11 de septiembre: La traición apoyada y la contradicción reclamada

Manuel Gragirena

Van 53 años desde que aviones de la Fuerza Aérea de Chile bombardearon con misiles el Palacio de La Moneda, la sede de gobierno de su propio país. Luego del bombardeo y de un combate entre las fuerzas del Ejército y una resistencia de una decena de acompañantes del mandatario (su guardia personal), el asalto concluyó con la muerte del presidente Salvador Allende. El líder del golpe fue un general que tenía apenas 18 días de haber sido designado Comandante en Jefe del Ejército por el propio presidente traicionado.

También van 25 años desde que cuatro aviones de aerolíneas comerciales de los Estados Unidos fueron secuestrados y utilizados como misiles dirigidos: uno fue estrellado contra la Torre Norte y otro contra la Torre Sur del World Trade Center en Nueva York. Otro fue impactado contra el Pentágono, en Washington, y el cuarto se estrelló en un campo de Pensilvania (la investigación posterior determinó que su objetivo era el Capitolio o la Casa Blanca). Los secuestradores pertenecían a un grupo surgido del entorno de los muyahidines respaldados por EE. UU. durante la guerra soviético-afgana.

El primer párrafo muestra la traición y la felonía. No hubo arrepentimiento y todavía hoy está en el ambiente el debate entre justicia y reconciliación. Hay estatuas de Allende; no las hay de Pinochet.

El segundo de los párrafos muestra la disidencia, el desencanto, la rebeldía, el cambio de opinión y tal vez el reacomodo después de haber sido peón de ajedrez en el campo de batalla de sus países. Hay monumentos a las víctimas inocentes en los Estados Unidos, pero no hay monumentos a los caídos en Afganistán ni en ninguna otra nación de aquellas regiones con desiertos en la superficie y petróleo y minerales en el subsuelo.

«Ni comunistas ni islamistas nacionalistas», es la consigna en los pasillos de las oficinas del Gobierno en Washington.

Tal vez quien me lee puede aproximar una idea del comunismo; total, aquí en nuestro país ha coexistido un partido comunista y, aunque muchos lo niegan ahora, fueron los comunistas los que han puesto el cuero para que hoy tengamos sindicatos, partidos políticos diversos y elecciones periódicas.

El caso del nacionalismo musulmán, es mi percepción, es algo más lejano; tal vez solo sabemos lo que dicen los titulares de prensa. Así que me atreveré a describirlos con un toque de razón de ser y no de fama ganada o mal ganada: Hamás y la Yihad Islámica son de Palestina; pretenden la creación de un Estado palestino bajo la ley islámica y su lucha es contra el Estado de Israel, al cual califican de invasor; Hezbolá es del Líbano; es un partido político y milicia que se resiste a la expansión de Israel sobre su territorio; Los Talibanes son un grupo nacionalista de Afganistán; su objetivo, al igual que el de cualquier otro partido, es gobernar Afganistán bajo sus leyes y creencias islámicas; Los Hutíes son grupos de Yemen; forman un movimiento político que aboga por el nacionalismo y el antiimperialismo, y su objetivo es recuperar parte de su territorio disputado o arrebatado por Arabia Saudita.

Todos cometen errores, algunos muy graves errores, pero también hay frustración, porque ¿quién puede aceptar que el territorio que un pueblo habita desde hace siglos sea invadido, al punto que se le obliga al desplazamiento forzado, es decir, a huir del peligro de muerte?, ¿cómo se puede convivir con quienes han dividido la nación, causando la enemistad, para complacer las pretensiones hegemónicas de otro país? Simplemente no se puede.

Los 11 de septiembre de cada año reflejan dos modos de reflexión: uno representó la traición apoyada y el otro la contradicción reclamada. Acciones apoyadas o reclamadas, el mismo hegemón.

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