210 años del Decreto de Guerra a Muerte…

Eligio Damas
                                                 Gil Fortoul lo criticó; Blanco Fombona y Baralt lo justificaron

I

La guerra a muerte era un hecho


             “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América. Americanos contad con la vida aun cuando seáis culpables”.

               Con estas apocalípticas palabras se cierra el discutido “Decreto de Guerra a Muerte”, promulgado por el Libertador, en Trujillo el 15 de junio de 1813, al inicio de la “Campaña Admirable”. Hoy 15 de junio se cumplen 198 años de aquella controvertida toma de decisión.

                Muchos autores discrepan de él, como Gil Fortoul, quien opinó que actos como esos “no hicieron más que retardar el triunfo definitivo de la independencia”. De otro lado, pueden leerse opiniones que lo justifican como la de Rafael María Baralt, para quien de hecho “esta estaba decretada y se hacía por los españoles y con notable violencia”.

                 Para comprender el sentido del “Decreto de Guerra a Muerte”, habría que analizar los antecedentes, los objetivos de la guerra y el escenario donde ésta se desarrollaba. Limitarse a lamentaciones en torno a la dureza de la medida implica no comprender las características del proceso y juzgar los hechos con un criterio de intelectual puro, romántico, muy alejado de la dura realidad a que se enfrentaba Bolívar.

                El Libertador desde un principio había mostrado capacidad y fuerza para la toma de grandes decisiones y en el “Manifiesto de Cartagena”, ya criticaba a “algunos escritores que defienden la no residencia de facultad en nadie para privar de la vida a un hombre, aun en el caso de haber delinquido éste en el delito de la patria”. En ese mismo documento había evidenciado conocer la indecisión de los grupos de la sociedad colonial venezolana y como la lenidad había contribuido a perder la Republica. Entendía que la guerra debía desarrollarse con un criterio distinto. Más, como bien dice Rafael Maria Baralt, el ejército colonial tenía aterrorizado al país con sus actos vandálicos. Cervèriz, desde Río Caribe, decía a Monteverde: “No hay más señor, que un gobierno militar pase a todos estos pícaros por las armas”. El capellán de Monteverde, el capuchino Coronil, excitaba a los pardos a “degollar a todos los republicanos – de siete años para arriba” –. Esto se fundamentaba en las contradicciones de la sociedad venezolana, puestas de manifiesto entre los blancos criollos, pardos, negros, etc.
               Ya en la época de la Primera República, los partidarios de la corona sublevaban a los esclavos contra los esclavizadores. Por eso, lo referente al capellán de Monteverde, el capuchino Coronil, en el sentido que excitaba a los pardos contra los criollos; esas contradicciones fundamentarán también la jefatura de José Tomás Boves.


II
Gual, España  y José Leonardo Chirinos por la libertad de los esclavos
y la independencia

             Para entender plenamente la naturaleza del decreto, y no hacer juicios en abstracto, es pertinente repasar algunos elementos de la historia de Venezuela de los cuales hemos hablado en otras entregas.

                 La sociedad venezolana estaba integrada por diversos grupos separados entre sí por hondas contradicciones; unas inherentes al carácter de las relaciones de producción, a las formas de relacionarse los hombres con la propiedad y otras de índole superestructural legalizadas por el derecho colonial.
                La simple consigna independentista o por la libertad de comercio, agitadas por los blancos criollos o mantuanos, a partir de 1810, no tuvieron el poder aglutinador que ellos deseaban, ni sentido alguno para el hombre esclavo, los campesinos de la costa montaña o el trabajador del llano.

