Por Dax Toscano Segovia, Almayadeen
La humanidad vive los momentos más tenebrosos de su historia. Las brutalidades cometidas por el nazifascismo han quedado cortas en relación con lo hecho por el imperialismo estadounidense y el sionismo israelí después de la Segunda Guerra Mundial.
Tras la caída del Tercer Reich, el mundo pudo respirar un momento de paz. El establecimiento del Tribunal de Nuremberg para juzgar a los criminales de guerra nazis, dio esperanza a los sobrevivientes del genocidio llevado a cabo por el Führer y sus secuaces, de que se haría justicia, y de que los responsables de semejantes actos de barbarie, serían condenados por las atrocidades cometidas.
El 24 de octubre de 1945 se creó la ONU, integrada inicialmente por 51 miembros que elaboraron su carta fundacional, la cual fue firmada el 26 de junio de 1945 en la ciudad de San Francisco, en EE. UU..
La barbarie cometida por los nazis y los fascistas, que contó con el apoyo de empresas y de banqueros capitalistas, parecía que jamás volvería a repetirse. Eso resultaba inconcebible, después de tanta crueldad vivida.
Pero volvió a ocurrir. Guerras, agresiones y genocidios perpetrados por EE. UU. e «Israel», con el respaldo de las potencias europeas, se propagaron por todo el orbe.
En 1967, el Che enviaba a la revista Tricontinental, órgano del Secretariado Ejecutivo de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL), un mensaje a los pueblos del mundo, donde exponía como esa paz, que supuestamente se había logrado desde 1945, no era más que una quimera.
Lo sucedido en Corea y Vietnam demostró que lo que el imperialismo quería para las naciones que no se sometían a sus designios era la paz de los cementerios, con el auspicio de las propias Naciones Unidas.
El criminal ejército yanqui devastó la parte norte de Corea durante la guerra que duró de 1950 a 1953. A las muertes causadas por las bombas imperialistas, se sumó la hambruna a la que fue sometida la población coreana en el norte del país, debido a las condiciones de la guerra. No hubo compasión alguna por parte del imperialismo yanqui y los asesinos Harry Truman y Douglas MacArthur.
En Vietnam hicieron lo mismo. Nadie debe olvidar la brutal masacre en la aldea de Mi Lai, donde los soldados gringos de la compañía Charlie, drogados, violaron a las mujeres, para luego asesinarlas junto a niños, ancianos y demás pobladores, con un saldo de 128 muertos. No contentos con eso, incendiaron las casas, mataron al ganado y destruyeron el terreno.
En 1948 empezó la Nakba para el pueblo palestino, que sufrió iguales o peores atrocidades que los vietnamitas en manos de los yanquis. En Tantura, los grupos paramilitares que luego formaron las Fuerzas de Defensa Israelíes, ese ejército inmoral, cobarde y genocida, violaron mujeres, acuchillaron personas, destruyeron el poblado y fusilaron a los sobrevivientes.
Los militares estadounidenses e israelíes han superado ampliamente las crueldades de las bestias que Hugo Boss vestía.
También los franceses hicieron lo suyo en Argelia, donde el general Paul Aussaresses creó una escuela de la tortura cuyas enseñanzas se trasladaron a América Latina y a EE. UU., donde sus soldados previamente habían sido adiestrados por los criminales nazis que ellos mismos ayudaron a escapar de Europa.
Los imperialistas desataron su maldad por el continente americano. Respaldaron golpes de Estado y dictaduras feroces como las de Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina, ayudaron a la conformación de escuadrones de la muerte en Centroamérica y grupos paramilitares en Colombia, con apoyo israelí, a la vez que la CIA traficaba con drogas, inundando su propio país con marihuana, cocaína, crack, éxtasis y otras sustancias.
Honduras, El Salvador, Guatemala sufrieron las consecuencias de la política criminal del imperialismo, fundamentalmente bajo la era de Reagan y Bush padre. Tampoco se debe olvidar como el gobierno de EE.. UU entrenó, financió y armó a la Contra nicaragüense para destruir la Patria de Sandino, socavando durante 10 años cada avance de la revolución.
Esos mercenarios, sádicos, ligados a las mafias cubano americanas, al somocismo, alimentados con el dinero proveniente del tráfico de drogas, fueron catalogados por EE. UU. como “héroes de la libertad”.
