Aranceles, drones y misiles para una Most Favored Nation

 

Manuel Gragirena

Hace unas madrugadas, navegando por YouTube, el algoritmo me recomendó un documental sobre cómo EE. UU. logró consolidar un gobierno federal capaz de imponerse sobre el individualismo. Abordaba cómo el poder central prevaleció sobre empresarios y ciudadanos que —amparándose en la autonomía de sus respectivos estados— no solo desatendían el proyecto nacional, sino que conspiraban abiertamente contra la idea misma de unos «Estados Unidos».

Uno de los tres pilares expuestos en el video «Cómo Estados Unidos Financió un Imperio Sin Cobrar Impuesto Sobre la Renta Durante 124 Años» fue la aplicación de elevados aranceles a las importaciones. Esta medida no solo permitía al gobierno federal recaudar sumas millonarias, sino que también impulsaba a los ciudadanos a fundar fábricas locales para abastecerse sin depender del extranjero. Los otros dos pilares fueron la venta de las tierras despojadas a los pueblos originarios y a México —en la llamada «Conquista del Oeste»—, y la imposición de tributos indirectos al consumo de licor y otros bienes no esenciales.

Me enteré, gracias al video, de que desde su fundación y hasta la primera década del siglo XX, los gobernantes de EE. UU. impusieron aranceles superiores al 50 % a las importaciones y que, por su Constitución, está absolutamente prohibido imponer aranceles a sus exportaciones.

Recordemos que un arancel es, básicamente, un impuesto que un gobierno cobra sobre las mercancías que cruzan sus fronteras. La mayoría de las veces los vemos aplicados a las importaciones con el fin de encarecer los productos extranjeros para proteger a las industrias locales, es decir, para orientar a la gente a comprar lo nacional, pues debe ser más barato, y para recaudar fondos para el Estado.

Observemos pues que «la libertad», conocida por ellos como «freedom», no fue la clave del éxito de la nueva nación; para nada lo fue. Ni el freedom (que en términos lingüísticos es sin obligación, o sea, sin impuestos) ni la «Liberty», pues políticamente la unidad de los Estados Unidos fue lograda a sangre, fuego, esclavos y reservaciones indígenas, han sido los verdaderos estandartes ni de los padres fundadores, ni de los bravos valientes, ni de los magnates anaranjados.

Con tan elevados aranceles, más otras medidas que en otra ocasión intentaré exponer, EE. UU. fue el Estado-nación más proteccionista del mundo y, solo después de concluida la Segunda Guerra Mundial, los gobernantes estadounidenses comenzaron a hablar del libre comercio global, pero sin eliminar —y a veces sin ni siquiera rebajar— sus aranceles, y globalizando sus propias leyes y normas de calidad. La prédica de la libertad busca (pues aún hoy es así) que todos los países del orbe abran sus mercados al producto «Made in USA», mientras a ellos solo les interesa importar materias primas.

Hoy, el gobierno de Trump ha impuesto aranceles del 10 % al 25 % a productos provistos por países aliados o socios, y de entre un 30 % y un 100 % si proceden de China. Sin embargo, ellos aplican una tarifa aduanera conocida como Nación Más Favorecida (Most Favored Nation) sobre el petróleo crudo no procesado de 5,25 centavos de dólar por barril; o sea, menos del 0,2 %. Debemos recordar que EE. UU. produce 22 millones de barriles al día (el 22 % de la producción mundial) y, aun así, sus aduanas son transparentes al petróleo importado. Sin duda, la doctrina Nación Más Favorecida es la misma ley del embudo.

Hoy, el petróleo solo se puede vender en dólares por decisión unilateral del gobierno de los EE. UU. Empresa privada o pública de cualquier parte del mundo que se atreva a violentar esta imposición imperial será conminada, sometida y arruinada, en ese orden; y si algún gobierno osa ejercer su soberanía apelando a los estatutos de Viena, la Carta de la ONU o cualquier otro panfleto —pues a esto fueron reducidos—, será bombardeada con misiles «quirúrgicos» y sus líderes eliminados… Bueno, no todos, pues van a dejar en el gobierno a otros líderes «fantásticos» que van a colaborar y sonreír, pues el drone se mantiene programado para explotarles cerca, muy cerca, sin causar daños colaterales.

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