              Antes de 1810, se produjeron en la Capitanía General de Venezuela varias sublevaciones de esclavos que no tuvieron ningún vínculo con la idea independentista. Para los negros, hijos de la Sierra Leona, poco significado tenia aquella idea de crear una patria independiente, cuando ellos se sentían víctimas en un territorio que aún les parecía extraño. Y los esclavos se fugaban, se ocultaban en las montañas y los bosques y formaban cimarroneras y celebraban allí cultos, jolgorios y rochelas. Atacaban las haciendas con tácticas guerrilleras y degollaron amos y violaron “inocentes criaturas blancas”, como se solazó en decirlo la cursilería novelística de la época. Y actuaron así como una manifestación quizás ruda y primitiva y a veces hasta cruel, pero también como una comprensible necesidad de protestar por lo injusto que se era con ellos y por un humano deseo de ser libres.
               Sólo el movimiento de José Leonardo Chirinos, aquella cimarronera huérfana de la Provincia de Coro, con su índole antiesclavista, unió la esperanza de ser individualmente libre a la consigna de crear un país independiente de la relación colonial. Aquella negrada, que a través de José Leonardo habló de igualdad, libertad y fraternidad, recogió la experiencia de Haití, donde desde el fondo de una sociedad colonial esclavista, surgió la primera república de negros que registra la historia.
Y justamente por eso, por lanzar consignas que apuntaban contra los intereses de los mantuanos o blancos criollos y, al mismo tiempo, contra el colonialismo monárquico, estos sectores se unieron para aplastar al atrevido negro José Leonardo y sus seguidores, pese a las tendencias al deterioro de la economía y las relaciones de intercambio con España.

               Poco tiempo antes, cerca de Barcelona, en Panaquire, Juan Francisco de León, un hijo de las islas Canarias, se levantó con una consigna menos audaz, “más realista”. Con muchos amigos y pocos adversarios, aunque poderosos y pese perder la vida por ello, logró en parte los objetivos políticos económicos que se propuso. Su protesta fue sólo contra la Compañía Guipuzcoana y sus formas de relacionarse comercialmente con los productores criollos, lo que produjo el respaldo inmediato del cabildo de Caracas, portavoz oficial del mantuanismo. La protesta de Juan Francis de León. A quien pudiéramos llamar el primer mártir de los mantuanos, aunque no perteneció realmente a esa clase, recogió el interés de ellos y no agredió, en lo fundamental, la relación colonial. Por eso se atrajo ese respaldo. Pero las autoridades españolas lo castigaron rigurosamente, no por sus consignas, ni la esencia de la protesta, sino por la protesta misma y haber quebrantado la tranquilidad y mostrado a los criollos una vía para conducir sus inconformidades. Y éstos no se sintieron obligados a respaldar hasta el final al isleño y permitieron que se le sacrificase.

                Con Gual Y España la reacción de las autoridades españolas tomará el mismo nivel de violencia que asumió frente a José Leonardo Chirinos. Aquellos, provenientes del sector de los pardos, promovieron un movimiento que, al mismo tiempo que formuló propuestas de independencia y libre comercio, solicitó la libertad de los esclavos. Fue una protesta surgida y organizada en un sector urbano de economía de puerto como La Guaira, con ramificaciones en Caracas y de poca o ninguna vinculación orgánica con las áreas agrícolas donde se concentraba la población esclava más sujeta a explotación y trato inhumano.

                La circunstancia de plantear vinculadamente esas consignas, unió a los dos sectores más poderosos y dinámicos de la vida colonial venezolana: la autoridad española y los propietarios de tierras y esclavos.
El haber planteado el libre comercio y la libertad de los esclavos, a través de Gual y España, unió teóricamente al sector de los pardos al movimiento esclavo; pero el escenario – el Puerto de La Guaira – y la solicitud del gobierno español por reprimir aquella protesta, hicieron fracasar aquel bello intento prontamente que, pese a su consignas de independencia, nace desvinculado tácticamente de los blancos criollos.


III

La república le niega al llanero el derecho sobre el ganado orejano

              Mientras no se plantease la libertad de los esclavos, la lucha por la independencia no tenía sentido para éstos que componían cuantitativamente hablando, un importante sector de la sociedad. Del mismo modo que no lo tenía para el campesino libre de la costa montaña o del llano, negro o blanco, sin los recursos de la tierra o del ganado, si no se establecía una relación entre la independencia y el anhelo popular por poseer aquellos bienes.