Fue el periodista Gary Web, al que la CIA asesinó, el que denunció la vinculación de esa organización criminal con traficantes colombianos y mafiosos contrarrevolucionarios cubanos radicados en Miami, para obtener dinero y armas para hacer la guerra sucia contra Nicaragua.
La lista de invasiones militares del imperialismo también es extensa: Granada, Panamá, Haití, Irak, Yugoslavia, Afganistán, Libia, Siria, países en los que saquearon sus recursos, masacraron a sus poblaciones, destruyeron sus sitios históricos y generaron caos.
En Medio Oriente, el sionismo criminal invadió Líbano en 1982 cometiendo crímenes atroces, al igual que en Palestina, donde los colonos venidos de diversos países europeos, de EE. UU., Argentina o Uruguay continuaban con el robo de tierras y los asentamientos ilegales creyéndose el “pueblo elegido de Dios”.
La situación que hoy vive la humanidad es todavía más dramática que la de ese entonces.
En épocas anteriores se podía encontrar un espacio en los organismos internacionales para denunciar las políticas del imperialismo y del sionismo, incluso se podía acudir a la legislación internacional para detener ciertas acciones llevadas a cabo por EE. UU., «Israel» o alguno de sus lacayos.
Hoy eso ha desaparecido completamente, al punto que ni al imperialismo yanqui, ni a la entidad genocida israelí, les interesa absolutamente nada el ordenamiento jurídico internacional, porque se saben impunes, intocables.
La necropolítica es lo que se ha impuesto. Trump y Netanyahu son los que deciden quienes pueden continuar o no con vida.
Así lo han hecho en la Franja de Gaza los soldados degenerados de las FDI disparando contra los niños palestinos que, desesperados, han vagado por las calles de sus barrios completamente destruidos, buscando comida. De igual forma, en los barrios del sur de Líbano continúan los bombardeos contra edificios de apartamentos y el uso de drones para asesinar a militantes de Hizbullah.
En el Caribe las fuerzas militares estadounidenses, en una clara violación de las leyes internacionales, asesinan personas bajo el pretexto de combatir al narcotráfico. Pero no solo eso, amenazan con invadir un país, acabar con un gobierno y un gobernante legítimo, acusándole de liderar un cartel inexistente, al tiempo que Donald Trump concedió un indulto al narcotraficante que gobernó Honduras, con apoyo gringo, Juan Orlando Hernández.
El cinismo es otra de las características de estos calígulas y führecillos del mundo actual. EE. UU. grita a los cuatro vientos que lucha contra el terrorismo, mientras en el despacho presidencial de la Casa Blanca, hace unas pocas semanas atrás, el mandatario estadounidense sonreía mientras untaba perfume y daba palmaditas al terrorista Jolani, por el que el imperialismo pedía 10 millones de dólares por su captura, hoy convertido en jefe de Estado de Siria, bajo el nombre de Ahmed al Sharaa.
El genocida de Netanyahu, en cambio, no tiene vergüenza alguna de victimizar a la entidad israelí y su ejército criminal, aun cuando los propios soldados de las FDI han hecho públicas las atrocidades que han cometido, demostrando su condición inmoral, de pervertidos, psicópatas que han violado prisioneros y asesinado niños y médicos.
Los militares israelíes se han exhibido con ropa interior de las mujeres palestinas, han publicado vídeos robando pertenencias en las casas que han quedado de pie en la Franja de Gaza, así como de las explosiones simultáneas de conjuntos de edificios de viviendas, mientras celebran estos actos criminales bebiendo.
Aun así, se autocalifican como “el ejército más moral del mundo”, pese a que violaron y torturaron hasta la muerte al destacado pediatra Adnan al-Bursh o que mantienen secuestrado al médico Hussam Abu Safiyah o que asesinaron a la niña Hind Rajab con 355 tiros disparados contra el vehículo en el que se encontraba.
Decía el Che que no se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte, acompañarlo a la muerte o la victoria y esa debe ser la obligación de todas y todos quienes desde diversas organizaciones de izquierda y progresistas luchan por construir un mundo más justo y más humano. Así lo ha demostrado Hizbullah en la defensa de la causa por la liberación de Palestina, al igual que el Movimiento Ansar Allah.
El Guerrillero heroico tenía claro que los pueblos del mundo se enfrentan a un sistema mundial de dominación, encabezado por EE.UU. y, por lo tanto, decía, hay que batirlo en una confrontación mundial, cuya finalidad estratégica es la destrucción del imperialismo.
