas.
Por eso Engels afirma que esa “manera eminente de comprender la historia viva del momento” no tenía igual. La expresión es extraordinaria: historia viva del momento. No historia muerta, ordenada después de la derrota. No teoría convertida en consuelo tardío. No comentario desde la tribuna de los que jamás arriesgan. Historia viva, es decir, proceso en desarrollo, contradictorio, abierto, todavía susceptible de intervención.
Ese es el punto que debe recuperarse. La política revolucionaria no puede vivir de anunciar mecánicamente el próximo estallido ni de explicar anticipadamente por qué será derrotado. Ambas posturas son cómodas. La primera permite sustituir la estrategia por la excitación. La segunda permite sustituir la intervención por el comentario.
Marx y Engels enseñan otra cosa. Engels escribe que “todas las luchas históricas, ya se desarrollen en el terreno político, en el religioso, en el filosófico o en otro terreno ideológico cualquiera, no son, en realidad, más que la expresión más o menos clara de luchas entre clases sociales”. Y añade que la existencia y los choques de esas clases están condicionados por “el grado de desarrollo de su situación económica” y por “el carácter y el modo de su producción y de su cambio”.
Aquí se encuentra la base de toda orientación revolucionaria seria. La política no se comprende desde la superficie de los discursos, ni desde la psicología de los dirigentes, ni desde el secreto absoluto de las conspiraciones, ni desde la mera suma de protestas. Se comprende desde las relaciones sociales que se expresan en esas formas.
También por eso Marx advierte contra las analogías superficiales. Al rechazar el tópico del “cesarismo”, señala que en la antigua Roma la lucha de clases se desarrollaba entre una minoría de libres ricos y libres pobres, mientras la masa productiva esclava permanecía como pedestal pasivo. En cambio, en la sociedad moderna ocurre algo decisivo: “el proletariado romano vivía a costa de la sociedad, mientras que la moderna sociedad vive a costa del proletariado”.
La distinción no es académica. Es una advertencia contra el uso ornamental de las categorías. No basta decir fascismo, bonapartismo, populismo, cesarismo, dictadura, democracia o autoritarismo. Hay que precisar qué clase domina, qué fracciones disputan, qué papel cumple el Estado, qué margen tiene el parlamento, qué lugar ocupa la clase trabajadora, qué función cumplen las burocracias, qué ilusiones sostienen a las masas, qué papel juega el imperialismo.
De lo contrario, las categorías se vuelven consignas vacías. Sirven para inflamar discursos o para producir temor, pero no para orientar la acción.
El comienzo del 18 Brumario condensa esta tensión de manera insuperable: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”. Contra el voluntarismo, Marx recuerda que la historia no se hace a voluntad. Contra el fatalismo, recuerda que los hombres sí hacen su historia.
La política revolucionaria se ubica precisamente en esa tensión. No inventa condiciones inexistentes, pero tampoco se arrodilla ante las condiciones dadas. No decreta insurrecciones por entusiasmo, pero tampoco convierte cada dificultad en destino. No confunde una elección con estrategia, pero tampoco desprecia toda intervención táctica. No se refugia en la conspiración universal, pero tampoco ignora las maniobras reales de las clases dominantes.
Hoy, cuando el capitalismo atraviesa una crisis profunda, cuando los regímenes políticos se endurecen, cuando el progresismo administra la ofensiva patronal y cuando la derecha capitaliza el descontento que la propia izquierda institucional ayudó a desmoralizar, el retorno al método del 18 Brumario no es un ejercicio literario. Es una necesidad política.
La izquierda revolucionaria debe abandonar la doble comodidad que la paraliza: el entusiasmo hueco y el escepticismo autosatisfecho. Debe dejar de anunciar rebeliones como quien anuncia estaciones del año. Debe dejar de contar votos mientras habla de insurrección. Debe dejar de convertir cada gesto pacifista de la pequeña burguesía global en sustituto de la lucha de clases. Pero también debe abandonar el placer sombrío de prever derrotas, la fascinación por los hilos ocultos, la sospecha convertida en sistema, el comentario amargo como reemplazo de la intervención.
La tarea es más difícil y más concreta: reconstruir una política de clase. Eso significa intervenir en cada lucha real sin exagerar su madurez, pero sin despreciar su potencial; disputar la independencia política de los trabajadores frente a la burguesía y sus variantes progresistas; comprender el Estado como órgano de dominación de clase; combatir las ilusiones parlamentarias sin caer en el verbalismo insurreccional; preparar organización, programa y dirección revolucionaria.
Marx no escribió el 18 Brumario para celebrar una derrota ni para llorarla moralmente. Lo escribió para comprenderla. Y comprender una derrota, desde el marxismo, no significa rendirse ante ella. Significa extraer las leyes de su producción política para no repetirla.
Esa sigue siendo la tarea. Ni el luchismo electoralista ni el escepticismo conspirativo están a la altura del momento. Uno grita revolución mientras prepara candidaturas; el otro diagnostica derrota mientras se absuelve de actuar. Ambos, por caminos distintos, renuncian al problema central: construir una fuerza obrera independiente capaz de intervenir en la crisis del régimen con un programa propio.
La historia no se mueve por deseos. Tampoco está clausurada por conspiraciones omnipotentes. Se mueve por la lucha de clases. Y en esa lucha, la diferencia entre una nueva derrota y una posibilidad revolucionaria no la decidirá quien prometa el estallido más cercano ni quien anticipe con más elegancia el fracaso, sino quien sea capaz de unir teoría, organización, programa y acción.