                 La republica de 1810-11, tomó decisiones, como el establecimiento del comercio libre, que favorecieron a los grupos económicamente más sólidos, pero en materia de esclavitud a lo máximo que llegó fue a la declaración de la ilegalidad de la importación de mano de obra de ese carácter. Políticamente, la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII o Junta Suprema de Caracas, dispuso que para participar en la elección de los miembros del primer Congreso de Venezuela, era condición indispensable, además de libertad, gozar de un determinado nivel de renta, lo que excluyó del ejercicio de esos derechos no sólo a los esclavos sino a la mayoría de la población. El Congreso de 1811 ratificó esa disposición en la primera Constitución de Venezuela; lo que contribuirá al desinterés popular por la causa republicana.

                 En el llano venezolano, el ganado introducido por los conquistadores se reprodujo en número sorprendente. La gran extensión de esa parte del territorio nuestro y la abundancia de pasto en él, facilitaron el crecimiento de esos rebaños en los términos ya calificados.
La abundancia de ganado orejano en el llano (1) era tal que se cuenta que los jefes de los ejércitos en la guerra de independencia, enviaban por delante de éstos a patrullas con la función de dispersar las manadas para que no impidiesen el galopar de los jinetes y el avance de las fuerzas de infantería.
Richard Vawell, comenta que, “en este país preocupa muy poco que se extravíe un caballo, porque siempre hay a mano una porción de estos animales que son considerados como propiedad pública.”
El llanero tenía pues asegurado el uso de la cabalgadura y el consumo de carne apelando sin dificultad a esos rebaños sin dueños y, por eso, no le incomodaba ninguna visita inesperada a su rancho, porque mientras ella se tumbaba al descanso, un miembro de la familia ensillaba su cabalgadura y se ponía en camino a buscar una ternera de ese rebaño ambulante y realengo.
Esta forma de propiedad o de no propiedad – de distribución generosa y racional de los productos de la naturaleza – fue afectada o violentada por los republicanos de 1811, quienes dispusieron que el goce de ese ganado quedaba “legalmente” restringido para quienes tuviesen determinado límite de propiedad territorial.

                Estos elementos, que resumidos son: la esclavitud, el carácter censitario del régimen electoral, la limitación del goce del ganado orejano y otros, hicieron que la republica careciese de suficiente apoyo popular.
               En cuanto a Bolívar, hay que verle en su dimensión exacta. Él, como analista y dirigente estuvo secuestrado por las limitaciones que le imponían su origen y los compromisos estructurales de la clase que dirige, representa y considera vital para alcanzar la independencia, en aquellos primeros años de guerra. Esto explica que en el “Manifiesto de Cartagena”, le atribuya excesiva importancia a circunstancias de segundo orden y no haga referencia a la falta de apoyo popular al estado de cosas nacido con el movimiento del 19 de abril de 1810.

                 Desde mucho antes de 1810-11, como hemos sostenido anteriormente, se produjeron frecuentes sublevaciones de esclavos. Y en la época de la Primera República, las manifestaciones de protesta de ellos se intensificaron de manera alarmante. Esto fue tan marcado que se produjo una seria caída en la producción agrícola y en muchas partes las cimarroneras se convirtieron en partidas anti-republicanas. No obstante, este fenómeno particularmente interesante, pareció no llamarle la atención al Libertador antes de 1816. Esta conducta de Bolívar se explica, entre otras razones, por el poco interés que los dirigentes de los grupos más dinámicos de la economía colonial prestan a la participación popular, pese a la interesante experiencia haitiana, o quizás, precisamente a causa de ella.
Por lo demás, apelar a planteamientos de mayor significación social y profundidad que garantizasen la incorporación del sector popular a la causa republicana en los primeros años de la guerra, exigía una clase dirigente que tuviese un proyecto económico alternativo que proponer y no una república esclavista.

IV

Lincoln en Estados Unidos planteó la abolición de la esclavitud como parte de un proyecto político económico burgués y capitalista.