Al enfocar la destrucción del imperialismo, hay que identificar a su cabeza, la que no es otra que los Estados Unidos de Norteamérica, decía el Che.
Debemos estar conscientes que el imperialismo y el sionismo nos empujan a esa lucha y no hay más remedio que prepararla y decidirse a emprenderla, como lo han hecho Hamas, la Yihad Islámica, el Frente Popular de Liberación de Palestina, Hizbullah en Líbano, los hutíes en Yemen o el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán para defender su Patria y su revolución.
Para algunos puede resultar políticamente incorrecto la cita que se expondrá a continuación, extraída del Mensaje a los Pueblos del Mundo que el Che remitiera a la Tricontinental. En estos tiempos en los cuales EE. UU. e «Israel» han cometido tantos crímenes, sin que ningún organismo internacional haga algo para detenerlos, es necesario repasar las palabras del comandante Ernesto Guevara:
El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.
Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite. Entonces su moral irá decayendo.
Sinteticemos así nuestras aspiraciones de victoria: destrucción del imperialismo mediante la eliminación de su baluarte más fuerte: el dominio imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica. Tomar como función táctica la liberación gradual de los pueblos, uno a uno o por grupos, llevando al enemigo a una lucha difícil fuera de su terreno; liquidándole sus bases de sustentación, que son territorios dependientes.
Eso significa una guerra larga. Y, lo repetimos una vez más, una guerra cruel. Que nadie se engañe cuando la vaya a iniciar y que nadie vacile en iniciarla por temor a los resultados que pueda traer para su pueblo. Es casi la única esperanza de victoria.
Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.
Los pueblos de Medio Oriente lo han entendido perfectamente cuando en las mezquitas y manifestaciones populares gritan al unísono: “Dios es el más grande”. “Muerte a EE. UU.”. “Muerte a «Israel”.
El presidente Nicolás Maduro tiene claro que una agresión del imperialismo traería consecuencias funestas para el pueblo venezolano. Eso significaría muerte y destrucción. Por eso aboga permanentemente por la paz. Pero en su calidad de comandante de la Revolución y del Ejército Bolivariano, continuador de las luchas del Libertador, sabe también que la nación debe prepararse para el combate y por eso, junto a la policía y fuerzas armadas, ha llamado al pueblo para la conformación de las milicias que en unidad con las instituciones militares, sabrán defender la soberanía patria si los marines yanquis osan pisar suelo venezolano.
Decía José Martí:
“Es criminal quien promueve en un país la guerra que se le puede evitar; y quien deja de promover la guerra inevitable. Es criminal quien ve ir al país a un conflicto que la provocación fomenta y la desesperación favorece, y no prepara, o ayuda a preparar el país para el conflicto.”
En estos duros momentos que soportan Palestina, Líbano y Venezuela, debemos recordar también al Iman Hussein, nieto del profeta Mohammad, que en la batalla de Karbalá, con apenas 72 personas, enfrentó a un ejército de 30 mil soldados puestos al servicio del mezquino y tirano Yazid sin claudicar, ni rendirse en la lucha. Hussein y el ejemplo de Ashura, debe también ser nuestra guía para enfrentarnos al imperialismo y al sionismo.
Las palabras del comandante Fidel Castro Ruz, expresadas en mayo de 1970, tienen hoy mucha vigencia:
“Si este país frente al imperialismo, que es fiera, picúa, tiburón, buitre, todas las alimañas juntas —¡todas las alimañas juntas!—; si este pequeño país demostrara temor frente a los imperialistas y vacilaciones, nos habrían devorado.
“Y por eso lo único que nunca encontrarán en este país es ni vacilación, ni temor. Encontrarán una firmeza tremenda. ¡Y cuando quieran devorarnos tienen que tragarnos enteritos: desde la Punta de Maisí hasta Guanahacabibes! ¡Tienen que tragarnos enteritos!
“Si este país pequeño tan cerca de los imperialistas vacilara alguna vez, sería devorado. Por eso nosotros no podemos hacer nunca una concesión, porque se llenarían de aliento, se volverían sobre nosotros como hacen las fieras y como hacen los buitres”.
De igual manera lo que dijo a W. Bush en 2004:
“Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: Salve, César, los que van a morir te saludan.
Sólo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia, y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria”.
“Es la hora de los hornos, en que no se ha de ver más que la luz”.
¡Venceremos!

