               En 1863, en los Estados Unidos, ochenta y siete años después de la declaración de la independencia, el entonces presidente de la Unión, Abraham Lincoln, declaró abolida la esclavitud en los estados del sur: ya se había hecho en el norte. Esos estados del sur como Arkansas, Orleans, tejas, etc., se habían sublevado contra el poder central; y con aquella declaración Lincoln buscaba, en lo inmediato, de aquellas personas que “abstuvieran de toda violencia, salvo en defensa propia necesaria”; pero además les recomendó que, “en todos los casos en que se permita, trabajen lealmente por salarios razonables.”

                   Esta declaración de Lincoln, producida cincuenta después del “Decreto de Guerra a Muerte”, es a todas luces diferente al decreto venezolano de 1854 que fue el resultado de la improductividad de la relación a nivel de hacienda y cuando a los esclavistas le resultaba inconveniente mantener bajo su tutela aquel grupo humano por esta y otras diferentes circunstancias. Además, en este país, no había una clase con un proyecto en marcha, como en el norte de los Estados Unidos, que pudiese incorporar esa mano de obra al mercado de trabajo asalariado y a la cadena de consumidores de los productos de la industria capitalista. Por el carácter de las relaciones de producción existentes en los Estados Unidos, esa declaración de Lincoln, estaba dirigida contra los esclavistas del sur que eran al mismo tiempo quienes controlaban el poder político en los estados federales de la región. Y el presidente de la Unión, tanto en el norte como en el sur, dispuso del respaldo de una burguesía en ascenso que defendió y puso en práctica un modelo de desarrollo industrial sobre la base del mercado interno, para lo que requería una fuerte masa consumidora y para lograrlo, se debía “trabajar por salarios razonables”, como quería Lincoln. La clase que lo respaldó y a la que él representó en el poder, planteó un modelo de desarrollo, un proyecto económico alternativo, coherente con la prédica de liberar la esclavitud. Ese planteamiento en la boca de esa clase nunca tuvo sabor oportunista; no lo motivó el que los esclavos se volviesen improductivos en sus haciendas o por la pesada carga de tener que mantener a muchos de ellos, como sucedió en Venezuela, sino porque el destino de la clase burguesa en ascenso estaba ligado a la libertad de los esclavos y a la incorporación de éstos a la cadena productiva como productores asalariados y consumidores.

V

Bolívar adoleció del respaldo de una clase con proyecto de cambio

                 En 1813, lamentablemente, Bolívar no está en condiciones de tremolar consignas de aquel tipo. La clase a la que pertenece, los blancos criollos o mantuanos, que desde 1810, y particularmente en 1811-12, vivió la experiencia que le dio acceso fugaz al poder político, tiene un proyecto, la república esclavista y semifeudal, con una organización de la economía, como en la relación colonial, dirigida al mercado externo mediante la exportación de productos primarios – agrícolas y pecuarios-, que no se correspondía con los anhelos de la mayoría de la población. Para los mantuanos o blancos criollos, la independencia no es una referencia abstracta e idealista, sino la oportunidad de manejar sin tutelaje externo la comercialización de la producción primaria dirigida al mercado exterior. La economía de plantación, con una mano de obra sometida a la explotación más despiadada y el uso de recursos tecnológicos primitivos, es la expresión económica que defienden los republicanos de los primeros años y que con insignificantes variantes defenderán las clases y grupos que dirigirán al país unos cuantos años después.

               Como los criollos constataron que la relación colonial implicaba dificultades y estorbos en una situación de intercambio además deteriorada por los conflictos europeos, optaron por la independencia. Ya la fugaz pasantía por el poder político les mostró la posibilidad de manejar directamente las cuestiones.

                 Cuando Gil Fortoul analizó el “Decreto de Guerra a Muerte”, no se paseó por toda esa conflictividad y no entendió que la prolongación y brutalidad de la guerra se explican en esas contradicciones complejas a que hemos hecho referencia a lo largo de este trabajo. Ellas hicieron posible que José Tomás Boves, reuniese enormes ejércitos de base popular venezolana. Y pudo hacerlo porque con sinceridad o no, con buenas o malas intenciones, agitó consignas populares que provocaron entusiasmo en las masas. Hay documentos, y hago la referencia de memoria, que prueban que autoridades españolas se dirigieron en varias oportunidades a la corona hablando con enorme preocupación por los riesgos que implicaba la conducta del asturiano y los ofrecimientos a sus seguidores.

              Dentro de ese panorama, la violencia desatada de hecho sobre el territorio nacional, escenario o no de la guerra, por los contendientes y la confusión e indisposición entre grupos nacionales, debemos juzgar el carácter del “Decreto de Guerra a Muerte”. Frente a ese estado de cosas, ese cuadro poco favorable, tuvo que actuar el Libertador para darle un cambio al conflicto.

VI
El libertador lanza el Decreto para darle al conflicto carácter de guerra nacional de independencia


             Por lo anterior, nos luce acertada la opinión de Rufino Blanco Fombona, según la cual Bolívar aspiraba “cambiar aquella guerra civil y aquella guerra social en guerra nacional de independencia”.

              Las frases finales del decreto con las cuales encabezamos este trabajo, tuvieron la siguiente intención:

a.- Trazar una clara y precisa línea entre los enemigos y potenciales enemigos de la independencia. Definir los campos; de un lado los americanos y del otro sus enemigos. Definir a favor de la causa republicana a los españoles vacilantes. Identificar al movimiento emancipador con los americanos y sus colaboradores y frente a ellos los usurpadores.
b.- Dar la sensación de seguridad y fortaleza para levantar los ánimos patriotas y, al mismo tiempo, atemorizar y desmoralizar al enemigo.
c.- darle un verdadero carácter internacional a la guerra, situándola como un conflicto ajeno al área civil y definirla como una confrontación entre un grupo nacional contra otro representativo de un poder extraño y usurpador.
El “Decreto de Guerra a Muerte” estuvo dirigido a castigar a quienes “han cometido todos los crímenes, reduciendo la República de Venezuela a la más espantosa desolación”.

               Una política distinta frente a un enemigo que utilizaba todas las armas, hubiese dado muestras de debilidad y permitido que cundiese el terror en todos los estratos del país.

                 A nuestro parecer, incurrió en una apreciación incorrecta Gil Fortoul, cuando creyó encontrar en la Proclama de Ocumare del 6 de julio de 1816, un acto de desengaño o un reconocimiento a su equivocación. Opina así Gil Fortoul porque esa proclama dice Bolívar, “La guerra a muerte que nos han hecho nuestros enemigos cesará por nuestra parte”, Pero al analizar el problema se olvida de señalar que en esa declaración el Libertador plantea alternativas nuevas y por primera vez dice, pese a los compromisos con su clase y la ausencia de un proyecto alternativo, “de aquí en adelante sólo habrá en Venezuela una clase de hombres, todos serán ciudadanos”.
             Esta nueva toma de posición del Libertador, que pasa por hacer ofrecimientos que su clase no convalidará, obedece a una nueva concepción que se perfila desde la “Carta de Jamaica”, se hace compromiso por sus vínculos con las autoridades haitianas y por el estado de desorganización de las relaciones de producción que había generado la guerra. En 1813, lanzar consignas que rompiesen la solidez de las fuerzas que combatían al servicio de la corona e incorporasen al lado de los republicanos grandes contingentes del pueblo, lo que implicaba hacer ofrecimientos sobre una reformulación de las relaciones económicas, resultaba algo imposible para el Libertador.
Por estas cosas, tal como estaba la situación, plantear la legalidad de la guerra a muerte, que de hecho estaba desatada sobre el país, en los términos que él lo hizo, definiendo el conflicto como de carácter de guerra nacional de independencia, fue lo más acertado que pudo hacer para aglutinar lo aglutinable.

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